Trump ha concentrado en la Inteligencia Artificial (IA) todas las expectativas económicas de los Estados Unidos. El crecimiento del PIB está impulsado casi exclusivamente por el gasto en esa tecnología, el mercado de valores opera en torno al puñado de empresas que controlan esas acciones y casi toda la inversión se localiza en ese sector. El universo restante de la producción, el consumo y el comercio ha quedado sujeto al devenir de la IA. Como en todas las apuestas riesgosas y extremas que despliega, Trump juega todas sus cartas al éxito de esa innovación digital.
Se apoya en la oleada de tecno-optimismo que motorizan los auspiciantes de la nueva tecnología y proclama que la IA traccionará el crecimiento, con nuevos puestos de trabajo calificados, incremento de la productividad y aceleración del desarrollo con asistencia automatizada.
Un inspirador de este clima proclama que la nueva tecnología es sinónimo de progreso, abundancia y bienestar, si se reafirma el pleno funcionamiento del mercado, sin regulaciones, ni restricciones de ningún tipo[1]. Otros entusiastas auguran un festival de empleo junto a la IA[2] y varias afamadas consultoras pronostican expansión y bonanza por esa invención[3].
Trump concibe además a la IA como un instrumento para doblegar a China, multiplicar el belicismo y recomponer la supremacía mundial de los Estados Unidos. Pretende también utilizarla para instaurar un Estado policial y criminalizar a los opositores[4].
Esa innovación es vista, en los hechos, como el gran contrapeso a las adversidades que afronta el magnate. Los aranceles, sanciones y amenazas monetarias que desplegó Trump en 2025 tuvieron resultados tan desfavorables como el viraje bélico de 2026, que ha desembocado en el fulminante fracaso de la guerra contra Irán. ¿La nueva apuesta revertirá esos fallidos? ¿Permitirá contrarrestar el declive imperial de los Estados Unidos? Existen numerosas razones para postular una respuesta negativa a esos interrogantes.
Sobreinversión a la vista
Estados Unidos no está en condiciones de utilizar en su ámbito productivo los vertiginosos avances que desenvuelve con la IA. A diferencia de lo ocurrido con otras revoluciones tecnológicas del siglo XX, el declive de su industria le impide ese aprovechamiento.
La primera potencia afronta una aguda regresión industrial, con estancamiento de la productividad e imparable pérdida de competitividad frente a China. En la dura batalla por bajar costos, aumentar ventas y conquistar mercados, los Estados Unidos tienden a quedar relegados.
Los abanderados de la IA prometen superar esa adversidad con la innovación más revolucionaria de la centuria en curso. Pero omiten que el exponencial desarrollo de ese sector se consuma en frontal contraposición con el resto de la economía. Avanza capturando todos los recursos requeridos para el resurgimiento de la industria, sin ofrecer ningún indicio de retroalimentación ulterior de beneficios para el universo fabril.
Los paladines de la IA auguran ese impacto positivo, cuando la nueva tecnología sea incorporada a las empresas, con el consiguiente incremento de la productividad, las ganancias y el crecimiento del PBI. Pero no existe hasta ahora el menor indicio de proximidad de esa secuencia.
Entre 2005 y 2019 el crecimiento medio de la productividad en los Estados Unidos giró en torno al 1.5 % anual y aumentó al 2.5 % desde finales de 2022 por el uso de la tecnología ya existente[5]. El efecto la IA aún no se avizora por la lentitud, las dificultades y las prevenciones que suscita su aplicación y las estimaciones sobre sus efectos positivos son muy cautelosas[6].
Lo que por el contrario prevalece como dato muy visible es el descomunal exceso de inversión que incentiva el niño mimado del capitalismo norteamericano. Esas tasas de absorción de capital aumentan al 20% anual, es decir, a un nivel sin precedentes en el pasado.
