Preámbulo
El cambio político en América Latina a comienzos del siglo XXI tuvo un punto de inflexión en 1999, con la llegada al poder del Comandante Hugo Chávez y su alianza estratégica con el Comandante Fidel Castro. Este vínculo no sólo redefinió las relaciones entre Venezuela y Cuba: impulsó un nuevo ciclo regional caracterizado por la expansión del rol del Estado, la integración regional y la implementación de políticas sociales masivas, sin precedentes desde el propio triunfo de la Revolución cubana.
Este proceso coincidió con una mejora significativa en los indicadores sociales entre 2000 y 2010, especialmente en pobreza, educación y alimentación, según datos de la CEPAL, la FAO y la UNESCO. No fue casualidad ni viento a favor: fue, ante todo, una decisión política sostenida en el tiempo.
Una alianza para la historia
Hay duplas que marcan épocas, como la que en el siglo XIX formaron el Libertador Simón Bolívar y el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, definiendo la etapa de la independencia de gran parte de la América del Sur. Guardando las distancias del tiempo, algo de esa misma estirpe histórica, dos hombres, dos procesos, una sola causa, puede reconocerse en Hugo Chávez y Fidel Castro, cuya distinta nacionalidad de origen no impidió una cercanía que terminaría cambiando el orden establecido en Nuestra América.
Transcurrieron cien años del nacimiento del legendario barbudo Fidel Castro Ruz y diez de su siembra. El pasado 5 de marzo se conmemoraron, además, trece años de la muerte del Comandante Hugo Chávez. Es posible que esta amistad haya durado sólo dos décadas, pero en un lapso de apenas década y media lograron impulsar transformaciones tan profundas para la política binacional y regional como ninguna otra alianza intergubernamental había conseguido antes.
La relación entre Fidel y Chávez puede fecharse simbólicamente el 13 de diciembre de 1994, cuando se hizo público el encuentro entre ambos líderes: uno ya consolidado en la historia, el otro apenas naciendo a la vida política regional. En un abrazo que hoy se lee como fundacional, en La Habana, y después de ser recibido con todos los honores como si se tratara de la llegada de un jefe de Estado, el Comandante Fidel Castro esperó al pie de la escalerilla del avión para dar la bienvenida al joven Comandante Hugo Chávez. El llanero fue invitado a las tierras martianas con el cariño de un líder que ya confiaba en él, y eso que aún faltaban al menos cuatro años para que el teniente coronel bolivariano llegara al poder, un gesto de una lucidez política notable para su tiempo, y significativo para el rumbo posterior de ambos países.
Lo esperaban, además, en la Casa Simón Bolívar de La Habana, donde Chávez fue invitado a dar una conferencia. Había salido de su encierro en la cárcel de Yare apenas meses antes, el 26 de marzo de 1994, donde cumplió condena por encabezar una rebelión popular el 4 de febrero de 1992, cuando pronunció la frase que lo marcaría para siempre: «Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados (…) no logramos controlar el poder (…) vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor.»
Aquella visita de 1994 fue el punto de partida: se fortalecía ahí la praxis antiimperialista de ambos líderes y nacía una alianza que, unos años después, tomaría el nombre de Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), primero como alternativa al ALCA y luego como bloque consolidado entre una decena de países. Aquel organismo naciente se convertiría en una forma de relacionamiento entre naciones radicalmente distinta a la que hasta entonces regía en el continente.
Siglo XXI: comienzos de la transformación de América
La transformación no sólo afectó los ámbitos político, social, económico e ideológico: alcanzó también la subjetividad de millones de personas. La población vinculada a la izquierda y al progresismo constató, muchas veces por primera vez en su vida, que era posible llegar al poder y disputarle el gobierno a la derecha. En el ámbito comunicacional se generó una nueva forma de relacionamiento a partir de la creación de medios y redes que permitieron que las ideas bolivarianas se expandieran como una onda expansiva. Por primera vez desde el triunfo de Salvador Allende en Chile, la izquierda volvía a disputar elecciones con porcentajes de votación altos en distintos países latinoamericanos.
