Pocas voces han analizado con tanta profundidad las transformaciones políticas de América Latina como el argentino Atilio Boron. Sociólogo, politólogo y uno de los intelectuales marxistas más influyentes de la Región, ha dedicado décadas al estudio de las relaciones de poder, la dependencia, el imperialismo y los procesos de integración latinoamericana.
En un escenario marcado por el avance de las derechas, la reconfiguración del orden mundial y las tensiones entre un mundo unipolar en declive y una multipolaridad en ascenso, conversamos con Atilio Boron sobre el balance de los gobiernos progresistas, la situación de las fuerzas populares, el papel estratégico de América Latina y los desafíos que enfrenta la izquierda en el siglo XXI.
En el ciclo de gobiernos progresistas que tuvimos en América Latina, ¿cuáles diría que fueron los principales logros y límites históricos? ¿Cuál su legado?
Bueno, ese ciclo de los gobiernos progresistas fue realmente muy importante, sin ninguna duda. De alguna manera, todo el continente se pintó con una tonalidad rojiza, en algunos casos más marcada, con un núcleo duro formado por la Revolución bolivariana, por supuesto la Revolución cubana –resistiendo heroicamente hasta el día de hoy–, Nicaragua, Bolivia, etcétera; y luego una periferia de gobiernos progresistas no tan radicales, fundamentalmente Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. A partir de 2018, en un proceso posterior, llegó el triunfo de Morena de Andrés Manuel López Obrador en México, que fue un elemento muy importante porque en el primer ciclo este país estaba al margen.
Pese a eso, me parece que el ciclo progresista trajo resultados muy positivos para las poblaciones de nuestros países. Se hicieron mejoras muy significativas en la distribución del ingreso, disminuyó la pobreza, hubo una expansión de las universidades públicas y del sistema de seguridad social. En el caso argentino, por ejemplo, se estatizaron las AFJP o AFP, como se las denomina en Chile; se crearon numerosas universidades y se consolidaron institutos de investigación científica en los principales países de la Región.
También hubo una política exterior relativamente independiente, no del todo porque no se podía, pero sí se logró algo extraordinario como el rechazo del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que parece una cosa muy sencilla pero había que hacerlo y se hizo en Mar del Plata en noviembre de 2005. Se avanzó además en el proceso de integración de América Latina, se fortaleció la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que estaba como un proyecto poco menos que desahuciado y tomó mucho impulso; y se creó la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), una iniciativa extraordinariamente importante, fundamentalmente motorizada por Hugo Chávez, con el apoyo de otros gobiernos como el kirchnerismo en Argentina y el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil.
Fue un período que realmente produjo cambios positivos en lo interno de los países, sin llegar, por supuesto, a los límites que uno hubiera querido, pero se avanzó bastante. Sería injusto menospreciar todo aquello, aunque podría haberse avanzado más.
En este cuestionario se habla de los límites históricos, y esos límites están fundamentalmente dados por la presencia del imperialismo norteamericano, que utilizó todas sus armas, recursos y agentes para impedir la consolidación de ese proceso.
Por eso a partir de 2015 o 2016, con la elección de Macri en Argentina, se inicia un cierto retroceso que luego se revierte en parte cuando vuelve a ganar el kirchnerismo en 2019, aunque en una versión más timorata que la anterior. Después gana Boric en Chile, también con proyectos muy moderados. Vuelve Lula en 2023, tras haber ganado la elección en 2022, pero sin la fuerza que tenía antes y en un contexto internacional muy cambiado.
Esos gobiernos enfrentaron presiones e intervenciones imperiales, además de sanciones, bloqueos e injerencias externas. ¿Cuál es el peso que tuvieron en sus dificultades internas y resultados?
Estos gobiernos enfrentaron presiones tremendas: sanciones, bloqueos, injerencias externas y guerra cognitiva. Sin plantear que esa sea la causa única del estancamiento, creo que esos factores, que siempre han operado en la política de América Latina, adquirieron una renovada importancia en ese contexto.
La crisis económica fue muy fuerte y, en el caso de Argentina, la tibieza del gobierno de Alberto Fernández, última versión del kirchnerismo, terminó por agotarlo. Sobre todo pesó la incapacidad para derrotar la inflación. La inflación es un fenómeno estructural; reflejo de la lucha de clases. Expresa lo que un gobierno está dispuesto a hacer o no para enfrentar y poner en línea a los grandes capitales, que son los que realmente, a partir de su presencia monopólica u oligopólica en los mercados, manejan los precios a su arbitrio, sobre todo en presencia de un Estado muy débil como el argentino.