Las megacompañías tecnológicas (Anthropic, OpenAI, Google, Meta, Microsoft, Amazon) comprometen sumas insólitas de 725 mil millones de dólares en 2026, para construir la infraestructura de la IA. Son montos que superan ampliamente lo invertido en la construcción ferroviaria del siglo XIX o en todas las secuencias de la revolución digital de las últimas dos décadas (computadoras, chips, redes, Internet). Cuando, cómo y de qué forma impactaría esa inversión en la producción es un interrogante irresuelto.
Las empresas tienen previsto invertir en IA cerca de 10.3 billones de dólares hasta 2032, que deberán financiar con enormes deudas puesto que ningún cálculo estima ingresos futuros de ese orden. Esa cifra equivale a una inversión en proporción al PBI que triplica los porcentuales de las cinco revoluciones tecnológicas precedentes[7].
Igualmente, muchos esperan que los modelos de la IA generen una demanda acorde a la megainversión en curso, pero no aportan ninguna evaluación de beneficios amoldados a semejante expectativa. Es muy visible la brecha que separa el descomunal aumento de la inversión con los negocios que permitirían ese desarrollo. Esa desconexión multiplica los diagnósticos de sobreinversión y el consiguiente divorcio entre el capital canalizado hacia la IA y la rentabilidad esperada por esa apuesta.
Si se toma en cuenta lo ocurrido con las revoluciones tecnológicas del pasado, el aumento de la productividad derivada de una innovación radical se consuma al cabo de varias crisis. Esas convulsiones desvalorizan gran parte del capital absorbido por el nuevo sector, antes de inaugurar el esperado despegue.
Las estimaciones más corrientes sugieren brechas de una o dos décadas entre la invención de la nueva tecnología y su conversión en innovación incorporada al circuito productivo. La repetición de esa secuencia implicaría un escenario de crisis próximas y demorados efectos benévolos. Pero las perspectivas son más sombrías para la IA por las monumentales dudas que rodean a su implementación económica.
Hasta ahora las empresas no saben cómo utilizarla de la manera efectiva en su actividad corriente y los proveedores del nuevo instrumento no se atreven a traspasar el costo real de ese servicio a sus clientes o consumidores. Invierten cifras gigantescas en mejorar la IA sin exigir remuneraciones acordes a ese gasto.
La sobreinversión no solo se verifica en esas brechas. También se corrobora en la preocupación por la pérdida de empleos que suscitará la aplicación de la IA, con el consiguiente impacto negativo de ese recorte sobre los ingresos, los mercados y finalmente los propios beneficios.
El atractivo inmediato que ofrece la IA para los capitalistas es el reemplazo del personal calificado por alguna operación automatizada de menor costo. Pero tanto la escala como las consecuencias de esa sustitución incrementan los temores en un efecto económico nocivo por su introducción.
La sobreinversión suele desencadenar estallidos cuando los participantes de ese proceso perciben que han comprometido sumas de capital desconectadas de la valorización factible. Ese punto crítico comienza a aflorar en varios indicios del termómetro financiero.
Burbuja sin control
La principal señal de la sobreinversión en IA es la burbuja financiera que está generando esa innovación en Wall Street. Induce una montaña de especulación nunca vista en el mayor mercado bursátil del mundo. Desde hace una década las acciones de las megaempresas digitales (Nvidia, Alphabet-Google, Apple, Amazon, Microsoft, Meta-Facebook, Tesla) concentran el grueso de las compras y acaparaban un tercio del valor del principal índice de ese mercado.
Como las nuevas estrellas de la IA se han embarcado en monumentales inversiones para construir centros de datos, semiconductores e infraestructuras de hardware, los montos en juego superan todo lo imaginado. En la oferta pública para reunir dinero SpaceX capturó el volumen más grande de la historia. OpenAI y Anthropic se aprestan a lograr resultados parecidos, engrosando la capitalización de esas empresas con cifras inéditas. Mientras nadie sabe cuál será el rendimiento futuro de su actividad, las tres compañías exhiben por ahora significativas pérdidas[8].
