Entrevista al escritor Alejo Brignole. «El demonio del mediodía» y «Madame Bovary», lectura comparativa

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Tomo asiento frente a mi computador y tengo a mi lado una vieja y gastada edición de Madame Bovary (1857), la obra maestra del francés Gustave Flaubert. Está junto a un ejemplar de El demonio del mediodía (2025) del ítalo-argentino Alejo Brignole. Ambas novelas abren de par en par una ventana a la insatisfacción humana y al nacimiento de la sensibilidad moderna y las sombras que caminan junto a ella. En las dos hay una sutil colisión entre la ficción y lo real. Lo biográfico y lo novelístico. El sentido profundo de Madame Bovary es la disección de una enfermedad del alma que hoy conocemos precisamente como bovarysmo: la insatisfacción crónica producida por el contraste drástico entre nuestras ilusiones y falsas expectativas, alimentadas hoy por las redes sociales, y en tiempos de Emma, por las novelas rosas junto a la realidad prosaica y aburrida de la vida cotidiana.

Hay mucho que contar y el reencuentro sirve para analizar su pensamiento más allá de su esencia de escritor, más allá de la ficción. Me aventuro en este ejercicio literario para descubrir al creador de El demonio del mediodía, además de otras cinco novelas entre policiales, de crítica social, históricas, un thriller erótico ambientado en una Varsovia ocupada por los rusos a finales del 1800 y una novela ambientada en el Japón moderno. Brignole cuenta con un Premio en España en 2007, libros de cuentos atrapantes y de enorme belleza, un poemario con joyas escondidas y varios ensayos, junto a cientos de artículos recopilados en cuatro tomos. La obra de Brignole es rigurosa, amplia y de largo aliento. El historiador revisionista Norberto Galasso lo menciona en su obra Historia de la Argentina de dos tomos. Brignole trascendió el ámbito literario cuando en el teatro Colón de Buenos Aires, el maestro, compositor y director de orquesta, Gabriel Bergogna –ya desaparecido–, en el año 2000 ejecutó en el Salón Dorado partituras para piano de la ópera Sophie, inspirada en la primera novela histórica de Brignole, El Amante de Rojo (Ed. Sudamericana – 1999). Bergogna era, además, el primer director de orquesta ciego en la historia, según refiere en sus páginas The New Grove Dictionary of Music and Musicians (encicloepdia británica dedicada a la música).

Ya ha pasado casi un año desde la última vez que conversamos sobre tu libro. Cuéntame… ¿Qué impacto ha causado en los lectores? ¿Cómo ha estado la crítica?

El tiempo vuela, pero han pasado cosas desde el lanzamiento de la novela. Mucho debate, crítica favorable, y también cuestionamientos junto a reseñas que abrieron puertas para que el público se asome a la obra, que es –creo yo– de una actualidad muy urgente y necesaria

¿Y las ventas?

No me quejo, considerando el contexto de crisis extrema y presión económica que hoy atraviesa la sociedad argentina bajo el gobierno de Javeir Milei, un sujeto sumiso a las corporaciones que nos está aplicando la famosa Doctrina del shock que teorizara Naomi Klein hace más de una década. Argentina padece un disciplinamiento social a través del hambre y la angustia económica para no reaccionar ante el enajenamiento del patrimonio nacional. Pero ya sabés que las ventas siempre fueron lo de menos para mí. Lo importante es parir una obra de categoría literaria, en libertad y con rigurosidad.

Este libro de alguna manera es un registro de tu tiempo como escritor, de tu realidad, pero como dices, también es una indagación profunda sobre lo que tiene que decir una parte de la sociedad.

El arte no soporta el juicio del tiempo y la historia del arte está llena de ejemplos de éxitos perecederos y otros inmortales, así como de obras poco celebradas en su momento que rompieron esquemas cien años después de conocidas. De momento he recibido críticas realmente entusiastas por parte de lectores y lectoras, pero cada cual con su visión sobre la obra y su propia incomodidad frente al texto, que al parecer es incómodo desde muchas perspectivas. Es una novela casi de no-ficción, que toca fibras personales, psicosociales y transgeneracionales muy sensibles y de difícil asimilación si el lector se sumerge reflexivamente en sus páginas. Eso me pone muy contento como creador.

El libro interpela sin anestesia las relaciones actuales.

Así es… Que los lectores hallen en la obra material para el debate interno e introspectivo, eso ya significa un logro para mí.

Puedo decir que es crudo, es doloroso, es crítico y despiadado, pero también poético. No me extraña que resulte incómodo. Yo misma recuerdo cómo lo leí, con una enorme ambigüedad entre placer y resguardo. Fue una intersante experiencia literaria. ¿Pero sabes lo que ocurrió después?

Ni idea… (ya me dirás).

