Lecciones de ayer para las encrucijadas de hoy en Chile: aproximaciones al golpe en el norte

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Felipe Godoy Lepe es técnico en mantenimiento industrial y trabajador social. Se desempeña como mecánico en una mediana empresa minera y, desde ese espacio, ha estudiado la historia del movimiento popular en Antofagasta, región en la que ha vivido toda su vida. En septiembre del año pasado publicó, a través de la editorial Pensamiento y Batalla, un libro sobre el golpe de Estado en su ciudad natal, obra sobre la cual profundizamos en esta entrevista. Para este año Godoy espera publicar dos libros más: uno sobre la reforma universitaria en la Universidad del Norte y otro sobre los cordones industriales en la ciudad nortina.

En septiembre del año pasado publicaste 50 años del golpe de Estado en Antofagasta (1973-2023). Una aproximación desde la historiografía popular en perspectiva provincial-regional. En realidad, la investigación abarca un período mayor, pues comienza a mediados de los 60. ¿Qué motiva la publicación de este libro? ¿Por qué hoy seguimos hablando del golpe de Estado? Se nos critica, sobre todo desde la derecha, acusando que queremos mantenernos en el pasado.

Sí, creo que hay que enmarcarlo en la perspectiva de que, si bien ha pasado más de medio siglo, las contradicciones fundamentales que permitieron el golpe se mantienen. Persiste la explotación del hombre por el hombre, las relaciones de opresión, el autoritarismo y el patriarcado. En la medida en que esas contradicciones fundamentales –como la de capital-trabajo– no se resuelvan, habrá uno y mil golpes. La pregunta es: si esto puede volver a ocurrir, ¿qué hemos aprendido nosotros como movimiento popular?

Se trata de entender qué herramientas desarrollamos y qué mecanismos tenemos para enfrentarlo. A partir de ahí analicé lo que existe a nivel nacional y, si bien hay muchos libros sobre el golpe en Santiago, Valparaíso o Concepción, en las regiones extremas hay muy poco material. Bajo esa mirada, decidí escribir algo con una impronta regional. Lo que tenía más a la mano era Antofagasta; soy de allá, vivo allá y llevo mucho tiempo tratando de construir organización. Eso me dio la estructura necesaria para escribir sobre el golpe en mi ciudad.

En ese marco, ¿cuáles son las diferencias del golpe de Estado en Antofagasta respecto a lo ocurrido en Santiago y otras partes del país?

Mira, creo que en términos políticos una diferencia fundamental fue el nivel de preparación de los partidos en Antofagasta, que era significativamente menor. Si bien ninguna colectividad en Chile tuvo la preparación adecuada, en Antofagasta se dio el absurdo de que la dirigencia del PC recién se enteró del golpe a las 10 de la mañana. Los partidos populares y anticapitalistas en la región estaban mucho menos preparados que en la capital. Aunque organizaciones como el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Partido Socialista (PS) tenían ciertos entrenamientos en el uso de armas cortas, no eran nada en comparación con el tipo de despliegue que existía en Santiago.

En segundo lugar, una diferencia clave fue la temporalidad. En Santiago, desde las seis de la mañana ya había noticias y movimiento de tropas; en cambio, en Antofagasta esto ocurrió recién cerca de las ocho. Cuando los compañeros llegaron a las universidades –ubicadas en el sector sur de la ciudad, donde están los regimientos– se percataron del movimiento militar, el cual inició su despliegue hacia la Intendencia recién entre las nueve y las 10 de la mañana.

Según lo que hemos recabado en fuentes de prensa y entrevistas, concluimos que la toma del poder por parte de los militares fascistas en Antofagasta fue alrededor de las 11 de la mañana. Cuando logran controlar el centro de poder, los cargos máximos ya habían desalojado el edificio. Pienso en el intendente Fernando Álvarez y en el subrogante Norman Garín, ambos militantes del Partido Comunista (PC), quienes ya se habían retirado. Fue un proceso muy tardío.

