Chile: una derrota histórica y moral

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Los más realistas vaticinábamos una ventaja de Jara, ajustada, bordeando el 28%, y con la derecha ocupando el segundo, tercer y cuarto lugar. Otros, un poco más optimistas, esperaban que la candidata del oficialismo “ganara” con más del 35% para así pasar a segunda vuelta con mayor tranquilidad. Pero el ajustado margen quitó el aire a muchos.

No terminaba el reloj de marcar las 18:30 hrs., ya con el 16% de las mesas escrutadas, y el escenario era claro: Jara tenía una ventaja de casi tres puntos porcentuales sobre Kast. Insuficiente para tener una segunda vuelta con ventaja. Además, el Congreso se conformaba con una abrumadora mayoría de derecha, la cual terminó por concentrar 4/7 de la Cámara de Diputados y la mayoría simple del Senado. Tienen así la capacidad de hacer reformas constitucionales por sí solos o con poca negociación.

La izquierda sufrió el domingo 16 de noviembre su peor derrota electoral de los últimos 35 años. Nunca este sector había retrocedido tanto en parlamentarios y en apoyos.

Y esto no ocurre por accidente ni es casualidad, mucho menos por un buen desempeño de la campaña electoral. El problema son cuatro años de un Gobierno que desmovilizó a los movimientos sociales, anuló el discurso y proyecto de los partidos de izquierda, prefirió negociar incluso antes de que la derecha solicitara hacerlo, renunciando así a todo lo que por tres décadas el sector de la centroizquierda defendió.

El primer año de gobierno prefirieron esperar el resultado incierto de un plebiscito constitucional y dejaron de lado la tarea de gobernar, de administrar y de impulsar con fuerza los proyectos políticos más duros que buscarían refundar o reformar las estructuras del país. En su lugar, dejaron que el primer año avanzara acorde al ritmo del proyecto constitucional, en un lapso de tiempo en que comenzó a decaer su imagen pública y que terminó entregando un texto maximalista, el cual fue rechazado abrumadoramente por la ciudadanía.

Boric fue el primer gobierno, desde el retorno a la democracia, en recibir un mandato claro de refundar el país. No lo hizo, fue solo un gobierno de administración marcado por los casos de corrupción, el amiguismo en cargos claves y la incapacidad técnica de dirigir instituciones. En lugar de eliminar el sistema de AFP, lo fortaleció; en lugar de mejorar la imagen de lo público como algo necesario para la convivencia en sociedad, hizo que el discurso de lo privado como ejemplo de gestión y lo público como ejemplo de fracaso fuese prevalente; en lugar de tener un discurso de fuerza con temas atingentes como la seguridad, tuvo otro tibio que no logró impactar a la población.

Es aquella suma de errores lo que fue generando una merma en el tejido social. El miedo y las ansias de orden retornan a la agenda pública y política. La ambición del éxito individual, de tener un sueldo alto, etcétera, se vuelve cultural.

En este nuevo imaginario, en este escenario marcado por significantes vacíos, la izquierda no tiene espacio, no supo leer al pueblo en su configuración actual. Sigue pensando en un ideario de pueblo, en una especie de gente ideal con valores morales similares y homogéneos, con las mismas ambiciones y deseos inamovibles desde hace años. La realidad nos golpeó de frente.

No solo con una extrema derecha que comienza a desplazar a la derecha tradicional (que podríamos considerar más respetuosa de la institucionalidad democrática) y que llegó para quedarse, sino también por el surgimiento de partidos que se establecen como un nuevo paradigma de organización.

Es en base a lo último que surge la segunda sorpresa: Franco Parisi, que se presenta como un candidato “ni facho ni comunacho” (como se dice en Chile a los de derecha y a los de izquierda respectivamente) y que reclama meritocracia y tecnocracia, quedó en tercer lugar con un caudal de votos relevante.

Abogando por una cultura de lo popular, que algunos podrían considerar chabacano, mundano u otra connotación negativa, Parisi buscó resaltar y rescatar dichas características que, quiérase o no, ya forman parte del ideario popular chileno: el éxito personal, la aspiración de superarse económicamente, el ansia de una meritocracia real, etcétera.

Su programa era surrealista: desde cárceles en barcos hasta una frontera con minas antitanques. Pero su fuerte era que apeló directamente al chileno promedio. Eso lo catapultó hasta un tercer lugar con relevancia estratégica para ambos candidatos.

Pero para la izquierda hablar con Parisi para conseguir votos ya es una derrota en sí misma. Contrario a todo el ideario que defiende este sector, Parisi fue acusado incluso de ser deudor de pensión alimenticia. Ahora, la que se decía una candidata feminista, de ideales duros, debe buscar y casi rogar (incluyendo literalmente partes del programa de gobierno de Parisi en el suyo) los apoyos de todos sus votantes, que hasta hace unas semanas eran objeto de burlas por el estigma social elitista de la izquierda de considerar que todo aquello era el Chile que no querían tener.

Lo que viene ahora: el escenario aún es incierto

Desde luego que es fácil pensar que la elección ya está ganada por Kast. Yo lo pienso y lo sostengo, pero es cierto que no todo está dicho. Han existido casos similares (al menos solo en la segunda vuelta, sin considerar la configuración del Congreso) en la historia de Chile. El presidente Piñera en 2017 ganó por amplio margen contra Guillier, a pesar de que la suma de todos los demás candidatos de izquierda le daba para ganar el balotaje. Lo mismo en 2009, en que la suma de los candidatos de izquierda habría hecho que Frei volviese a ganar, pero terminó siendo elegido por primera vez Piñera.

Es real también que no es llegar y sumar porcentajes. Muchos de los votantes de Kaiser consideran que Kast es muy tibio o un traidor y no votarán por él. Muchos de los votantes de Matthei consideran que Kast es un extremista y significa un retorno de los valores pinochetistas que tanto le costó dejar atrás a la derecha tradicional. Mucha de la gente de Parisi no votaría por Kast tampoco.

Quizás eso abre una pequeña pero difícil oportunidad para Jara.

¿Pero qué pasa si gana la Presidencia la candidata de izquierda?

Por mi parte, veo que sería alargar lo inevitable: que Chile tenga un gobierno de ultraderecha es cosa de tiempo.

Si Jara gobierna, lo hará con un Congreso que está totalmente en contra, con una izquierda disminuida y en frágil unidad. Su gobierno se vería obligado a negociar o ceder totalmente la agenda política a la derecha, que, nuevamente, llevaría el ritmo de la discusión mientras el Ejecutivo queda en inacción. Eso solo permitirá acumular más fuerza a la ultraderecha, que en cuatro años más podría regresar más unida o más potenciada.

Si gana Kast podrá reformar la Constitución con poco esfuerzo de negociación y significaría un retorno a valores conservadores y a reducir aún más el ya pequeño Estado chileno. Suprimir los pocos beneficios sociales y que culturalmente veamos un resurgir del pinochetismo a nivel de la sociedad y, sobre todo, de los jóvenes.

Todo esto es el fracaso de una transición democrática que no estuvo a la altura de las demandas de la sociedad.

Sea cual sea el escenario, la izquierda está en jaque mate y la democracia de este país está en peligro de degradarse lentamente.

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Rudy Alí López Chileno, politólogo y Master en Gestión y Políticas Públicas

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