Enrique Antonio Maza Carvajal tenía 23 años cuando lo asesinaron, el 12 de septiembre de 1973, a la salida de la fábrica Tisol, en las puertas de IRT, cerca de Lucchetti en el cordón industrial de Vicuña Mackenna, en Santiago de Chile. Lugares que él mismo había transitado y donde aportó al proceso de la Unidad Popular, UP, liderado por el Presidente Salvador Allende, junto a los trabajadores de aquellas fábricas donde el pueblo se organizó para mantener funcionando en medio del boicot contra el gobierno.
Era un estudiante venezolano de Ingeniería Eléctrica en la Universidad de Chile su casa de estudios hasta el día del golpe. Fue expulsado de la Universidad Central de Venezuela, UCV, por participar en las protestas por la Renovación Universitaria, cuando en 1970 el presidente Rafael Caldera, del Partico socialcristiano, Copei, cerró la UCV, y la facultad de ingeniería expulsó a cientos de jóvenes, algunos con la imposibilidad de continuar estudios en alguna universidad del país. Enrique es amenazado de muerte por un aparato represivo que luego cargó con la vida de otros jóvenes también vinculados a la lucha popular. Llegó a Chile para sobrevivir y para terminar su carrera que la persecución política le había arrebatado en su propio territorio. En Chile encontró, espacios de libertad, de cooperación en los trabajos voluntarios una Alma Mater que había fundado el venezolano, Andrés Bello. El joven Enrique escribía cartas interminables describiendo su vida cotidiana, el paisaje que lo tenía enamorado de Chile, así como sus estudios y las vicisitudes de la política que desde julio de 1971 (cuando llegó a Santiago) hasta septiembre de 1973, cuando el país dio un giro dramático.
Sabemos quién era Enrique, sobre todo, por sus propias cartas, pero también por las entrevistas a familiares y amigos, incorporados a la investigación que realizamos hace más de 25 años, publicada dos décadas atrás en el libro Camarada Enrique.

El 19 de julio de 1971, apenas cuatro días después de llegar a Santiago, le escribió a su madre una carta larga y llena de pesar y de nostalgia porque tuvo que salir de Venezuela sin despedirse de nadie: “yo quisiera que me perdonaran por haberles desobedecido […] ¿pero qué podía yo hacer? […] todo lo que hice fue en un arrebato de ira y de desesperación porque me daban 15 días y si en 15 días no desaparecía y ellos lo sabían… bueno es para llorar”.
En esa misma carta, el tono cambia hacia algo más parecido al asombro de un muchacho recién llegado: “Aquí he tenido mucha ayuda en todos los sentidos. Cuando llegué al aeropuerto habían algunos venezolanos que me estaban esperando, ya me tenían un sitio para vivir […] Comencé a partir de ese momento a vivir como en otro mundo”. Es la voz de alguien que aterriza en pleno tiempo de Unidad Popular sin saber todavía qué tan hondo lo va a marcar ese país, con los sueños intactos y la esperanza en un proceso que emocionaba al mundo entero.
En Chile tuvo un hogar, una militancia, estudio y participación en trabajos voluntarios y en la organización de trabajadores que intervinieron empresas que se plegaban al boicot contra la UP. Pero también vivió historias de amor. Una novia, Clary, apenas llegó y una segunda “polola” que, durante años, apenas figuró como unas líneas sueltas en esta investigación. Era Laura, una joven militante de las Juventudes Comunistas. Se conocieron en una jornada de trabajo voluntario coordinada desde el edificio de la UNCTAD, distribuyendo sacos de trigo hacia Lucchetti y el Molino San Cristóbal en el Cordón Vicuña Mackenna. Esa misma mañana, sin mayor preámbulo, Enrique le dijo que era la persona más bonita que había visto. El idilio duró hasta el final de la vida del joven.
Laura recuerda su personalidad como algo difícil de explicar divertido, alegre y muy inteligente. Entendía claramente lo que estaba viviendo el pais, tenia 22 años y analizaba como un hombre con mucha experiencia politica. El vínculo se afianzó una noche, caminando por la Alameda después de una marcha en apoyo a la Unidad Popular de octubre de 1972, cuando Enrique le contó su historia: la universidad cerrada en plena democracia, la expulsión, el asesinato de su tío Américo Silva, la amenaza contra su vida, la militancia en Chile, los planes de graduarse y regresar a Venezuela en el año 1975.
El 7 de septiembre de 1973, cuatro días antes del golpe, se vieron por última vez. Antes de irse, Enrique la abrazó, le dio un beso en la frente y le dijo, en voz baja: “cuídate, te amo”. Días después, en medio del toque de queda y la búsqueda desesperada por el Regimiento Tacna y el Estadio Nacional, Clary y Laura, los amores de su vida, son quienes lo reconocen en la morgue, junto a Toño Ferrer, Elena Amaro y Diego Uzcátegui, con quienes el embajador venezolano Orlando Tovar, con un impresionante trabajo en solidaridad con sus compatriotas perseguidos en esos tiempos aciagos, y con la cantidad de personas que buscaron asilo en su embajada, resolvió la repatriación de los restos del joven venezolano. Laura guardó de esa imagen el recuerdo de su nariz quebrada, su rostro golpeado, el cuerpo tendido sobre una plancha de mármol “sus ojos cerrados, sus ojos que habían sido toda mi luz” señaló Laura en su testimonio.
Existen tres testimonios independientes sobre la muerte de Enrique, recogidos por separado y con hasta cinco décadas de distancia entre uno y otro, y que coinciden en lo esencial.
