El claroscuro del presente: memoria contra la administración del olvido

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El viejo mundo no termina de morir y el nuevo no termina de nacer. Y en ese claroscuro, advertía Antonio Gramsci, surgen los monstruos.

Hoy ese claroscuro ya no es una metáfora: hoy esos monstruos ya no son abstractos. Son política activa, una pedagogía de la crueldad naturalizada, una administración del dolor ajeno que se ejerce sin pudor. Y lo peor: sin consecuencia alguna, quizá porque todo se ha naturalizado y seguimos en automático.

Un autor cantó: “la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”.

Y vaya que nuestras vidas siguen….

Siguen tras la normalización del genocidio en Gaza, siguen después de la invasión y bombardeo a Venezuela, siguen mientras los cuerpos migrantes son reducidos a cifras, jaulas y expedientes en suelo estadounidense.


Siguen después que los archivos del poder de Jeffrey Epstein revelaron que la acumulación extrema del capital no solo compra voluntades, sino también cuerpos vulnerables para el goce y la tortura de las élites económicas y políticas.

Siguen después de ver cómo se asfixia al pueblo cubano dejándolo sin energía, arrebatándole el derecho a la educación y a vivir.

Y sí, tiene que seguir… claro que la vida tiene que seguir, pero no en tanto silencio, porque callar esa crueldad la normaliza, la naturaliza y eso nos neutraliza, adormece nuestro lugar de enunciación.

Y aunque pueden suceder hechos disruptivos como el del pasado mes, donde más de 142 millones de personas alrededor del mundo vieron la puesta en escena de Benito Martínez Ocasio en los Estados Unidos, en que convirtió 13 minutos televisados en un escenario simbólico de cultura, identidad y memoria latinoamericana, elevando banderas, sonidos y símbolos de toda nuestra América; sí, eso pasó en el evento más sagrado del entretenimiento gringo: el mentado Súper Tazón.

La pregunta es ¿hoy nos seguimos acordando de todo lo que representó? Sin duda fue un acto de presencia histórica, una reivindicación cultural en un espacio masivo, pero ¿qué cambió después de ese día?  Las condiciones materiales frente al genocidio de Gaza siguen igual; frente al intervencionismo de los Estados Unidos en suelo venezolano, frente al asedio cruel contra Cuba, frente a las acciones del ICE, frente a la impunidad de los archivos de Jeffrey Epstein, todas esas condiciones materiales siguen iguales. ¿Y cuánto hablamos de esto?

Por eso escribo, porque escribir es nombrar y lo que no se nombra no existe. La memoria es una herramienta esencial contra el olvido inducido y una trinchera contra la indiferencia.

Quiero recordar a Gaza, a Venezuela, a Cuba como territorios arrebatados de soberanía, amenazados en su dignidad, quiero nombrar la crueldad del ICE, la impunidad de Epstein y los que están en sus listas, y si bien este escrito no tiene mayor pretensión que hurgar en la memoria colectiva, no es neutral porque tengo un lugar de enunciación y soy responsable con él: soy latinoamericana, boliviana, y aunque quizá mis palabras sean periféricas escribo para no olvidar.

Quedan advertidos lxs que sigan leyendo que aquí vamos a recordar lo que el sistema quiere que olvidemos.

¿Se acuerdan de Gaza?  Dos años de genocidio silencioso y complicidades del orden internacional

Desde el 7 de octubre de 2023 Gaza vive una ofensiva que excede cualquier noción de “conflicto armado” y se inscribe en una política de exterminio sistemático contra la población palestina. En casi dos años más de 70 mil personas han sido asesinadas y más de 171 mil heridas, con un saldo devastador de niñas, niños y mujeres, atrapados en un enclave asediado, bombardeado y sin acceso a ayuda humanitaria, porque impiden que esta llegue[1].

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha documentado la destrucción deliberada de hospitales, escuelas, viviendas e infraestructura básica, generando condiciones incompatibles con la vida, mientras los llamados “altos el fuego” operan como retórica vacía frente a violaciones reiteradas. Leer este escenario como una “escalada de hostilidades” es asumir la narrativa del poder: lo que ocurre en Gaza es violencia planificada, sostenida por la impunidad y la complicidad activa de los Estados Unidos, que financia, arma y protege diplomáticamente a Israel. Aquí el Derecho Internacional no falla: es neutralizado, y Gaza se convierte en laboratorio del castigo colectivo, donde la infancia es objetivo y mensaje.

Mientras Gaza es convertida en laboratorio del castigo colectivo, algunas voces ya lo advirtieron con claridad inquietante: lo que hoy se ensaya allí mañana puede desplegarse en cualquier territorio, en cualquier casa y contra cualquier pueblo declarado prescindible.