A medida que recolectan fondos, los dueños de esas compañías acrecientan sus fortunas a una escala que enmudece a cualquier mortal. Elon Musk se ha convertido en el primer billonario de la historia y acumula por sí mismo riquezas superiores al 46% más pobre de la humanidad (tres mil 800 millones de personas)[9]. Junto a sus pares de la plutocracia digital pretende seguir juntando dinero a la espera que la burbuja nunca explote. Pero ese quimérico objetivo jamás fue alcanzado con ninguna innovación. La codicia de los capitalistas desemboca invariablemente en estallido financiero.
La burbuja de la IA se alimenta, además, con una explosiva modalidad de financiamiento circular y cruzado entre las propias empresas, que torna imposible distinguir los ingresos reales de losmovimientos contables que engrosan las valuaciones. Los participantes de este circuito (denominados hiperescaladores) alimentan a su vez esa ficción, con préstamos y emisiones de deuda por doquier que inflan aún más las cotizaciones. La velocidad de ese engrosamiento va muy por delante de los indicadores de algún retorno acorde[10].
La alocada euforia en curso está personificada en Elon Musk y su empresa SpaceX, que sin ninguna perspectiva científica creíble recolecta fondos para colonizar Marte. Las acciones de su empresa ya cotizan 350 veces por encima del importe que generarían sus futuros beneficios.
El imparable éxito de sus negocios lo ha convertido en la encarnación de todos los ensueños del capitalismo y ese atractivo explica el poder de arrastre que ejerce sobre pequeños inversores cegados por el libertarismo ultraliberal. Ese espejismo es muy ilustrativo del clima imperante en torno a la IA[11].
Para montar la burbuja en curso la plutocracia digital ha reforzado las estrechas relaciones que forjó desde su nacimiento con los popes de Wall Street. Esos financistas lucran con los jugosos márgenes de toda la intermediación en curso.
Pero los tecno-millonarios afinaron también sus conexiones con el nuevo bloque de Fondos de Inversión, Hedge Funds y Cryptomonedas, que gana fortunas inflando el valor de los activos del mundo digital[12]. Ese entrelazamiento potencia las señales de alerta que emiten los economistas del establishment frente a la tormenta que se avecina.
Esa calamidad es incluso advertida por los propios gestores de la burbuja, que se cubren las espaldas tramitando un rescate estatal parecido al socorro que recibieron los grandes bancos en el 2008. Las firmas tecnológicas se perciben a sí mismas como perdurables gigantes que toda la sociedad debería sostener.
El CEO de OpenAI, Sam Altman, tiene en mente ese auxilio cuando propicia la creación de un fondo financiero público “para que los ciudadanos puedan participar de los beneficios de la IA”. Ese organismo sería el puente para el gran socorro si la burbuja desemboca en un generalizado colapso financiero[13].
Tal como ocurrió en 2008, el alcance internacional de ese estallido está a la vista, en la enorme participación de capitales de todo origen en la fiebre de la IA. En algunos casos –como Corea del Sur– esa tensión ya se avizora por la gran exposición de las firmas de chips, memorias y semiconductores. En otros países –como Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos o Kuwait– se han montado gigantescos fondos soberanos para financiar la nueva tecnología[14]. Como las megaempresas digitales de los Estados Unidos han emitido deuda en todo el mundo el temblor de su emprendimiento estrella haría trastabillar a todo el planeta.
La IA es una innovación radical con inciertas potencialidades productivas que irrumpe en una economía afectada por décadas de financiarización. Los grandes capitalistas de los Estados Unidos han contrarrestado sus declinantes ganancias en la producción con elevadas remuneraciones en las finanzas. La sobreinversión en el ámbito digital realimenta esa hipertrofia financiera y la vulnerabilidad de todas las operaciones con capitales ficticios que acosan a la primera potencia.
Lo ocurrido hace dos décadas con la burbuja de acciones puntocom es el antecedente tranquilizador que exhiben los involucrados en la actual ruleta digital. Ese trastorno –que antecedió a la masiva introducción de Internet y los teléfonos celulares– fue un típico desplome de Wall Street de limitadas consecuencias. Condujo a la remodelación del sector, depurando a las firmas perdedoras y afianzando a las empresas que han comandado el auge posterior.