En la esfera de la alta política y la diplomacia, ambos estaban de acuerdo en el principio bolivariano de unidad regional, lo que impulsó un nuevo paradigma de integración. Mandatarios de derecha y de izquierda apostaron, cada uno por sus propias razones, por iniciativas de unidad y firmaron su adhesión a propuestas como UNASUR y CELAC, o permitieron el ingreso de países de izquierda a sistemas de integración tradicionales como el Mercosur. Era la fuerza de las convicciones la que imperaba en aquellos primeros años de la Revolución Bolivariana, cuyo líder sostuvo la promesa que le había hecho a Fidel en 1994, una bandera, una lucha unida por las naciones libres del sur global.
Nacimiento del ALBA («ALCA, ALCA, al carajo»)
El ALBA nace formalmente el 14 de diciembre de 2004, fundada por ambos comandantes. Dos años después ingresa Bolivia; luego Ecuador, Nicaragua, San Vicente y las Granadinas, Granada, San Cristóbal y Nieves, y Antigua y Barbuda. Bajo su alero se crea Petrocaribe, un sistema impulsado por Venezuela que permitía a los países miembros del ALBA, y a algunos asociados caribeños y centroamericanos, obtener combustible a precios accesibles, acompañado de políticas públicas de acceso para las grandes mayorías desposeídas.
Esta visión articuló un proyecto regional alternativo al consenso neoliberal dominante de los años noventa. El ALBA es también producto de una ardua lucha regional contra el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), y tuvo entre sus grandes objetivos iniciales impedir que ese proyecto incorporara a América Latina. Inolvidabe lema «ALCA, ALCA, al carajo», coreado por Chávez con el respaldo de un enorme movimiento de masas.
Chávez elevó a la política mundial un debate que ya llevaba, al menos, diez años dentro de partidos políticos, sindicatos y organizaciones sociales de todo el continente, que se enfrentaban a aquel proyecto norteamericano desde 1991, y que finalmente se firmaría, o, mejor dicho, no se firmaría, en noviembre de 2005 durante la IV Cumbre de las Américas. Decía Chávez que no bastaba con oponerse a las cosas: había que generar y cohesionar una alternativa.
El ALCA era un plan impulsado por Estados Unidos con la intención de reconfigurar el mapa político tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición del bloque socialista, estableciendo que las relaciones entre los países se ordenarían por reglas basadas principalmente en el comercio global. Nacía, asimismo, el lenguaje de la globalización. Aquel plan profundizaba la ya infranqueable brecha de desigualdad que padecía el continente, ensanchando la masa de pobres y de personas en extrema pobreza, azotadas por la marginación en el acceso a los recursos básicos, la educación y la salud. Frente a esa intención de perpetuar la precariedad social, la unidad entre los dos líderes, materializada en el ALBA, comenzó a resolver.
Bajo la égida del ALBA se empieza a construir un nuevo paradigma de unidad regional. Por encima de las diferencias ideológicas, se crean UNASUR y la CELAC, esta última, un organismo que logró superar el modelo injerencista y pro norteamericano de la OEA. Por otro lado, se intenta fortalecer el Mercosur para que no fuera solo un relacionamiento arancelario y comercial, sino, sobre todo, una alianza política regional que fortaleciera a las repúblicas existentes; una alianza sociocultural capaz de ayudar a resolver las profundas desigualdades sociales de América Latina.
Es, quizás, el intento más real de hacer justicia a las luchas de las grandes mayorías marginadas, una forma de empezar a superar las graves consecuencias de la conquista europea que, además de las masacres de pueblos indígenas, trajo consigo la esclavitud, el mayor tráfico de seres humanos de la historia, la brutalidad con que comenzó a vivir la diáspora africana en el continente americano, y la marginación que impuso la nueva civilización invasora en adelante.
La unidad de ambos líderes reúne, entonces, un cúmulo de saberes sobre la realidad histórica de los pueblos, resultado de un legado de luchas anticoloniales, así como del enorme conocimiento y la toma de conciencia sobre el destino de miseria de los pueblos más pobres del Sur Global.
Es en noviembre de 2005, en la cumbre alternativa a la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata, donde se pretendía firmar el ALCA, que las masas populares irrumpen en toda la ciudad y declaran su rechazo a esa normativa imperial. La contienda entre el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y los presidentes Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner definió el rumbo hacia el precipicio de la llamada Área de Libre Comercio. No hubo firma. El ALCA fracasó.
