Guerra en Ucrania, umbral de otra era

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La guerra de Ucrania entra en su quinto año y no se vislumbra la paz. Tras las últimas negociaciones, mediadas por Estados Unidos y Omán, a mediados de febrero en Ginebra, el vocero presidencial ruso, Dmitri Peskov, se mostró pesimista incluso sobre la continuidad de las conversaciones.

Como en toda guerra, la crisis humanitaria es enorme. Sumando ambos bandos, se calculan más de dos millones de muertos y casi siete millones de refugiados. En cuanto a los costos materiales, no se conocen cifras oficiales, pero se sabe que, en el caso de Ucrania, por ejemplo, toda su infraestructura energética quedó destruida.

Además de estos efectos en el corazón de Europa, la guerra en Ucrania puso al mundo en el umbral de una nueva era histórica. ¿Fue un objetivo calculado?

Cuando el 24 de febrero de 2022 el presidente ruso Vladimir Putin lanzó la Operación Militar Especial (OME) en el territorio ucraniano en disputa ¿quería sólo defender sus fronteras o buscaba además acelerar el declive de la hegemonía estadounidense? Días antes, durante la inauguración de los Juegos Olímpicos en Beijing, Putin junto a su par chino Xi Jinping anunciaron una alianza “sin límites” y el mutuo apoyo contra Occidente.

Un año después, en marzo de 2023, Xi devolvió la cortesía y visitó a Putin en Moscú. Para entonces la guerra en Ucrania -que ya tenía un año- se encontraba en una fase enteramente diferente. El 29 de marzo de 2022, en Turquía, altos dirigentes de Ucrania y Rusia habían estado a punto de firmar la paz, pero el acuerdo fue rápidamente abortado por la Casa Blanca: el entonces primer ministro británico Boris Johnson fue enviado de inmediato a Kiev para advertirle al presidente Vlodomir Zelensky que no firmara y así fue.

Por aquel entonces se sabía que Hunter Biden, hijo del presidente de Estados Unidos en funciones, Joseph Biden, administraba un fondo de inversión que financiaba “programas biológicos”, es decir, regenteaban, en territorio ucraniano, laboratorios donde se fabricaban armas químicas prohibidas. De todas formas, más allá de cuál haya sido el objetivo de Estados Unidos para continuar la guerra o cuál haya sido el plan original de Rusia (con la posible complicidad china), lo cierto es que, a un año de la guerra, el mundo había cambiado y un nuevo orden multipolar estaba en marcha.

Así lo explicitaba la declaración conjunta del 23 de marzo de 2023, al terminar la cumbre entre Putin y Xi en Moscú. “Rusia y China buscan promover un orden mundial multipolar, la globalización económica y la democratización de las relaciones internacionales, además de fomentar el desarrollo de la gobernanza mundial de manera más equitativa y racional”, decía el texto.

“Las partes se oponen a que un Estado imponga a otro sus valores, a que se tracen líneas ideológicas, a que se cree una falsa narrativa sobre la supuesta oposición entre democracias y autocracias, y a que se utilicen la democracia y la libertad como pretexto e instrumento político para ejercer presión sobre otros. (…) Las partes piden a Estados Unidos que deje de socavar la seguridad internacional y regional y la estabilidad estratégica global para asegurar su ventaja militar unilateral”.

Para entonces ya estaba claro que la OME se había convertido en una guerra entre Rusia y la OTAN y que, desde Oriente, Putin y Xi no sólo iban a luchar por un nuevo mundo “más pacífico, armónico y con un desarrollo global más equitativo” sino que estaban dispuestos a liderarlo, sumando para eso al resto de las naciones del planeta.

Las viejas y las nuevas armas

En los cuatro años que ya lleva la guerra hubo giros inesperados. A Europa se le cayó el disfraz de dama orgullosa y apareció el anciano vasallo. Las sanciones aplicadas por Europa y Estados Unidos como castigo demostraron ser un arma de doble filo. La omnipotente fuerza de la OTAN resultó no ser tan eficiente e incluso ha sido superada por armas rusas, como el misil hipersónico Oreshnik, cuyas capacidades dejan a la alianza atlántica en clara desventaja.

