Mientras la burguesía chilena brindaba con champán la muerte del presidente Salvador Allende, el pueblo chileno iniciaba su luto que perdura hasta nuestros días. Han pasado 53 años, y el golpe de Estado cívico-militar que derrocase al gobierno más democrático que ha conocido la historia de Chile ha sido barrido por la posverdad. Los detenidos desaparecidos, allanamientos de fábricas, universidades, centros de trabajo son fantasmas que habitan las calles de ciudades y pueblos del país. Los fusilamientos, torturas y detenciones arbitrarias se han difuminado al ser considerados parte de una guerra inexistente que se libró en Chile entre el bien y el mal. Libertad o comunismo.
El tiempo termina arrinconando la memoria en un museo. La vida segada de quienes formaron parte de un todo intergeneracional, hombres y mujeres que vibraron con el triunfo de la Unidad Popular y dedicaron su vida a construir un Chile más justo, igualitario, soberano y digno no han tenido descanso. Vuelven y gritan su desesperación. Exigen dignidad. Buscan aliados que recojan el testigo, pero la sociedad chilena los desautoriza. Intereses espurios generan ruido e impiden escuchar su reclamo de abrir las alamedas. Su muerte se ha transformado en mercancía. La cordura debe imperar. El Palacio de La Moneda, bombardeado 11 de septiembre de 1973, se ha transformado en atracción turística. Y si trata del proyecto político de la Unidad Popular, se acota: no fue ni unidad, ni popular. El argumentario es grotesco. Sus responsables no buscaron el consenso ni el apoyo de los sectores medios. El sectarismo, la intolerancia y la trama oculta de instaurar la dictadura del proletariado llevó al fracaso y la derrota.
Quienes traicionaron al pueblo se justifican, aunque los hechos vayan en sentido contrario. Hablan de pérdida de libertades, ataque a la familia, la propiedad privada y quebranto del Estado de derecho. Ha sido, durante medio siglo, el discurso de quienes defienden el asesinato de compatriotas y la actuación de las Fuerzas Armadas y Carabineros como una cruzada liberadora.
Quienes perdieron la vida defendiendo el orden constitucional son reinventados como enemigos de la patria. No hay nada por lo cual arrepentirse. La libertad de mercado no se puede detener en los Derechos Humanos. El expresidente Patricio Aylwin dirá, al referirse a las mujeres violadas y quienes pasaron por los centros de detención clandestinos y sobrevivieron, que son personas afortunadas. De otra forma no se explica que el actual presidente, José Antonio Kast, reivindique la dictadura y sus torturadores. Tampoco que Chile acoja el Foro de Madrid que agrupa a la ultraderecha latinoamericana y mundial. Ni menos que se reivindique la figura del dictador Augusto Pinochet como lo hizo Javier Milei. Celebrarlo en septiembre no es casual, es un insulto y un desprecio a la dignidad humana.
Pero no es el único que lo ha reivindicado, ni todos se ubican a la derecha. Los presidentes de la Concertación, más Gabriel Boric, han tenido comportamientos similares. Todo sea por agrandar los resultados del neoliberalismo y sus hacedores. En el fondo, atribuir a la dictadura cívico-militar logros económico-sociales, cuya Constitución de 1978, reformada en 2004 por el expresidente Ricardo Lagos, producto de la dictadura, configura la arquitectura de la economía de libre de mercado que impera en Chile.
¿Pero a que logros se refieren? Veamos, Chile es hoy uno de los países con mayor desigualdad en la Región. El 10% más rico tiene un ingreso 27 veces superior al 10% más pobre. Situación que empeora si sumamos sanidad, educación y vivienda. Por otro lado, en medio siglo, sus riquezas mineras están en manos de trasnacionales. Los recursos hídricos, ríos, lagos y aguas subterráneas se han vendido a empresas privadas. Es un firme aliado de los Estados Unidos y manifiesta un desafecto hacia los proyectos de identidad latinoamericana donde se reconozcan el ideario de Simón Bolívar, Manuel Rodríguez o José Martí. Y si miramos al siglo XX, Lázaro Cárdenas o Salvador Allende.
Para quienes tienen frágil memoria, recomiendo el libro Chile. Análisis del primer año de la dictadura militar (1973-1974). Un texto inédito hasta 2026. Editado inicialmente por Prensa Latinoamericana, en Buenos Aires, y bajo seudónimo, no llegó a ser distribuido. Su valor radica en ser testimonio directo, escrito con rigor e información de época, y redactado para dar a conocer la lógica del gobierno militar, captó el sentido del golpe de Estado. Ser un proyecto de refundación del capitalismo dependiente. Su autor, Vicent Garcés. En sus páginas se puede reconocer la traición de uniformados y civiles, los orígenes de la operación Cóndor, las contradicciones de la derecha y la represión a los militares constitucionalistas que no siguieron el golpe de Estado. Es de lectura obligada.
Para concluir, sin duda hay diferencias entre los presidentes que han gobernado Chile tras el plebiscito de 1988, donde triunfó el No a la continuidad de Pinochet. Pero Aylwin y Frei apoyaron la dictadura y compartieron su ideario cuando la Junta Militar se posesionó decidiendo “combatir frontalmente en contra del comunismo internacional y la ideología marxista que éste sustenta”; afirmando que “mientras otros recién avanzan con ingenuidad por el camino del diálogo y el entendimiento con el comunismo, nosotros venimos de vuelta (…) el actual gobierno no teme ni vacila declararse antimarxista”, “hay que extirpar el cáncer marxista de raíz”. A 53 años del asesinato de la democracia en Chile, José Antonio Kast resulta el alumno aventajado de Pinochet. El pueblo chileno continúa en duelo.
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Marcos Roitman Rosenmann Chileno-español, sociólogo y escritor