Volví a buscar en mi biblioteca un viejo ejemplar de Madame Bovary y lo releí tras más de 25 años olvidado en los estantes.

¡Uy!… Interesante.

Me re encontré con esa historia leída en mi adolescencia, y me atreví a compararla con El demonio del mediodía. Son novelas muy afines, análogas en algún sentido. Estéticamente atractivas y con una intensidad que incomoda en algunos párrafos, en capítulos enteros, te diría.

Ambas están muy en sintonía, estoy de acuerdo. Confieso que me resulta muy halagador que hablemos de Madame Bovary merodeando mi propia obra. Flaubert marcó un rumbo con este y otros libros, en tanto crítica social a la vez que texto literario fundidos en uno. Ya pasaron casi 200 años de su publicación en Francia y el tema es tan vigente como actual: el adulterio como salida de emergencia al propio vacío; la sociedad mundana que tritura las mentes más débiles “con sus locas tentaciones” (parafraseando la letra del tango) y la crisis existencial que empuja a la degradación de lo sensual y la lujuria como única meta del espíritu. Pero no hablo de lujuria como un sustantivo sexual: la lujuria es un hambre de todo lo que el Ego nos impone. La etimología de la palabra refiere a eso: al desborde, el exceso, la exuberancia. De eso se trata un poco la novela. Madame Bovary también explora estos aspectos para tratar de comprender y ahondar en esta especie de enfermedad colectiva.

Pero en la Francia de mediados del siglo XIX no había redes sociales ni Flaubert conoció el empoderamiento femenino.

¡Ah!… Pero las constantes eran más o menos las mismas. Las mujeres de la buena sociedad francesa tras el Segundo Imperio de Napoleón III vivían tan carentes de sentido como los personajes de mi novela de la España profunda: las hermanas Soledad y Gabina Esquerdo, nacidas en una familia campesina y pobre de un pueblo periférico de la España rural. Las dos hermanas son arrastradas por sus propias pulsiones transgeneracionales, sólo que Gabina ejerce su caos en una pequeña ciudad cerca de Buenos Aires. Entre Emma Bovary de Flaubert y las hermanas Esquerdo de mi historia sólo hay una diferencia de épocas, pero se repite el mismo esquema: una mentalidad condicionada por complejos profundos y una cosmovisión estrecha debido al origen rural (Emma Bovary, cuyo nombre de soltera era Emma Rouault, provenía de una familia de clase media baja, a diferencia del origen proletario de Gabina. Condición que ellas intentaron siempre ocultar o desviar de la mirada pública). Los personajes de ambos libros comparten bajos apetitos mundanos y pulsiones sexuales más bien anárquicas que a duras penas logran maquillar. La profunda mirada de Flaubert se adelantó dos siglos, porque a mediados del siglo XIX había que indagar psicológicamente lo que hoy está a la vista de manera bizarra: portales como Tinder, redes llenas de madres maduras (o padres) ofreciéndose como carne de feria, y una sociedad con lazos cada más frágiles en pos de un poco de dopamina fácil mediante dosis de semen o vaginas en oferta (perdón por la crudeza)

Al escucharte tengo la vaga sensación de que aludes en una elípsis el empoderamiento femenino actual. ¿Te incomoda o inquieta la forma en que la mujer enfrenta este tiempo?

¿Se lo preguntas al escritor o al hombre?

A los dos… A lo que hay del uno en el otro.

Primero de todo, hipersexualizarse o frivolizar la sexualidad no creo que sea la base del empoderamiento que buscaban las feministas históricas. Yo creo en verdadero feminismo empoderado y puedo identificarlo de otros desvíos parasitarios y básicamente oportunistas que utilizan mujeres sin conciencia de clase, como la Gabina de mi novela, inspirada en un personaje real y cercano. Luego, habría que definir qué es “empoderamiento”. En el caso de mi novela –que tiene su correlato en un episodio tangente a la realidad– es una mujer que decide a sus 50 años tirarse, literalmete, a la tribuna de pescadores sexuales que la validen ante sus crisis de vejez, y para eso hasta expone a riesgos higiénicos, económicos y psicólógicos a sus hijos, a toda su familia, mientras se degrada con amigas igualmente enterradas en ese lodo pasajero que tienen una sola premisa: sacudirse las cenizas que ya les caen encima con los años. Eso no me parece empoderamiento. O quizás es una forma de empoderamiento revulsivo.

¿Dese la mirada heteropatriarcal?

