América en peligro, otra vez

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I

Presentación

Un año antes de su muerte Simón Bolívar escribió una carta al encargado de Negocios de Gran Bretaña, coronel Patrick Campbell, y le comentó: “Los Estados Unidos, que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”.

En el marco de la Primera Conferencia Internacional Americana –antecedente de la Organización de Estados Americanos (OEA)–, realizada entre los días 2 de octubre de 1889 y 19 de abril de 1890, desde las páginas del diario argentino La Nación José Martí advirtió: “Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.

Por su parte, en el XV período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 26 de septiembre de 1960 –seis meses y medio antes de asumir su carácter socialista la Revolución cubana–, Fidel Castro clamó: «¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desparecido la filosofía de la guerra!».

Tres personajes mayores de la historia de nuestra América; tres momentos imprescindibles –la independencia, la antesala del imperialismo, el nacimiento del socialismo–.

Tres reflexiones, lamentablemente, muy actuales.

El tema que los organizadores de esta cita nos proponen a los panelistas me hace pensar ineludiblemente en Miranda, Simón Rodríguez, Juárez, Ostos, Martí, Sandino, Allende, Torrijos, Bishop, Chávez… en los precursores del marxismo como Recabarren, Mella y Mariátegui… en Ernesto Che Guevara.

Pero sobre todo en Francisco Bilbao y su libro de mediados del siglo XIX América en peligro. Y también en el imprescindible ensayo de don Roberto Fernández Retamar Caliban.

Porque esa es nuestra historia: una sucesión de permanentes luchas sociales y rebeliones populares por nuestra emancipación –con sus innumerables capítulos desde el período colonial– y su reverso: nuestro relacionamiento con los Estados Unidos.

Desde mi disciplina, que es la Historia, lanzaré algunos haces de ideas acerca del asunto que nos convoca.  

II

Neoliberalismo

A partir de finales del siglo XVIII y mediados del siglo XIX los Estados Unidos llevaron a cabo una política expansionista desde el este al oeste, desde el territorio fundacional de las 13 colonias en la costa atlántica en dirección al Pacífico, con el objetivo de tener acceso a los dos océanos. 

La mayor de las veces las anexiones se produjeron por la fuerza, como la Florida Occidental entre 1810-1813 o Texas y California entre 1845-1848; por la compra, como Luisiana en 1803 o la Florida Oriental en 1819; por la negociación diplomática, como Oregon en 1846. Entre otros ejemplos que se pudieran mencionar.

El basamento ideológico de ese expansionismo fueron la Doctrina Monroe de 1823 y el Destino Manifiesto de 1845.

Sus expresiones hemisférica más ilustrativas: los tratados Clayton-Bulwer, suscrito con Gran Bretaña en 1850 –con la neutralización de Centroamérica y la promoción pirata de una ruta interoceánica–; Hay-Pauncefote, suscrito con Gran Bretaña en 1901 –con el permiso definitivo para creación de una ruta interoceánica–; y Hay-Bunau Varilla en 1903 –con la concesión a perpetuidad de una franja en el istmo de Panamá–.   

Pero, ¿cuál es telón de fondo? Su apogeo capitalista, al que se refería Martí.

¿El cambio de cualidad? La metamorfosis de un capitalismo de libre concurrencia a otro capitalismo monopolista de Estado. El estreno como potencia imperialista tras la guerra hispano-norteamericana-cubana de 1898.

¿Proyección? El “gran garrote” y el “Corolario Roosevelt”; la “diplomacia del dólar y las cañoneras”. Luego “la diplomacia misionera de Woodrow Wilson”, la “política del buen vecino”.

Potencia que resulta acreedora de la Primera Guerra Mundial y como hegemón luego de la Segunda Guerra Mundial. 

Mientras tanto, América Latina y el Caribe han transitado vertiginosamente entre el colonialismo, el colonialismo interno, el neocolonialismo y la dependencia. Condiciones que en buena parte persisten.

Si bien es cierto que el intelectual dominicano Juan Bosch acuñó “frontera imperial” para referirse al Caribe como escenario de disputas entre Francia, España, Gran Bretaña y los propios Estados Unidos a principios del siglo XIX; también lo es que nuestra América no corrió distinta suerte en los últimos dos siglos, con abiertos planes recolonizadores de potencias europeas. Y actualmente como escenario en disputa entre superpotencias mundiales.

