Rusofobia y discriminación la nueva pandemia

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Artículo 1: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Declaración Universal de derechos Humanos

Es indigno para países que autoproclaman ser “civilizados” o que se autodenominan “desarrollados” que una persona solo por el hecho de ser “ruso”, bien sea por nacimiento o por naturalización, sea repentinamente señalado públicamente como “enemigo”. Lo más grave es que cientos de trasnacionales de la comunicación están apuntando toda su artillería más pesada, generando una “rusofobia” que con las capacidades tecnológicas que tenemos hoy en día se desplaza como una pandemia por todo el orbe.

Giuseppe  Sala, alcalde de Milán, Italia, cargo al que accedió por una coalición de “centro izquierda”, luego de amenazar y exigir al eminente director de orquesta Valery Gergiev de distanciarse públicamente de su amigo Vladimir Putin, fue despedido de la orquesta del Teatro de  la Scala de Milán; con el agregado ignominioso de que no podrá dirigir por un tiempo indefinido en dicho recinto musical. Una decisión absurda  que coloca a este gran artista como si se tratase de un “criminal de guerra”. Dicho sea de paso la Scala de Milán mantiene sus puertas abiertas como invitados de honor, a quienes han podido amasar grandes  fortunas gracias a los bombardeos en Siria, Libia, y Palestina. Pero esto no se comenta, se tapa con los costosos abrigos y joyas exuberantes.

Si algo hay que tener claro es que los artistas tienen derecho a no ceder ante amenazas y constricciones como lo hizo Anna Netrebko, soprano de altísimo nivel, quien corrió la misma suerte que Gergiev por oponerse a renegar de Rusia, su patria natal. En Grecia, la ministra de Cultura, Lina Mendoni, decidió cancelar la emisión en directo desde una sala de conciertos de Atenas del ballet  “El lago de los cisnes”, una representación del Teatro Bolshoi de Moscú, y suspender la cooperación con organizaciones culturales rusas. Probablemente el próximo paso será prohibir a nivel mundial la música de Tchaikovski, de Rimsky Korsakov, Kachaturian, etc, solo por el hecho de ser rusos.

No solo el mundo de la cultura, también el deporte, la FIFA y la UEFA decretaron la expulsión de Rusia, mientras que el Comité Olímpico excluyó a priori a los ciudadanos rusos y bielorrusos, a menos que se quiten el uniforme que los acredita como representantes de sus países, obligándolos a competir como apátridas o neutrales. Pero lo que es más absurdo es que esta discriminación llegue hasta la academia, un lugar  donde el disenso es uno de los motores del pensamiento. Investigadores que habían escrito artículos científicos hace meses ven ahora cómo sus contribuciones son rechazadas por las revistas académicas, no por razones de mérito, sino simplemente porque son de nacionalidad rusa.

Pero estos son casos que conocemos por la notoriedad de los protagonistas, pero cientos de rusos y rusas en estos momentos están sufriendo esa discriminación, sobre todo en Europa, son numerosos los cafés, hoteles, y sitios turísticos en los que ahora hay carteles con escritos “no se aceptan rusos” en el mejor de los casos, cuando no están cargados de epítetos vulgares.

Involucrar el arte, el deporte, la ciencia y la investigación en los conflictos bélicos no es una opción sabia. Es un retroceso de siglos cerrar estos espacios que deberían estar abiertos al diálogo, al encuentro, y a la paz. No hay necesidad de convertir en trinchera los teatros, los estadios, las universidades. Un escritor, escritora  rusos deben poder participar en un festival, un bailarín, bailarina deben poder actuar, un futbolista o una gimnasta deben poder jugar. La pandemia nos debió hacer más humanos, más sensibles por el hecho de habernos sentido infinitamente vulnerables y desprotegidos. Pero pareciera que en lo único en lo cual nos entrenó fue en la discriminación y la segregación. 

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Yoselina Guevara López Corresponsal en Italia

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