No… Desde una mirada psicológica integrada o biófila, como diría Fromm, al cual incluyo en muchos diálogos de mi libro, que habla, ante todo de constructo del sí mismo. Y ya socialmente, tiene que ver con una mirada empática con la propia dignidad y resistente a la premisa de los mercados: ¿Soy una mercancía más? ¿Soy un cuerpo para el uso y por tanto me oferto? ¿Uso y me dejo usar, incluso cuando asumí compromisos con la infancia, con hijos, con estructuras que merecen un consenso razonable? ¿Soy valiosa en tanto aceptable para la mirada de género o valgo por algo más? Todas estas preguntas subyacen en el libro y todas contienen profundas implicaciones filosóficas para aquel que quiera ahondar. También se puede leer como un drama conyugal, lisa y llanamente. Los buenos libros tienen varias capas interpretativas. No sé si con este lo he conseguido.

Creo que si, logro ver varias capas en tu libro, desde mi perspectiva de lectora… Pero ¿Cuál sería para ti el modelo de mujer empoderada?

El que cada mujer, en tanto sujeto libre y en ejercicio de sus derechos, elija. Para una africana sometida a la ablación de clítoris, empoderarse podría significar rebelarse a esa costumbre ancestral. En Oriente Medio sería no utilizar prendas como la burka, el hiyab o la shayla si eso fuera alguna forma de opresión para ellas. El empoderamiento está condicionado por la geografía y la cultura, sin dudas. Pero eso no significa que, si una mujer entra en una barrena autodegradante y tóxica para el entorno, haya que validar eso conceptualmente… Actualmente hay una pérdida alarmante de salud mental en la sociedad debido a nuevos conceptos que dicta el mercado y que confuden al ser humano ontológicamente, sobre su propia naturaleza y su rol simbiótico con el entorno. ¿No sé si me explico? La conceptualización ha sido a lo largo de la historia una de las mejores armas del heteropatriarcado y de todas las opresiones: yo conceptualizo y luego el otro “es”.

Entonces, entiendo que le pides a las mujeres primero descolonizar el pensamiento

Tal cual, pero no solo las mujeres, sino la sociedad entera, porque el colonialismo cultural, colonizar la subjetividad ha sido un recurso que han utilizado las dominaciones en todas sus formas (incluido el patriarcado). Ya lo planteó el caribeño Frantz Fanon en su libro Piel negra máscaras blancas. Para Fanon, el que elabora el concepto es el que domina la tendencia, la dialéctica de la historia.

En otro momento hablaremos de la descolonización y de Fanon por supuesto, pero vamos, sigamos con el tema del empoderamiento femenino, tu visión del mismo

Empoderarse significa “poder hacer” y desde ya podemos hacer cualquier cosa: cuando un Fondo Buitre de inversiones endeuda a países enteros, o un padre castiga traumáticamente a sus hijos, o se reprimen violentamente reclamos sociales legítimos, también son formas de empoderamiento (necrófilas, brutales, pero empoderamiento al fin). Si Gabina Esquerdo se empoderó robando dinero de su propia economía familiar para meterse bótox y porquerías cosméticas como una adicta y hundirse en tratamientos esteriles para su cuerpo decadente, también es una forma de empoderamiento. Hizo algo cladenstino cuando podría haberlo hecho de forma transparente. Nadie le negaba ejercer sus elecciones y el dinero no tenía restricciones, pero en su miseria interior, no había poder ni estructura yoica para introyectarlo con madurez, diría el psicoanálisis. Lo que había eran artimañas sórdidas y especulativas. Luego saque el lector sus propias conclusiones. El narrador también sacó las suyas al final del libro cuando descubre la deshonestidad de su esposa, su escasez emocional y neblina psicólógica inducida por su mezquino círculo social de la noche, de la fiesta, más bien bajo y vulgarísimo. Gabina, en definitiva, se mueve en una maquinaria paralela y ruin también elaborada a partir de conceptos, como le pasó a Emma Bovary. Ambas, finalmente, resultan mujeres desechables, de muy bajo valor, que se infaman. Trafican con su cuerpo y su apariencia todo aquello que no pueden tramitar espiritualmente.

¿Entonces cual es tu conflicto con la mujer enfrentada a si misma o a su propia forma de enfrentar al mundo?