Y aquí quiero saltar a la segunda mitad del siglo XX, a la Doctrina de Seguridad Nacional. Porque allí se pare, a mi entender, parte de lo que estamos viviendo –con toda su mutación correspondiente–: como es el neoliberalismo. Estrenado, como bien saben, en el Chile de Pinochet, sucedido por la Gran Bretaña de Tatcher y los Estados Unidos de Reagan.

Justamente cito una entrevista a la primera ministra británica en el periódico The Sunday Times en 1981, cuando al referirse a las reformas neoliberales señaló: “La economía es el método, pero el objetivo es cambiar el alma”.

La conquista de las almas, he ahí el fin del neoliberalismo.

En palabras del escritor iraní Majid Maleki: “el neoliberalismo es un proyecto cultural e ideológico, que reorganiza las relaciones entre ciudadanía-Estado-mercado”.

La historia de allá para acá nos es más conocida, además de vivida por nosotros. Al mundo bipolar de Guerra Fría –cuyo sello distintivo fueron las ideologías–, le sucedieron el “desmerengamiento” de los sistemas del comunismo de Estado en Europa oriental y la desintegración de la Unión Soviética entre los años 1989 y 1991, y con ello la victoria del unipolarismo, la entronización del neoliberalismo, el aliento de la globalización y las correspondientes ideologías “post”, el escepticismo y el desplazamiento de la tradición marxista.

Período que, en este lado del mundo, a la par que afectó a las izquierdas tradicionales vio insurreccionarse a masas populares en un proceso iniciado con el “Caracazo” de 1989, seguido por el levantamiento indígena de Chiapas en 1994, las guerras del Agua y del Gas en Bolivia entre los años 2000 y 2003, el Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001 y su propuesta de “un movimiento de movimientos sociales” hasta enterrar el Área de Libre Comercio de las Américas promovido por Bush hijo en 2005.

Período de aperturación, además, de una ola progresista iniciada con Chávez en diciembre de 1998 y que hasta 2009 llevó a algunos pueblos a refundar sus países por medio de Asambleas Constituyentes –y hasta elaborar la propuesta del “socialismo del siglo XXI–, y cuando menos a una decena de gobiernos a desafiar a Washington y crear espacios de concierto regional como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) en 2004, la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en 2008 y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en 2011.

A la sombra de ese unipolarismo reinante se gestaron potencias regionales emergentes y nuevos polos de poder en distintos continentes, destacando el “eje asiático” liderado hoy por Rusia y China.

En su conjunto, por las peculiaridades históricas de cada uno de los actores, han promovido formas de pensar, hacer y reproducir la materialidad de la vida distintas a las occidentales. Se ponen en tela de juicio la modernidad, la democracia liberal, los Derechos Humanos y hasta ciertas expresiones del capitalismo, en algunos casos.

Todo lo cual ha socavado al mundo Occidental, la arquitectura institucional global que nació tras la Segunda Guerra Mundial –sea Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, entre otras–.

Solo en América del Sur, por traer un ejemplo, China es el principal socio comercial de Brasil, Chile, Perú, Uruguay y Bolivia. En el caso de Argentina es el segundo ya que primero es Brasil.

¿Sobre qué base fundamental? Materias primas a cambio de tecnología, productos manufacturados, inversiones en servicios, obras públicas, minería y agricultura… ¡En lo que resulta un abierto desafío a la hegemonía occidental, por ejemplo con la tecnología!

Pero, ¿cuál es el rasgo distintivo? El que las relaciones se circunscriben a la diplomacia y acuerdos comerciales y no a la imposición u otros mecanismos de fuerza.          

En síntesis, coincido con la doctora cubana María Helena Álvarez en que “estamos en presencia de cambios de reglas, de instituciones, de concepciones del mundo, en una batalla que no sabemos en qué va a terminar. Pero que puede definirse como un ‘período de transición a un mundo multipolar’”.

