Me preocupa las propuestas de economistas candidatos presidenciables que están circulando en los medios para enfrentar la situación crítica por la que atraviesa la economía boliviana. Una de las propuestas habla, por ejemplo, de resolver los problemas económicos en 100 días. “El primer paso una vez que se avance en reducir el gasto, el siguiente paso será conseguir financiamiento (…) resolviendo ese tema y aplicándolos a la balanza de pagos se tendrá un puente de créditos muy importante abriendo confianza, para que los exportadores entreguen sus dólares y aumente la producción de diversos sectores”, señaló Samuel Doria Medina en la cadena Red Uno al explicar su propuesta para solucionar en 100 días los problemas económicos.
Otra de las propuestas plantea que solo se necesita un crédito de 12 mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional (FMI) y un plan de austeridad que incluye la reducción de gastos estatales para lograr un ahorro de unos tres mil 500 millones, para que Bolivia salga de la crisis, puesto que sin esa “infusión de dólares” las filas por combustibles persistirán y no se normalizará el acceso a las divisas. Ese es el plan de Tuto Quiroga.
Mucho más me preocupa la versión oficial, en palabras del Presidente: “no estamos pidiendo limosna, no estamos pidiendo más que los créditos que el país puede pagar, porque hoy el problema que enfrentamos no es que la economía está quebrada, no es que estemos en crisis económica, estamos enfrentando un problema de iliquidez de dólares americanos, de divisas”.
Como se observa, no hay consenso de si hay crisis o no, ni de la magnitud y duración del tipo de crisis que atraviesa nuestra economía y mucho menos de las medidas que serían necesarias para salir de la situación que estamos. El problema es que, por un lado, la oposición magnifica la enfermedad pero minimiza el tratamiento; y por otro, el Gobierno minimiza todo.
Contablemente, la crisis actual es una crisis cambiaria resultante del fuerte shock externo adverso de precios en 2014-2016, seguido después por un shock interno de la oferta exportadora total y principalmente de hidrocarburos de YPFB (único ofertante obligatorio de divisas y un fuerte demandante de divisas para importaciones de combustibles), que revirtió un balance favorable de combustibles a un balance deficitario por tres años consecutivos, y que al final de 2024 sumó el cierre previsto del mercado argentino para el gas boliviano.
El shock externo y el interno generaron consecutivos flujos netos negativos de divisas que drenaron el nivel de las Reservas Internacionales Netas (RIN) de más de 15 mil millones de dólares en 2014 (45% del PIB) hasta llegar a un nivel de dos mil 618 millones en abril de 2025, en torno al 5% del PIB, que alteraron el régimen cambiario al levantarse de facto el ancla cambiaria de la peor manera, rompiendo su vínculo con el control de la inflación, irrumpiendo el dólar paralelo y alterando la estructura y el nivel de los precios dando inicio a la actual espiral inflacionaria. Adicionalmente se sumó la crisis de combustibles, que fue resultado de la caída de oferta de combustibles y la escasez de divisas para atender importaciones, configurando la crítica situación actual.
La tormenta perfecta, o la peor combinación de los eventos negativos, se dio porque la crisis cambiaria brotó en medio de una alta vulnerabilidad fiscal que se venía arrastrando desde 2014, la cual se acentuó por la crisis del Covid-19, con un incremento desmesurado del crédito interno del Banco Central de Bolivia (BCB) al sector público, multiplicando por cinco veces el nivel de 2019. Esta expansión guarda estrecha relación con el déficit fiscal que llevamos por 11 años consecutivos con niveles promedio del 8% del PIB, de los cuales en cinco años registramos déficit fiscal corriente, es decir que no podemos ni cubrir los gastos de funcionamiento del aparato estatal.
El financiamiento del déficit fiscal derivó en el crecimiento desmesurado de la deuda interna pública, puesto que el financiamiento externo fue decreciente de manera que la deuda total pública casi se ha duplicado: de un 43.8% del PIB en 2019 a un 76% a octubre de 2023 (último dato oficial disponible), con un estimado en 2024 en torno al 90% del PIB.
El mayor problema está asociado con las salidas de divisas relacionadas con el contrabando de importaciones, el no retorno de las divisas por exportación y la salida de capitales de corto plazo, equivalentes a un 2.6% del PIB en 2024, incentivada por el riesgo de tipo de cambio que se expresa en las fluctuaciones del dólar paralelo y la ampliación de la brecha cambiaria con el dólar oficial. El alza brusca y de facto del ancla cambiaria ya se manifestó en el repunte de la inflación a fines de 2024 con un 9.97% a 12 meses y con un fuerte impulso en los primeros cuatro meses de 2025, con una inflación interanual de dos dígitos, del 15%.
La paradoja es que ahora, como opciones de ajuste, se nos da a escoger entre un ajuste clásico tipo FMI, que significa devaluar, eliminar el déficit fiscal, eliminar todo tipo de subvenciones y recibir recursos, en función de la cuota de Bolivia, por cuentagotas, o seguir como estamos sin hacer los ajustes necesarios.
Mientras no se logre un shock de recursos o de confianza, cualquier modificación del tipo de cambio no necesariamente conducirá a una eliminación del tipo de cambio paralelo y más bien podría alentar una espiral inflacionaria, como ocurrió con la experiencia de la crisis de la Unidad Democrática y Popular (UDP) entre 1982-1985.
El prerrequisito sine qua non es contar con un Fondo de Estabilización y Reservas (FER), similar al Plan Eder en la crisis de 1956, estimado en cuatro mil millones, antes de realizar las medidas de ajuste fiscal y monetario, en sentido contrario a la receta del FMI, que primero obliga al ajuste fiscal y monetario y después recién da a cuentagotas financiamiento externo, el cual como máximo sería equivalente a seis veces la cuota del país, que son 320 millones de dólares, es decir un monto de dos mil millones de dólares.
Se tiene que hacer un ajuste fiscal y monetario de todas maneras, con FMI o sin FMI, pero como economista creo que hay opciones entre el serrucho tipo Milei y seguir haciendo más de lo mismo. Se puede hacer un ajuste selectivo como propongo en mi documento: “Crisis y Bases de una Política de Estabilización”, publicado por la FES en enero de 2025.

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Gabriel Loza Tellería Boliviano, economista y exministro de Planificación