Pero la escala de capitales en juego en esta oportunidad y sus interconexiones globales auguran una tensión de otro porte. Esa dimensión obedece a su empalme con otro espectro de tensiones en varios ámbitos de la economía estadounidense.
Desigualadad, endeudamiento e inflación
La sobreinversión y las burbujas financieras que acompañan a la IA interactúan con otros desequilibrios reforzando su intensidad. Ese agravamiento es muy visible en el plano de la desigualdad, que al cabo de una larga preeminencia del neoliberalismo se ha transformado en la desgracia mayúscula de la sociedad norteamericana.
Esa inequidad es potenciada por la tecno-plutocracia del Silicon Valley. Desde ese epicentro digital se ha empoderado la nueva élite de mil millonarios que sintetiza y personifica Elon Musk. Ese ídolo de la ultraderecha exhibe su billonaria fortuna despreciando la solidaridad humana y naturalizando la despiada lógica del capitalismo. Como todos los superricos de la era actual encarna la brutalidad que sostiene a ese sistema[15].
La plutocracia digital exacerba la desigualdad que en las últimas décadas ha corroído a los Estados Unidos. Mientras que en 1980 la proporción del ingreso nacional en manos del 1% más rico era la mitad que la del 50% más pobre, en la actualidad duplica ese porcentual[16].
En los Estados Unidos se localiza gran parte del 1% de ultramillonarios que detenta el 45% de la riqueza global. Tan solo en 2024 la fortuna conjunta de esa élite creció tres veces más rápido que en 2023. Los acaudalados de las firmas tecnológicas conforman el segmento más privilegiado de ese minúsculo grupo. Su exuberante patrimonio consolida la estructura dualizada de la economía estadounidense, asentada en el alto crecimiento de los servicios digitales y el sostenido estancamiento del grueso de la actividad productiva. Esa desigualdad acentúa la baja competitividad de una economía obstruida por la creciente masa de consumidores endeudados y empobrecidos.
Pero la interacción de la IA con desequilibrios de la economía estadounidense es más explosiva en lo inmediato en el terreno de la deuda pública. Los multimillonarios fondos que alimentan la burbuja tecnológica en Wall Street compiten con la financiación de un pasivo estatal que se agiganta día a día.
Ya no está en juego la típica competencia de rentabilidad entre dos inversiones, sino una inédita tensión entre desequilibrios mayúsculos que se potencian mutuamente. La magnitud de los capitales capturados por el sector digital es tan descomunal como el descontrolado volumen del endeudamiento público.
Esas cajas sin fondo rivalizan por la absorción del ahorro mundial. Por un lado, las firmas tecnológicas han captado en el curso del 2026 más de 220 mil millones de dólares. Por otra parte, el bache fiscal que los Estados Unidos necesita financiar se ha duplicado desde 2017 y exige un monto de pago de intereses superior a los gastos del Pentágono. Debe lidiar con un stock de la deuda federal que ya superó los 40 billones de dólares[17].
Estas múltiples demandas de dinero irrumpen cuando ha concluido la etapa del dinero barato, que inauguró el rescate de los bancos y prolongó la pandemia. Frente al atractivo de la burbuja digital los acreedores de la deuda pública reclaman mayor remuneración a su financiación de ese pasivo. Esta exigencia genera el sostenido aumento de la tasa de interés que Trump pretendía reducir para sostener el nivel de actividad de la alicaída economía estadounidense.
Esa financiación crecientemente encarecida de los Bonos del Tesoro es una bomba de tiempo, con esquirlas en todas las direcciones. Por un lado, torna más gravosos los préstamos internos de ese país; y, por otra parte, tensa las relaciones con los acreedores extranjeros. Esos tenedores foráneos poseen cerca de un tercio de los bonos del Tesoro y tienden a retraer sus compras frente a la evidente insolvencia de su deudor.