No reniego del humanismo que empodera, en tanto no se desvíe de su propia premisa humanista. Solo reniego de la estafa en la que se ha convertido el término “empoderamiento”. Como autor, a la vez que testigo de un climaterio desbocado como el que me tocó presenciar, no resultaba vertebral que Gabina, la protagonista, mujer ya madura y además extranjera en una ciudad pequeña, persiguiera un imaginario estéril de emancipación sostenido en un eje de diversión-validación-promiscuidad. Lo que resalto en la novela —y lo que hace trágico al personaje— es cómo el capitalismo y el consumo la secuestraron hasta convertirla en una mercancía superficial, fatua y, en última instancia, profundamente degradante para ella y su entorno familiar. Y lo explico a través de las costuras filosóficas de la obra, divididas en dos verdades especulares y por eso incómodas: el empoderamiento cosmético y vulgar de Gabina Esquerdo versus el empoderamiento real del personaje Ana en España, amiga entrañable del escritor, que debe luchar tras la trágica muerte de su marido y sacar adelante a tres niñas pequeñas sin ayuda. La novela plantea una antítesis radical entre dos formas de habitar el poder femenino. Por un lado, está el empoderamiento de Ana, viuda que decide luchar cada día contra un sistema y una circunstancia compleja para salir adelante en una realidad llena de amenazas y carencias. Ana, que solo aparece un poco al final del libro, es la contracara de Gabina, que es realmente una impostora, apropiadora de un discurso de subsuelo, de zanja cosmética y sexual muy cuestionable. Algo que finalmente elige para maquillar su desorden interno.

¿Realmemte elige, o por sus orígenes no pudo hacer otra cosa?

Si no pudo hacer otra cosa solo podría responderlo Gabina en el diván. En cualquier caso, su transición menopáusica resultó un poco delirante y rejuvenil, patológicamente refractaria a su edad real. Su búsqueda de libertad consistió en someterse a la tiranía de la industria cosmética, o ceder a la miserable tentación de robar discretamente del patrimonio familiar para costear maratones estéticos de bótox o hilos tensores faciales, o bien deambular en redes autoproclamándose “artista plástica” haciendo poses inadecuadas para que sus paisanos de Cuenca le tengan alguna forma de envidia –que era su gran aspiración social incumplida en Carrascas del Campo–. Algo que arrastraba desde pequeña. El de ella no es un empoderamiento que emancipa el pensamiento: lo coloniza aún más y apenas disimula la decadencia de la carne. Ese camino que escoge la hunde todavía más en un psiquismo social –y personal– del todo insano.

Sientes que eso Gabina y Emma Bovary se parecen

Exacto, pero cada una con su pathos, que resultan muy similares. Es increíble la mirada social de Flaubert y cómo el sistema actual no ha superado muchas taras sociales. Solo las complejizó.

Hoy buena parte de la sociedad está asustada del feminismo… ¿Tú lo estás?

Si lo estuviera, no militaría en él y por él. Sin ser mujer, tengo conciencia de clase solidaria. Creo que has leído varios de mis artículos al respecto y voy a considerar tu pregunta como un dardo travieso… ¡Eres mala!

Te estoy entrevistando y toca responder, mi querido.

Supongo que el feminismo actual no asusta, pero sí produce muecas de extrañeza, sobre todo la parte que se desvió de ciertas perspectivas doctrinales centradas en un humanismo sin fisuras. Ya lo dije en otras entrevistas y charlas: ningún humanismo puede pregonar el odio y hoy algunos feminismos lo hacen y se arriesgan a quedar fuera de juego. Parecen ir olvidando que el feminismo tiene una naturaleza intrínsecamente socialista y totalizadora de los demás humanismos. Algunos sectores activistas han logrado reducirlo a un simple recurso de autoayuda plana y sin matices que empuja a mujeres maduras (o no) a subirse a una máquina trituradora disfrazada de empoderamiento que incluye negar la propia senectud; la correspondencia afectiva y el compromiso que implica cultivar los lazos cuando son constructivos. Eso hoy es casi un anatema social. Ya no es un valor. La estabilidad emocional está mal vista y la permanencia ha perdido la batalla ante lo rápido, lo dopamínico y lo inmediato. Hay un atajo adolescente a lo sensual y un desprecio por lo intangible. La verdad, el amor, el decurso vital como experiencia compartida y solidaria están devaluados a causa de una ingeniería social destinada a ampliar los mercados: cuánto más vacuidad y crisis existencial, mayor será la búsqueda de satisfacciones artificiales, de productos, de cosas apetecibles pero finalmente desechables.

Además de la casa conyugal, hay otro protagonista tácito en tu novela, que es el climaterio, la menopausia de la protagonista, a partir de la cual se desatan otros conflictos. Pero me da la impresión de que la novela pone muy en primer plano ese proceso en la mujer.

¿Como si lo estigmatizara?

Parece que lo señalas como algo disruptivo.  