Respecto a la resistencia, tras tomar la Intendencia los militares avanzaron hacia el norte, donde se encontraba el mayor germen de poder popular: el Cordón Industrial Norte. Su bastión era la Compañía de Cervecerías Unidas (CCU), una fábrica de avanzada cuyo interventor era militante socialista y donde más del 60% de los obreros eran de izquierda. Los tanques se apostaron frente a la fachada de la empresa, pero no abrieron fuego. De forma antagónica, los obreros se posicionaron en los techos con sus herramientas y algunas armas cortas, pero tampoco dispararon. Ningún bando se atrevió a iniciar el fuego y los militares terminaron retirándose. Horas más tarde, ya entrada la noche, comenzó la represión más cruda con la toma de las industrias y el allanamiento de diversos campamentos. A diferencia de Santiago, lo que ocurrió en Antofagasta fue a una escala menor, con mucha desorganización y un nivel defensivo muy bajo por parte de los organismos de poder popular.

Hablemos de los organismos de poder popular. Antofagasta y otras ciudades del norte son fundamentales en los inicios de la historia del movimiento obrero chileno; sin embargo, las investigaciones suelen concentrarse en Santiago, Concepción y otras ciudades del centro-sur. ¿Cómo se desarrolló el movimiento obrero en el norte y cómo se llegó a la fundación de los cordones industriales?

Sí, hay un hilo de continuidad respecto a lo que pasó a inicios del siglo XX. Aunque la figura de Luis Emilio Recabarren es la más visible, la organización política de izquierda en Antofagasta siempre se mantuvo viva. Existe una línea histórica que une a los trabajadores del cobre y del salitre con el resto de las industrias locales vinculadas a ese proceso productivo fundamental: portuarios, trabajadores de las manufacturas de cobre y del ácido sulfúrico. Hay una conexión directa entre el despertar obrero de principios de siglo y el Chile de la Unidad Popular.

Esa continuidad se manifestó en la fortaleza de los sindicatos de materias primas y en la conformación del movimiento obrero organizado. La Central Única de Trabajadores (CUT) ya tenía una presencia combativa en la ciudad en 1956, adhiriendo a los paros nacionales. Si bien la Democracia Cristiana (DC) permeó con fuerza en la zona, al entrar la década de los 70 se potenció la izquierda: un PC muy fuerte, un PS algo debilitado por sus divisiones internas, y los nacientes MAPU y MIR.

«Si bien ha pasado más de medio siglo, las contradicciones fundamentales que permitieron el golpe se mantienen. Persiste la explotación del hombre por el hombre, las relaciones de opresión, el autoritarismo y el patriarcado»

En ese escenario, marcado por el aumento de las huelgas a fines de los 60 y la elección de Allende, se produce el paro patronal de octubre de 1972. Ahí las organizaciones comprenden que deben superar lo meramente sindical para constituir organismos de masas. Primero, el MIR propuso un comité coordinador en el sector norte, pero no prosperó por la negativa de la CUT local, dirigida por el comunista Lorenzo Araya. Sin embargo, en febrero de 1973 se logró levantar la Asamblea de Dirigentes Sindicales, que trabajó en torno a la distribución, el abastecimiento, la cultura y la autodefensa.

El 19 de abril de 1973 esta instancia se transformó en el Cordón Industrial Norte, que abarcaba desde la calle Bolívar hasta la planta avícola La Chimba en el extremo norte. Con cerca de 30 delegados representando a unas 40 fábricas, este primer cordón agrupó a industrias clave como la Maestranza Antofagasta y las plantas de ácido sulfúrico.

Posteriormente, entre mayo y junio, se levantó el Cordón Centro. Al ser una zona predominada por los servicios, se conformó principalmente con sindicatos de educación (SUTE), trabajadores municipales, empleados públicos de la Intendencia y sindicatos de la Empresa Portuaria de Chile (Emporchi).