La alianza Chávez-Castro como eje articulador
Como contexto previo, América Latina y el Caribe enfrentaban a fines de los años noventa una crisis y estancamiento social descritos en los informes de la CEPAL de la época: «aumento del desempleo, estancamiento y elevación de los índices de pobreza.» Este escenario reflejaba los límites del modelo neoliberal aplicado durante la década de 1990 y generó las condiciones para un giro político en varios países.
Desde 1999, la cooperación entre Venezuela y Cuba estableció un esquema de intercambio basado principalmente en petróleo por alimentos y servicios. A partir de la aprobación de la nueva Constitución bolivariana se firma el Convenio Integral de Cooperación Cuba-Venezuela, formalizado el 30 de octubre de 2000. Su objetivo fue fortalecer la cooperación bilateral mediante el intercambio de bienes, servicios y asistencia técnica para promover el desarrollo económico y social de ambos países: En su fase inicial, Venezuela se comprometió a proveer un cantidad de barriles diarios; Cuba compensaría parte de ese suministro con la prestación de servicios especializados, coordinados a través de una Comisión Mixta creada para evaluar y ampliar los programas de cooperación.
Este modelo permitió, por un lado, poner fin al llamado Período Especial en Cuba, y por otro, expandir rápidamente los programas de salud y alfabetización en los sectores vulnerables de Venezuela. A partir de la nueva Ley Orgánica de Hidrocarburos, Chávez impulsó la internacionalización de las misiones sociales, Misión Milagro, Yo sí puedo, ayuda técnica y rehabilitación a personas con discapacidad, identificación, servicios básicos, agricultura, acceso a la universidad, masificación de entrega de focos ahorradores, entre otras, asi como la ampliación de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), que se propuso formar grandes batallones de médicos y médicas al servicio de aquel acumulado histórico de pobres del Sur Global, fortaleciendo la experiencia que años atrás ya había impulsado Fidel.
Mapa progresista
Durante la década de 2000, la llegada de gobiernos progresistas se extendió a Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Ecuador en Suramérica, y a Nicaragua, El Salvador y Honduras en Centroamérica, sumándose Granada, San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda, y San Cristóbal y Nieves.
Estos gobiernos impulsaron la inversión social por sobre el viejo concepto de gasto público, el rescate y la distribución colectiva de la riqueza, y la expansión de políticas públicas inclusivas. Llevaron a la práctica asambleas constituyentes para redactar nuevas constituciones que reflejaran las demandas populares, y un nuevo paradigma de integración que equilibrara las grandes asimetrías de la región: una arquitectura financiera propia, el comercio intra-ALBA, el Banco del ALBA, el Sucre como unidad de cuenta regional, y, con una mirada más amplia, el impulso de un Banco del Sur capaz de reunir reservas estatales, créditos y sostener un nuevo sistema financiero.
En resumen, las misiones sociales fueron el brazo ejecutor del ALBA. Sostenidas en la solidaridad mutua, tuvieron el objetivo claro de reducir la histórica brecha de desigualdad entre los pueblos y la trama de marginación que, año tras año, empuja a más personas hacia la precariedad. Ante esta realidad, Fidel y Chávez impulsaron programas para atender a sectores históricamente excluidos en áreas críticas, un modelo de cooperación técnica y social que se convirtió en la esencia misma del ALBA: priorizar el intercambio humano sobre el mercantil.
Los programas de alfabetización «Yo, sí puedo» y «Yo sí puedo seguir», diseñados en Cuba, utilizaban una metodología de asociación de imágenes, números y letras, dividida en tres etapas: instrucción, enseñanza de lectoescritura y consolidación. Esta misión logró alfabetizar a más de diez millones de personas en treinta países, con un método audiovisual que permite aprender a leer y escribir en aproximadamente tres meses y medio, reconocido por la UNESCO y adaptado a al menos nueve idiomas. Más que enseñar a leer, estas misiones buscaron romper el estigma del analfabetismo, fomentar la autonomía, e impulsar la incorporación al sistema educativo, la participación política y la integración social de sus beneficiarios.
La Misión Milagro fue una de las más emblemáticas del ALBA: realizó intervenciones quirúrgicas gratuitas a personas con patologías oftalmológicas, cataratas y pterigión, que no tenían acceso a servicios médicos privados. Bajo una lógica de solidaridad internacional, se enviaron brigadas médicas y técnicas cubano-venezolanas, o se trasladó a los pacientes a centros especializados en Cuba, Venezuela y Bolivia, restituyendo la visión a millones de personas de bajos recursos.