¿Se acuerdan de Venezuela? El país asfixiado por sanciones, donde no pudieron en las urnas y por eso llevaron bombas

Venezuela ha sido narrada hasta el cansancio, pero siempre desde el mismo lugar: como problema interno, como fracaso ideológico, como advertencia moral, como trampa emotiva usando la palabra dictadura infatigablemente hasta vaciarla de sentido. Mucho menos se la ha leído como lo que sí es: un territorio de disputa geopolítica, un país sitiado por una arquitectura de sanciones, presiones diplomáticas y asfixia económica que no busca corregir, sino disciplinar. Recordar ese ángulo incomoda el relato hegemónico y por eso mismo es necesario.

Venezuela es uno de los países más sancionados del mundo: a principios de 2026 acumulaba alrededor de mil 87 sanciones impuestas principalmente por los Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y otros actores internacionales, en un contexto de medidas coercitivas unilaterales que afectan personas, entidades, buques y aeronaves.

Estudios académicos señalan que estas sanciones han escalado desde 2014 y se vinculan con intentos de presionar por cambios políticos, incluyendo restricciones financieras y petroleras que han condicionado la economía venezolana[2].

Las sanciones económicas impuestas por los Estados Unidos, conocidas como medidas coercitivas unilaterales, han golpeado las industrias estratégicas de Venezuela, particularmente el sector petrolero, eje de su economía histórica, provocando pérdidas de ingresos equivalentes a más del doble del PIB en petróleo entre 2017 y 2024, con impactos que alcanzan cientos de miles de millones de dólares y tensan aún más la vida material de la población, presionando recursos, comercio y crédito internacional y empujando a migraciones forzadas como efecto directo de políticas externas diseñadas para presionar cambios políticos.

Y lo más reciente de esta guerra hibrida, como la llaman algunas autoras, contra Venezuela ha sido su invasión. Han invadido territorio latinoamericano soberano con el bombardeo del 3 de enero de 2026, donde fuerzas estadounidenses atacaron Caracas y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores y perpetraron decenas de asesinatos mientras la gente dormía. Esto no se produjo por “defender la democracia”, como algunos ilusos afirman, sino para controlar el petróleo, y eso quedó desnudo en la conferencia de prensa del invasor, Donald Trump, donde no pronunció ni una sola vez la palabra democracia o libertad, pero sí mencionó entre 22 y 27 veces la palabra petróleo, evidenciando que cuando el capital transnacional y los centros de poder imponen sus reglas la guerra se hace contra la vida, en este caso contra la vida de los pueblos, del pueblo venezolano.

¿Cómo justificaron esto? Con los siguientes cargos contra el presidente Nicolás Maduro:

  1. Conspiración de narcoterrorismo;
  2. Conspiración para importar cocaína a los Estados Unidos;
  3. Posesión de armas automáticas y artefactos destructivos en el contexto del narcotráfico;
  4. Conspiración para poseer armas automáticas y artefactos destructivos.

Hasta el día de hoy no presentan carga de prueba y, por el contrario, han tenido que bajar uno de los cargos que le atribuían relacionado a la conspiración de narcoterrorismo a través del Cartel de los Soles, porque se ha resuelto que ese cartel no existe.

Mientras tanto, en Venezuela la gente se ha movilizado exigiendo el regreso de su presidente. Nadie reclama por los sujetos autoproclamados. ¿Qué ironía es esta? Si según sus narrativas eran ganadores/as de elecciones, ¿por qué el pueblo exige el retorno del “dictador” y no los reclama a ellos/as?, ¿por qué ni siquiera el invasor reconoce su “legitimidad”? ¿Nos hemos preguntado esto?

 ¿Se acuerdan de Cuba? El laboratorio más prolongado de castigo económico contra un país soberano

Desde hace más de seis décadas Cuba vive bajo un régimen de bloqueo económico, comercial y financiero sostenido por 13 administraciones estadounidenses consecutivas. No se trata solo de una disputa diplomática: es una política deliberada de asfixia. A inicios de este 2026 Washington ha intensificado la presión intentando cortar el suministro de petróleo a la isla, amenazando con sanciones y aranceles a cualquier país que comercie con ella. El resultado es una crisis energética que paraliza transporte, producción de alimentos y servicios básicos; incluso la Universidad de La Habana debió suspender clases presenciales ante los apagones, afectando un sistema educativo público y universal que ha sido emblema de la Revolución desde 1959.

Las sanciones no golpean abstractamente a un “régimen”: recaen sobre la vida cotidiana de millones, sobre su derecho a estudiar, alimentarse, movilizarse y existir con dignidad. El carácter extraterritorial del bloqueo, que castiga también a terceros países y empresas, convierte a Cuba en el ejemplo más prolongado de coerción económica contra un Estado soberano en la historia contemporánea.