Finalmente, entre junio y julio, se constituyó el Cordón Industrial Sur. Este agrupaba a la Industria Nacional de Cemento (Inacesa) y a los trabajadores de la construcción de grandes proyectos habitacionales, como los departamentos de El Caliche y el edificio Edmundo Pérez Zujovic. También integró a los sindicatos de las tres universidades: la Universidad del Norte, la sede de la Universidad de Chile y la Universidad Técnica del Estado (UTE).

Estos tres cordones se articularon como la columna vertebral del poder popular, sumándose a los campamentos y tomas de terreno –hegemonizados por el MIR y el PS, como el Venceremos, el Luciano Cruz o el Carlos Cortés– y a las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios (JAP). Todo esto, junto a un movimiento estudiantil organizado en federaciones como la FEUN, la FECh Antofagasta y la Feute, constituía el gran bloque obrero y popular que debía hacer frente al golpe.

¿Cuál fue la posición del Partido Comunista? Al igual que a nivel nacional, en un principio el PC se opuso a la idea de los cordones industriales. En Antofagasta el partido tenía la fuerza mayoritaria dentro de la CUT, pero dado que la generación de estos cordones fue más tardía, ¿cómo se dio esa discusión previa y cuáles fueron sus posturas?

La primera interrogante que se hacían los dirigentes en Antofagasta era quién debía convocar a la constitución del cordón. Llegaron a la conclusión de que debía ser la CUT. Era una situación interesante: la CUT provincial era dirigida por Lorenzo Araya, militante del PC, pero el subsecretario provincial –el segundo al mando– era Gastón Viveros, de la DC. El resto de la dirección lo componían militantes del PS, de la DC y muy pocos radicales. Era, por tanto, una CUT con hegemonía reformista.

Cuando el PS llevó la discusión de los cordones al interior de la CUT, el PC se opuso. Una de sus estrategias fue la dilatación: postergaron la constitución del organismo exigiendo que primero se discutiera su organigrama y diversos temas de estructura. Pasaron semanas bajo esta dinámica hasta que los militantes del PS se agotaron y, por iniciativa propia, levantaron el Cordón Industrial Norte en conjunto con militantes del Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR) –brazo sindical del MIR– y obreros independientes.

Inicialmente el PC mantuvo una posición muy sectaria para impedir la formación del cordón. Al no lograrlo, mantuvieron la crítica; se puede revisar la prensa de la época –El Mercurio de Antofagasta, La Estrella y el diario del PC El Popular– donde cuestionaron férreamente su constitución. Sin embargo, no pudieron detenerlo porque el cordón ya era una realidad.

Con los meses y ante la inminencia del golpe, tanto a nivel nacional como local, el PC comprendió que necesitaba de estos organismos de poder popular para defender al Gobierno. A fines de junio de 1973 se realizó el congreso del Partido Federado de la Unidad Popular en Antofagasta, donde se decidió potenciar y crear los cordones industriales. Para entonces, fue un gesto más bien testimonial, pues estos ya estaban prácticamente constituidos. Lo interesante es que, hacia agosto de 1973, el conjunto de los partidos de la UP y el MIR ya estaban propiciando la creación del Comando Comunal, concebido como un organismo de poder popular superior para enfrentar la coyuntura política.

¿Cuál era la situación del MIR en Antofagasta? ¿Cómo surge y cómo se desarrolla en la ciudad?

El nacimiento del MIR en Antofagasta fue tardío; se constituyeron recién en agosto de 1970, ad portas de la UP. Sus cuadros surgieron principalmente del movimiento estudiantil, específicamente de la Universidad del Norte. El partido se consolidó tras la visita de Bautista van Schouwen a inicios de 1971, manteniendo siempre una base muy fuerte en el mundo universitario.