De todos estos escenarios, la transformación del orden mundial ocasionada por las sanciones occidentales contra el Kremlin es tal vez el fenómeno más interesante de esta guerra. El rango punitivo de Occidente fue amplísimo: hubo desde censura periodística (se expulsó a Sputnik y a Russia Today) y “caza de brujas” (se prohibió actuar a deportistas y músicos rusos) hasta castigos financieros y cierre del espacio aéreo para las aerolíneas rusas.

La Oficina de Control de Activos Extranjeros del Tesoro de EEUU aplicó, hasta la actualidad, 7.482 sanciones sólo a Rusia. Esto representa el 57% de todas las sanciones aplicadas por EEUU a otros países.

No obstante, como en las artes marciales, el Kremlin usó la fuerza del enemigo para su propio beneficio y no sólo replanteó positivamente su economía, sino que demostró al menos tres cosas: 1) que se puede sobrevivir a pesar del aislamiento occidental; 2) que se pueden construir alternativas viables y, lo más importante, que a EEUU la estrategia de las sanciones ya no le funciona para dominar el mundo.

La exclusión de Rusia del sistema bancario Swift; la confiscación de, al menos, 300 mil millones de dólares en oro y otras reservas depositadas en bancos británicos y europeos; el fin de la compra de gas y petróleo por parte de Europa (incluyendo el atentado ordenado por Estados Unidos de volar el oleoducto Nord Stream que proveía a Alemania de gas ruso); entre otras puniciones no arrodillaron a Putin.

Por el contrario, el boicot sirvió para reforzar la cooperación sino-rusa en agricultura, tecnología, banca, defensa, energía y otros sectores económicos. También para ampliar los negocios petroleros entre Moscú y Nueva Delhi y, sobre todo, para potenciar los BRICS sobre la base de un rectángulo de poder asiático conformado por China, Rusia, Irán e India.

Desde la perspectiva geoeconómica, el aislamiento sirvió, además, para iniciar cambios estructurales que tuvieron sus primeros pasos en implementar un Swift paralelo y en el comercio a través de las monedas nacionales, algo que podría tener como consecuencia la desdolarización.

¿Es posible la paz?

Algo en lo que coinciden casi todos los analistas es que Ucrania ha sido derrotada y sólo sigue la pelea por la ayuda -en todos los campos- de la Unión Europa y Estados Unidos. Rusia controla la región de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jerson, el 20% del territorio de Ucrania. Además, ha destruido prácticamente toda su infraestructura energética y militar.

En cuanto a Europa y especialmente Alemania han sido de los más damnificados por este conflicto. Están pagando la grave equivocación estratégica cometida al cortar lazos con Rusia y fomentar la guerra a favor de Ucrania. Los europeos pagan altos precios por la energía y ahora sus países aportan 5% del PBI a la guerra. Por otra parte, desde que llegó Donald Trump a la Casa Blanca, las humillaciones son constantes: Estados Unidos no les permite participar en las negociaciones de una guerra que está en su propio continente.

Esta situación ha potenciado las divisiones en el interior de la Unión Europea, no sólo entre países del Este y el Oeste, sino incluso entre su núcleo fundador. El 14 de febrero pasado, en la Conferencia de Münich el choque quedó en evidencia: frente a todas las cámaras el canciller alemán, Friederich Merz, ignoró olímpicamente al presidente francés, Emanuel Macron, que le extendía la mano para saludarlo.

El final de la guerra no parece estar cerca. Putin exige erradicar las causas de fondo para garantizar una paz duradera. Trump sabe que la transición hegemónica es inevitable, que Ucrania está perdida y que el tiempo le va en contra porque cuanto más tarde se resuelva el conflicto más tiempo tiene China para crecer y asentarse. Xi invierte para que China tenga una defensa apropiada y espera.

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Telma Luzzani Argentina, escritora y periodista

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