En la disputa política por la presidencia y vicepresidencia de Colombia, este 31 de mayo ¿le metió la mano la derecha a las elecciones a través de un posible fraude? No podemos descartarlo, pues en los últimos años ya se ha tornado repetitiva la práctica: se pierden tarjetones, aparecen tarjetones, se queman tarjetones, no se marcan tarjetones; aparecen muertas/os en las listas de votantes, se modifican los formatos, se compran votos, se constriñe, se manipula a juradas y jurados. Ya es todo un cuadro de costumbres.
Lo de la jornada del domingo 31 no sería nuevo. En el año 2022 la derecha hizo fraude y gracias al escrutinio y la organización de la gente, se recuperaron casi 500 mil votos para el Pacto Histórico en el Senado. En marzo de este año, la derecha nuevamente hizo fraude y luego del escrutinio el Pacto Histórico pasó de 39 a 42 curules en la Cámara de Representantes. En la jornada de este 31 de mayo, no sólo son graves las irregularidades en el preconteo, sino que la preocupación cae sobre la debilidad del software de la empresa privada Thomas Greg and Sons, controlada por los hermanos Bautista, quienes son conocidos por los vínculos con Abelardo de la Espriella, y quienes tienen como tarea recolectar los datos de las elecciones.
Sobre el posible fraude de estas últimas elecciones, se debe subrayar la denuncia que hace varios meses presentó el Presidente Gustavo Petro acerca de la idoneidad de dicha empresa, y que sobre los resultados del domingo 31 de mayo, el mandatario resumió en su red social que en la última semana los algoritmos de la empresa de los hermanos Bautista fueron modificados y “agregaron 800 mil cédulas más de personas que no están en el censo oficial presentado (…). Las mesas ya impugnadas demuestran que centenares de miles de votos fueron agregados sin existencia de sufragantes”.
Siendo conocido el accionar fraudulento de la derecha colombiana, también son conocidos los tres efectos que en ocasiones similares han resultado: el aceptacionismo, la exacerbación de la mea culpa y el retorno del tono determinista y apocalíptico para entender el acontecer de la política colombiana. El aceptacionismo, en este caso, es dejarse convencer por la narrativa inmediatista según la cual los datos son válidos y confiables y, por tanto, hay alguien que gana y hay otras/os que pierden. Con la mea culpa lo que se encuentra es el golpe certero en el corazón que, además de insistir en que cada persona del Pacto hizo todo lo que tenía que hacer, machaca la tesis de que el candidato de izquierda, su grupo asesor y el partido político han sido incapaces de leer, jugar e interpretar atendiendo a las exigencias de los tiempos recientes y el marketing de la política. Por último, está el determinismo apocalíptico que afianza la tesis del condicionamiento histórico subalterno del pueblo y que se resume en expresiones del tipo: “ahí está pintado el colombiano, tan bruto y tan miope; apague y vámonos que aquí no se puede hacer nada”.
Es comprensible la rabia y el miedo producido por el dato que, de momento, arroja la contienda electoral, y también es entendible la crítica a los errores que como campaña alternativa se pueden haber cometido. Por supuesto, es irritable y conduce a pensar que es poco o nada lo que políticamente se puede hacer, cuando se constata que el desconocimiento, la ingenuidad, el absurdo, la ridiculez pero también el pleno convencimiento de un proyecto racista, clasista, machista, ecocida y genocida conducen a que, de momento, 10 millones 361 mil 499 dizque votaron por de la Espriella. No obstante, se debe subrayar que en el fondo del “resultado” de ayer, existe un posible fraude, fraude que no debería ser silenciado.
¿Por qué la dereche decide hacer fraude? Porque las cosas ya no están funcionando exclusivamente a su manera. En Colombia indudablemente hay gente de todas las clase sociales, profesiones e identidades culturales que vota por la derecha y la ultraderecha, pero ese hecho no pude conducir a la omisión del fraude electoral perpetrado por la derecha. Siendo el efecto del fraude ideológicamente efectivo por cuanto pone en la agenda otros temas y conduce a la omisión ante la opinión pública del mismo fraude, es prudente intentar distanciarse de la celeridad coyuntural y destacar que, contra la maximización del dato inmediatista que conduce a la falsa conclusión de que la derecha es invencible, es preciso admitir que en los últimos años el progresismo y la izquierda han ganado seguidoras y seguidores en todos los municipios y las ciudades, apoyo que se ha podido ver multitudinariamente en Medellín, Montería, Ibagué, Cúcuta, Barranquilla, Tunja cuando Iván Cepeda y Aida Quilcué intervienen en la plaza pública.
Este apoyo y crecimiento también se nota en las desnutridas asistencias de la gente a los eventos de las y los candidatos de la derecha. Plazas municipales otrora mayoritariamente de derecha, en la contienda electoral o estaban casi vacías, o escasamente asistidas por las comitivas del gobierno municipal de derecha, por cierto cuestionadas por manifestantes molestos por la presencia de las y los candidatos de derecha. Estas manifestaciones coinciden con el resultado de las encuestas que, siendo pagadas por medios y empresas de y afines a la derecha, siempre mostraron a un de la Espriella por muy debajo de Iván Cepeda.
Claro que de la Espriella tiene su fanaticada, pero se debe reiterar que la premura del hecho implica omitir que una vez más la trampa, el constreñimiento y la campaña corrupta han constituido el modo de actuar de la derecha en la actual coyuntura. Claro que la derecha seduce, pero indudablemente de manera tramposa, constrictora y fraudulenta.
La autocrítica siempre estará bien desde que no se convierte en una paliza inmisericorde que deviene en la inmovilidad casi absoluta a quien se critica. Cuestionar al candidato que se apoya y molestarse por el tipo de votante que decide apoyar a de la Espriella, son acciones razonables y necesarias en la política, pero no se puede olvidar que se está peleando contra la derecha, el sector político más sucio que ha parido la tierra colombiana y que tiene la capacidad mediática, práctica y discursiva de desviar la atención sobre las canalladas que comete.
Entonces, es menester darse tiempo, rumiar lo sucedido este 31 de mayo, estar pendientes de las denuncias y del escrutinio y afianzar el gran trabajo que se ha hecho hasta ahora. Pero es necesario radicalizarse, es decir, seguir en la calle, encontrándose, organizándose, manifestándose, pasándolo y pensando sabroso…y rechazando categóricamente la posibilidad de un fraude, pues si bien se han recuperado votos, luego de cada contienda electoral es sabido que es mucha la información y son muchas las mesas de votación a las que no se podrá realizar escrutinio alguno.
Es cierto que el pueblo nunca ha comido de miedo, y por eso el susto y la conducta repugnante de Abelardo y su pandilla. Sin embargo, es gravísimo que el modo de operar fraudulento de la derecha aún constituya una escena típica de la política estatal colombiana. Si en Colombia la beligerancia popular fuera uno de los más bellos hábitos, lo que ahora está sucediendo ameritaría medidas radicales contra quien se dice “firmes por la patria”. Sólo cuando se asuma la política popular como aquella que a través de sus acciones tensiona al punto de romper los límites de la política estatal, Colombia concebirá el perfil delictivo como una de los más viles atentados contra la vida democrática.
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Pierre E. Díaz Pomar Colombiano, Docente Universidad del Tolima