Porque en realidad lo es. Cuando Simon de Beauvoir escribe La mujer rota habla precisamente de esa disrupción que no es gratuita para nadie: ni para la mujer que la padece ni para el entorno. Cuánto más en estos tiempos en donde el imaginario social está tan contaminado y enfermo colectivamente. Por eso creo que hace falta docencia para entender lo que sucede en la mujer y su entorno durante este período, y esto no es mi análisis. Existe cierto consenso en la comunidad científica y psicólógica sobre ello: falta educar sobre el climaterio a la sociedad, incluso a la propia mujer que muchas veces se ve superada por su propia circusntancia hormonal, es decir, fisio-psicológica. Es verdad que la novela coloca en el centro de la trama la crisis de la mediana edad y hasta le da título a la novela. Sin embargo, en la mayoría de las culturas no occidentales no estigmatizan el climaterio. Tampoco mi libro lo hace, aunque la menopausia de Gabina resulta determinante al ser una mujer que demostró pocos recursos emocionales y psicólógicos a la hora de afrontarla con dignidad y autoestima, por eso cae en conductas que la rebajan ante ella misma, sus hijos y el propio entorno social que la guía en ese viaje más bien caótico. Otras culturas mejor relacionadas con la vejez y la muerte veneran este período de la mujer, que en Occidente sigue sin comprenderse y donde falta inmersión, sobre todo en el segmento masculino. El problema es Occidente y su escala de valores productivista, materialista y poco profunda. La crisis del climaterio es un proceso multidimensional innegable, un duelo por el inicio de la vejez sexualmente infértil que debe –o debería– ser transitado con gozos diferentes, acaso más plenos y serenos. No sin sexo. Quiero dejar en claro este punto.

¿Tu tesis es que la cultura resulta determinante en el tránsito psicológico?

Total y absolutamente. En este lado del mundo la sociedad actual prohíbe envejecer con dignidad, con amor al otoño de la vida, porque cerrar el ciclo productivo vital en una mentalidad de producción infinita, resulta un pecado, una simbología inaceptable. De hecho, en el ámbito corporativo, las mujeres con altos cargos que transitan el climaterio, lo ocultan, ni lo mencionan. Aguantan como pueden la exteriorización de sus síntomas porque va a contramarcha de la catequesis capitalista. Eso y envejecer, junto a la decadencia de la belleza, son todas transgresiones a las liturgias que el poder económico exige. La manchega Gabina Esquerdo, atrapada en sus traumas de pobreza y locura familiar, además de sus profundos complejos respecto de su propio cuerpo flácido heredado de una genética ineludible, en lugar de enfrentar su finitud con la metafísica excelsa de la madurez, elige el atajo que proponen las corporaciones, el sistema mismo que la condena: se inyecta la cara con porquerías a antes de subir al avión que la llevará a sus miserables comarcas manchegas.  Todo eso mientras destruye su hogar, descuida a sus hijos y se presta como bufona para divertir con anécdotas sexuales a un grupo de amigas divorciadas y aburridas sin horizontes vitales. Pero lo trágico no es su caída sexual, que no debería ser moralmente cuestionable en determinados contextos; lo espeluznante es la liviandad, la total irresponsabilidad y la turbiedad con la que decide buscar esperanzas de juventud en las cloacas de su realidad más cercana, como hizo su hermana Soledad en su Cuenca natal. Y tales conductas no son un caso aislado: es un dispositivo programado por el mercado que se activa en la madurez de ciertas mujeres para aniquilar todo lo fértil o lo florido que habían construido con sus familias, aunque eso no siempre es posible, por supuesto. Pero Gabina tenía opciones de cambio constructivas y eligió las más sombrías. Las que aprendió de niña en su miserable y clasista pueblo español dentro de una familia donde habitaba la esquizofrenia y un padre cobarde y ausente que validaba a un hermano abusador de sus hermanas.

¿Por qué siento que el personaje masculino del escritor no comprende del todo a la joven Gabina provinciana y cuestiona duramente a la mujer madura que escogió salirse de la norma?

Yo creo que, por el contrario, se metió de cabeza en la norma. Hoy privilegiar los vínculos, consensuarlos, construirlos, es lo revolucionario. Gabina resultó una mujer paradigmática. Una continuadora y a la vez víctima de las tendencias más prosaicas que nos ofrece la sociedad. No hubo ninguna elaboración reflexiva en sus elecciones. Fue al hueso de lo simple, de lo consuetudionario digital: salir a las redes a buscar figuración, dopamina y sexo de baja estofa (en ese orden). Inició, al igual que Emma Bovary un proceso sordo y lento, pero inexorable que concluye en autodestrucción. Por otra parte,creo que el protagonista escritor comprende –o cree hacerlo– a la joven que conoció en su pueblo de Cuenca. De hecho, se abstiene de hacer juicios clasistas sobre ella. Si los hubiera hecho habría pasado por alto a esa mujer que resultó de escaso valor y una fingidora magistral de sus traumas; probablemente una narcisista encubierta, como Emma Bovary, aunque estas categorías fueron posteriores. En la parte final del libro donde brilla una sesión psicoanalítica, el protagonista escritor declara que se mantuvo a su lado “porque creyó en sus sueños”. La dureza que despliega contra la Gabina madura, su disección brutal de esa mujer llena de dobleces se basa en el descubrimiento de que todo el aparataje de ella era un fraude y una gran máscara destinada intentar maquillar sus obsesiones de clase. Tal vez por eso ella se construye a través de un metalenguaje relacionado con lo físico y corporal: mi cuerpo como insignia de mi fracaso o de mi valor en la sociedad. De ahí su tribulación cuando el espejo le devuelve un reflejo decadente e inaceptable para los estándares de belleza que impone el sistema. Hasta arriesgaría decir que la novela es el relato del colapso de una narcisista encubierta acorralada ante el baño de realidad que le muestra su cuerpo.

