Política con ética

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Actualmente, se extiende en el mundo una narrativa que afirma que ya no existen fronteras entre las izquierdas y las derechas, que no hay diferencias y, por la tanto, dejaron de existir. Esta es una afirmación de por sí, política e Interesada, para desaparecer la lucha de clases, desalentar los procesos de cambios revolucionarios y profundizar la dominación de las élites económicas y por consiguiente acentuar la desigualdad social, la opresión de las masas populares y la represión de los movimientos de liberación.  Esa concepción también pregona el fracaso del socialismo como sistema capaz de promover el desarrollo de las fuerzas productivas, reducir la brecha de la pobreza y dar respuestas a las necesidades materiales y espirituales de la sociedad.

Todo este relato obedece a la necesidad que tiene el capitalismo de reinventarse y salir de las crisis políticas cíclicas, que experimenta cada cierto tiempo. Para este objetivo, de manera oportunista, se apalanca en las pésimas gestiones y sus ilusas alianzas con la burguesía nacional e internacional que han llevado a cabo los llamados gobiernos «progresistas de izquierda» sobre todo en Latinoamérica.

Atrás quedó la década de oro, cuando Chávez reivindicó la palabra socialismo e inundó la región y buena parte del mundo de ese huracán bolivariano que mucha preocupación causó en la oligarquía mundial. Había tesis, programa conceptual, direccionalidad geopolítica, construcción de la multipolaridad. Había, sobre todo, el nacimiento de lo nuevo. Con la desaparición física de Chávez, sin hacerlo mesías, se fue apagando ese faro de luz que en el horizonte nos acercaba a la utopía.

Mencionaba que el desprestigio del socialismo era utilizado por las élites de manera oportunista, porque fueron esos mismos gobiernos -y que progresistas- quienes les proporcionaron dichos argumentos. Ya un gobierno progresista de izquierda no diferencia su ejecutoria de gobierno de uno de la derecha neoliberal, con excepción de la limosnera política de programa sociales, tal como lo hacen los filántropos millonarios con sus fundaciones caritativas, un poco para limpiar su conciencia. Bajo esa óptica de la nueva realidad política, las izquierdas son iguales que las derechas. Asistimos a una despolitización de la dirigencia política, mientras que las masas populares no renuncian a la necesidad histórica de superar sus precarias condiciones de vida. Es decir, las masas siguen politizadas. Siguen con sus sueños de alcanzar el bien supremo, el vivir viviendo.

¿Por qué hemos llegado a esta postración? La izquierda y sectores revolucionarios han perdido su origen, su fuente. Cambiaron el discurso y se sumaron a la modernidad colonizadora de la conciencia y se han colocado del lado de las clases dominantes asumiendo su ideología, cánones de comportamiento y visión individualista occidental. Para ellos, Marx y los clásicos están desfasados de la historia y deben ser superados.

¿Y qué tenemos ahora? Una clase política, de derecha y de izquierda nominalmente, con ausencia de programa, con la vulgarización de la política, con acusaciones mutuas de asuntos personales y triviales, con laboratorios de guerra sucia para la mutua descalificación, con prácticas fascistas lacerante, ausencia de debates de las posibilidades de desarrollo e integración regional. Este cuadro ha engendrado en nuestros pueblos un peligroso sentimiento anti partido que recientemente fue muy bien explotado por Milei en Argentina.

Urge retomar la decencia y la ética en la política, izar de nuevo, dialécticamente, las banderas de la liberación y del socialismo, reapropiarse de las herramientas de análisis de la realidad marxistas y encarar los desafíos y consecuencias que esa determinación conlleva.

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Carlos Ramos Salazar Venezolano, analista político

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