Estados Unidos depende desde hace décadas de la colocación de sus títulos en el mundo, pero está ingresando en un círculo vicioso de costosas refinanciaciones y peligrosos manejos especulativos. Mientras la remuneración de ese pasivo se ubica en el nivel más alto desde 2007, su administrador Scott Bessent improvisa cotidianas recompras de títulos, manejos de plazos y diferencias de tasas para preservar la fidelidad de los inquietos acreedores de esa carga.
Para colmo de males debe recurrir al rescate del principal tenedor de esos títulos, que es Japón, un país agobiado por el estancamiento, el endeudamiento y una pérdida de competitividad superior al socio norteamericano[18].
Las operaciones de socorro mutuo entre ambas potencias incluyeron durante mucho tiempo mecanismos de especulación para lucrar con las diferencias de tasas y paridades monetaria entre el yen y el dólar. Pero ese carry trade se ha tornado insostenible[19]. Por esa razón, los periódicos temblores en la Bolsa de Tokio encienden todas las alarmas del sistema financiero mundial, revitalizando el fantasma de 2008. Todos saben que ese desmoronamiento fue provocado y contenido con el mismo festival de deuda pública que impera en la actualidad.
Además, la inflación que generó ese auxilio al comienzo de la década vuelve a reaparecer con fogoneros de otra índole y efectos del mismo tipo. Por un lado, la improvisación proteccionista de Trump introdujo un desorden arancelario que encareció la economía estadounidense; y, por otra parte, el incremento del precio del petróleo que disparó la guerra del Golfo ya impacta sobre todas las cadenas de valor. Esa presión inflacionaria induce a incrementar las tasas de interés, obstruyendo en forma adicional el intento trumpista de sostener el débil crecimiento del PBI estadounidense.
Esa combinación de adversidades afecta finalmente al reinado del dólar como moneda mundial, acelerando la tendencia a su reemplazo por otras divisas en las transacciones corrientes entre potencias de peso[20]. China, Rusia y los Brics Plus afianzan ese giro en una dinámica de creciente desdolarización que corroe el pilar de la dominación imperial norteamericana[21].
La IA es la única apuesta económica actual de la élite estadounidense para lidiar con tantas desventuras. Suponen que el liderazgo en esa tecnología permitirá contrarrestar las adversidades comerciales, financieras y productivas que afronta la potencia en declive. Pero no registran cómo el desarrollo de ese instrumento multiplica todos los desequilibrios. La IA no preserva el poder de los Estados Unidos. Al contrario: socava por múltiples vías la continuidad de ese predominio.
Desesperación frente a China
La exasperación que provoca el vertiginoso avance de China en el terreno digital ilustra el desconcierto que reina entre las élites norteamericanas. Hasta hace muy poco tiempo consideraban que ese universo les pertenecía sin ningún rival a la vista. Pero la constante progresión de Beijing en las últimas décadas ha devenido en un proceso arrollador en los últimos años.
El despunte comenzó con la creación de Alibaba –una empresa de comercio electrónico que desafió a las plataformas occidentales– y con el afianzamiento de Baidu, “el Google chino” que ya opera como segundo motor de búsqueda del mundo. En 2018 emergió Tencent como una firma especializada en la industria del entretenimiento, que capturó la cima mundial en el campo de los videojuegos. Posteriormente se consolidó WeChat (la análoga a WhatsApp) como la red social más popular y utilizada por el impresionante número de ciudadanos chinos.
Esos vertiginosos desenvolvimientos partieron de la transferencia de tecnología que impuso el coloso asiático a los inversores estadounidenses de emprendimientos digitales. Esas firmas aceptaron la exigencia china en su incontenible búsqueda de ganancias, permitiendo la copia inicial de sus mercancías. Posteriormente no pudieron contener la mejora y remodelación de sus productos por parte de las nacientes empresas orientales, que terminaron escalando hasta convertirse en imparables competidores. Consiguieron la delantera en esa carrera, primero con las nuevas comunicaciones por redes 5G y posteriormente con los dispositivos celulares Huawei. Ahora las firmas chinas rivalizan en todos los campos del universo digital[22].
