Las acciones del presidente Trump no son solo el síntoma de un imperio y un orden mundial en su etapa crepuscular. Es también el temible estremecimiento del inicio de uno nuevo.
El 5 de abril, el presidente Trump llamó «locos bastardos» al Gobierno iraní que mantiene cerrado el Estrecho de Ormuz –por donde pasa el 20% del petróleo mundial–. El 7 de abril en su red social Truth sentenció: «esta noche una civilización entera desaparecerá».
Lo aterrador no es solo la intención de un presidente de una potencia nuclear de prepararse para exterminar a «toda una civilización», sino también el silencio y morbo con el que esta monstruosa declaración ha sido recibida por la «opinión pública» dominante en el mundo entero.
Pocos se horrorizaron ante la amenaza pública y oficial de asesinar a millones de personas –niños, adultos, ancianos– y devastar su cultura, su historia, su religiosidad, su economía, su geografía, sus instituciones y su descendencia, pues todo eso es una «civilización». Unos corrieron a ver cuánto había afectado ese ultimátum al precio internacional del petróleo y el gas que consumen en sus países. Otros, con indiferencia desplazaron el dedo de la pantalla del celular para ver un video más jocoso; en tanto una gran cantidad de psicópatas con poder colocaron el cronómetro para contabilizar el tiempo que restaba para presenciar el nuevo espectáculo: ver a Trump recular épicamente o contemplar en vivo la apocalíptica extinción de una nación de 90 millones de personas. Les daba igual que fuese una u otra.
Si alguna vez hubo algún país, alguna institución o alguna conciencia pública que se ufanaba de una superioridad moral para prescribir el buen destino del mundo a nombre de algún valor –la razón, «Occidente», etcétera– ahora esa moral está enterrada en el lodazal de la silenciosa complicidad con las pulsiones más degradadas y destructivas de la Humanidad reinantes en todas partes. El juicio respecto a que Irán tiene un gobierno teocrático y represivo no otorga a ningún otro país la autoridad de «corregir» ese curso, ni mucho menos aniquilar a la nación entera. Desde la Paz de Westfalia de 1648, y luego la Carta Constitutiva de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en su Artículo 2, cada país tiene el derecho soberano de dotarse de sus propias instituciones políticas.
Así que si alguien se pregunta cómo fue posible que mientras que en 1944 en Auschwitz se cremaba una civilización y en la costa báltica las clases medias alemanas disfrutaban con desbordante alegría el caluroso verano, no tienen más que ver la displicente parsimonia de los actuales gobernantes de la mayoría de los países del mundo, y de sus representantes letrados, ante el genocidio en Gaza o las intimidaciones del presidente estadounidense.
La comparación no es forzada. En 1943, el jefe supremo de las SS, A. Himmler, en un discurso en Polonia, trazó la forma operativa del «exterminio del pueblo judío» (yadvashem.org). Sustituyan la palabra pueblo por civilización y tendrán la misma sentencia genocida que hoy se ha lanzado sobre Irán. Con la diferencia de que Himmler señaló que de ello «no se hablaría en público». En cambio, hoy se lo hace a través de todos los medios de comunicación, lo que vuelve aún más aterrador el silencio de la «opinión pública» dominante.
No se trata necesariamente de un regreso a los tiempos del fascismo clásico, pero sí del retorno impune de la barbarización de los diferentes, de los extranjeros, de los vulnerables. Y, con ello, de quienes tienen derecho a vivir o la obligación de morir.
Este desplazamiento de la frontera de lo normalizado públicamente, de lo tolerable institucionalmente, de lo indiferente o risible para los parámetros morales del votante, es llamativo. No tiene que ver únicamente con la cualidad personal de los presidentes que monopolizan la fuerza performativa del lenguaje oficial. Es, también, una predisposición social a lo impensable y a la abominación, propias de aquellos tiempos de colapso del sistema de creencias prevaleciente y la ausencia, temporal, de uno nuevo.
Pero, ¿cómo pasó el presidente Trump de planificar la decapitación de los líderes de un país soberano a anunciar el posible exterminio de una nación? Se puede decir que, en menos de un mes, Trump y el gabinete que lo acompaña pasaron por tres concepciones del Estado, todas ellas fallidas a la hora de instrumentalizarlas para sus expectativas.
La primera, más cercana al absolutismo monárquico, que identifica el régimen de gobierno de un país con la persona del soberano que, por mandato religioso o natural, es el poseedor exclusivo del poder de definir las normas y la unidad de la vida de una sociedad. En este caso, decapitar al gobernante es descabezar la cohesión política de la sociedad, lo que la convierte en un conglomerado de personas derrotadas y sumisas hacia el soberano externo que detenta la capacidad de definir la vida, o la muerte, de cualquier otra persona del país. Por ello, matar al líder supremo iraní –Ali Jamanei– fue el principal objetivo del bombardeo norteamericano sobre Irán.
El éxito de este objetivo fue espectacular. Trump anuncia operaciones militares el 28 de febrero y el 1 de marzo, se confirma la muerte del líder iraní. Pero, contra todo lo esperado, el Gobierno no cayó ni el pueblo iraní salió jubiloso a las calles para ondear banderas norteamericanas. Se suponía que muerto el líder, el Gobierno se paralizaría y la sociedad iraní, que semanas atrás había salido a protestar contra el Gobierno por la inflación y el colapso de los ingresos económicos, celebraría la muerte del gobernante. Pero nada de eso sucedió. La sociedad iraní se contrajo en un luto generalizado.
