El mito del narcoestado venezolano frente a la evidencia de la ONU y Europa

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En los últimos años, distintos actores internacionales han calificado a Venezuela como un “narcoestado”. El término se ha instalado en discursos políticos, campañas mediáticas y foros diplomáticos, reforzando una imagen negativa del país. Sin embargo, los informes técnicos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Onudd) y del Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías (OEDT) muestran un panorama distinto, Venezuela no ocupa un lugar central en las rutas internacionales del narcotráfico.

Como han publicado diversos medios internacionales, Pino Arlacchi, el sociólogo italiano y exdirector ejecutivo de la Onudd, recuerda que durante su gestión nunca tuvo que viajar a Venezuela, porque el país no representaba un problema significativo en materia de drogas. Según explica, Venezuela mantenía un nivel de cooperación internacional similar al de Cuba, que es reconocido como uno de los países más firmes en el control antidrogas.

Arlacchi, sostiene que la idea de “narcoestado” fue difundida principalmente desde Estados Unidos, en particular durante la presidencia de Donald Trump. A su juicio, se trató de un recurso político para desacreditar al gobierno venezolano y justificar sanciones económicas, bloqueos financieros y presiones diplomáticas.

El Informe Mundial sobre Drogas 2025 de la Onudd apenas hace referencia a Venezuela. Según sus datos, solo un 5 % de la cocaína producida en Colombia cruza por territorio venezolano. Además, el país no registra cultivos ilícitos de coca ni estructuras consolidadas de cárteles internacionales.

Las cifras permiten establecer comparaciones claras:

  • Colombia: alrededor de dos mil 370 toneladas de cocaína circularon por su territorio en 2018.
  • Guatemala: unas mil 400 toneladas.
  • Venezuela: cerca de 210 toneladas.

La diferencia es notoria: Venezuela moviliza siete veces menos cocaína que Guatemala, pese a lo cual es el país que recibe la calificación de “narco-estado”.

El “Cártel de los Soles” es un mito sin respaldo documental

Uno de los elementos centrales en la narrativa estadounidense ha sido el supuesto “Cártel de los Soles”, que se describe como una organización criminal dirigida por militares y altos funcionarios venezolanos. Sin embargo, ni la Onudd ni el OEDT mencionan en sus informes la existencia de esta estructura.

La ausencia de evidencia oficial sugiere que se trata más de un relato político que de una realidad documentada.

Otros corredores del narcotráfico

Mientras Venezuela es señalada con frecuencia, otros países presentan indicadores más preocupantes. En Ecuador, por ejemplo, investigaciones europeas indican que el 57 % de los contenedores de banano que salen del puerto de Guayaquil hacia Bélgica llevan cocaína. Este país se ha convertido en uno de los principales corredores hacia Europa, acompañado por altos niveles de violencia vinculada al narcotráfico.

Lo mismo ocurre con Guatemala, que moviliza cantidades de droga mucho mayores que Venezuela. Sin embargo, ninguno de estos países ha sido catalogado como “narco-estado” en el discurso internacional.

Factores geográficos y ausencia de rutas clave

Las rutas del narcotráfico dependen de variables concretas: proximidad a zonas productoras, existencia de redes criminales, corrupción local y acceso a puertos estratégicos. En este esquema, Venezuela ocupa una posición marginal. Su salida al Atlántico Sur no conecta con los corredores más activos hacia Europa y Estados Unidos, que se concentran en el Caribe, Centroamérica y la costa pacífica.

Además, el país mantiene una política de control interno que prohíbe los cultivos de coca, lo cual limita la consolidación de economías criminales en su territorio.

Coincidencia de organismos internacionales

El Informe Europeo sobre Drogas 2025, elaborado por el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías, coincide con los datos de la Onudd: Venezuela no es un país relevante en el tráfico internacional de drogas. La coincidencia entre ambos organismos, que se basan en evidencia empírica, refuerza la conclusión de que el peso de Venezuela en este negocio ilícito es reducido.

En contraste, los informes de agencias estadounidenses insisten en la narrativa del “narco-estado”. Según James Comey, exdirector del Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), Donald Trump consideraba al gobierno de Nicolás Maduro como un obstáculo para acceder a los recursos petroleros de Venezuela, lo que explica parte de la insistencia política en esa etiqueta.

El mercado que sostiene el negocio

Si se amplía la mirada al consumo, surge un dato clave: Estados Unidos es el mayor consumidor de cocaína del mundo. De acuerdo con la Onudd, en Norteamérica se concentra casi el 40 % de la demanda global de esta droga. Sin ese mercado, los corredores de producción y tránsito en América Latina perderían sentido.

En este contexto, especialistas señalan que responsabilizar únicamente a los países de tránsito ignora el factor estructural del problema que es el consumo en los países industrializados, lo que alimenta la cadena del narcotráfico.

Los informes de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito y del Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías coinciden: Venezuela no es un actor central en el tráfico mundial de cocaína. El país no produce coca, no alberga cárteles internacionales de peso y el tránsito de drogas por su territorio es limitado en comparación con sus vecinos.

La etiqueta de “narco-estado”, difundida principalmente desde Estados Unidos, responde a una estrategia política, la acusación se hace sin datos verificables. Mientras tanto, la raíz del problema permanece en el mercado más grande de consumo que es el de Estados Unidos. Allí se concentra la demanda que sostiene la producción y el tráfico de cocaína en toda la región.

Así, la paradoja es evidente, mientras se acusa a Venezuela de ser un “narco-estado”, los informes internacionales señalan que el epicentro del negocio no está en Caracas, sino en la voraz demanda de cocaína al norte del continente.

Pero sabemos que Estados Unidos no ha mostrado pudor ni límites morales a la hora de construir narrativas para justificar acciones contra países que cataloga por sus intereses como enemigos. El caso de Venezuela y la etiqueta de “narco-estado” se suma a una larga lista. En 1989, la invasión a Panamá fue presentada como una operación para capturar a Manuel Noriega por narcotráfico, aunque el trasfondo era asegurar el control del Canal. En 2003, la guerra contra Irak se sustentó en la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, que nunca fueron halladas. Más recientemente, Libia fue señalada como un régimen que amenazaba a su población con un “genocidio inminente”, justificación que abrió la puerta a una intervención militar de la OTAN y hasta hoy el país esta destruido, al igual que Irak. Estos precedentes muestran que el patrón radica en el uso de argumentos fabricados para legitimar sanciones, bloqueos o invasiones, donde el objetivo real es de hacerse del control geopolítico y de recursos estratégicos.

La paradoja es evidente, mientras se acusa a Venezuela de ser un “narco-estado”, los informes internacionales señalan que el epicentro del negocio no está en Caracas, sino en la voraz demanda de cocaína al norte del continente. Estados Unidos, mayor consumidor mundial, sostiene con su mercado el entramado del narcotráfico en América Latina, pero desplaza la responsabilidad hacia otros.

Sin embargo, hay un límite que la historia marca con fuerza. Nunca, desde el sur del río Grande, Estados Unidos se ha atrevido a lanzar un ataque militar directo contra un país latinoamericano de gran envergadura. Y esta no será la ocasión. El fantasma del “narco-estado” venezolano quedará en los archivos de la más vil de las  propagandas y fake news, mientras la realidad, con cifras y testimonios, desmiente las acusaciones  nacidas  de intereses económicos e imperiales de hacerse del  petróleo y las riquezas naturales de las y los venezolanos. ¡No pasarán!

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