De esto se habla poco. El Estado argentino tiene una capacidad recaudatoria muy limitada y se sostiene fundamentalmente con impuestos indirectos. La gran fortuna y riqueza prácticamente no pagan impuestos, cosa que no ocurre de la misma manera en otros países de la Región como Brasil, Chile o México. No es que allí paguen impuestos en una proporción equivalente a la de algunos países europeos, pero algo pagan.
“Nunca se pensó que la prosperidad de los Estados Unidos dependiera de América Latina”
En Argentina prácticamente no pagan y además actúan con absoluto descaro las mayores fortunas del país cuando anuncian públicamente que se marchan a Uruguay, porque allí les cobran muchísimo menos impuestos que los ya escasos que pagan en Argentina. Lo de Uruguay es un escándalo, es prácticamente un paraíso fiscal. Varias de las mayores fortunas argentinas tienen fijada allí su residencia. En otros casos, como Techint, la localización formal de la empresa ya no es Buenos Aires, sino Luxemburgo. Es una empresa que se creó en Argentina con apoyo del Estado, que sigue teniendo enorme importancia, que continúa gozando de subsidios, contratos y obras públicas, pero establece su residencia en Luxemburgo y prácticamente no paga impuestos.
Estos factores tienen un peso enorme en debilitar el impulso de esos gobiernos, porque para hacer reformas sociales se requieren recursos. Si uno quiere sacar a la población de la pobreza necesita recursos suficientes para financiar políticas de vivienda, salud, educación pública, cultura y subsidios para consumos fundamentales de las clases populares.
Eso no se hizo. Y en la medida en que el Fondo Monetario Internacional (FMI) fue adquiriendo cada vez más peso en Argentina, a partir de una deuda descomunal contraída primero por Macri y luego ratificada en el Congreso durante el gobierno de Alberto Fernández, el país terminó atándose una piedra pesadísima al cuello. En estas condiciones prácticamente no puede hacer nada, salvo que existiera una decisión política muy fuerte que hoy no está presente; no en el gobierno de Milei y tampoco en una oposición que no parece interesada ni tener la vocación de cambiar estas cosas. Esa deuda con el Fondo fue legalizada por una ley del Congreso, lo cual fue una aberración.
Todo esto se combina con un cambio en la política exterior de los Estados Unidos y con la revalorización de América Latina como la región más importante del mundo para ese país. Eso aparece por primera vez en un documento de la Estrategia de Seguridad Nacional. Antes América Latina figuraba como una región más, detrás de Oriente Medio, Europa o Asia, pero ahora aparece en primer lugar no solo en materia de seguridad, sino también de prosperidad.
Lo de la prosperidad es absolutamente nuevo. Nunca se pensó que la prosperidad de los Estados Unidos dependiera de América Latina y hoy se la considera esencial para garantizar tanto la seguridad como la prosperidad estadounidense.
Esto significa una recomposición de los Estados Unidos, que ha dejado de ser un hegemón global. Lo estamos viendo porque no puede ganar la guerra contra Irán, pese a meses de afirmaciones en sentido contrario. Incluso militares estadounidenses retirados reconocen que, aunque han destruido instalaciones eléctricas, petroleras y puentes, en la correlación global de fuerzas los Estados Unidos aparece como el perdedor.
Querían un cambio de régimen en Irán y no lo lograron, pese a haber eliminado a buena parte de la dirigencia más importante del país, incluyendo al ayatolá Jamenei, la muerte de científicos y del militar Soleimani. A pesar de todo eso Irán sigue ahí, con una capacidad de respuesta que resulta sorprendente.
Lo que esto significa es que el daño provocado por los Estados Unidos fue superficial. Irán responde mediante el control del Estrecho de Ormuz, el ataque a Israel y el apoyo a Hezbollah y Hamás en la Franja de Gaza. Todo esto muestra una correlación de fuerzas que ha cambiado en detrimento de los Estados Unidos.