III

Contraofensiva imperial

Como consecuencia de lo descrito, vivimos una arremetida ultraconservadora que se ha profundizado en el último lustro, en torno a la cual se articulan partidos políticos filofascistas a ambos lados del Atlántico e iglesias cristianas al son de “Dios, Patria y Hogar” –influyentes y casi determinantes en materia electoral en países como Brasil, Bolivia, Ecuador, Chile–, además de otros actores.

Una alianza emanada de ahí la podemos identificar en el Foro Madrid, creado en 2020 a instancias de la Fundación Disenso de VOX, y que durante los días 3 y 4 del presente mes tuvo su V Encuentro Regional en Santiago de Chile, con delegados provenientes de veinticinco países. Donde se trató, según los organizadores, “[de la defensa de] la libertad, la soberanía nacional y el Estado de derecho a ambos lados del Atlántico».

¡Una verdadera internacional del terror! (Como a mediados de la década de los setenta padeciéramos en el Cono Sur con el Plan Cóndor).

Por cierto, el lugar y fecha del cónclave que menciono no fueron dejados al azar. Santiago de Chile, 4 de septiembre. Día de la derrota de la Convención Constitucional en 2022; y lo que ellos llaman: “El punto de inflexión chileno. Restauración de la libertad y la soberanía”, que no es más que la derrota del movimiento social que se expresó con fuerza en las calles entre octubre de 2019 y marzo/abril de 2020.

Pero, ¿qué hay detrás de ello?

Junto con explicitar su voluntad por llevar a cabo una “cruzada mundial del bien contra el mal”.  En palabras de Milei: “Chile es un lugar emblemático porque con su historia reciente nos recuerda el valor inmenso de dar la batalla cultural”.

Y aquí destaco lo último: “batalla cultural”.

(¿Contra quién? ¿Contra quiénes?)

Continúa el presidente argentino concentrado en los sucesos de 2019, después de mencionar el gobierno socialista allendista: “…a pesar de haber conocido los frutos de la libertad, [Chile] cayó en la farsa del socialismo del siglo XXI como el resto de toda la Región… la izquierda se empecinó en sostener que era la desigualdad del modelo chileno… Nosotros, en cambio, sabemos la verdad, sabemos que el motivo por el cual el estallido era inevitable fue porque por demasiado tiempo aquí descubrieron el terreno de la batalla de las ideas”.

La “batalla de las ideas” o la “batalla cultural” nuevamente.  

La “Declaración de Santiago” es clara. Y volvemos a preguntarnos ¿contra quién? ¿Contra quiénes?

Contra migrantes, contra defensores del medio ambiente –“mugrienta ideología”, la llamó uno de los delegados–, contra la clase trabajadora –acosada, bajo el pretexto de “orden”, con estados de excepción, estados de sitio–, contra las diversidades sexuales y de género, contra las personas de izquierdas –a quienes Milei llamó “zurdos mugrosos negadores de la realidad”– y, sobre todo, contra las mujeres a través del impulso de políticas antiabortos y en defensa de lo que llaman “familia tradicional”.

 Aquí hago un paréntesis para solo mencionar dos propuestas legislativas presentadas este semestre en Bolivia y Chile, ambas retiradas pero que continúan latentes.

En Bolivia, en julio pasado, un diputado de la derechista Alianza Unidad presentó el proyecto de ley para la “esterilización obligatoria de mujeres en situación de calle”. En esos mismos días, al otro lado de la cordillera, un diputado del Partido Nacional Libertario presentó el proyecto de ley “Escucha su corazón”, que pretende obligar a que las mujeres escuchen los latidos del feto ante de interrumpir el embarazo en las tres causales permitidas por la ley.

Pero superando lo puramente coyuntural, podemos rastrear el germen de esta rearticulación conservadora en la Región en el desmontaje de la ola de gobiernos progresistas, cuyo primer capítulo, como bien advierte el cientista político cubano Roberto Regalado, fue el golpe parlamentario contra el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, el 28 de junio de 2009 (tres semanas antes la correlación de fuerzas de gobiernos populares había llegado a tal punto que la OEA, en su XXXIX Asamblea General se vio obligada a aprobar la suspensión de la Resolución VI, que desde 1962 excluía a Cuba del sistema interamericano).

