En junio de 2010 apareció el primer número de Correo del Alba en una América Latina que abría un futuro distinto en su historia. Un nuevo paradigma de integración regional que comenzaba a tejerse a inicio de la década en el mapa de la Patria Grande, basado en acuerdos que visualizaban las condiciones de desigualdad de los pueblos del Sur Global, se afirmaba como un espacio propio de coordinación política. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) lideraba formas inéditas de cooperación entre pueblos y gobiernos, y en varios países fueron afianzados por los comandantes Hugo Chávez y Fidel Castro procesos de transformación que devolvían al concepto de soberanía su real sentido, después de décadas en que había sido más promesa que realidad. Era un tiempo de esperanza, pero también de disputa, de tensiones abiertas y de futuros en construcción desde los pueblos.
En ese escenario se hizo realidad este proyecto editorial. Sin grandes estructuras, con más convicción que certezas materiales, pero con una idea clara: la necesidad de pensar a la América toda desde Nuestra América, de narrar el mundo desde la visión de sus pueblos y de sostener un espacio de análisis crítico en medio de tanta desinformación.
Hoy, tras 16 años de vida, ese recorrido impreso llega a su fin. No es una despedida ideológica ni un abandono de las ideas que nos trajeron hasta aquí. Como decía Lenin: “sin finanzas no hay partido”. Las razones que dieron origen a la revista no han desaparecido, al contrario, en muchos aspectos se han vuelto más complejas y urgentes. Las interpelaciones sobre la desigualdad, la soberanía, la guerra, la comunicación, el poder global o el destino de nuestros pueblos siguen abiertas.
Nos detenemos por una razón más concreta y más dura, como son las condiciones materiales, las que sostuvieron el proyecto y ya no existen. A ello se suma una transformación profunda del sistema comunicacional que, en apenas unos años, modificó por completo la manera en que circulan las ideas, se construyen los debates y se sostienen los medios independientes.
Durante este tiempo atravesamos crisis económicas, cambios políticos, convulsiones regionales, transformaciones tecnológicas aceleradas y una pandemia que alteró las certezas previas. Resistimos como se pudo, gracias al trabajo silencioso y constante de quienes gestionaron, tramitaron, escribieron, editaron, corrigieron, diseñaron, distribuyeron y acompañaron la revista en cada etapa, incluso cuando la continuidad parecía imposible.
El mundo de la comunicación cambió de forma irreversible. Las redes sociales reordenaron los hábitos de lectura, los algoritmos intermedian lo visible y lo invisible, la velocidad reemplazó a la pausa y la atención se volvió un territorio disputado por plataformas globales que concentran contenidos, audiencias y recursos. En ese nuevo escenario los proyectos pequeños, críticos e independientes enfrentan una presión que pocas veces encuentra equilibrio posible.
No somos una excepción. En toda América Latina proyectos editoriales, revistas, periódicos y espacios culturales que durante décadas sostuvieron el debate intelectual fueron cerrando o transformándose para sobrevivir.
Si algo sabemos en América Latina es que la Historia no avanza en línea recta: los ciclos se abren y se cierran, pero nunca de manera definitiva. Hubo derrotas que parecían absolutas y terminaron siendo transitorias. Hemos tenido avances que parecían sólidos y luego retrocedieron. Aun así, los pueblos vuelven a empezar cada vez.
Desde Bolivia hemos vivido esa dinámica con especial intensidad. Hemos sido parte y testigos de procesos profundos de transformación social, de la irrupción de actores históricamente invisibilizados, de la disputa por el sentido del Estado y de la construcción de nuevas formas de representación popular. Permaneciendo algo que no se agota como es la capacidad de los pueblos de organizarse, resistir y volver a intentar.
Cuando este proyecto comenzó el orden mundial conservaba una aparente estabilidad. Década y media más tarde ese mundo ya no es el mismo. El mapa del poder se ha desplazado, nuevas potencias han emergido, viejas certidumbres se han erosionado y la idea de un orden unipolar está siendo superado por un escenario multipolar.
A la par, el mundo ha entrado en una etapa de conflictos abiertos y tensiones prolongadas. Las guerras, las sanciones económicas, las disputas energéticas, la crisis ambiental y la competencia tecnológica forman parte de una realidad que se ha vuelto estructural. Las instituciones internacionales atraviesan una pérdida de legitimidad que expresa una crisis más profunda del sistema global surgido tras la Segunda Guerra Mundial.
En estos años vimos golpes de Estado con nuevos ropajes institucionales, judicialización de la política, campañas sistemáticas de desinformación y presiones económicas que buscaron condicionar proyectos soberanos. Vimos ataques de una ignominia brutal como el caso de Palestina, convertido en una herida abierta de nuestro tiempo.
Sin embargo, incluso en medio de ese escenario, los pueblos han seguido de pie.
A pesar del criminal bloqueo y agudización de las presiones contra Cuba, esta continúa siendo un ejemplo de resistencia frente a una presión prolongada y asimétrica. Presenciamos el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente Maduro.
Bolivia conserva en su memoria colectiva una fuerza social que ha sabido reaparecer una y otra vez en los momentos decisivos.
Nos vamos, entonces, a un tiempo de transición. Un tiempo en el que conviven estructuras que se resisten a desaparecer con nuevas realidades que no terminan de consolidarse. Un tiempo incierto, liminal, profundamente histórico.
Y en ese tránsito hay también una mezcla inevitable de tristeza y gratitud. Tristeza, porque ninguna despedida es simple cuando detrás hay años de trabajo compartido, de lecturas, de discusiones, de afectos construidos en el camino. Porque este proyecto fue también una forma de vida. Porque en estas páginas quedó una parte de nosotros y de nuestro tiempo, de la cotidianidad, esfuerzos que con el corazón apretado continuamos día a día, año a año.
Hay mucha gratitud. Por quienes hicieron posible cada edición. Por quienes sostuvieron la revista en silencio o en voz alta. Por quienes confiaron en este proyecto con convicciones. Y por quienes escribieron, leyeron, criticaron, debatieron o simplemente hicieron suyo este espacio.
Nos vamos del papel, estaremos en la zona digital hasta que el cuerpo aguante, como dice el refranero popular. Tal vez algún día volvamos, tal vez no. Pero, como ha ocurrido tantas veces en la Historia, lo que parece cerrado puede volver a abrirse en otra forma, en otro tiempo, con otros lenguajes. Como el vinilo, que cuando parecía condenado a desaparecer encontró nuevamente su lugar entre jóvenes que lo desempolvaron y más que una reliquia lo vieron en su justa medida: como uno de los grandes logros donde el ser humano registró su voz y dejó huella. Quizá volvamos de la mano de alguien que lo resignifique respetando la persistencia de su valor documental.
Por ahora lo que corresponde es detenerse aquí, no tenemos posibilidades materiales. Contodo, los desafíos siguen presentes pues la Historia continúa.
Gracias por acompañarnos en este recorrido de 16 años. Seguiremos pensando, inventando formas de escribir las historias que nos conmueven.
Fue un honor inmenso llegar hasta aquí junto a gente tan valiosa que conformó en un principio los consejos editoriales, junto a intelectuales que escriben y analizan el acontecer global.
Un orgullo muy grande haber formado parte del espectro de medios del ALBA, que le dio voz a los pueblos.
Gracias y hasta siempre.
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Cris González Fundadora