¿Y qué hacen entonces los Estados Unidos? Debilitado como hegemón global se resigna a ser el hegemón indiscutido en América Latina. Los acontecimientos del 3 de enero en Venezuela y todo lo que vino después demuestran que esa es la línea que pretende seguir. Para ello necesita completar ese proceso apoderándose de Cuba, que es lo que tiene entre manos en este momento y que hay que impedir a toda costa, porque eso significaría el derrumbe de los afanes de autodeterminación de los pueblos de nuestra América.
Estamos en ese momento. Esos factores internacionales, sumados a las dificultades internas y a una oposición que mantiene el control de los medios de comunicación, del Poder Judicial, en buena medida de las Fuerzas Armadas y cuenta con el apoyo irrestricto de la Embajada, hacen que la correlación de fuerzas sea muy desfavorable para quienes quieren impulsar cambios, por más cautelosos que estos sean.
La realidad está empezando a demostrar que el famoso camino del centro, el que recomendaba la prudencia y el avance lento de las transformaciones sociales, no conduce a ninguna parte. Lo que se vio en las elecciones de Honduras, Bolivia, Perú y Colombia es que en el centro no hay nada. O existe una izquierda o existe una derecha cada vez más fascista, menos moderada y menos democrática. Si alguna vez hubo una derecha democrática, siempre tuve muchas dudas al respecto, está en vías de extinción. Cuando hoy se habla de derecha en América Latina se habla prácticamente de una ultraderecha radical.
Ese conjunto de factores ha conspirado contra la posibilidad de que los países de América Latina avancen como uno quisiera cuando los gobiernos progresistas estaban al frente.
“Cuando hoy se habla de derecha en América Latina se habla prácticamente de una ultraderecha radical”
¿Cuál es la fuerza de la izquierda latinoamericana y movimientos sociales ante la arremetida de esa ultraderecha en la Región?
La izquierda latinoamericana es una fuerza que hoy está muy debilitada, lamentablemente. Lo vemos en Brasil, donde Lula libra una batalla tremendamente dura para evitar llegar a un balotaje con las fuerzas de la extrema derecha radical comandadas por Jair Bolsonaro desde la cárcel y con su hijo Flavio como candidato presidencial. Algunas encuestas incluso muestran la posibilidad de un triunfo del bolsonarismo.
Vemos también en Colombia la victoria de una extrema derecha ultrarradical, racista, misógina, homofóbica y violenta. En Argentina se consolida un gobierno de derecha, pese a la hecatombe económica que está produciendo, favorecido por la descomposición de los movimientos sociales y de las fuerzas que fueron la columna vertebral del peronismo.
Prácticamente ha desaparecido el movimiento obrero organizado. La Confederación General del Trabajo de la República Argentina (CGT), que fue siempre la columna vertebral del peronismo, hoy ya no cumple ese papel. Lo que existe es una pugna por candidaturas, sin una propuesta concreta para salir de la profunda crisis en la que está inmerso el país.
En general estamos atravesando una situación de repliegue, recomposición y relanzamiento. En Perú hemos visto cómo el país se divide prácticamente en dos mitades: una para la izquierda y otra para la extrema derecha. Sin embargo, ese apoyo electoral no tiene un correlato en la calle ni en movimientos sociales organizados.
Lo que vemos en Perú es que existe una parte considerable del electorado contraria a la extrema derecha fujimorista, pero se trata de un fenómeno atomizado que no responde al protagonismo de movimientos sociales como los que florecieron en otros momentos de América Latina y que fueron capaces de derrotar al ALCA.
Esos movimientos sociales fueron el elemento fundamental que hizo posible aquella derrota. Hoy lo que observamos es su debilitamiento, su fragmentación y una gran dispersión. También vemos una política en la que las cuestiones de clase han sido, en cierta medida, relegadas en favor de las identidades y las diversidades, cuestiones que por supuesto son importantes, pero que terminan debilitando el frente de lucha. La derecha, en cambio, se unifica. Se unifica dentro de los países y también internacionalmente. Existe un internacionalismo de la extrema derecha. En eso trabajó Steve Bannon y continúan trabajando algunos magnates de la tecnoligarquía informática como Peter Thiel. En un caso extremo, Thiel incluso se vino a vivir a la Argentina.
Sí hay unidad de clase arriba. La clase dominante está unificada, está organizada. ¿Tiene diferencias? Sí, muchas, pero se unifica ante la amenaza de un enemigo común y además cuenta con una estrategia internacional que moviliza, y lo digo con mucha responsabilidad, miles de millones de dólares para fortalecer las expresiones de la derecha en todos los países del mundo.