Al golpe contra Zelaya sobrevino, víctima del mismo método, la caída del presidente paraguayo, Fernando Lugo, el 22 de junio de 2012.

Hasta esas fechas, junio de 2009 y junio de 20012, gobiernos progresistas y/o de izquierdas ocupaban la presidencia en Argentina, Bolivia, Uruguay, Brasil, Ecuador, Paraguay, Venezuela, El Salvador, Nicaragua, Cuba y otros Estados del Caribe.

La periodización, orígenes y caracterización, así como el auge y caída de los progresismos e izquierdas es clave para el entendimiento del momento que atravesamos hoy. Además que necesariamente, como dije al principio, nos remite a su reverso: las administraciones Obama, Trump I, Biden, Trump II. En otras palabras, a la respuesta del Imperio contra los pueblos de nuestra América en el contexto de su resistencia a devenir multipolar.

Es así que los restauradores no han escatimado métodos para alcanzar sus fines: golpes parlamentarios –los ya citados, más el de Brasil contra Dilma Rousseff en 2016 y el del Perú contra Pedro Castillo en 2022–; golpes clásicos –el de Bolivia contra Evo Morales en 2019–; fraudes electorales –hay denuncias de manipulaciones, a partir del “caso Cerimedo”, al menos en los comicios de Chile 2022, Ecuador y Honduras 2025, Colombia y Perú 2026–.

Y cabría mencionar métodos de guerras híbridas o de amplio espectro como las sufridas por Venezuela y Cuba, principalmente.

Acá podemos detenernos en unos tres elementos referidos a los Estados Unidos.

En primer lugar, su priorización por el control del sobcontinente latinoamericano y caribeño –al que conciben como una “isla” y vuelto a mirar tras las guerras del Medio Oriente y conflictos en el África–. Para ello ha presentado recientemente la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos 2025 –con su respectivo “Corolario Trump”–, ha formalizado la creación del Escudo de las Américas en 2026 –que ya cuenta con la participación de quince países– con el argumento de establecer agendas comunes en materia de seguridad, migración y economía. En julio pasado organizaron la Primera Cumbre Antiterrorista.

En segundo lugar, su peso hegemónico busca imponerse a adversarios y llamativamente a sus propios aliados. Muestra de esto último, por ejemplo, son los condicionamientos al Perú y a la Argentina para la compra respectivamente de doce aviones de combate F16 Block 70, por valor de mil 900 millones de dólares, en 2025/26; y veinticuatro aviones de combate F16, por valor de alrededor de 600 millones de dólares, en 2025.     

En tercer lugar, el desplazamiento de hecho de capitales rusos y chinos en esta parte del mundo. Aquí indico solo dos ejemplos. En Bolivia desde el Legislativo han sido paralizados los contratos entre la estatal Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB) y la Uranium One Group (estatal Rosatom) y el consorcio privado chino CBC para la industrialización del litio. Y en Venezuela el llamado “acuerdo petrolero histórico” –calificado así tanto por las administraciones Trump y Rodríguez–, del pasado miércoles 3 de septiembre, que le permite a los Estados Unidos el control mayoritario –por veinticinco o cien años– de más del 20% de las reservas de la nación, lo que asciende a más de 65.000 millones de barriles en 17 campos estratégicos, algunos de los cuales eran explotados por empresas estatales de China y Rusia, siéndoles revertidas aparentemente las concesiones.

La pasada semana el portavoz del Ministerio chino de Exteriores, Guo Jiakun, expresó: “Los derechos e intereses legítimos de China en Venezuela deben ser salvaguardados».

Y aquí hago un último paréntesis, porque entiendo que en la próxima sesión del 17 de septiembre la periodista venezolana Cris González profundizará en lo que ocurre con la Revolución bolivariana.