La duda que surge como lectora es… ¿Ella siempre fue así o resbaló en una pendiente gradual de autodesprecio o simulación?

Buena pregunta, aunque algo compleja de responder. Nadie, ni siquiera el autor, podría entrar en la cabeza de la protagonista. Pero si debo arriesgar una respuesta, es que ella siempre vivió una parodia de su propia vida. Sin advertirlo, el escritor de la novela se casó con una mujer deshecha. Una narcisista vulnerable que decía querer superarse y que fue tomando retazos de aquí y de allá para lograr una identidad aceptable para el mundo. O para su escala de valores provincianos.

Hoy está muy de moda hablar de narcisismo. Yo ceo que el propio capitalismo necesita aumentar esos perfiles, patologizar a la sociedad para que se ahogue en consumo y no busque refugio en el otro, en lo comunitario, desde un lugar humano o cooperativo. Por momentos, pareciera que el propio escritor que narra su desamor tiene aristas narcisísticas.

En efecto, la lectura interpela al lector sobre la mirada unilateral, los goces y el sufrimiento. El problema, según estudiosos del trastorno narcisista como Otto Kernberg, Theodore Millon y otros, surge cuando el narcisismo se convierte en estructural. Es decir, que no puede escindirse del comportamiento o la mirada sobre el mundo. Cuando se patologiza, como bien señalas. Un actor, un locutor de radio, un youtuber, un artista callejero, un escritor, o una mujer que sale lucirse a una pista de baile, sin dudas deben echar mano de la parte narcisista de su Yo para interactuar, provocar un efecto empático con lo que se muestra o exhibe. De otra forma fracasarían. Si no fuera así, saldríamos todos a la calle despeinados y con la ropa sucia y desalineada. El problema no es la cuota de narcisimo necesaria que todos desarrollamos de una u otra manera. El conflicto surge cuando pasa a ser un trastorno de la personalidad, una defensa inexpugnable. Algo que moldea y captura al individuo en su relación con el mundo. Y ese trastorno tiene rasgos muy específicos y omnipresentes, con matices: la envidia narcista, la ira encubierta, la competencia constante con el entorno, incluidos los seres amados, y otros factores que motorizan a una personalidad narcisista, que siempre es necrófila y termina siendo destructiva.  

¿Entonces cómo debemos interpretar los escritos secretos de la protagonista descubiertos por su marido durante la reforma de su casa?

Ahí quedan patente los rasgos ocultos de la protagonista. Por eso él termina fotografiando las anotaciones y guardándolas, ante la necesidad de un diagnóstico psiquiátrico futuro. Allí descubre el trastorno claro de su compañera, que supo ocultar con maestría todos sus complejos de clase, de su infancia disfuncional con un escenario psiquiátrico y sus ansias aspiracionales llenas de una vacuidad muy rural, muy plana, además de obsesiva.

Te refieres a la parte donde ella escribe que “quería triunfar para parecer importante. Que me tuvieran envidia. Que las amigas de pueblo me vieran importante” (cito de memoria, no me tome textualmente).

Eso mismo… En esos escritos están exhumados no sólo los traumas de infancia o la enfermedad familiar y social que Gabina arrastraba, sino su propia estructura llena de envidia e ira soterrada por su condición atormentada. En términos vulgares, la protagonista se revela como una resentida social, a pesar de haber alcanzado bienestar, posibilidades de crecimiento personal, un matrimonio sano…

Pero no necesariamente satisfactorio. Por eso quiere divorciarse.

En efecto, no siempre lo sano y armonioso produce bienestar. La psique humana no es lineal y está llena e trampas ocultas que se tiende a sí misma. Lo que Lacan llama un “goce”. A veces tener acceso a la propia realización o estabilidad desata procesos de culpa que exigen autocastigo, siempre dentro de la teoría lacaniana y otras. Por eso, al descubrir las anotaciones de su esposa, el escritor se convence de que ella nunca buscó un despliegue espiritual o artístico en las dos décadas de matrimonio. A pesar de tener oportunidades plenas para su realización durante toda su vida matrimonial, Gabina solo buscó instrumentalizar su impostura, su falso Yo lleno de coladuras psicológicas espiritualmente mezquinas. Gabina resulta así una gran impostora, incluso para ella misma, cuando confiesa que su único motor era llegar a tener más dinero que las amigas del pueblo, ser rica, no envejecer y hundirse en tratamientos de belleza sin fin, como si fueran un salvavidas emocional. Todas metas más bien repugnantes en un ser humano. ¿No?