De hecho, simpatizantes del MIR obtuvieron la Federación de Estudiantes de la Universidad del Norte (FEUN) en mayo de 1970, incluso antes de que la estructura partidaria estuviera formalmente levantada. Luego consiguieron presencia en la Feute con Lito Barrasa –quien venía del PS y se integró al MIR– y obtuvieron algunas vocalías en la FECh Antofagasta.

Desde el ámbito estudiantil, los compañeros se extendieron hacia el movimiento de pobladores, tejiendo lazos con el campamento Venceremos en el sector norte-alto de la ciudad. Allí destacaron figuras como Lidia Tapia, dirigenta del campamento. Posteriormente, esta influencia se expandió al campamento Luciano Cruz y a otros sectores poblacionales.

El último frente en el que el MIR logró presencia fue el movimiento obrero. Constituyeron el FTR aproximadamente en agosto de 1971, logrando inserción en algunas fábricas. Pienso en Manufacturas de Cobre (Madeco), donde obtuvieron la presidencia del sindicato con Lautaro Quiñones, quien más tarde sería dirigente de los cordones industriales. También tuvieron presencia en el Magisterio a través del SUTE, con la participación de Pedro Araya Chávez, quien fue el candidato del MIR a la CUT en 1972. Además, contaban con militantes en la construcción y en otras industrias manufactureras.

Sin embargo, si lo miramos en términos cuantitativos, el escenario era dispar. Un ejemplo ilustrativo son las elecciones de la CUT en mayo de 1972: el PC obtuvo aproximadamente siete mil votos, mientras que el FTR (representando al MIR) alcanzó los seiscientos. Esto demuestra que, pese a su auge, su retórica de avanzada y su representación en los cordones, su fuerza no se comparaba con la potencia histórica de un PC que hegemonizaba la política en una ciudad tradicionalmente de izquierda.

O sea, se repite más o menos la historia nacional en el plano local, tanto en las posiciones del MIR y el PC sobre los cordones industriales, como en el desarrollo del MIR en sí mismo.

Creo que hay un matiz importante: al menos en Antofagasta la presencia de los militantes del PS en los cordones industriales fue mucho más significativa. Si bien el MIR participó, no tuvo el peso que logró la gente del PS. Había cinco dirigentes fundamentales del PS que ocupaban cargos tanto en la CUT como en los cordones industriales; entre ellos Iván Gordillo, Ramón Aranda, María Isabel Encina y otro compañero de apellido Herrera. En cambio, del MIR solamente estaba Lautaro Quiñones; y por parte del MAPU una persona de apellido Garrido.

Por eso me interesa dar ese matiz: en Antofagasta se dio una presencia predominante de los militantes socialistas, específicamente de esa ala más a la izquierda del PS.

En las presentaciones de este libro destacabas que su publicación es clave para la discusión actual, no solo para entender el pasado reciente. Tú valoras especialmente la discusión estratégica que se dio durante la UP. ¿Qué debates rescatarías hoy y cuáles crees que es necesario retomar?

Planteo que no hacemos historia por amor al arte, ni por una suerte de melancolía eterna de izquierda, ni porque seamos «sadomasoquistas» –como dice el profesor Carlos Pérez Soto–. Hacemos historia con una perspectiva de presente y de futuro. Creo que lo ocurrido en 2019 es el mejor ejemplo vivo de que las contradicciones de las que hablamos al inicio de esta entrevista se mantienen intactas.

A partir de eso, el tema de este libro es de absoluta actualidad. Se trata de observar que el movimiento popular, tarde o temprano, se verá enfrentado a una encrucijada similar y que debemos contar con herramientas y mecanismos para superar la derrota histórica. El libro abre con una premisa: no se trata simplemente de que el golpe no vuelva a ocurrir, sino de no volver a ser vencidos. En 2019 esto quedó en evidencia con la salida de los militares a las calles, los asesinatos, las torturas y las mutilaciones. El golpe como dispositivo sigue vigente; por eso, la pregunta fundamental es en qué medida estamos preparados como movimiento popular para enfrentar una nueva asonada golpista.