De manera similar, la misión de ayuda a las personas con discapacidad abarcó a todos los países del ALBA, Moto Méndez en Bolivia, Manuela Espejo en Ecuador, Todos con Vos en Nicaragua, desarrollada desde 2009 bajo supervisión de especialistas y expertos de los países ALBA, liderados por médicos y médicas cubanas, con el objetivo de identificar, registrar y atender integralmente a esta población: estudios bio-psicosociales, clínicos y genéticos, registro georreferenciado para diseñar políticas públicas, atención médica especializada, entrega de ayudas técnicas, sillas de ruedas, bastones, colchones antiescaras, andadores, y, en algunos países, acceso a rehabilitación, vivienda y apoyo económico permanente.
Estas misiones forman parte de un modelo de asistencia social que prioriza derechos humanos fundamentales, y su impacto se refleja directamente en la calidad de vida y el desarrollo integral de comunidades que, hasta entonces, habían sido invisibles para el Estado.
Fue la Ley de Hidrocarburos, una de las grandes apuestas de Chávez por recuperar el control de los recursos estratégicos, el eje central del plan de integración y unidad regional, a través del cual se firmaron acuerdos bilaterales que permitieron materializar las grandes misiones sociales y energéticas del siglo XXI. Los países miembros del ALBA recibieron petróleo en condiciones de financiamiento preferencial, lo que permitió sostener, además, otros programas sociales de vivienda, seguridad alimentaria y educación.
El mejor amigo de Cuba
Uno de los planteamientos más destacados del gobierno de Chávez fue la propuesta de socialismo bolivariano, nombre con el que se conoció popularmente el modelo político, económico y social que impulsó. A diferencia del término «socialismo del siglo XXI», que cuenta con un desarrollo teórico previo, el socialismo bolivariano se fundamenta directamente en el pensamiento y los discursos del propio Chávez, quien lo presentó como una propuesta inspirada en el ideario de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora.
Chávez sostenía que este modelo debía diferenciarse tanto del capitalismo como del socialismo soviético. En el V Foro Social Mundial, celebrado en Porto Alegre el 30 de enero de 2005, afirmó:
«Yo cada día me convenzo más: capitalismo o socialismo. No tengo la menor duda. Es necesario trascender el capitalismo. Pero el capitalismo no se va a trascender por dentro del propio capitalismo; al capitalismo hay que trascenderlo por la vía del socialismo, del verdadero socialismo, con igualdad y justicia.» (Chávez, 2005)
En el mismo discurso agregó: «Hay que reinventar el socialismo.» Para Chávez, ese socialismo debía ser democrático, participativo, humanista y profundamente latinoamericano. El Proyecto Nacional Simón Bolívar, Primer Plan Socialista de la Nación (2007-2013), desarrolló esos principios y estableció como objetivos la construcción de una sociedad basada en la igualdad, la justicia social, la democracia participativa, la soberanía nacional y nuevas formas de propiedad social y producción, fortaleciendo el poder popular mediante consejos comunales, comunas y otras formas de organización ciudadana.
Su gobierno transformó radicalmente la estructura política, social y económica de Venezuela mediante la nacionalización de industrias estratégicas, y ayudó a resolver problemas urgentes para los gobiernos progresistas que recién asumían el poder en Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Honduras y las islas del Caribe oriental, además de contribuir a superar la grave crisis que enfrentaba Cuba durante el Período Especial.
Tras la muerte del Comandante Chávez, el 5 de marzo de 2013, Fidel describió en el diario Granma que, aunque conocían el estado crítico de su salud, la noticia los «golpeó con fuerza», y lo calificó como alguien cuya grandeza ni él mismo sospechaba.
El acumulado de conocimiento y sensibilidad histórica de ambos mandatarios les permitió no solo soñar, sino comprobar, que era posible un continente con justicia social. Las transformaciones políticas que impulsaron modificaron las condiciones materiales de millones de personas, con nuevas constituciones y leyes que refundaron el Estado con un claro enfoque en la democracia participativa y el protagonismo popular.