Fracasada la interpretación absolutista del cuerpo gubernamental, se pasó inmediatamente a una concepción weberiana del Estado. Según esta concepción, el Estado es el monopolio de la coerción por lo que, terminar con ese monopolio externamente, se presentó como la manera de colapsar cualquier tipo de gobierno e, incluso, de aniquilar la represiva maquinaria que supuestamente «impide» a los iraníes festejar la «liberación» estadounidense.
De esta forma, en los siguientes días aviones y misiles de los Estados Unidos e Israel acabaron con la aviación, la flota naval y los puestos de mando del Ejército de Irán. Y, para no perder el apego a la concepción absolutista, asesinaron a los mandos políticos y militares de la Guardia Revolucionaria Islámica, del Estado Mayor, de las milicias, además de varios ministros. Pero, tampoco así el Gobierno islámico cayó, ni se rindió y mucho menos desapareció.
Al contrario, en una sorprendente lógica descentralizada y diluida en la población, propia de las guerras de guerrillas –solo que ahora con drones, barcazas rápidas y RPG– los iraníes han neutralizado las sofisticadas baterías de defensa aérea de los Estados Unidos e Israel desplegadas en Medio Oriente. Han dañado y obligado a evacuar las 13 bases militares norteamericanas del Golfo Pérsico llevando a los 40 mil militares allí asentados a trabajar en hoteles civiles o en las bases de Alemania e Italia (The Wall Street Journal, 8 de abril).
El fracaso de esta manera de concebir el Estado como un mero aparato de coerción sobre la población ya lo habíamos visto en Afganistán, invadida por una coalición de países «occidentales». Entre 2001 y 2021 los norteamericanos gastaron 2.3 billones de dólares para mantener su presencia (Brown University, 2021). Llegaron a desplegar hasta 100 mil soldados y crearon un ejército cipayo a su servicio con el apoyo de la organización militar más poderosa sofisticada del mundo. Pero al final, tuvieron que salir huyendo del país. Un pueblo de pastores derrotó a la nación de los algoritmos y las finanzas. Algo similar sucedió décadas atrás, en Vietnam, cuando una nación de familias campesinas también venció a la patria de los automóviles y los electrodomésticos. Y es que una sociedad no son solo sus élites políticas ni un Estado es solo el monopolio de la violencia.
Un Estado es una forma de unificación de la sociedad, y una sociedad es una densa trama de vínculos culturales, históricos, económicos, políticos, morales, religiosos de las personas que la componen. Es también una manera de sedimentar el pasado e imaginar el futuro compartido. Las instituciones son solo parte de esa red de vínculos. Y los aparatos de coerción son solo una parte de esas instituciones. Así es que cuando se mata a los líderes de las instituciones o se destruye el ejército, creer que «Estados Unidos ha borrado a Irán del mapa», tal como lo proclamó Trump el 21 de marzo, es una sanguinaria ingenuidad.
Ese error de concepción le ha resultado muy caro a la administración de Trump. Para fines de marzo, el Financial Times calcula un costo de cerca de 30 mil millones de dólares, sin que se haya podido cambiar al «régimen» y controlar el Estrecho de Ormuz. Junto con ello, está la ruptura de la alianza atlántica a la que Trump le recomendó acopiar «valor» para luchar por sí misma. Luego está la disparada del precio del petróleo que contraerá el crecimiento de la economía global. Y, en lo interno, el escandaloso incremento del precio de la gasolina en un 30%, que ciertamente cobrará su factura política en las elecciones parlamentarias de noviembre.
Todos estos fracasos han enturbiado aún más la razón de la administración Trump, llevándola ahora a ensayar una concepción racial del poder. Apoyándose en Huntington –para quien el Estado es solo un vehículo de una unidad más elevada llamada «civilización» compuesta por la religión, la historia compartida, las costumbres, la autoidentificación e idioma– y cuya superioridad frente a otras se mide en la «aplicación de la violencia organizada” (El choque de civilizaciones), concluyeron que para terminar con el «régimen» de gobierno iraní había que arrasar la «civilización» iraní. Y eso es lo que han anunciado.
Pero ¿cómo se aniquila «en una noche» la cultura, la historia, la forma de vida las instituciones y la religión de 90 millones de personas? Las formas tradicionales de colonialismo de catequesis y aculturación requieren décadas o siglos. Matarlos en campos de concentración llevaría años. Hacer desaparecer una civilización en una noche requiere inevitablemente una «solución final» atómica. Esa es la amenaza subyacente.
Finalmente, el mismo 7 de abril, Trump anunció una tregua de dos semanas. Las acciones de Wall Street volvieron a subir, la llegada del Armagedón se guardó en el cajón y la tolerancia global a la barbarie se escondió detrás de un hipócrita silencio. Pero, como en 1943, el mundo de lo «normalizado» ya se desplazó aún más hacia el abismo.
Se dice que Trump, sus palabras y acciones, no serán duraderas y muestran la decadencia de un imperio y del viejo orden mundial. Sí, pero también deben ser vistas como el temible estremecimiento del inicio de un nuevo orden. Como nos lo recuerda Hegel, la Historia siempre avanza a tropezones del lado malo de las pasiones y deseos egoístas. Por eso Trump es la mismísima personificación del tiempo liminal.
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Álvaro García Linera Boliviano, economista








