Irán: ¿tambores de guerra?

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Por María Elena Álvarez Acosta

El Ejército estadounidense ha enviado fuerzas, incluido un portaaviones y bombarderos B-52, a Medio Oriente, para contrarrestar  “señales claras” de amenazas de Irán a tropas de EE.UU. en la región. Al respecto, el secretario de Estado, Mike Pompeo, comunicó que el despliegue militar de su país en las cercanías de Irán, es una respuesta a “información de inteligencia” sobre potenciales ataques iraníes, por lo que tratan de disuadir a Teherán y responderán si fuera necesario.

Una vez más, la escalada de las tensiones en esta área señalan como responsable a Irán. No obstante, los antecedentes dicen todo lo contrario. Donald Trump abandonó el acuerdo nuclear P5+1 de 2015, después impuso sanciones a la nación persa y la ha acusada de terrorista. Nuevamente el patrón estadounidense se repite: 1) Satanizar a un líder o a un país (crear una amenaza inminente, acusándolo de violar los DD.HH., de no garantizar la democracia, de poseer armas químicas, entre otras); 2) Implementar sanciones  y crear situaciones inestables que provoquen el descontento en contra de los gobiernos legítimos; 3) Apoyar fuerzas “opositoras”, desde dentro o desde fuera y, donde no las hay, creándolas; 4) Entrada militar, a través de agresiones directas o coaliciones (con o sin acuerdo de las Naciones Unidas).

La poca originalidad del Gobierno de Trump no implica que su política sea menos peligrosa. Los objetivos implícitos: la  guerra psicológica contra la población iraní. En el  plano regional: presionar a Irán y a sus aliados (“arco de resistencia”), al tiempo de complacer a sus propios aliados y enemigos de Teherán: Israel y Arabia Saudita. En el plano internacional: presionar a los garantes  del acuerdo nuclear del 2015, sobre todo a los europeos, para que apliquen las sanciones.

¿Beligerancia o acuerdo? 

Contradictoriamente, tras las amenazas y bravuconadas de la Casa Blanca, Trump ha tuiteado: “No quiero una guerra con Irán”.

¿Es posible firmar un nuevo acuerdo? Eventualmente la respuesta sería sí, pero eso  implicaría que los garantes del anterior se sometan a los caprichos del mandatario estadounidense. Además, ¿por qué hay que firmar otro acuerdo, si ya se rubricó uno? No se puede llegar a un compromiso por intimidación (supone desventaja), hay varias tendencias al interior del establishment norteamericano (entonces en quién confiar, cuál prevalecerá), y por último, ¿quién garantizaría que se respete un nuevo acuerdo si se incumplió el anterior?

¿Es  viable una agresión a Irán? Sí, pero ¿estarían dispuestos EE.UU. y sus aliados a pagar las consecuencias? Con vistas a una reelección, es poco probable que el Gobierno de Trump se enroleen una aventura militar que puede significarle un costo incalculable al país, sin mencionar al mundo. Asimismo, siguen los rumores  de que John Bolton y Pompeo han precipitado las acciones en contra de Irán, Venezuela y Cuba, todas fallidas. Según el Washington Post, Trump está considerando deshacerse de ellos.

¿Qué no se puede obviar?

Históricamente, Irán ha estado en el ojo del huracán. Cualquier atacante debe considerar las condiciones geográficas, la población y el tamaño de su territorio; la experiencia militar  del país, consolidada actualmente por sus dos ejércitos (el nacional y los Guardianes de la Revolución); la cultura milenaria y el sentido de lo nacional; así como las implicaciones que tendría cerrar el estrecho de Ormuz.

Con independencia de los planteamientos, a veces contradictorios, de Donald Trump, las tensiones se mantendrán, pues EE.UU. y sus aliados no pueden permitir el protagonismo iraní en la zona y el fortalecimiento de sus coaliciones, por una parte,  con Iraq, Siria y Hezbollah, y por la otra, con Rusia y China.

Sigue vigente lo que escribí en un artículo, hace unos años, en Cubadebate: “Estados Unidos siempre tendrá un pretexto o excusa para enfrentarse a Irán… [que] ocupa un espacio vital en las relaciones de poder a nivel regional y mundial, que pasa por los factores geopolítico y energético. (…) El que controle al país persa domina  la región de mayor tráfico petrolero en el mundo (Mar Negro, Mar Caspio y Golfo Pérsico) y, por último, ese país esencial para los poderes mundiales del momento, proyecta una política antiimperialista”.

Esperemos que la cordura se imponga a la locura en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

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María Elena Álvarez Acosta Doctora en Ciencias Históricas

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