Ese salto de emparejar a disputar primacía ya no se limita a las grandes innovaciones como las tecnologías verdes de las turbinas eólicas, los paneles solares, los coches eléctricos y los trenes de alta velocidad, sino que involucra también las actividades del Big Data.
En todos los casos capturan las invenciones de su rival transformándolas en innovaciones más eficientes. China ganó los titulares del planeta con el impactante logro de DeepSeek. Desarrolló una aplicación de IA que ofrece innumerables ventajas sobre el modelo rival del ChatGPT de OpenAI.
DeepSeek introdujo un buscador interactivo que realiza las mismas acciones de su competidor a un costo significativamente inferior. Desenvuelve el mismo entrenamiento, con una erogación equivalente al 10% de lo invertido por su contendiente. Esa diferencia se traduce en una brecha semejante en el cobro del servicio. Lo que ChatGPT ofrece por 15 dólares, DeepSeek lo comercializa a tan solo 0.14 dólares.
Además, el modelo chino funciona con procedimientos de código abierto que permiten a cualquier persona examinarlo, modificarlo y adaptarlo a sus necesidades, en contraposición al restrictivo esquema del antagonista norteamericano. Por esa sustancial diferencia la aplicación china desató de inmediato un furor de descargas.
Esta misma receta se extendió ahora al Kimi K3 de la empresa Moonshot AI, que superó en desempeño a Claude Fable 5 de Anthropic y al GPT 5.6 Sol de OpenAI. Ese modelo es 112 veces más barato por cada millón de tokens (un barril de inteligencia).
Un token cuesta 56 dólares con Anthropic, 26 dólares con OpenAI, 1.50 dólares con Meta, un dólar con xAI y Google, y 0.50 dólares con los modelos chinos. Esta nueva cachetada provocó un cisma en la plutocracia de IA, puesto que muchas voces reconocen que el camino de desenvolvimiento elegido por los Estados Unidos es muy costoso y poco redituable[23].
Varios gobernantes norteamericanos intentaron contener con sanciones el avance de su rival, prohibiendo por ejemplo la exportación de los procesadores más avanzados a China. Pero provocaron un efecto contrario al buscado al incentivar la investigación y fabricación local de esos insumos y su posterior venta a precios sustancialmente más bajos.
DeepSeek afrontó, por ejemplo, las restricciones impuestas por Washington utilizando otro tipo de semiconductores y terminó elaborando un producto exitoso. Ese mismo boomerang se verificó con Huawei, que se ha consagrado en el ámbito mundial del 5 G luego de neutralizar las infructuosas puniciones que motorizó los Estados Unidos para asfixiar su compañía. Los castigos afectaron más al agresor que al agredido.
Otro ejemplo en la misma secuencia se verifica en la fabricación de los circuitos integrados más avanzados, donde la empresa Saetg empieza a competir con Nvidia, acortando la brecha tecnológica en un terreno donde China afrontaba gran retraso y dependencia externa.
Con ese avance mejora su posicionamiento en las tres instancias de la cadena de valor de la IA: los insumos para los microprocesadores (tierras raras, minerales críticos), el entrenamiento de las plataformas y el emplazamiento de los centros de datos[24]. Hasta ahora los Estados Unidos conservan ventajas en la frontera tecnológica y en el cómputo, mientras China reduce esas distancias y logra un mejor posicionamiento en eficiencia, integración industrial y escala.
En la disputa por quién llegará primero (que podría denominarse la “carrera Sputnik”) los Estados Unidos conservan ventajas importantes en segmentos decisivos. Pero en el propósito de integrar esa tecnología a la economía real (“momento Shenzhen”) la supremacía china salta a la vista[25].
Además, para algunas empresas estadounidenses (como Nvidia) China sigue siendo un enorme mercado potencial que intenta conservar, evitando que ambos países desenvuelvan trayectorias tecnológicas totalmente contrapuesta[26].