¿Se acuerdan del ICE? La Gestapo de nuestra era: detenciones masivas, crueldad institucional y despojo de humanidad

Y mientras el mundo observa la política postcínica de los Estados Unidos, dentro del propio país se despliega una violencia estructural sistemática encarnada por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) que no recibe la misma amplificación mediática que otras crisis, pero que mata y encierra cifras récord.

En 2025 ICE alcanzó uno de los niveles más altos de detenciones en su historia, con decenas de miles de personas, incluyendo a quienes no han sido condenadas por ningún delito, retenidas en centros de detención que funcionan con condiciones deplorables. Más de 30 personas murieron en custodia de ICE en 2025, mientras la población detenida supera los 65 mil a 70 mil y la mayoría no tenía condenas criminales graves[3].

La evidencia muestra que estas muertes y sufrimientos son más que cifras: familias, mujeres y niños quedan atrapados en una máquina burocrática de rejas y expedientes sin acceso real a justicia, atención médica adecuada o dignidad básica. Las condiciones inhumanas, falta de atención médica, hacinamiento y ausencia de transparencia han sido vinculadas por organizaciones de Derechos Humanos a muertes que podrían haberse evitado con atención mínima.

Hay que decirlo sin rodeos: lo que hoy opera bajo el nombre de “seguridad migratoria” reproduce, en su lenguaje simbólico y en su práctica cotidiana, la gramática operativa de la Gestapo de la Alemania nazi. No como copia exacta, sino como forma histórica adaptada: detenciones arbitrarias, burocracias del encierro, deshumanización del otro, reducción de cuerpos a expedientes, miedo como pedagogía política.

En ese claroscuro que advertía Gramsci en que surgían los monstruos, surge el ICE como uno de esos monstruos contemporáneos, como producto tangible de un orden que naturaliza la crueldad cuando el poder se siente amenazado y necesita disciplinar cuerpos.

¿Cómo explicaremos esto a las generaciones que vienen? ¿Qué diremos cuando pregunten por qué dejamos que el fascismo regresara con uniforme de otro color, por qué la supremacía blanca volvió a organizar el mundo entre vidas que valen y vidas descartables? ¿Cómo justificaremos haber visto repetirse la historia otra vez, y haberla llamado “política migratoria”?

¿Se acuerdan de Jeffrey Epstein? Cuando la política postcínica reveló que el poder también se alimenta de cuerpos

¿Saben quién es Jeffrey Epstein? El multimillonario que no fue un desvío del sistema: fue uno de sus engranajes. Un financista incrustado en el corazón del poder global, donde dinero, política y violencia sexual convergían como método. Los archivos desclasificados hace unas semanas lo muestran con crudeza: el nombre de Donald Trump aparece mencionado más de tres mil veces en esos registros. No es un juicio moral, es un dato verificable que revela proximidad y pertenencia a ese ecosistema de impunidad. Epstein operaba como infraestructura: una red donde la acumulación extrema del capital no solo compraba influencia, sino cuerpos de niñas, niños y adolescentes sometidos a abuso sistemático. Y, sin embargo, el caso se diluyó entre silencios convenientes, muertes bajo custodia estatal y sobreinformación paralizante.

Esto es política postcínica: los hechos se exhiben, pero no producen consecuencias. Y aquí la ironía histórica golpea con fuerza: ¿no eran los comunistas los que “comían niños”? ¿No eran los proyectos de soberanía y justicia social los presentados como amenaza moral? Resulta revelador que en las listas de Epstein no figuren líderes que nacionalizaron recursos o desafiaron al capital financiero global y defendieron su soberanía. Están, en cambio, quienes orbitan el poder económico hegemónico. Ese contraste no es anecdótico: desnuda qué tipo de poder goza de impunidad estructural y cuál es sistemáticamente perseguido.

¿Qué hay en común entre todo esto?

No son escenas dispersas: Gaza, Venezuela, Cuba, ICE, Epstein. Es la misma gramática del poder escribiéndose sobre cuerpos concretos. Es la violencia estructural administrada con frialdad, la política postcínica donde el horror ya no se esconde, se normaliza. Que la vida siga, sí… pero que no siga amnésica, que no tengan la comodidad de nuestro silencio.

Anahí Alurralde Molina Boliviana, feminista y cientista política


[1] Según estimaciones de Acled, el conflicto en Gaza ha causado más de 70 mil civiles muertos y 171 mil heridos desde octubre de 2023, con un alto porcentaje de mujeres y niñas entre las víctimas.

[2] Según el Instituto Tricontinental las medidas coercitivas unilaterales impuestas por los Estados Unidos entre 2017 y 2024 provocaron pérdidas de ingresos petroleros equivalentes al 213% del PIB venezolano.

[3] Reportes periodísticos indican que en 2025 al menos 30 personas murieron bajo custodia de ICE, el número más alto en 20 años, mientras la cifra de detenidos alcanzaba niveles históricos.

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