El tiempo actual es deprimente. Genocidio en Gaza con niños desmembrados, violencia extrema, sadismo, muertos, sangre y un sinfín de atrocidades transmitidas en vivo mientras el mundo poco o nada hace, a veces con conciencia, otras por pura pose. El despliegue de millonarias y demenciales armas de guerra y muerte. La insensata guerra contra el pueblo de Irán. El secuestro de Maduro en Venezuela en un espectáculo patético y cruel. El bestial e inhumano bloqueo a Cuba que se intensifica permanentemente para ahogar a un pueblo rebelde y desplomar su sitial como faro de los pueblos libres del mundo. Todo esto, en el mundo y en la Región, a la son de un orquestado movimiento ultraderechista, tan ridículo como atroz, que se ha convertido, bajo el halo de Trump –su principal representante–, en la marca de personajes como Milei, Bolsonaro, Noboa, Kast, Macron, etcétera.
La altisonancia ultraderechista, amplificada por sus medios de comunicación y por algoritmos perversamente manipulados, ha calado en la sociedad que en muchos lugares se ha adherido a estos proyectos desde las más variables aristas: la del desencanto, que es el alimento y el cobijo que el progresismo ha producido al respetar los límites de lo posible, ceder concesiones a la oligarquía y a la burguesía, desde no cambiar nada y hacer lo mismo o casi lo mismo que le criticaba a la derecha, hasta ser respetuosos de la institucionalidad burguesa, etcétera. Pero también, desde la pugna del poder y el dinero de hacerse de la historia reinterpretando los hechos, tergiversar la verdad hasta hacerla irreconocible y apropiarse de la lucha, los conceptos y todas las expresiones de las revoluciones.
A su tiempo, cuando se inventó la imprenta, surgía el cine o se fabricaban televisiones para los hogares, las sociedades alertaban de una época en la que la propaganda y la manipulación de masas habían llegado a su cúspide, como hoy, que el Internet, la conexión masiva y permanente a través de dispositivos móviles están, como nunca, moldeando a las personas, su capacidad reflexiva, sus decisiones y finalmente su voluntad. El disciplinamiento social nunca había sido tan masivo y producido a tanta velocidad una sociedad tan alienada, ignorante y manipulable que se erige frente a la paradoja de que puede acceder de forma fácil a información, cultura y arte.
Es, pues, un tiempo oscuro que parece no tener esperanza. Sin embargo, la historia de la Humanidad nos ha demostrado que «todo lo sólido se desvanece en el aire» y que, finalmente, habrá indefectiblemente otro tiempo donde la Humanidad tendrá la oportunidad de redimirse.
En este sentido, la Bolivia actual, donde un poderoso movimiento popular parece desmoronarse y un gobierno de ultraderecha busca imponer un nuevo período neoliberal, es necesario hacer una reflexión crítica sobre qué ha pasado con la apuesta revolucionaria y el Proceso de Cambio y cuáles deberían ser las características necesarias para una izquierda triunfante que abra el sendero de una revolución.
Apuntes sobre revoluciones y sus contradicciones
Todas las revoluciones y levantamientos anticapitalistas han encerrado contradicciones, ya sea por tener un carácter antifeudal y antiburgués; por, en términos generales, estar alimentadas de campesinos e indígenas antes que proletarios, desarrollarse en un capitalismo atrasado, generarse en el subdesarrollo y porque no han podido terminar de imponerse al capitalismo.
En este escenario, que solo esbozamos escuetamente, muchas decisiones para construir el socialismo han optado por la «necesidad» de desarrollar al capitalismo, han contravenido los principios de las banderas que enarbolaron, como el Periodo Especial de la Revolución cubana, las medidas del llamado comunismo de guerra y la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin en la Unión Soviética, la Reforma y Apertura de Deng Xiaoping en China, etcétera.
Se trataron de medidas supuestamente excepcionales que dieron concesiones y aperturas al mercado capitalista para desarrollar fuerzas productivas, salir de la crisis, etcétera. Pero, en términos absolutos, la excepción se convirtió en la regla y lo que ha sobrevivido, por ejemplo, es una capacidad heroica del pueblo cubano de adaptarse, de ir de la ofensiva a la defensiva, cediendo y retrocediendo, pero subsistiendo gracias a que es y ha sido el pueblo el actor clave, informado y conciente, el que ha enfrentado toda decisión. Por otro lado, aunque requiere mayor estudio, se encuentra la apuesta China que ha consolidado enclaves capitalistas para afuera, mientras ha fortalecido el socialismo hacia dentro con el control de la economía, la planificación y una disciplina férrea como carácter idiosincrático de su sociedad.