Esa parte es abrumadora… La recuerdo con mucha angustia al leerla. Es un personaje trágico, y lo peor es que hoy abundan millones de Gabinas en este sistema. Como Emma Bovary, pero en el siglo XXI.

Por eso el escritor la cuestiona duramente. Porque descubre que la mujer madura no evolucionó; involucionó de posible mariposa a oruga devoradora y resentida. El narrador no ataca la madurez de Gabina por un sesgo de género o por su menopausia en sí; ataca la sordidez y la deshonestidad con la que ella decide tramitar su crisis de senectud. Aquí las analogías con Madame Bovary son muy tangibles: su aburrimiento que la lleva a buscar placebos destructivos para ella y su entorno o la sexualización clandestina como búsqueda primaria de intensidad barata. La escena donde Gabina va a una construcción precaria de la periferia de su ciudad a desfogarse con un patán mucho menor, traen a la mente las escenas de Emma Bovary teniendo aventuras en los hoteles de la ciudad de Ruán o la famosa escena de sexo en un carruaje con las ventanillas cubiertas por cortinillas. Emma Bovary, como Gabina, buscaron adrenalina fácil, relacionalmente tóxica y autodegradante, considerando las implicaciones de ambos contextos. Cuando Emma Bovary se endeuda con su amigo prestamista a expensas de su marido médico –al que termina arruinando– para mantener una apariencia de estatus, resulta una perfecta analogía del furor de Gabina Esquerdo que hurta dineros familiares, aprovechando la confianza y ausencia de control de su marido, y todo para costearse insumos cosméticos de enorme valor, intentando mantenerse lozana o con un remedo de juventud.

¿Estas hablando de la realidad o es pura ficción?

No… no… Créeme que la realidad es muy superior. Mucho más cruda y turbadora que la mejor ficción posible. Te lo afirmo.

Flaubert no solo critica a Emma sino a toda la sociedad burguesa de su época. El sentido de la obra es mostrar cómo el entorno, un pueblo gris, un marido plano y predecible como Charles Bovary, y unos amantes cobardes, asfixian cualquier intento de trascendencia.

Pero hay que señalar algo también importante: Ni Emma Bovary ni la española Gabina Esquerdo han intentado algún tipo de trascendencia existencial. Ambas están dominadas por espíritus de una enorme indigencia, atrapadas en una mundanidad muy vulgar y llana. Me viene a la memoria una imagen de la estupenda novela Las Piadosas, del argentino Federico Andahazi, en donde las hermanas Legrand (las protagonistas) iban rebuscando entre la basura y los despercidios urbanos, cualquier preservativo usado para poder beber alguna cuota de semen que pudiera haber quedado allí.  Andahazi a mí me parece un autor con verdaderos hallazgos metafóricos en su literatura, porque casi siempre da en la tecla de lo que quiere invocar. Con respecto a la esposa del escritor en la novela, su búsqueda en la basura social, en los bares llenos de carroña nocturna, es casi lo mismo. No creo que el entorno sea tan condicionante para una voluntad superior. Los libros de Historia están llenos de voluntades que florecieron en los ámbitos más perjudiciales y abyectos o carentes de estímulos. Buscarse a sí mismo prescinde en parte de los contextos, yo creo.

Eso es relativo… No siempre es posible superar los entornos, los orígenes.

En parte. Por eso yo hablo de la “voluntad superior”, la que se sobrepone a los contextos. Desde una perspectiva masculina, el marido chato de Emma Bovary hizo lo mismo que el esposo cosmopolita de Gabina Esquerdo: proveer oportunidades de búsqueda y crecimiento que fueron desdeñadas por personas sin propósito vital. Gabina pudo haber ido a la universidad, como le propuso su marido, colaborando y liberándola incluso de sus labores de madre cuando le ofrece alternativas.

Madame Bovary envía a su hija Berthe con una nodriza. Se deshace de ella para poder ocuparse de sus obsesiones.

Así es. En cambio, Gabina podía compatibilizar sus roles con sus búsquedas porque lo tenía todo y un apoyo incondicional, aunque luego confesó en sus anotaciones que “todo le aburría”. Pudo continuar con su oficio escogido como modista de novias, pero todo terminó en el basural de su alma seca e infértil. Por eso tengo reservas en este punto. Ninguna realidad puede detener a un espíritu que busca su propio cultivo.