En América Latina eso se siente de manera notable a través de las redes sociales. Uno ve, por ejemplo, personajes absolutamente marginales que de repente aparecen con dos millones de seguidores en X o en Instagram, cuando en realidad se sabe que muchos de esos seguidores son productos de granjas de bots que crean la impresión de que esos personajes tienen una relevancia que no existe fuera del mundo de las redes sociales.
No voy a dar nombres para evitar problemas legales, pero en Argentina hay varios personajes que son asesores o mentores de Milei y declaran tener dos millones o dos millones y medio de seguidores. Cuando uno revisa quiénes son esos seguidores descubre que son cuentas inexistentes o perfiles con apenas tres o cuatro seguidores. Son robots, los famosos bots.
Eso ejerce una influencia en la gente y crea un clima de consenso, reforzando aquella idea que Margaret Thatcher formuló de manera tan rotunda: “no hay alternativas, es esto o el caos”.
En el contexto de un mundo en transición hacia la multipolaridad, ¿cuál es la posición de América Latina?
Todo lo que he descrito anteriormente ocurre en un contexto en el que los Estados Unidos atraviesan una transición de hegemón global a hegemón regional. Está desesperado por el crecimiento de China, por la fortaleza demostrada por Rusia y por el potencial que podría desplegar la India si decidiera jugar un papel más activo en el escenario internacional. Todo ello ha tenido como consecuencia un retroceso de las fuerzas y movimientos sociales en América Latina y, desgraciadamente, estamos pagando un precio muy alto por ello.
América Latina ocupa una posición muy vulnerable, estamos condenados, en el mejor sentido de la palabra, a permanecer en esta región. Esta es nuestra región y tenemos que recuperarla.
Es la Región más rica del mundo en términos de bienes esenciales para la vida: agua, petróleo, gas, biodiversidad, tierras raras, minerales estratégicos, litio, cobre y muchos otros recursos. Es una región de una prodigalidad extraordinaria.
En un mundo que transita hacia la multipolaridad América Latina debería estar en la vanguardia de ese proceso. Sin embargo, hemos tenido muchos problemas. Yo creo que la multipolaridad ya está presente en el mundo actual, por eso los Estados Unidos dejaron de ser un hegemón global. Pero, dialécticamente, el debilitamiento de los Estados Unidos en otras partes del planeta fortalece su posición en esta parte del mundo, en lo que ellos llaman el hemisferio occidental.
“La izquierda latinoamericana es una fuerza que hoy está muy debilitada”
No es un dato menor que los Estados Unidos, en sus documentos oficiales, no hablen de América Latina y el Caribe, sino del hemisferio occidental. Cuando recomienda alejar a China, Rusia, Irán u otros países los define como actores extrahemisféricos. La idea subyacente es clara: este hemisferio les pertenece.
La Doctrina Monroe, ahora actualizada por Donald Trump, ha contribuido a debilitar aún más la posición de América Latina. A esto se suman errores cometidos por quien debería ser el líder de la recomposición regional: Brasil.
Brasil mantiene una política que, lamentablemente, ha resultado favorable a los intereses estadounidenses. Eso se evidencia en el rechazo al ingreso de Venezuela al Mercado Común del Sur (Mercosur) y también en la negativa expresada durante la reunión de Kazán para que los Brics+ la incorporaran. Le cerraron la puerta a Venezuela en un momento en que ese país sufría una agresión brutal derivada del bloqueo estadounidense. Esto tiene que ver con que la política exterior brasileña la define fundamentalmente Itamaraty y no la Presidencia de la República. Es una situación realmente lamentable.
A ello se suma que el Gobierno argentino, presidido por Javier Milei, rechazó la invitación para integrarse a los Brics+. En rigor, no la rechazó sino que la postergó alegando que no era el momento adecuado. Estamos hablando de un Gobierno que se enorgullece de ser, según palabras de su propio Presidente, el más prosionista de América Latina y del mundo.
Con un Gobierno así la multipolaridad pierde fuerza en América Latina. Tenemos una Venezuela sometida a una presión asfixiante por parte de los Estados Unidos; estamos ante una situación extremadamente delicada respecto al futuro de la Revolución bolivariana.