En política exterior, el ALBA lideró una postura antiimperialista, promovió la integración regional e impulsó organizaciones como Petrocaribe, UNASUR y CELAC, y estrechó espacios de comercio con Irán, Rusia y China. Una de las propuestas de Chávez fue la creación de empresas multiestatales en telecomunicaciones, electricidad, cemento y petróleo, así como una gran industria alimenticia capaz de erradicar el hambre en la región. El ALBA planteó y llevó a la práctica la inclusión social, la soberanía alimentaria y la participación popular en las grandes decisiones, apenas una parte de sus logros tangibles e intangibles.
Uno de los impactos más notorios de la alianza Chávez-Fidel en Cuba fue el fin del Período Especial, aquel largo ciclo de crisis económica iniciado a comienzos de los noventa. Con el triunfo de Chávez en 1998 se inicia una etapa de prosperidad relativa, gracias al intercambio no sólo con Venezuela, sino con el conjunto de la región. Venezuela fue el principal socio comercial de Cuba hasta 2018, cuando las sanciones internacionales deprimieron la economía bolivariana, cinco años después de la muerte de Chávez, sumiendo al país caribeño en una etapa de la que, bajo el bloqueo, aún lucha por salir.
Ésta es, quizás, otra de las razones por las que Fidel afirmó públicamente, en más de una ocasión, que Hugo Chávez fue «el mejor amigo que tuvo el pueblo cubano a lo largo de su historia»: lo vio como un camarada ideológico y un aliado estratégico, a menudo comparándolo con figuras históricas como Simón Bolívar. Durante su mandato, Chávez impulsó una cooperación que incluyó el suministro de hasta 100.000 barriles diarios de petróleo a Cuba en condiciones preferenciales, convirtiéndose en el principal socio económico de la isla en el siglo XXI.
En la actualidad, Cuba enfrenta un asedio que no ha cedido, con amenazas de intervención permanente. A cien años del nacimiento de Fidel, Cuba resiste, y buena parte del mundo sigue con ese pueblo.
Dimensión política y social del cambio
Durante el período 2000-2013, América Latina experimentó una mejora significativa en diversos indicadores sociales: reducción de la pobreza, disminución de la desigualdad de ingresos y aumento de los niveles de desarrollo humano. La literatura especializada coincide en que estos avances no pueden explicarse exclusivamente por el crecimiento económico asociado al auge de las materias primas, sino también por la expansión de la capacidad estatal y la implementación de políticas públicas redistributivas.
A partir de la llegada del nuevo milenio, varios gobiernos fortalecieron programas de protección social, ampliaron la cobertura educativa y sanitaria, e incrementaron el gasto público orientado a sectores vulnerables, información verificable en distintos sistemas de medición de índices de desarrollo humano. Según informes de la FAO, la subalimentación se redujo de forma sostenida en la región durante ese período, avances vinculados tanto al crecimiento económico como a las políticas redistributivas. Si bien el modelo no se sostuvo indefinidamente en el tiempo, cuestión que merecería un análisis aparte, la estabilidad política, económica y social de los países del ALBA durante al menos una década fue evidente.
La CEPAL ha sostenido que la disminución de la pobreza observada durante la primera década del milenio estuvo asociada al crecimiento del empleo, al aumento de los ingresos laborales y a la expansión de los sistemas de protección social. El organismo registró que hacia 2012 la pobreza regional había descendido a 28, 2% y la indigencia a 11, 3%, consolidando una de las mejoras sociales más importantes de la historia reciente latinoamericana. Estos índices representaron una nueva generación de políticas sociales que combinaron reducción de la pobreza extrema, alfabetización y acceso a educación, salud, alimentación y microcréditos.
Durante gran parte del siglo XX, América Latina fue considerada la región más desigual del mundo. Por eso estas cifras, de la CEPAL, del PNUD, de la FAO, importan tanto: revelan una clara correlación entre la inversión pública y el progreso en los índices sociales, producto no exclusivo del crecimiento económico, sino de decisiones estatales deliberadas, tomadas por gobiernos que eligieron poner el Estado al servicio de sus pueblos.