La diferencia entre el personaje de Flaubert y la joven de Carrascas del Campo, es que la primera nutre su insatisfacción en la disonancia que le provocan las novelas románticas que lee, llenas de promesas idílicas. Se da cuenta que la realidad es más dura y menos deliciosa. En cambio, Gabina solo arrastra una mochila transgeneracional de humillaciones y desprecios sociales en su Cuenca natal.

El vacío existencial de Gabina y de su hermana Soledad, acosadas por sus propios traumas irresueltos, surge de haber sido sometidas durante años por un hermano inculto, egoísta y maltratador en un hogar donde reinaba el oportunismo y el desprecio de todos hacia todos. Una dinámica que esculpió hacia abajo a las dos hermanas, cada una salvándose como pudiera. Fueron rebajadas como sujetos dignos desde la propia crianza. Todo ello sumado a los peligros constantes que implicaba una madre esquizofrénica. Ese caldo doméstico mísero y enfermizo las moldeó como mujeres mendicantes. Mendicantes de atención, de placereres efímeros y sin mucho esfuerzo, con tal de ser vistas por alguien que se ajustase a sus imaginarios muy limitados y carentes de autoestima. Esa esencia psicológica terrible y degradante fue la que trajo Gabina hasta una ciudad a 100 Km. de Buenos Aires, donde había construido un hogar junto a su esposo escritor y sus dos hijos. Lo mismo que hizo madame Bovary en su lugar de residencia conyugal, en Francia: llevar su propio caos con ella, sin poder huir de él, porque era constitutivo, habitaba en su psique. Era su propia sombra sin resolver. Flaubert también tomó de la realidad para escribir su novela. Su relato cuenta la vida de Véronique Delamare, que terminó suicidándose. Sólo le cambió los nombres y algunos detalles.

Mi pregunta entonces sería: ¿qué tanto tomaste tú de Cuenca y Carrascas del Campo? De sus gentes y sus tormentos.

Lo que imagines. Mucho más no puedo develar. Mi novela es lo que los franceses denominan una roman à clef, una novela en clave.

En tu novela la tragedia explota repentinamente porque todo ese caldero estaba bajo presión, patológicamente oculto, y estalla cuando las hormonas y la menopausia ponen en jaque la autoimagen falsa de la protagonista, desestabilizándola por completo.

Así es, y en este aspecto Flaubert muestra a Emma Bovary mucho más genuina. Fue adúltera, promiscua y consumista sin menopausia, por puro hastío espiritual. En cambio, la esposa del escritor en mi novela liberó su esencia más oculta cuando ya su horizonte le pareció poco tentador o sin estímulos suficientes para su alma vacía necesitada de diversión constante. Su esposo había sufrido un cáncer y la riqueza había menguado, lo cual creaba las condiciones para un descarte en toda regla. Fue entonces donde la verdadera naturaleza espiritual de la protagonista emergió con toda su podredumbre interna. Y aquí surge una equivalencia entre las dos hermanas Esquerdo: a pesar de que las separa un océano, ambas estructuran ambiciones primarias de legitimación social más bien baja, probablemente porque allí hay traumas escondidos de incesto, desprecio, hambre u otras cosas no dichas ni en la novela ni en la familia. Algo que exploraré a fondo en la segunda parte de esta trilogía.

¿Hay segunda parte?

Habrá una segunda parte y un epílogo que cerrará la trilogía. Serán libros intensos, le aviso.

Si la trilogía sigue la línea del último, tienes lectores asgurados. ¿Podrías adelantarnos algo?

Definitivamente no.

El título al menos

Eso sí… La segunda novela se titulará Hijas del Paraíso y lo que sí puedo comentar es que el protagonista es colectivo: ese pueblo manchego de Carrascas del Campo y sus historias ocultas, alternado con un marco de la posguerra civil española y su correlato con la España moderna pero oculta. Una ambientación actual en donde el los histórico y psicosocial será trasversal a la trama. Será una novela profundamente revisionista del pasado y acaso más intensa que la anterior, porque en Carrascas del Campo hay todo un universo que busca ser narrado.

En ese pueblo de Cuenca encontraste tu “Macondo”, como hizo nuestro “Gabo” García Márquez.

Algo así… En esas estepas de Cuenca hay cadáveres que piden ser exhumados y vueltos a enterrar, pero desde la verdad histórica y las infamias parentales. La España profunda actual está llena de esos muertos que claman desde las fosas de la historia y desde los negros sótanos familiares.

Una novela más intensa que la primera habrá que leer para creer. ¡Eso es todo un reto!

Mujer de poca fe.  No le temo a los retos.

__________________________

Cris González Fundadora

*Libro a la venta en librerías de Argentina. Para adquirir el libro en formato digital ir a:

https://libros.acercandonoscultura.com.ar/libro-242-el-demonio-del-mediodiacute_a.html

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