Este año 2025 el filósofo surcoreano‑alemán Byung‑Chul Han se convirtió en una figura mediática global al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Ese reconocimiento le dio notoriedad en la prensa y para muchas y muchos su diagnóstico sobre la fatiga, la autoexplotación y la transparencia total caló profundamente. Hoy producir como emprendedor, emprendedora, ha llevado a cientos de miles de personas al agotamiento colectivo.
Asimismo, su éxito editorial plantea interrogantes y surgen detractores que incluso lo han denominado como el Paulo Coelho del campo filosófico. Y se preguntan si estamos ante un pensador radical o ante un producto cultural del capitalismo tardío. Sin embargo, hay que considerar que lo valioso hoy es la irrupción de una propuesta para pensar el mundo actual y la crítica es importante en la medida que genere movimiento.
La tesis central de Han es que ya no vivimos en la sociedad de la disciplina, esa que planteó el filósofo francés Michel Foucault, sintetizada en el concepto de biopolítica y que describe cómo el poder moderno se ejerce sobre los cuerpos y la vida biológica. El Estado y las instituciones disciplinarias (la escuela, el hospital, la fábrica, la prisión) buscan regular, vigilar y optimizar la vida de las poblaciones. El control en la biopolítica es externo, visible, normativo, se impone desde afuera mediante la vigilancia (panoptismo), las jerarquías y la disciplina, con el objetivo de domesticar el cuerpo humano y por consecuencia el cuerpo social.
Byung-Chul Han, en cambio, afirma que en el capitalismo actual el control ya no opera sobre el cuerpo, sino sobre la mente, la psiquis y los afectos. A eso lo llama la psicopolítica. No se trata ya de prohibir o reprimir, sino de inducir a los individuos a autoexplotarse voluntariamente. El sujeto neoliberal se cree libre, pero en realidad internaliza las exigencias del sistema (rendimiento, productividad, positividad, eficiencia) y se vigila a sí mismo; su mente controlada, colonizada, ya no necesita coerción externa, porque llega a desear lo mismo que el poder desea. El individuo se convierte en su propio vigilante y explotador. En obras como La sociedad del cansancio y Psicopolítica Han muestra que la libertad se convierte en autoesclavitud.
Cuando plantea que la transparencia absoluta arrasa con la intimidad de lo humano advierte que en nuestra época el ideal de mostrarnos y comunicarlo todo destruye el espacio interior donde podíamos preservar nuestra singularidad y libertad. La sociedad de la transparencia impone un régimen de visibilidad total en el que nada debe permanecer oculto, y esa exposición constante convierte nuestras vidas en objetos de exhibición y control. Antes existía el secreto, el silencio, el pudor como condiciones necesarias para la intimidad; actualmente esas premisas se pierden en la lógica de rendimiento y la autoexposición. Dejamos de tener un “adentro” protegido, porque todo lo que somos se vuelve público y medible. La transparencia, que parece un valor positivo, termina vaciando la profundidad de lo humano y sustituyendo la autenticidad por la necesidad de mostrarnos, anulando la distancia que hace posible el pensamiento, la alteridad y el deseo. La dominación ya no la ejerce un amo, o un patrón capitalista, sino mi propio yo cuando se ha convertido en empresa y en consumidor de sí mismo.
Esta mirada es interesante y puede ser un aporte al momento de repensar el discurso a veces anacrónico de la izquierda, porque en contextos de precariedad laboral, de emprendedores que emergen por la falta de oportunidades, que muchas veces se sobrexponen en plataformas y redes, el “yo‑empresa” es un nuevo sujeto autoexplotado.
El análisis desde esta perspectiva nos denota los modos en que el capital –que explotaba los cuerpos– ahora también se apropia del alma de la fuerza de trabajo y la moldea a su gusto y semejanza. Sin embargo, la propuesta de Han para América Latina y el Caribe se queda corta, porque en nuestras diferentes realidades subsiste la explotación directa, la exclusión estructural, la colonialidad, la violencia estatal, la violencia simbólica y el patriarcado, dimensiones que el filósofo apenas aborda.
El otro problema visible en esta parte del planeta, y que tanto ha explotado Trump para justificar invasiones, es el narcotráfico. Si lo pensamos desde el marco de Byung-Chul Han, en la venta de drogas que se sitúa al interior del sistema, como una versión radical del mismo principio capitalista de transformar el deseo y el dolor en valor económico, tanto el narcotraficante como el consumidor están atrapados en esta lógica que busca a través del dinero el placer, el poder o el éxito en pequeños espacios, pero termina generando vacío, adicción, pérdida de sentido y una conducta suicida u homicida. Además, el microtráfico se ha instalado como un modo de supervivencia para millones de marginados de las economías neoliberales presentes en la Región.
Así, la venta –y no solo el consumo– refleja la psicopolítica del exceso, que es la pulsión por convertir todo en mercancía visible, rentable y circulante. En una sociedad que mide el valor en términos de exposición y ganancia incluso lo destructivo se vuelve negocio. Desde Han, el narcotráfico sería uno de sus síntomas más coherentes, la prueba de que, cuando el mercado penetra la mente y el deseo, ya no hay límites entre el bien y el mal, lo legal y lo ilegal, lo productivo y lo autodestructivo.
Por qué la revolución hoy ya no se piensa como antes
Una aportación clave de Han –aunque implícita en su obra– es la idea de que la revolución clásica ya no es viable en los términos del siglo XX. Los grandes sujetos colectivos, la lucha de clases, el horizonte de un fin del capital, se han disuelto bajo el poder de la positividad y la autoexplotación.