En materia de educación, América Latina registró avances significativos en cobertura de educación primaria, reducción del analfabetismo, acceso de mujeres a la educación y expansión de la educación secundaria durante el período estudiado. La UNESCO asoció estos avances a la expansión de la inversión pública educativa y a políticas orientadas al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
Las posiciones de distintos líderes de la época reflejan ese cambio hacia una concepción más activa del Estado en materia social. Chávez sostuvo, en distintos discursos y a lo largo de toda su gestión, que el Estado debía ponerse al servicio del pueblo y no de las élites económicas. Lula da Silva insistió en que combatir el hambre y la pobreza debía ser la prioridad de todo gobierno. Evo Morales defendió la recuperación estatal de los recursos naturales como condición de soberanía. Néstor Kirchner planteó, ya desde su asunción, la idea de un Estado presente que se orientara a la justicia social. Rafael Correa, por su parte, sí dejó una frase textual que resume ese giro con particular fuerza. En un discurso pronunciado en Quito el 6 de agosto de 2007, afirmó: «Para nosotros, los únicos privilegiados son los pobres.» (Correa, 2007)
El plan para detener los procesos
En 2010 se conocieron las filtraciones de WikiLeaks, que pusieron sobre la mesa un enorme volumen de información confidencial del Departamento de Estado de Estados Unidos, buena parte relacionada con Venezuela y el gobierno de Chávez. En ese contexto circularon versiones sobre una supuesta amenaza nuclear vinculada al fortalecimiento de relaciones entre el ALBA, Rusia e Irán, incluyendo señalamientos sobre una hipotética exportación no declarada de uranio venezolano.
Las filtraciones también expusieron estrategias de contención política y diplomática hacia Cuba y Venezuela, mediante políticas de aislamiento y presión internacional. Aun así, la llamada «marea roja» se mantuvo como un factor político relevante en el escenario regional. A esos procesos se les llegó a llamar, en ciertos discursos, el «Eje del Mal», situando a Venezuela como uno de los principales focos de confrontación geopolítica.
Sin embargo, esos esfuerzos no lograron consolidarse plenamente: incluso aliados estratégicos de Estados Unidos mostraban límites para articular una oposición efectiva frente a bloques como el ALBA, la CELAC y la UNASUR, donde además se articulaban movimientos sociales y organizaciones populares con creciente capacidad de incidencia.
Generalidades del contexto actual
A diez años de la muerte de Fidel y a trece de la siembra de Chávez, pesa la ausencia de liderazgos de esa magnitud. Se percibe el avance de la llamada restauración conservadora, término acuñado por el expresidente ecuatoriano Rafael Correa para describir la arremetida de la derecha a partir de 2013. En este contexto resulta pertinente revisar el escenario regional en 2026, año del centenario de Fidel.
A simple vista, el mapa se tiñe de derechas: Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador, Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, y en Bolivia gobierna Rodrigo Paz. A seis meses de inaugurado su gobierno, los movimientos sociales indígenas y campesinos rechazaron la aprobación de medidas neoliberales que erosionan las bases del Estado Plurinacional. Las alarmas se encendieron de inmediato en las redes de las comunidades organizadas, con un mensaje que resume el temor colectivo: «los gringos vienen por Evo, como hicieron con Maduro.»
El 3 de enero de 2026, fuerzas militares y de inteligencia estadounidenses, encabezadas por la Delta Force, con apoyo de la CIA, tras meses de hostigamiento de un descomunal despliegue y amenaza de guerra, bombardearon Caracas y otras regiones del país, y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. El gobierno venezolano, el propio Maduro y buena parte de los movimientos sociales de la región calificaron el hecho como un secuestro de Estado, subrayando que la operación no contó con autorización del Congreso estadounidense ni con respaldo del derecho internacional, y que reeditaba, con otro nombre, la vieja Doctrina Monroe. Lo ocurrido marcó un punto de inflexión en la escalada intervencionista reciente sobre el continente.
A la tragedia política se sumó, apenas seis meses después, una tragedia natural: el 24 de junio de 2026, un doblete sísmico, dos terremotos de magnitud 7, 2 y 7, 5, con apenas 39 segundos de diferencia entre uno y otro, sacudió el centro-norte de Venezuela, con epicentro en el estado Yaracuy y fuerte impacto en La Guaira, Caracas y el Distrito Capital. Los muertos se cuentan por miles, y la cifra, según distintos organismos internacionales, continuaba en aumento semanas después, en lo que se ha convertido en una de las mayores tragedias humanitarias sufridas por ese país a lo largo de su historia.