Creo que la derrota del proceso abierto en octubre demuestra esta falta de preparación. Pero, por otro lado, el libro busca dotar de contenido a la construcción política de una organización revolucionaria: cómo se construye a nivel nacional, cómo dialogan las estructuras de Santiago con las de Antofagasta y cómo se articula, en un país tan diverso y heterogéneo, un movimiento obrero y popular capaz de enfrentar a la burguesía.

Este libro no es un cierre; son «aproximaciones», como dice el subtítulo. Busca posicionar la necesidad de que, como izquierda, entendamos nuestros errores, limitaciones e incapacidades. El objetivo es que, al construir en el presente, tengamos más bagaje y contenido para organizarnos mejor. Al final ninguno de nosotros está inventando la rueda en cuanto a la organización popular, pero sería provechoso aprender de los aciertos y errores para actuar de forma más certera: el famoso «análisis científico» que propuso un viejo barbón hace dos siglos.

Siguiendo con la idea de poner la historia al servicio del presente, y ante el avance de la ultraderecha en Chile tras las últimas elecciones, ¿por qué consideras vital la publicación de esta investigación?

Por la importancia de conceptos como la defensa, la inteligencia y el despliegue territorial. El libro ilustra cómo debemos ser capaces de responder cuando la situación nos obliga a pasar a la retaguardia. Es muy gráfico comparar lo que ocurrió con los militantes de la UP frente a los del MIR en Antofagasta: en los primeros días, casi todos los dirigentes sindicales, estudiantiles y las máximas autoridades de la UP ya estaban detenidos. En cambio, los militantes del MIR lograron zafar durante las primeras semanas e incluso meses; recién después de uno o dos años empezaron a caer sus cuadros importantes en la región.

Ahí hay una lección sobre cómo se construye partido al calor de los hechos. Es interesante que un sector amplio del MIR en Antofagasta pasó a la clandestinidad tras el «Tanquetazo» del 29 de junio. Conversando con un dirigente obrero mirista le pregunté cómo habían logrado sortear la represión de esa manera, y su respuesta fue clave: «es que nosotros ya estábamos en la clandestinidad. El golpe de septiembre nos pilló con semanas de experiencia clandestina en el cuerpo».

Ese aprendizaje es fundamental. Cuando se construye una organización política hay que hacerlo pensando en los distintos escenarios. No se puede apelar siempre a que estaremos en democracia; hay que construir previendo las distintas posibilidades que ofrece el Estado burgués, ya sea la persecución o la dictadura abierta.

Para finalizar, tú eres trabajador social y mecánico industrial. ¿Qué valor le otorgas a esa doble condición tuya en este trabajo?

Es una forma práctica de demostrar que la teoría y la historia no son exclusividad de los intelectuales o académicos. Busco mostrar que el poder burocrático de las ciencias sociales puede ser desafiado; no es necesario ser un gran académico para rescatar la memoria. En 50 años, con miles de cientistas sociales en el país, nadie había escrito un libro sobre el golpe en Antofagasta. Yo lo hice trabajando como mecánico.

Mi intención es demostrar que se puede, que no hace falta un cartón de una universidad neoliberal para realizar un trabajo serio y riguroso. Es una cuestión de dedicación y de utilizar las herramientas que tenemos a disposición. Me considero un historiador popular y autodidacta que, por sus propios medios, ha ido desarrollándose en este oficio.

El obrero no debe limitarse a la fábrica, ni el intelectual a la universidad. Debemos retornar a esa dialéctica que proponían los clásicos del pensamiento social: ejercer una praxis donde la vida misma sea dialéctica.

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Pablo Toro Chileno, periodista y magíster en Ciencias de la Comunicación y en Estudios Internacionales

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