Ya en la región sudamericana, la última ola progresista, como respuesta a los estragos que dejó el neoliberalismo, heredero de los regímenes militares, se encuentra en sus últimos estertores, que sin quitar su peso al boicot, intervención y financiamiento del imperialismo norteamericano por afianzar su control en lo que entiende como su «patio trasero», tiene como principal factor la incapacidad, la indecisión o la complicidad traidora de no buscar desmantelar al Estado burgués y erigir sobre sus cenizas un Estado socialista, donde claramente podemos excluir de esta lista, como un caso aparte, a la República Bolivariana de Venezuela.
Ya sea en una faceta más radicalizada como la boliviana o una versión más suavizada como la ecuatoriana, la constante del progresismo fue el fortalecimiento del Estado burgués y la inclusión de sectores sociales radicalizados a su dinámica que los terminó subsumiendo y aplacando su capacidad creadora y voluntad de poder. Lo popular y rebelde reproduciendo al Estado que, como dijo Lenin, es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, fue una contradicción inexpugnable.
Pero la subordinación a la lógica y dinámica estatal burguesa no se limita al fortalecimiento del Estado, sino a asumirse en el proyecto capitalista, es decir: individualismo, abuso de poder, corrupción y desclasamiento. Esto fue lo que debilitó en gran medida a las organizaciones y movimientos sociales que fueron perdiendo su voluntad de lucha y finalmente el horizonte común. Hoy es claro que cuando a la dinámica estatal capitalista predominante se le suman concesiones a los sectores burgueses, latifundistas y conservadores, se allana el camino para su fortalecimiento y su restauración violenta.
El miedo del progresismo a que la derecha «reaccione», a un bloqueo económico y comercial, a una «guerra civil» o incluso a una intervención militar extranjera, parece sin sentido cuando todos los caminos vuelven al mismo lugar: la restauración derechista radical. Es decir, que respetar los «límites de lo posible» y la institucionalidad burguesa: el cuidado a la gran propiedad privada, a los derechos individuales sobre los colectivos y al capital, no es posible, que necesariamente significa fortalecimiento del capitalismo y para nada una «alternativa viable».
Pero, ¿cómo sería posible, entonces, una revolución en un mundo capitalista? O por lo menos, ¿cómo sería posible una alternativa que aplaque al capitalismo mientras se desarrolla una?
A la altura de la Historia
En una lectura general de la Historia de la lucha revolucionaria en nuestro continente se podría identificar dos grandes posiciones: las que optaron por la conciliación, la negociación y finalmente la concesión a la derecha, al capitalismo y al imperialismo; y las radicales, que apostaron por «cambiar todo lo que es necesario ser cambiado», por el uso legítimo de la violencia revolucionaria y la «toma», transformación y defensa del poder popular anticapitalista, anticolonial y antimperialista. Por supuesto que hay otras posturas que vociferaron más radicalidad que nadie y terminaron de la mano con la ultraderecha para enfrentar a las posturas socialdemócratas o progresistas, pero su trascendencia es ínfima.
En concreto, las posiciones radicales fueron las de la lucha armada, las que se alinearon al llamado del Che para «crear dos, tres Vietnam…». Mientras, las otras, en la actualidad, fueron las de Boric en Chile, Lula en Brasil, los Fernández en Argentina, etcétera. Casi todos estos últimos tuvieron una contraparte. Mujica tuvo a un consecuente y preclaro Zabalza que con Sendic le criticó ceder al capitalismo una ilusión que desinfló un proyecto potente y revolucionario. En Argentina, Santucho, pese al velo de olvido que le quieren plantar, sigue incomodando con un programa radical ajeno a los progresismos de los Fernández.
Tal vez las excepciones más evidentes son las de Allende en Chile, que «defendió con las armas en las que no creía a la democracia en la que sí creía», siendo coherente con un programa que nacionalizó, socializó los medios de producción y pretendió construir el socialismo, pero culminó por la respuesta brutal de una dictadura cruel bajo la tutela del imperialismo yanqui.
A estas excepciones se le suman cientos de movimientos en armas con control territorial, donde los zapatistas, por su perspectiva diferente, ocupan un lugar especial con su apuesta por construir su propio poder y rechazar en todo lo posible al Estado y al capitalismo. Es interesante que el zapatismo haya vuelto sobre la reflexión anticapitalista, rechazando una y otra vez asumir la cultura homogenizante y universal, y haya decidido transitar por un sendero propio construyendo una sociedad alternativa desde lo común y el control territorial.
