Manual de uso para las izquierdas en España

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Tómese su tiempo. Es posible que le sobren piezas. Algo parecido a los montajes de muebles, cuyas instrucciones son un galimatías donde sobran piezas o faltan tornillos. Comienzo justificando el enunciado. Digo España y no españolas, por respeto a las izquierdas cuyo campo de acción nos remite a las nacionalidades históricas y su derecho a la autodeterminación: Euskadi, Galicia y Cataluña, a la que se une Andalucía, con el partido Adelante Andalucía. Otras comunidades comparten espacios. Organizaciones de izquierdas existen en todas las autonomías. Con mayor o menor grado de protagonismo e inserción social. Sin embargo, con implantación territorial, si excluimos al PSOE, solo el Partido Comunista e Izquierda Anticapitalista, que agrupa al trotskismo, poseen sedes en toda la geografía nacional. Ahora, debemos incorporar a esta lista a las organizaciones ecologistas, en sus diferentes tonalidades de verde.

Hagamos historia. El año 1982 supuso punto de inflexión en las izquierdas estatales. Un pobre resultado electoral del Partido Comunista, cuatro diputados, obligó a replantearse estrategias. De esa debacle, cuatro años más tarde, nace Izquierda Unida (IU). El proyecto, que incluye al PCE, Izquierda Republicana, Pasoc e independientes, obtuvo siete diputados. De lento crecimiento, en 1992 se transforma en federación de partidos. Bajo la dirección de Julio Anguita, lograría un máximo histórico de 21 diputados en 1996. A grandes trazos ese era el panorama postransición. Las izquierdas se reciclaban en IU o eran marginales en el panorama político. Como suele suceder, a pesar de su crecimiento, debates intestinos, egos no resueltos y propuestas disolventes provocaron una crisis interna. Algunos de sus exdirigentes crearon partidos para luego ser absorbidos por el PSOE. La izquierda estatal entraba en barrena, no así las izquierdas nacionalistas antes citadas.

El siglo XXI trajo tormentas. A rebufo del movimiento de indignados, acampada en la Plaza de Sol de Madrid el 15 de mayo de 2011, se configuró un nuevo estado de ánimo. Sus denuncias de amplio espectro: corrupción institucional, falta de oportunidades para la juventud, crítica a la monarquía, a los partidos políticos tradicionales y la necesidad de ¡democracia real ya! fueron caldo de cultivo para el nacimiento, cuatro años más tarde, de Podemos. En poco tiempo capitalizó el descontento y de la nada en 2016 se trasformaba en una opción de gobierno. Las primeras elecciones con Podemos en el escenario supuso ilusión. Los movimientos sociales y políticos de la izquierda lograban 71 diputados. Estaban en el parlamento IU, Compromís, En Marea y Podemos. Poco duró la alegría. Errores propios y campañas ajenas provocaron que en las elecciones parlamentarias de abril de 2019 la coalición Unidos-Podemos obtuviese 42 representantes. Obligados a repetirlas por la negativa de Podemos a brindar su apoyo de investidura al PSOE, y creyendo en el sorpasso, optó por seguir adelante en su propuesta. En noviembre y con el nombre Unidas Podemos obtendrá 35 diputados. Es el principio del fin de Podemos, que arrastra a toda la izquierda, donde una parte de IU decide integrarse en Podemos al albur de negociar puestos en ayuntamientos, comunidades autónomas o parlamentos autonómicos.

De ahí en adelante, y tras promover el gobierno de coalición, Podemos se reconoce por sus rupturas, deserciones, abandonos y un liderazgo mesiánico. Se transforma en una organización sin proyecto con representación parlamentaria. En este contexto, emprende un viaje en solitario, reivindicando para sí la hegemonía de toda la izquierda. Si en 2023 acudió en la coalición Sumar, acabará retirándose del segundo gobierno de coalición con sus cinco diputados. Podemos entra en la irrelevancia en menos de 10 años de existencia. Y esa realidad parece no asumirla.

Si nos atenemos a los resultados, ir en solitario no ha sido una buena decisión. La renuncia de Pablo Iglesias a la vicepresidencia segunda del gobierno de coalición para encabezar la lista de Podemos a la Comunidad de Madrid en 2023 terminó en desastre. La respuesta del votante de izquierda fue demoledora. No logró ni siquiera su escaño. El resto de la izquierda madrileña, bajo las siglas Más Madrid, sumó 27 escaños en la Comunidad Autónoma. En el ayuntamiento tampoco tiene representación desde 2019. Más Madrid suma 12 concejales. Ésa es la realidad de Podemos y no solo en Madrid, se repite en la mayoría de las capitales y grandes ciudades del Estado. En estas elecciones generales a celebrarse el 29 de noviembre Podemos decide mantenerse en sus 13. Ir en solitario, pero pacta con Esquerra Republicana de Cataluña. Sus dos figuras, Gabriel Rufián e Irene Montero, escenifican el acuerdo. Esconden un objetivo: eliminar de la ecuación a Barcelona en Común, tercera fuerza política en Barcelona, que además está integrada en el Frente Amplio, que agrupa a 15 organizaciones del Estado español y donde participa Ada Colau. Se trata de un golpe de efecto que ha salido mal. De ahí los llantos de Rufián, Montero, Iglesias o Ione Belarra, justificando que hay diferencias de fondo y no pueden firmar nada si no aceptan ir ellos como cabeza de lista, dado que han realizado primarias internas. Hay que decirlo, todas escuálidas: ha votado menos de un 30% de la organización para proclamar a Montero como candidata a presidenta. Solo un nombre para luchar contra el fascismo que viene. Pero así no se construye proyecto. Recordar que Julio Anguita, mientras coordinó IU, señaló que primero va el programa, luego los objetivos y por último los nombres consensuados. Hoy el Frente Amplio presenta un proyecto de mínimos: vivienda, salud, educación y pensiones. El resto es demagogia.

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Marcos Roitman Rosenmann Chileno-español, sociólogo y escritor

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