Nada más poner título a estos apuntes me doy cuenta de que me vería en un aprieto si alguien me pusiera en la tesitura de tener que definir qué entiendo yo por «novela moderna», y por exclusión diría que, por supuesto, no necesariamente la escrita en fecha reciente, esos boom seguidos con rapidez por slums, libros que se apilan en los estantes de nuestras librerías cada vez más parecidas a supermercados del libro.
Adjetivizar la literatura (también otras cosas) conlleva a menudo generar confusión.
Italo Calvino (Santiago de las Vegas, Cuba, 1923 – Santa Maria della Scala, Italia, 1985), que nos legó títulos tan sugerentes como El barón rampante o El vizconde demediado, nos dejó también unas reflexiones, agrupadas en un texto póstumo, bajo el epígrafe «¿Por qué leer los clásicos?», en el que propone más de 20 definiciones de qué se entiende por libro clásico, alguna de ellas un punto irónicas, cuando no cínicas: «Son clásicos esos libros de los cuales se suele decir: ‘estoy releyendo’, y nunca ‘estoy leyendo’”; o “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir»; claro que así se podría decir igualmente de un libro auténticamente moderno.
Sea cual sea la definición que se adopte, en un vano intento de apresar lo inefable, diría que la buena literatura es atemporal y así El Quijote es una novela moderna, y lo es el libro de caballerías medieval Tirant lo Blanc, escrito por el valenciano Joanot Martorell en idioma catalán, como en ese catalán antiguo escribió su poesía existencial su cuñado Ausias March, allá por el siglo XV.
Por cierto, y a modo de inciso algo fuera de lugar, el premiadísimo Vargas Llosa presumía de haber leído e incluso traducido el Tirant de su lengua vernácula, en lo que miente como un bellaco –como en tantas otras cosas a las que nos tiene acostumbrados, entre tics fascistas-racistas–.
Pero no dejemos que ningún turbio personaje entorpezca estas ya de por sí inconexas reflexiones y prosigamos para aquellos que hayan tenido la paciencia de seguirlas con las vicisitudes de la Lucía Jerez, de José Martí, de la que el propio Maestro pareció abjurar cuando tildó a esa novela escrita por encargo en pocos días como «noveluca», y por la que «el autor avergonzado pide excusas» para, acto seguido, reivindicar su gestación al decir que «…el autor pretende con ella… que pudiera ser base para la novela hispanoamericana que se deseaba..». Y leyendo Lucía Jerez, salta a la vista que, con ser las miras tan altas, el Maestro alcanzó la cima perseguida.
La trama argumental de la novela parece sencilla: una tormentosa y trágica historia de amor entre dos personajes, Juan Jerez y su prima Lucía, a los que solo parece aguardar la felicidad cuando estas expectativas se truncan al entrar en escena un tercer personaje, Sol del Valle, la cual, de forma involuntaria, al enfrentar el apasionado y/o atormentado carácter de Lucía rompe la aparente estabilidad del afecto entre los amantes. En este punto uno no puede dejar de percibir ecos shakesperianos, para pasar enseguida a analizar cómo con maestría hizo Martí –y no podía ser de otra manera– el ambiente dentro del que se desarrolla la trama, tanto en su aspecto geográfico, como cultural y sociopolítico, ahondando en la crisis de estos valores no solo en el país en que sitúa la acción, sino extendiéndolo a toda la América hispana, en un lúcido análisis que nos lleva por la segunda trama argumental de la novela.
Llegados a este punto obvio, la discusión recae en si Lucía Jerez es o no una «novela modernista». Anderson Imbert señaló en Lucía Jerez rasgos específicamente modernistas, pero también otros procedentes de una estética romántica; por ejemplo, que la acción transcurra en un país aparentemente paradisíaco, o el contraste entre los personajes: la enferma Ana y la vital Adela, la cándida Sol y la compleja Lucía; o la descripción de costumbres populares, en la línea de Juan Larrea; o el titanismo de los personajes, la lucha social de Juan Jerez; o, en fin, la exaltación de la novela criolla: la María de Isaacs o la Amalia de Mármol. Aunque otros estudiosos, como Carlos Javier Morales, señalan que tales rasgos románticos no son incompatibles con lo que entendemos por «modernismo», pues todos ellos, excepto quizás lo criollo específico, perduran y se intensifican durante el modernismo literario: «Solo que con complejidad mayor y unas formas expresivas indudablemente más avanzadas».
Y una última referencia a los personajes femeninos: aunque del título de la novela pudiera deducirse una preferencia de Martí por Lucía, será Sol del Valle su predilecta y también la de su otro yo, Juan Jerez. Quizás el autor buscó en sus recuerdos de su “niña de Guatemala” (María García Granados y Saborío), o tal vez se inspirase, para reflejar su ideal, en Mariana Grajales, madre de los Maceo, o quizás en Ana Betancourt, la camagueyana pionera en la lucha de las mujeres y su lugar de privilegio en la independencia de su patria, acerca de la cual el Maestro dijo: «…Y en el noble tumulto, una mujer de oratoria brillante, Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia de martirio, no calientan con más viveza el alma del hombre que la de la mujer cubana».
Hay que buscar en los viejos anaqueles la novela de José Martí y leer sin pausas. Lucía Jerez se publicó con el título de Amistad funesta, por entregas, en 1885, en el periódico bimensual El Latino-Americano de Nueva York. El albacea literario de Martí, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, certificó, en su día, la desaparición del original de la novela, aunque tuvo –y hemos tenido los lectores– la suerte de encontrarla, en vida aún del Maestro, en la oficina de trabajo de este, que la anotó y corrigió, publicándola Quesada en 1911, en el tomo X de las Obras de Martí (Leipzig Ed. Breitkopf und Haertel). En 1975 la Editorial Ciencias Sociales de La Habana la publicó en su tomo 18 de las Obras Completas. Y, con variantes puntuales, Cintio Vitier hizo otro tanto en 1978 en la Biblioteca Ayacucho, y en 2000, Carlos Javier Morales, en Cátedra, Letras Hispánicas, junto a un espléndido estudio.
Modernista o no, pero sin duda más moderna que aquellas con que nos bombardean las casas editoriales hoy en día, y, en cierto sentido, tan clásica como aquellas que nos recomendó Calvino.
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Jaume Domènech Catalán, ambientalista martiano