Mientras tanto, los Estados Unidos se han apropiado del petróleo venezolano y habrá que ver si Venezuela logra recuperarlo. Sabemos, porque así lo ha reconocido el propio Gobierno estadounidense, que los ingresos provenientes de la venta del petróleo venezolano se depositan en una cuenta especial del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, que luego entrega una parte al Gobierno venezolano.
Venezuela continúa bajo una situación de dependencia estructural: dependencia militar, económica, financiera e incluso en materia de política exterior. Hay que decir que la política exterior venezolana de hoy no es la misma que en otros tiempos y no puede serlo porque el país ha sido militarmente derrotado y subordinado en numerosos ámbitos de la política pública a los deseos de los Estados Unidos. Ya no se habla de imperialismo, ni de socialismo, ni de chavismo. Los vínculos con Irán han sido cortados y con Rusia prácticamente también. Con China la relación se mantiene, aunque existe incertidumbre respecto al convenio petrolero vigente. China, naturalmente, hará valer sus intereses porque ya pagó por ese petróleo.
En ese contexto, América Latina aparece subordinada dentro de este nuevo mundo multipolar que ya ha emergido aunque todavía carezca de un orden jurídico e institucional acorde. El sistema internacional ya es multipolar y no tiene vuelta atrás.
Dentro de ese sistema, América Latina tiene una presencia importante a través de Brasil. También está Cuba, que lucha por sobrevivir, y México, que actúa con enorme prudencia debido a la presión de los Estados Unidos.
La designación de los cárteles de la droga como organizaciones terroristas internacionales abre la posibilidad de que los Estados Unidos justifiquen acciones militares unilaterales. Trump ha mencionado explícitamente al Cártel Jalisco Nueva Generación, al Cártel de Sinaloa y también a las principales organizaciones criminales de Brasil, el Comando Vermelho y el Primeiro Comando da Capital. Lula ha protestado, aunque de manera aislada, pero la amenaza sigue ahí.
Por eso digo que, en un mundo cada vez más multipolar, América Latina no está desempeñando el papel que debería asumir y que Fidel Castro aspiraba para nuestros pueblos. En otra época eso fue posible, hoy resulta mucho más difícil.
Pensando en el futuro de la izquierda, ¿cuáles deberían ser hoy sus principales premisas políticas, económicas y culturales para seguir siendo una alternativa transformadora tanto en la Región como en el mundo?
La izquierda tiene que avanzar en su organización. Hay tareas inmediatas. La primera es dar la gran batalla ideológica frente a sociedades que han sido profundamente reestructuradas en el plano cultural y en la conciencia social por los avances de la guerra cognitiva impulsada por la derecha y el imperialismo.
Organizar a las clases populares es cada vez más difícil, porque presentan un nivel de fragmentación enorme. Además aparecen fenómenos como el pobre de derecha, el pobre de extrema derecha, el pobre que combate a otro pobre, el que rechaza organizarse y prefiere sobrevivir exclusivamente mediante su esfuerzo individual. La izquierda necesita lograr una penetración ideológica capaz de enfrentar esta nueva mentalidad impuesta por la derecha. También debe desarrollar la capacidad de organizar a todos los sectores sociales, algo que resulta cada vez más complejo.
Vivimos en una América Latina marcada por la desindustrialización. Es un fenómeno visible en Argentina, Chile, Brasil y en buena medida en México. A ello se suma el crecimiento de la informalidad laboral. En países como Perú más del 70% de la población económicamente activa trabaja en condiciones de absoluta precariedad: sin derechos, sin sindicalización, sin aguinaldo, sin vacaciones pagadas, sin licencias por enfermedad ni protección social.
“Si no existe una inminente ruptura revolucionaria del capitalismo debemos elaborar un programa de transición”
Ese es el mundo que estamos viviendo. Y ocurre también en los Estados Unidos y en gran parte de Europa. La crisis se manifiesta de manera semejante y por eso han prosperado allí los movimientos de extrema derecha.
Hoy es necesario instalar la idea de que una sociedad basada en el egoísmo desenfrenado y en la creencia de que los mercados resolverán por sí solos los problemas sociales no tiene futuro.
Recordemos que, a comienzos de este siglo, algunos pensadores de izquierda creían contribuir a la emancipación popular cuestionando toda forma de organización, suponiendo que las multitudes espontáneas serían suficientes para transformar la sociedad. La experiencia demostró que era una idea equivocada.
