Masacre de San Juan

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No volverán a sangrar las calles del campamento
ni se escucharán lamentos en las noches de San Juan.
Y si nos quitan el pan a fuerza de dictaduras
nuestra lucha será dura por pan y por libertad.

“Los mineros volveremos”, César Junaro y Luis Rico

Ese San Juan del 24 de junio de 1967 se tiñó de sangre de mineros que luchaban por un cambio. Mientras se daban un espacio para celebrar la fiesta cristiana, una de las noches más frías del Altiplano boliviano, el Ejército los cercó y ejecutó su fatídica operación contra los trabajadores del centro minero Siglo XX en Potosí.

El ataque fue ordenado por el gobierno de René Barrientos, quien mantenía tensiones con el movimiento obrero y con todo lo que sonara a cambios y luchas sociales, perpetrando persecuciones sin precedentes, ni línea moral que las pudiera justificar, ni siquiera líneas políticas que pudieran acreditar este tipo de violencia contra la población que pensó distinta al dictador y su séquito que encarnaron el autoritarismo militar con capital y ayuda transnacional, traducida en el apoyo de la Agencia Central de Información (CIA) y de las empresas que explotan la corteza boliviana, con miras a desarticular cualquier intento de organización popular.

El control de los centros mineros era uno de los objetivos de Barrientos, la economía del país para esa época era impulsada por la explotación de la plata, estaño y zinc. Esta dominación era parte de los intereses estadounidenses sobre la Región, en el marco de la Guerra Fría y su Doctrina de Seguridad Nacional.

Los mineros, que siempre se organizan para protestar en contra de la precarización laboral, contra las condiciones inhumanas de explotación, a la cabeza del líder Federico Escobar articulaban un discurso en apoyo de la transformación social, en momentos en que Ernesto Che Guevara desplegaba la lucha armada de la guerrilla, por lo cual también la estrategia gubernamental era la contrainsurgencia, la militarización y creación de campamentos de persecución ideológica. Lejos de cualquier camino que llevara al diálogo, desde el Palacio Quemado buscaban escarmentar.

La noche del 23 se infiltraron uniformados en los festejos de la comunidad del campamento Complejo Minero Catavi Siglo XX de Llallagua. En la madrugada del 24 sembraron el terror entre los niños, mujeres, ancianos y hombres presentes; no hubo ningún enfrentamiento, sino ejecuciones y cuerpos que fueron silenciados, heridos, desaparecidos.

La cifra oficial fue minimizada, pero los testimonios de locales indican que  hubo decenas de heridos e incluso desaparecidos. El argumento del Gobierno fue “la necesaria pacificación” ante lo que llamaban “elementos subversivos”; sin embargo, las víctimas fueron civiles que no portaban armas, trabajadores, dirigentes sindicales y ancianos tomados por sorpresa por las tropas de los regimientos Ranger, Camacho, 13 de  Infantería, la Guardia Nacional, que transformaron la fogata de celebración, la música tradicional, el festejo y la alegría en una trágica y condenable represión. Durante el ataque coparon la radio, ya que la empresa cómplice cortó la luz para que el cerco fuera perfecto y no hubiese posibilidad de que nadie acudiese a apoyar mientras los militares ejecutaban su plan.

Ese 24 de junio sería el Ampliado Nacional, justamente en Siglo XX, en el que los mineros aprobarían pedir aumentos salariales y el apoyo monetario –con la mitad del sueldo– para la guerrilla del Che, lo que iba a significar un impulso para la logística guerrillera, bastión de esperanza que los trabajadores darían a la lucha armada. Pero la masacre no solo truncó las vidas, además desarticuló ese tejido organizado, mientras que el intento de aniquilar la insurgencia popular y la solidaridad con sangre fue más que simbólico.

Por Rosendo García Maisman, Ponciano Mamani, Alejandro Mamani, Nicanor Torrez, Bernardino Condori, y por todas las asesinadas y todos los asesinados, seguirá para siempre el luto activo. No hay capítulo cerrado, Siglo XX persiste como un espejo incómodo lleno de sangre en el que se miran los gobernantes de derechas y que nosotros nos negaremos a olvidar y a perdonar.

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Nahir González Correo del Alba

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