Pero la confrontación se ha desatado y China reafirma en el campo digital, la mayor productividad y competitividad que exhibe en todos los terrenos de la actividad económica. La confirmación más impactante de esa ventaja es el creciente uso por parte de las propias empresas norteamericanas de los instrumentos digitales elaborados por compañías orientales. El establishment de Washington afronta con estupefacción esa adversidad, sin encontrar algún camino para revertirla.
La expectativa en un próximo y largo estancamiento de China –semejante al que afecta a Japón– no se ha corroborado. El gigante asiático mantiene una gran distancia con las economías que languidecen por envejecimiento de la población, desempleo estructural o transición demográfica. Tampoco padece el agotamiento de los ingresos medios, el declive de la productividad o la primacía del despilfarro financiero.
Esa variedad de infortunios –presagiada por la crema de los economistas convencionales– no se ha verificado en el competidor asiático. El motor estatal del crecimiento continúa operando, se multiplican los resultados de las inversiones que orientan la economía y se afianza el resguardo de las reservas acumuladas para lidiar con los contratiempos.
El fracaso del intento trumpista de socavar la locomotora asiática con aranceles se verifica en la continuada expansión de la Ruta de la Seda. China ya concertó convenios con 148 países y acuerdos bilaterales con 102 contrapartes. Es el mayor socio comercial de 120 naciones países y comanda la gestación de un bloque económico alternativo en torno a los Brics.
En el terreno digital es particularmente evidente el contraste entre el estrecho horizonte de ganancias de corto plazo que guía a la oligarquía tecnológica estadounidense y la apuesta de largo plazo de su contraparte china. La plutocracia que rodea a Trump hace valer sus exigencias al Estado con el mismo despliegue de poder que en otra época exhibía la industria pesada o los bancos. Conforma un lobby que se sumó al líder Republicano luego de archivar sus tradicionales preferencias por el globalismo de los Demócratas. Moldea a su servicio todas las medidas que dicta el Congreso, concreta el Ejecutivo y convalidan los jueces.
Por el contrario, los barones del sector tecnológico privado de China (Alibaba, Tencent, Ant Group, Didi) siguen los lineamientos que impone la conducción del Partido Comunista, con la misma disciplina que anteriormente Huawei o SMIC aceptaron las normas de esa dirigencia. La arquitectura regulatoria para la IA generativa que China estableció en 2023 le permite regular determinados aspectos y acelerar otras aristas del mismo campo en función de una estrategia que acota y subordina la gravitación de la rentabilidad inmediata[27].
La diferencia sustancial entre ambas potencias no se ubica en la personalidad de Trump y Xi Jinping o en el perfil de los dos países, sino en la estructura social y el manejo del Estado.
En China hay importantes clases capitalistas que especulan con sus fortunas y explotan a los trabajadores. Pero esos grupos no controlan el poder estatal y ese límite explica la capacidad y autonomía que detenta la dirigencia política para orientar la economía. Trump carece de fórmulas para lidiar con esa desventaja que desborda todas sus intenciones y proyectos. Esta adversidad acentúa los desequilibrios de todo el modelo de capitalismo digital que analizaremos en el próximo texto.