Ya no existe discusión seria sobre la supuesta productividad política de una multitud desorganizada. La izquierda debe dar esa batalla y mejorar profundamente sus mecanismos de comunicación. En muchos casos sigue utilizando mecanismos arcaicos. No quiero generalizar, pero es difícil no hacerlo cuando se repiten los mismos errores país tras país. No se habla con claridad, no se nombran las cosas por su nombre, no se habla del imperialismo ni del socialismo, no se denuncia con suficiente firmeza el desastre que produce el capitalismo y tampoco se explica que no existe solución para los problemas sociales y ecológicos sin superar ese sistema. Tampoco se elabora un programa de salida de la crisis.
Yo pienso que, ante la imposibilidad de reproducir en el corto plazo procesos como la Revolución rusa, la Revolución china o la Revolución cubana, es necesario pensar alternativas. Hoy no existe en ningún país una coyuntura comparable a aquellas que hicieron posibles esos acontecimientos.
Tampoco existen condiciones para una salida extraelectoral. Se ha impuesto la idea de que todo debe resolverse mediante elecciones, aunque muchas veces los procesos electorales terminan limitando severamente la capacidad transformadora de los gobiernos.
No se puede modificar una sociedad tan desigual como la latinoamericana cuando cada dos años los gobiernos deben someterse a nuevas pruebas electorales en las que intervienen la guerra cognitiva, los medios de comunicación, el lawfare y el peso del imperialismo. Por eso la izquierda necesita replantearse cómo avanzar en estas condiciones y cómo comunicar mejor su proyecto.
Con frecuencia se elaboran materiales excelentes para seminarios de pensamiento socialista o marxista, pero que no logran traducirse en mensajes comprensibles para la mayoría de la población. Se insiste en textos extensísimos para explicar las virtudes de una propuesta de izquierda. Sin embargo, las grandes revoluciones del siglo XX se construyeron sobre consignas simples y poderosas: pan, tierra y paz; sufragio efectivo y no reelección; independencia nacional; soberanía popular.
Hoy observamos campañas de izquierda que parecen tesis doctorales. Además no tienen en cuenta que la gente lee menos que antes y que los tiempos de atención son cada vez más breves. La cultura del panfleto y de la prensa escrita ya no tiene la eficacia de otras épocas; hay una fuerte resistencia dentro de la izquierda a utilizar los nuevos mecanismos de comunicación. Por eso sostengo que los militantes deben ser también guerreros digitales, deben dar la batalla en Instagram, Facebook, TikTok, X y todas las redes sociales. De lo contrario, no tendremos futuro.
Al mismo tiempo, si no existe una inminente ruptura revolucionaria del capitalismo debemos elaborar un programa de transición. Lo que alguna vez llamé un protosocialismo.
¿En qué consistiría? En comenzar a desmontar piezas fundamentales del capitalismo contemporáneo. Por ejemplo, avanzar hacia una producción estatal de medicamentos, porque la vida no puede quedar sometida a la lógica de la ganancia.
Socializar los medicamentos, fortalecer la medicina pública, reforzar los hospitales públicos, avanzar en la socialización de la educación, ampliar el financiamiento de la enseñanza pública y desarrollar políticas firmes de protección ambiental. Pero todo esto debe ir acompañado por un fuerte proceso de reorganización popular.
Uno de los errores de las izquierdas que gobernaron en América Latina fue subestimar el peso de las instituciones del Estado burgués, que funcionan permanentemente para reproducir el capitalismo.
Salvador Allende lo explicaba cuando decía que daba instrucciones para avanzar en una dirección y la burocracia actuaba exactamente al revés. Un Estado diseñado para reproducir el capital no está preparado para transformar el capitalismo. Por eso las izquierdas exclusivamente institucionalistas tienen límites muy claros: necesitan impulsar reformas concretas, recuperar sistemas previsionales controlados por el Estado, quitar poder al capital financiero y combinar todo ello con una vigorosa reorganización de las bases sociales. Porque si no existe capacidad para disputar la calle, no existe capacidad para transformar la sociedad.
La izquierda se ha adaptado demasiado a las estructuras del Estado burgués y esas estructuras solo producen más capitalismo. Eso puede cambiar, pero requiere un enorme esfuerzo. Confío en que en los próximos años iremos aprendiendo esta lección y avanzando en esa dirección.
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Cris González Fundadora