Pero, no puedo dejar de detenerme un segundo (sin entrar al debate de que si Venezuela hoy es un protectorado o semicolonia o colonia) en la novísima –y quizás pudiéramos decir “inédita”– forma de dominación imperialista, que a partir de una operación militar quirúrgica y de no mayores costos y riesgos, como fue la del 3E para el secuestro del presidente Maduro y su esposa: 1) Han intervenido las arcas fiscales venezolanas por medio de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), supeditada al Departamento del Tesoro, apropiándose entre enero y junio de más de 13 mil millones de dólares; 2) En los hechos se están haciendo de los recursos naturales –petróleo, oro, diamantes, tierras raras; ya en mayo se llevaron  13kg de uranio enriquecido– y servicios –también a principios de este mes Miraflores suscribió un importante contrato con General Electric Vernova–; y 3) Todo esto, subrayo, sin desatar una guerra e inclusive sin cambiar al partido ni a la cúpula gobernante, haciéndolos trabajar para ellos. Algo francamente inédito.

IV

Palabras finales

Los tiempos que corren están marcados por la palabra “crisis”. Sea económica-financiera –como la asiática de 1997, la “subprime” de 1998 o los colapsos bancarios en los Estados Unidos de 2023–; sea medioambiental –la pasada semana el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente anunció que el mundo superará los 1.5º de calentamiento global y con ello se intensificarán los fenómenos meteorológicos extremos y aumentará el riesgo de superar puntos de inflexión irreversibles–; sea migratoria; sea de empleos formales; sea de ensanchamiento de la desigualdad; sea de la brecha tecnológica; sea política –serios cuestionamientos a formas democráticas de gobierno y la multiplicación de Estados policiacos–.

Todo aquello bajo el manto de una abierta estrategia de retroceso contra cualquier progreso histórico, capitaneada por Trump (con sus antecedentes en Reagan y su “Hagamos grande de nuevo a Estados Unidos”; o el Ku-Klux-Klan y su “Estados Unidos, primero”, como bien nos lo recuerda el doctor cubano Jorge Hernández).

En otras épocas, por ejemplo en las primeros lustros del siglo XX, las salidas a las crisis supusieron una conflagración mundial así como posibilitaron ciclos revolucionarios –como el europeo abierto en 1917 hasta la tardía República Española en los años treinta–, pero igual ciclos contrarrevolucionarios –con la irrupción del fascismo, el nazismo y el falangismo en Europa–. Con sus respectivas expresiones en estas latitudes.

En su Breve historia del neoliberalismo el geógrafo marxista británico David Harvey apuntó: “Para que cualquier forma de pensamiento se convierta en dominante tiene que presentarse un aparato conceptual que sea sugerente para nuestras intuiciones, nuestros instintos, nuestros valores y nuestros deseos, así como también las posibilidades inherentes al mundo social que habitamos. Si esto se logra, este aparato conceptual se injerta de tal modo en el sentido común que pasa a ser asumido como algo dado y no cuestionable. Los fundadores del pensamiento neoliberal tomaron el ideal político de la dignidad y de la libertad individual como pilar fundamental, que consideraron ‘los valores centrales de la civilización’. […] La idea de dignidad y de libertad individual son conceptos poderosos y atrayentes por sí mismos”.  

Y aquí me pregunto, ¿cuánto de los valores y deseos neoliberales están naturalizados en nuestras poblaciones? (En esta parte incluyo a los procesos progresistas y de izquierdas y remito a la columna del fraile dominico brasileño Frei Betto: “Cómo derechizar a un izquierdista”).

Continúo. ¿Cuánto hay de la naturalización del modo de producción capitalista? ¿Cuánto de la imposibilidad de imaginar y proponer un ordenamiento alternativo y antagónico a este? (Esto me lo pregunto porque todo parece indicar que el mundo multipolar que se forja no es otra cosa que un reordenamiento geopolítico en el marco del capital; no es, para nuestro caso, una superación de la dependencia sino simplemente una reconfiguración de esta).

Y esto nos lleva a pensar, ¿cuánto de la hegemonía del capital ha sido magullada?

Esas son cuestiones que creo que hay que poner sobre el tapete. Y que entiendo se irán abordando, en distintas dimensiones, a lo largo de este curso; incluyendo eventuales respuestas a estos problemas. Gracias.

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Javier Larraín Director

*Ponencia en el curso «Nuevas caras del imperialismo: geopolítica, descolonización y dilemas de las resistencias populares en América Latina», organizado por la Cátedra José Martí de la Universidad de Pernambuco y el CELA-UNAM, 10 de septiembre de 2026.

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