El primero es el de Guillermo Orrego Valdebenito, dibujante técnico que trabajaba en la fábrica IRT, quien envió una carta a la revista Punto Final dada a conocer públicamente en 2007. Orrego relata que él y sus compañeros permanecían tirados boca abajo, con las manos en la nuca, siendo conducidos hacia el Estadio Chile, cuando un piquete de carabineros rodeó a Enrique, le gritó que corriera hacia la calle San Joaquín para simular la aplicación de la “ley de fuga” y le dispararon por la espalda. Cayó, todavía con las manos atadas, en las puertas de la fábrica. Según Orrego, los carabineros, ya “embravecidos y jadeantes”, incitaron después a unos perros callejeros a morder el cuerpo, ante los gritos de espanto de las compañeras que observaban desde la fábrica de enfrente. Lo describe como alguien “morenito, pelo enrizado, de barba, estampa atlética”, que soportó los golpes y los insultos “estoica y dignamente”.
El segundo testimonio es el de Carmen Silva, sobreviviente del Cordón Vicuña Mackenna. De Enrique recordaba, ante todo, “su rostro joven y hermoso, una sonrisa clara a pesar de la tortura, sus ojos limpios” una sonrisa que, según su propio testimonio, nunca se borró del todo, ni siquiera en los momentos finales. Cuenta que Enrique fue de los primeros en ser señalado. Enrique permaneció junto a los trabajadores de Lucchetti y Tisol durante los días de resistencia, lo golpearon, lo desnudaron, lo torturaron con electricidad en los testículos mientras un oficial lo exhibía, tomado del pelo y con las manos amarradas en la nuca, “como un trofeo” ante el resto de los detenidos. Ya formados en columna sobre la avenida Vicuña Mackenna, el mismo oficial le desató las manos y ordenó a todos levantar la cabeza para observar “lo que les ocurriría a los extranjeros que venían al país a matar chilenos”. Le ordenaron “¡tú cubano, corre!”; él respondió “no soy cubano, soy venezolano”. Sin poder sostenerse en pie después de horas de tortura, Enrique tropezó con el carabinero que tenía la orden de dispararle. Murió contra los muros de la fábrica IRT.
El tercer relato es el de José Flores, entonces estudiante de Ingeniería: según su versión, a Enrique le dispararon y lo dejaron recostado, semisentado, junto a la entrada de IRT, porque los militares creían que era cubano por el color de su piel. Cerca de doscientos trabajadores y estudiantes habrían presenciado el episodio ese día.
Los tres relatos difieren en algunos detalles, como suele ocurrir entre testigos de un mismo hecho traumático, pero coinciden en lo esencial: el simulacro de la “ley de fuga”, el lugar, los muros de la fábrica IRT. La autopsia registraría, en cualquier caso, una única herida de bala cérvico-raquídeo-medular. Su hermano José, médico, al recibir el cuerpo del joven para ser sepultado en Cumaná, a finales de septiembre de ese mismo año, habría contado más de 14 impactos de bala en la espalda de su hermano menor.
Este año cerramos la edición final de Camarada Enrique, veinte años después de la primera publicación, en 2006. En ese tiempo, la investigación dejó de ser solamente un libro. En 2011, la Corte de Apelaciones de Santiago abrió una causa judicial por su muerte, a cargo del Ministro en Visita Mario Carroza Espinoza. El propio libro fue incorporado al expediente como antecedente documental. De las declaraciones de testigos recogidas durante años surgieron los datos más precisos que existen hoy sobre el lugar exacto de la detención y otros detalles fatales.

En 2018, en la Casa Central Andrés Bello de la Universidad de Chile, Enrique recibió de manera póstuma su título de Ingeniero Eléctrico, 45 años después, junto a otros 99 estudiantes ejecutados por la dictadura. Esta autora fue parte de esa ceremonia académica.
Enrique como muchos extranjeros había venido lleno de sueños y esperanzas y según un estudio de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación de Chile (2003), 63 ciudadanos extranjeros figuran reconocidos oficialmente como ejecutados políticos o detenidos desaparecidos por la dictadura: 14 argentinos, 10 uruguayos, 7 brasileños, 4 bolivianos, 4 españoles, 4 ecuatorianos y un venezolano, entre otros.
Apenas once días después del golpe, el 22 de septiembre de 1973, la Cruz Roja Internacional identificó entre 200 y 300 extranjeros de diversas nacionalidades en su mayoría brasileños, uruguayos y bolivianos entre los cerca de 7.000 prisioneros políticos detenidos en el Estadio Nacional.
“El internacionalismo de izquierda en la Unidad Popular” así empieza este capítulo del libro Camarada Enrique, citando el llamado de Allende a la juventud latinoamericana en su discurso del 5 de noviembre de 1970 (“Ha llegado el momento de que todos los jóvenes se incorporen…”), y sitúa a Enrique dentro de esa migración masiva de jóvenes de izquierda.
¿Por qué específicamente ‘cubano’?, en el libro explico la mentira del “Plan Zeta” como propaganda oficial de la Junta (nunca existió, según reconocieron después Federico Willoughby, el general Gustavo Leigh y Arturo Fontaine Aldunate), y cierro con el patrón general: casos como el de Michelle Peña Herreros, estudiante chilena de la misma carrera que Enrique, Ingeniería Eléctrica, embarazada de ocho meses, así como de Charles Horman y Frank Teruggi (los dos estadounidenses asesinados esos mismos días), citando también el testimonio de Manuel Cabieses.
Todos los episodios del libro que narra o se acerca a historias de vidas truncadas, casos distintos entre sí, componen el mismo patrón en el que se inscribe la muerte de Enrique: la de un continente cuya izquierda, atraída por la experiencia chilena, pagó por ella un doloroso precio.
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Cris González Fundadora