En su texto Por qué la revolución ya no es posible identifica que el sistema neoliberal ha logrado desplazar la lucha de clases –que es la fuerza que impulsaba la protesta y el cambio– en una energía funcional al propio sistema. Ya no hay enemigos externos ni luchas colectivas visibles, porque el conflicto se ha interiorizado. Cada individuo se convierte en su propio explotador y vigilante, creyendo actuar libremente cuando en realidad obedece a las lógicas del rendimiento y la autoexigencia. Razón por la que el impulso revolucionario se disuelve en una positividad que neutraliza toda resistencia, porque en lugar de oponernos competimos y ya no se cuestiona el orden imperante, porque lo reproducimos desde dentro.
En esa lógica, la revolución se vacía en tanto no hay un contrincante definido al que enfrentarse, porque el capital se ha vuelto interior, fragmentado y sin otro visible.
Desde América Latina y el Caribe esta perspectiva reformularía la acción política, ya no se trataría únicamente de tomar el Estado o de insurrecciones de masas tradicionales, sino de intervenir los modos de subjetivación, las tecnologías del deseo, el tiempo y la atención. Empero, los movimientos visibles siguen existiendo –territoriales, populares, indígenas–, su potencia reside cada vez más en retomar lo que nos es común, reconstruir el tejido social destruido, nombrar lo que aún resiste al rendimiento como la solidaridad y unidad y situarlos en un horizonte que nos mueva. En ese sentido Han ofrece una clarificación: la revolución no desaparece, muta. Y la izquierda debe estar atenta al modo en que se desplaza.
La obra de Han, si se sigue linealmente para su aporte al pensamiento de la izquierda latinoamericana, podría aplicarse en poner atención al afecto y al deseo como espacios de disputa política. Ir más allá del análisis de la relación capital-trabajo. Pensar y evaluar cómo los sujetos se autoexplotan, cómo el rendimiento invade lo íntimo. Así como la crítica de la transparencia total –la exigencia de mostrarlo todo, de ser visible, de ser libre– e ir revelando y constatando cómo la vida se convierte en contenido, atención y mercancía.
Para el caso de América Latina y el Caribe las plataformas no solo organizan el ocio o el consumo, sino que son herramientas para la supervivencia como las aplicaciones de delivery, transporte como Uber y otras, los pagos digitales. La venta de diversos objetos usados o de bajo costo se vuelven imprescindibles para acceder a lo básico, y al mismo tiempo se impone la lógica del rendimiento, la visibilidad y la autoexposición. Por eso la dominación neoliberal y digital no se limita a la mente, sino que penetra nuestro día a día, haciendo que incluso la vida cotidiana dependa de mecanismos que nos capturan y nos disciplinan. En ese sentido, como señala Han, el poder ya no actúa solo desde fuera, ahora invade nuestras decisiones, deseos y prácticas más esenciales, y convierte la supervivencia en un terreno donde la vociferada libertad se enlaza con el despojo de la autoexplotación.
Otra de las fallas del diagnóstico de Han para la Región está en el sujeto central por él descrito, este proviene de contextos de abundancia comunicativa. Aquí no alcanza su análisis para captar plena y directamente la condición latinoamericana de autoexplotación, privación y despojo o la herida colonial. Tampoco ofrece un programa de acción política claro ya que su propuesta está en el retiro contemplativo, que responde bien a algunas sociedades asiáticas más que a formas de movilización colectiva. Su análisis fenomenológico carece de anclajes históricos concretos como la colonialidad, el extractivismo, el despojo, las tensiones territoriales, etcétera, que definen nuestras luchas.
Byung-Chul Han nos puede ofrecer un diagnóstico del alma neoliberal del que la izquierda latinoamericana puede echar mano para pensar desde su concepción marxista, pero no como un manual, sino como un aporte para mirar las nuevas formas del poder. Por ejemplo, Han nos advierte que la dominación contemporánea no solo se impone desde arriba, sino que habita en la interioridad, en la forma en que deseamos, trabajamos y nos relacionamos. No obstante, esa advertencia ya fue hecha por pensadores latinoamericanos como Bolívar Echeverría, Aníbal Quijano, Enrique Dussel o Rita Segato, entre otros, quienes también han mostrado cómo el capitalismo y la colonialidad penetran la subjetividad. En nuestra América el neoliberalismo no solo privatizó el Estado, también se ha interiorizado en los afectos, la imaginación y los vínculos comunitarios, rompiendo en gran parte el tejido social que nos caracterizaba.
La tarea para la izquierda, desde esta filosofía, sería doble ya que tendría que reconocer que el poder se juega hoy en el deseo –en la aspiración individual de éxito, en el consumo como forma de identidad– y, al mismo tiempo, reorganizar y proponer una forma de vida que desactive ese entrampamiento.
Pero no basta con denunciar el cansancio o la explotación, tenemos que reconstruir espacios de resistencia, cooperación y sentido colectivo, comunitario. Como plantea Quijano, se trata de una “descolonización del ser”; y como sugiere Segato, de recuperar la “trama vital” frente al mandato de la eficiencia. La revolución, en este horizonte, estaría más allá de un asalto al cielo y sería una recomposición de la comunidad, un retorno a la potencia de lo colectivo en medio de la fatiga y decadencia neoliberal individualista.
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Pilar Orellana Correo del Alba