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Claudio Katz Argentino, economista
[1] Andreessen, Marc (2023). Manifiesto Tecno-Optimista
[2] Ng, Andrew (2026). Hay una guerra de narrativas sobre la IA y el empleo: ninguna de las dos partes es neutral https://www.infobae.com/estados-unidos/2026/05/13/hay-una-guerra-de-narrativas-sobre-la-ia-y-el-empleo-ninguna-de-las-dos-partes-es-neutral/
[3] La Nación (2026). Arde el debate entre los economistas sobre los efectos de la inteligencia artificial. https://www.lanacion.com.ar/economia/arde-el-debate-entre-los-economistas-sobre-los-efectos-de-la-inteligencia-artificial-nid22092024/
[4] Manifiesto Palantir (2026) https://x.com/PalantirTech/status/2045574398573453312
[5] Roberts, Michael (2026). La IA y la productividad https://www.sinpermiso.info/textos/la-ia-y-la-productividad
[6] Acemoglu, Daron (2026). Es una propuesta perdedora https://www.infobae.com/tecno/2026/05/19/el-nobel-de-economia-daron-acemoglu-no-cree-los-empleados-sean-reemplazados-por-la-ia-es-una-propuesta-perdedora/
[7] Manera, Carlos (2026) Inteligencia artificial, tensión económica
[8] Roberts, Michael (2026) IA: Una oportunidad única
08/06/2026 https://www.sinpermiso.info/textos/ia-una-oportunidad-unica
[9] Lantos, Nicolas (2026) Elon Musk, el primer billonario de la historia https://www.eldestapeweb.com/politica/elon-musk-primer-billonario-historia-202661321321
[10] Marco del Pont, (2026) IA: del sueño tecnológico al riesgo sistémico https://infonativa.com.ar/ia-del-sueno-tecnologico-al-riesgo-sistemico.html
[11] Godin, Romaric (2026). SpaceX: la primera salida a bolsa tecnofascista de la historia 12/06/2026 https://www.sinpermiso.info/textos/spacex-la-primera-salida-a-bolsa-tecnofascista-de-la-historia
[12] Marcó del Pont, Alejandro (2026). La guerra oculta del dinero: batalla entre Trump y la FED https://rebelion.org/la-guerra-oculta-del-dinero-batalla-entre-trump-y-la-fed/
[13] López, Juan Torres (2026). ¿A quién pertenece la Inteligencia Artificial? https://rebelion.org/a-quien-pertenece-la-inteligencia-artificia
[14] Krainer, Alex (2026). Guerras energéticas, fin del dólar y crisis bancaria
[15] Savage, Luke (2022) Succession y el capitalismo que nos hace miserables https://jacobinlat.com/2021/12/succession-y-el-capitalismo-que-nos-hace-miserables/
[16] Louca, Francisco (2021) La desigualdad está destruyendo el mundo https://www.sinpermiso.info/textos/la-desigualdad-esta-destruyendo-el-mundo
[17] Marcó del Pont, Alejandro (2026). La deuda y la disputa por el capital mundial
[18] Heller, Pablo (2026). Japón y la crisis del yen: una bomba de tiempo en las finanzas mundiales https://prensaobrera.com/internacionales/japon-y-la-crisis-del-yen-una-bomba-de-tiempo-en-las-finanzas-mundiales
[19] Torres López, Juán (2026). Terremoto monetario en Japón con riesgo de tsunami global https://rebelion.org/terremoto-monetario-en-japon-con-riesgo-de-tsunami-global/
[20] Hudson, Michael (2026). Trump declara la operación económica más devastadora contra Irán https://www.youtube.com/watch?v=wN4_HgJGJOo&t=1671s
[21] Wolff, Richard (2026). Trump declara la operación económica más devastadora contra Irán https://www.youtube.com/watch?v=wN4_HgJGJOo&t=1671s
[22] Míguez, Pablo (2024): “Plataformas, rentas y trabajo: efectos en la competencia capitalista contemporánea”, Realidad Económica Nº 364, Buenos Aires.
[23] Magnani, Esteban (2026). La grieta que cruza a las empresas de IA Generativa https://www.pagina12.com.ar/2026/08/09/la-grieta-que-cruza-a-las-empresas-de-ia-generativa/
[24] Elbaum, Jorge (2026), Un fantasma recorre la inteligencia artificial https://www.pagina12.com.ar/2026/08/01/un-fantasma-recorre-la-inteligencia-artificial/
[25] Vaca Narvaja, Sabino (2026) China. Xi, Trump y la batalla por gobernar la inteligencia artificial https://www.pagina12.com.ar/2026/09/27/xi-trump-y-la-batalla-por-gobernar-la-inteligencia-artificia
[26] Chingo, Juan (2026). La IA no puede frenar: la disputa detrás del «Apocalipsis»
[27] Varsavsky, Julián (2026). Las diferencias culturales y política definen la legislación respecto de la IA China y EE.UU. regulan distinto https://www.pagina12.com.ar/2026/09/15/china-y-eeuu-regulan-distinto/








