A Vadik Barrón Rollano lo conocí en un evento cultural que organizaba hace muchos años; mi amiga Paola Bolívar me sugirió que lo invitáramos para que cante trova. Tiempo después supe de su música, de su poesía, de su pensamiento.
Lo contacté de inmediato, lastimosamente él estaba viviendo en la ciudad de Cochabamba, pero me dijo que en un par de meses estaría en La Paz. Ni bien llegó, nos contactamos para tomar un café, charlamos toda una mañana y obtuve algunos de sus libros de poesía.
Niñez
Vadik nació en la Unión Soviética[1]. Su padre, Jorge Armando Barrón Antezana, se fue a estudiar con esas becas que había en los años 60, una de las estrategias de diplomacia cultural más importantes de la Guerra Fría para acercar a estudiantes de Latinoamérica al bloque socialista. Recién a sus tres meses de edad se vino de Moscú a Oruro.
Sus dos padres son orureños, pero por cosas del destino se conocieron allá, coincidieron y se casaron mientras estudiaban en la Unión Soviética. Es por eso que los primeros libros que leyó están relacionados a eso: cuentos rusos tradicionales, cuentos con imaginarios que van desde lo europeo, con dragones, castillos y princesas, pero llegan también a esa parte asiática donde está el tema de los califas, los shas y las alfombras voladoras muy relacionadas al mundo persa. Leyó la biografía de Yuri Gagarin y otros cosmonautas, ese imaginario fue muy importante en su formación, sus primeras lecturas hasta los seis o siete años.
La madre
La familia materna es humilde, trabajadora, son varias hermanas, pero crecieron en condiciones más limitadas, digamos precarias. Su madre, Nelly Marina Rollano, hizo música de joven, estudiaba para ser profesora de la Normal, pero obtuvo la beca a la Unión Soviética y se fue a cursar Química. Ella fue parte del primer conjunto femenino de zampoñas en Bolivia, que tuvo un gran impacto en la música folklórica del país.
Este grupo fue fundado el 3 de junio de 1968 en la ciudad de Oruro y fue llamado Kory Majtas[2]. Hasta ahora bailan en la entrada del Carnaval. Tiempo después lo dejó y se fue a estudiar otra cosa, de ahí viene un poco la ascendencia musical, aunque no se ha dedicado profesionalmente a ello.
Su madre lee partituras, toca piano, pero nunca ha ejercido el oficio musical. Vadik ha crecido en su casa escuchando radio, las obras melodramáticas de los cantantes de esa época; y además le gustaba cantar, eso lo tenía claro, tiene un oído más o menos afinado, cantaba en el coro del colegio. A sus 18 años tomó una guitarra.
Con el tiempo decidió hacer música de rock, le gustaba mucho escuchar rock. En Oruro existe una fuerte presión con el tema del folklore, el Carnaval y esas cosas; de hecho, terminó bailado algunos años en los Tinkus Jairas de Oruro, agrupación de casi 600 personas en su mayoría jóvenes. Pero siempre le gustó el rock.
Oruro
Cuando se expresó de Oruro, de su Carnaval, dijo: “es la capital de la música boliviana”. Sociológicamente hablando, para él se trata de la construcción de una identidad colectiva.
Más allá de los regionalismos, este proceso ha sido acompañados en su momento por intelectuales como Luis Ramiro Beltrán[3], además de la dimensión política de los Cocanis, por ejemplo. Hay gente que ha estudiado estos fenómenos incluso desde el privilegio de pertenecer a clases altas. Vadik piensa que toda esa música, la andina, la festiva, la de las bandas, el folklore de sextetos, está en nuestro ADN, que es innegable.
El abuelo
Su abuelo Jorge Barrón Feraudi fue bibliotecario de la Universidad Técnica de Oruro; de él viene la vena de la literatura. Vadik he heredado eso, aunque el abuelo también tocaba guitarra, charango y otros instrumentos; era un señor bastante fiestero, según lo que cuentan. Lastimosamente falleció el mismo año que él nacía, 1976; no logró conocer a su abuelo en persona, y lo que sabe es que era de esos señores antiguos que vestía con traje y sombrero.
Su abuelo ha sido escritor y ensayista, llegó a publicar un libro de relatos, Rescoldos de angustia[4], publicado en 1970 por la Editorial Universitaria de Oruro, ambientado en el implacable Altiplano y los centros mineros de Potosí y Oruro, donde retrata la dura realidad, las creencias y el sufrimiento de los trabajadores del subsuelo.
Cuando muere su abuela, en 1986, se hace una repartija de la casa y los libros van a parara a su casa. En sus recuerdos está la imagen de una volqueta tirando libros: algunos se rompían otros quedaban intactos. Era más o menos como un metro de altura de libros; con su hermana, que tenía siete años en ese momento, se sumergieron como si fuera una piscina.
«Uno podía encontrar de todo, el abuelo tenía libros de la Universidad, boletines, libros de Matemáticas, de Medicina, en Inglés y seguramente en algún otro idioma. Se encontraban donaciones de embajadas, y sobre todo muchos libros de Sociología, Ciencias Políticas, de resistencia, de contraespionaje, marxistas, leninistas, ya que él había pertenecido al Partido Comunista de Bolivia», señala.
Al ordenarlos encontró muchos libros de literatura y le entró esa cosa de leer. Sus padres le proporcinaban lo que consideraban más inofensivo: poesía. Leyó unas antologías de poesía del Siglo de Oro, del romanticismo inglés (ahora ya lo sabe, pero en ese tiempo no distinguía tantas cosas, como son los poemas en verso).
Otro asunto cosa que marcó su infancia fue la revista de minificción El Cuento. Revista de Imaginación, fundada por Edmundo Valadés y Juan Rulfo, publicada entre los años 1950 y 1990. Recuerda: «era una puerta abierta, porque se abría una página y te encontrabas con Clarice Lispector, Truman Capote, o descubrías antología de cuentos suizos, alemanes. Entonces se tenía un montón de apertura, de microcuentos».
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Sergio Salazar Boliviano, escritor
[1] La Unión Soviética es oficialmente denominada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), llegó a ser conformada por un total de 15 RSS. Fundada el 30 de diciembre de 1922, se disolvió el 26 de diciembre de 1991.
[2] El nombre de Las Kory Majthas, que en quechua significa “Oro” y en aymará significa “Juventud”.
[3] Periodista, escritor y teórico de la comunicación, considerado como el pionero de la Escuela Latinoamericana de Comunicación, es premio de comunicación Marshall McLuhan.
[4] El libro está compuesto por varios cuentos, entre los que sobresalen: ¡Y las entrañas se horadaban!, Los lagartos del tolar sajamino, Cruz postrimera en la picada, Los huaynacus de don Máximo, Desde el barro dolorido,