Son tiempos complejos para hacer política, se manipulan el derecho y los medios de comunicación, y la explotación de los recursos estratégicos pasa o pasará a la administración directa o indirecta de las grandes corporaciones. El movimiento popular es duramente reprimido y sus liderazgos, perseguidos. La amenaza se extiende sin ambigüedades sobre Cuba, bajo acoso permanente de intervención y ataque, sometida a un bloqueo que en el primer semestre de 2026 se agudiza aún más.
La memoria de los pueblos no se construye sobre fantasías, sino sobre hechos reiterados de intervención, bloqueo y despojo. Lo que está en juego es la soberanía misma frente a un proyecto de dominación que ya no disimula su naturaleza, y que avanza pasando por encima de tratados, organismos multilaterales y cualquier forma de legalidad internacional cuando sus intereses estratégicos están en juego, como quedó en evidencia también en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Así, a una década de la ausencia de los dos gigantes, buena parte del continente parece, a mediados de 2026, subordinada al hegemón, en medio de una disputa global por recursos estratégicos y energéticos que es hoy el principal campo de batalla entre potencias.
En este contexto, los movimientos sociales han defendido la soberanía sobre las riquezas del continente. Muchos de ellos, agrupados en partidos y siglas electorales, fueron gobierno durante lo que Rafael Correa llamó la «década ganada», y llegaron al poder precisamente con la promesa de nacionalizar o recuperar los recursos naturales; por eso hoy mantienen una clara línea de resistencia. A pesar del avance, aparentemente indetenible, del fascismo en la región, y parafraseando a Chávez, podría decirse que «por ahora» los objetivos de convertir a la región en una zona libre de guerras, más autónoma, independiente y soberana, dueña de sus recursos, no han sido cumplidos. Pero nuevas oportunidades podrían abrirse en el futuro, en la medida en que el continente logre encaminarse hacia mayores niveles de independencia y reduzca estructuralmente la desigualdad que sostiene la marginación de amplios sectores populares.
Conclusiones
La alianza entre Hugo Chávez y Fidel Castro, sellada en 1999, marcó el inicio de una nueva etapa en América Latina y el Caribe, caracterizada por una mayor integración regional y un giro hacia políticas sociales activas. Ese proceso contribuyó a una reducción significativa de la pobreza y de otros indicadores sociales entre 2000 y 2010: cifras que no son un dato frío, sino millones de personas que accedieron a educación, salud y alimentación que antes les habían sido negadas.
Estos avances, sin embargo, deben entenderse dentro de un contexto más amplio que incluye factores económicos globales y limitaciones estructurales persistentes. Aun así, este período constituye uno de los momentos más trascendentales en la historia social reciente de la región.
A 2026, a cien años de Fidel, y en gran parte debido a la dominación y al bloqueo contra Cuba y Venezuela, persisten desigualdades estructurales. La restauración conservadora se consolida, la región sigue dependiendo del contexto económico externo, y las estructuras productivas no lograron transformarse plenamente.
El mundo atraviesa una transición histórica de gran escala. El orden surgido tras el fin de la Guerra Fría se encuentra en descomposición acelerada. La guerra en Ucrania, la confrontación tecnológica entre Estados Unidos y China, el genocidio en Gaza y la expansión de la inteligencia artificial expresan una misma dinámica: la crisis del poder occidental y la emergencia de un mundo sin centro dominante, donde el antiguo orden unipolar se descompone en múltiples focos de conflicto y disputa permanente.
El continente americano ocupa un lugar sensible en ese tablero, por sus recursos, su posición geoestratégica y su historia de despojo. Por eso lo que ocurre hoy no puede leerse como un episodio aislado ni como una simple disputa interna: es parte de una ofensiva más amplia que redefine las formas de dominación en el siglo XXI.
En tiempos de asedio, confusión y reordenamiento global, pensar críticamente no es un lujo intelectual: es una forma de defensa. Y resistir sigue siendo, todavía, la condición mínima para no desaparecer del mapa de la historia.
Ambos líderes basaron su hermandad en el pensamiento bolivariano, martiano y revolucionario, buscando la integración regional y la lucha contra el imperialismo. Esa amistad, nacida de un abrazo en una escalerilla, en 1994, terminó por reescribir, para bien y con los límites que toda historia humana conlleva, el destino de dos pueblos, y con ellos, el de buena parte de Nuestra América.
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Cris González Fundadora
*Texto publicado originalmente en el libro …y en eso llegó Fidel (La Estaca, Santiago de Chile, 2026).
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