En todo caso, el camino para una revolución triunfante y socialista es contradictorio, aunque hay señales de que bajo la socialdemocracia, el progresismo o cualquier media tinta, «bien portarse» o respeto a los «límites de lo posible» y a la institucionalidad capitalista, sobre todo el respeto a la gran propiedad privada, van a conducir indefectiblemente a una restauración capitalista con el surgimiento de un movimiento ultraderechista.
¿Y ahora Bolivia?
La última ofensiva popular, que logró una victoria electoral en 2005 y el inicio del llamado Proceso de Cambio, está en su peor momento: con un movimiento popular diluido y debilitado y con la izquierda en una existencia casi testimonial y sin capacidad creadora. La reorganización parece lejana, cuando la ultraderecha se encuentra en el gobierno con una agenda de restauración radical del neoliberalismo y de exterminio del cualquier vestigio de las conquistas populares.
El gobierno de Paz, constituido por una conflagración universal antes que por la acumulación de fuerzas políticas y sociales propias, ha corrido a alinearse al imperialismo yanqui y asumir a rajatabla todas las instrucciones y órdenes que les dan. En primera instancia, ha conformado un Ejecutivo compuesto por viejos miristas de la época neoliberal (1985-2005), agentes yanquis y grandes «empresarios privados locales» bajo un programa de restauración radical del neoliberalismo: achicamiento del Estado a su mínima expresión de gendarme y protector del capital –sobre todo extranjero– y la gran propiedad privada; y por otro lado, el exterminio del movimiento popular y sus expresiones políticas.
Esta agenda de la derecha se está desarrollando al margen de la institucionalidad y las leyes, adecuando, violando y deformando las normas y la Constitución Política del Estado (CPE) para evitar la reoriganización popular en una expresión legal, mientras que violentamente adecua el país para la entrega de nuestros recursos naturales y el territorio a intereses imperialistas. La derecha no tiene el mínimo reparo en pasarse por encima de la democracia, las leyes y la institucionalidad, pero, además, replicando lo usado por el mal gobierno de Luis Arce, ha subordinado a los medios de comunicación hasta tergiversar totalmente la realidad, por ello, pese a graves casos de corrupción, narcotráfico, entrega de los recursos naturales, servilismo, violación de las normas y la CPE a favor de intereses extranjeros y una gran incapacidad, poco o nada repercute en lo público.
El enemigo es fuerte y, aunque sus propias contradicciones abren posibilidades para vencerlo, es necesario desarrollar una alternativa que supere errores del pasado y allane el sendero para una victoria que permita instaurar el socialismo.
Las condiciones actuales han dejado al movimiento cocalero del Trópico de Cochabamba como el único con capacidad política y de movilización y no es claro si tras las subnacionales podrá constituirse en el articulador del movimiento popular para entretejer un nuevo horizonte revolucionario. El panorama no está claro tanto por la ofensiva derechista actual, como porque para reconstruir un bloque popular revolucionario requiere una autorreflexión critica que parece ausente, el desarrollo de una teoría-interpretación revolucionaria y un conjunto político y social de dirigentes y pensadores que promuevan en la teoría y en la praxis al capitalismo.
Indudablemente, para todo escenario anticapitalista y anticolonial se necesita que resurja una izquierda a la altura de la Historia, capaz de comprender la complejidad de la lucha de clases en la sociedad en este territorio, que su análisis se alimente de una mirada marxista crítica, antimecanicista, heroica y propia que enfrente las contradicciones de clase y nación que permean Bolivia.
Los sectarismos, desde los tradicionales cuasi religiosos iluministas, hasta los que han surgido en una dinámica de servilismo político a cambio de beneficios laborales, deben exterminarse. La falta de lecturas críticas y el respeto a la disidencia, por un pensamiento crítico y abierto al debate dialéctico. También es urgente que la izquierda se pueble de campesinos, obreros, mujeres y jóvenes, que parecen ser justamente los excluidos de lo que se busca representar. Vacas sagradas, sectarias, vulgares panfleteadores y octogenarios dirigentes eternos no le hacen bien a una nueva oleada de la izquierda bolivariana.
Por demás está apuntar que existen dirigentes y militantes que han sabido abrazarse con la juventud, que han asumido en sus vidas andar el sendero de obreros y campesinos y que han enfrentado autocríticamente el machismo, el patriarcado y el colonialismo; pero mucho que ha sobrevivido, cuando muchos de las y los mejores se han ido, no están sino en un proyecto personal.
Cierto es que el liderazgo y la capacidad no se heredan ni se compran, sino que se construyen y que también muchas y muchos no se atreven a transitar ese camino propio donde ojalá se sumen todos y todas sin mayor aspiración que la más grande: hacer la revolución.
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Boris Ríos Brito Boliviano, sociólogo








