Los niños del hombre

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Por Alejo A. Brignole

Ciertas ficciones espeluznantes expuestas por la literatura y otras expresiones artísticas, ya comienzan a parecerse mucho a lo que la realidad nos muestra.

En 1992, la escritora británica P.D. James escribió una novela titulada Niños del Hombre (The Children of Men fue su título original en inglés)) cuyo argumento transcurre en un futuro cercano, en 2021, con un mundo que está al borde del colapso civilizatorio debido a ciertas anomalías globales. La novela, ambientada en Inglaterra, muestra cómo las instituciones democráticas han virado hacia un totalitarismo militarizado, en donde la persecución de inmigrantes y la reducción drástica de los derechos ciudadanos son presentadas como las únicas alternativas viables para conservar los vestigios de una sociedad civilizada, o con apariencia de tal.

La sociedad representada en el libro es acuciada por un estado de crisis permanente y sus integrantes abandonaron todo interés por la política, generando que los poderes constituidos dieran un gran salto conceptual, derribando principios democráticos y gestionando los Estados (en este caso, el Reino Unido) de manera autárquica.

La novela fue llevada al cine en 2006 por el director mexicano Alfonso Cuarón, bajo el título homónimo, Children of Men, en donde muestra de manera magistral un mundo distópico, militarizado y carente de las más elementales garantías para las personas. Un mundo en el cual la mayoría de los países se han convertido en Estados fallidos y ya no queda esperanza para las masas humanas controladas por unas élites que promueven la militarización y el control orgánico de una realidad que es apocalíptica.El desencadenante de esta distopía en la novela, es la infertilidad humana que comenzó a registrarse a partir de 1995, año en que se produjo el último nacimiento humano, con lo cual la especie se enfrenta a su extinción por simple envejecimiento.

A partir del análisis de esta obra, una vez más podemos ver como el arte –en este caso el cine y la literatura– colabora en escenificar y transmitir a través de sus recursos simbólicos lo que muchos estudios, ensayos u observaciones científicas no permiten visualizar o explicar. Así, el mundo representado literariamente no parece estar muy lejos del actual. Al menos ya podemos apreciar cómo se van abonando las condiciones para que un futuro de estas características, controlado policialmente y sin garantías democráticas, pueda emerger.

La corroboración de un horizonte atroz, alejado de los actuales estándares que suponemos inalterables, ya han sido expuestos de manera embrionaria por esta sociedad del siglo XXI: el control ciudadano a través de medios electrónicos y leyes regresivas para acorralar derechos adquiridos. La militarización global y el uso disuasorio policial, cada vez más brutal y arbitrario en nuestras ciudades y Estados, legitiman estas nuevas maneras de entender la relación con la ciudadanía.

Al igual que en la novela de P.D. James, quizás en un futuro no muy lejano, hacia el fin de la centuria –o tal vez mucho antes– algunos gobiernos, o bien la potencia militarmente más poderosa que probablemente seguirá siendo Estados Unidos, quieran dar un gran salto dialéctico, un giro neototalitario en donde las garantías democráticas queden debidamente conculcadas y no exista más ley que el monopolio de la fuerza dimanada del aparato estatal. O como dijo el erudito en la cábala hebrea, el rabí Yehuda Ashlag “no hay ninguna esperanza de que el nazismo desaparezca por completo con la victoria de los aliados, ya que el día de mañana serán los anglosajones quienes adopten el nazismo”.

La excusa podrá ser el nuevo mapa social que provocará el cambio climático, o cuestiones demográficas, crisis energéticas, falta de recursos, o cualquier otra variable que permita derribar las estructuras consuetudinarias de Occidente y con ellas las del resto del mundo.

Quedaríamos así atrapados en una distopía que será, en realidad, innecesaria y artificial, pues servirá apenas de excusa para completar un diseño elitista que ya se padece y se vislumbra de manera clara. La fase imperialista del capitalismo que nos advirtiera Lenin en 1916 ya está aquí desplegada en todo su esplendor. Estamos pues, definitivamente instalados en esa peligrosa zona en donde las ficciones de antaño ya comienzan a ser realidades tangibles.

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