«El amante de rojo»: 25 años de una novela que cambió el mapa de la narrativa histórica argentina

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Correo del Alba entrevistó al escritor Alejo Brignole, autor de El amante de rojo – Una historia de cuando Buenos Aires fue británica (Ed. Sudamericana, 2000). Una novela histórica que inició la recuperación de un período olvidado por los autores argentinos y que produjo un boom de nuevos libros en toda una generación de escritores.

Dialogar con Alejo Brignole siempre resulta estimulante, como un paseo por el mundo, por la vida y la muerte, por la humanidad en sus diferentes matices, porque a través de sus libros o de una simple charla lo recorre todo. Este año se cumplen 25 años de un libro que disfruté enormemente y que faltaba en mi recorrido literario como lector y sociólogo amante de la Historia: una buena ficción que nos introdujera de lleno en los días en que Buenos Aires fue gobernada por la Corona británica. Por eso quise volver a conversar con él y poner en perspectiva una obra que abrió senderos poco explorados hasta entonces en la narrativa nacional.

Leí tu novela hace casi una década. Una novela ambiciosa de más de 500 páginas, creo recordar.

501 en la edición de editorial Sudamericana… ¡Qué memoria, Atilio!

Una novela larga, pero amena y envolvente. Creo que hubiera soportado tener otras 500. Realmente la disfruté. Muy intensa. Una obra seria históricamente y atrapante en la ficción. Algo así como Guerra y paz de León Tolstói, pero latinoamericana.

Todavía no había leído Guerra y paz cuando emprendí la escritura de El amante de rojo. Sí en cambio había leído Rojo y negro del francés Stendhal, cuyas épocas son afines (la Era napoléonica). Creo que si uno abarca el género de novela histórica debe hacerlo desde un lugar riguroso, de estudio profundo de lo que escenifica la novela, y eso incluye los detalles pequeños tanto como los contextos históricos. Los eventos políticos y el cómo y cuándo de los personajes deben estar debidamente articulados. En mi caso, llegué incluso a tomar clases de artillería antigua (cañones, mosquetes, tercerolas, etcétera) en el Museo de Armas de la Nación de Argentina, donde muy amablemente me ayudaron en la tarea de entender cómo se manipulaban las armas y cómo eran las tácticas en los combates de principios del siglo XIX. Cuando comencé la novela tenía 28 años y no existían buscadores como Google, e Internet era un fenómeno nuevo e incompleto.

¿Cómo recopilabas información? ¿Tenías algún método de investigación histórica?

No había método, pero sí mucha disciplina. Hubo incontables horas en el Archivo Histórico de la Nación, en diversas bibliotecas de Buenos Aires y en el convento de La Merced, donde transcurre parte de la trama. También en fuentes bibliográficas de autores canónicos de las invasiones inglesas, como Carlos Roberts, o más modernos como Bernardo Lozier Almazán, con el que tuve muy interesantes intercamabios durante la escritura de la novela. La investigación histórica depara, a veces, pequeños regalos. Recuerdo que una vez en el Museo Histórico de la Nación, ubicado en Parque Lezama (la misma plaza en donde comienza la novela Sobre hérores y tumbas de Ernesto Sábato), la directora del museo me prestó el catalejo de bronce que perteneció al general inglés William Carr Beresford, que fue gobernador de Buenos Aires por 43 días y un personaje  importante en mi novela.

Fue muy interesante el personaje de Beresford, muy huamanizado, porque lo describís con una herida de amor por su prima, a la que amaba y le habían negado su mano por ser Beresford un hijo bastardo.

Mi intención era mostrar a los británicos con sus cargas individuales, su humanidad. De hecho mostraron ser militares con honor. En cambio muchos personajes reales de aquel momento histórico mostraron su miseria servil y todos sus intereses espurios y mezquinos. Pero ese es otro debate.

Pese a ser un trabajo bien documentado y además contado con un ritmo muy absorbente, el gran historiador revisionista que es Norberto Galasso critica un aspecto de tu novela en el tomo primero de su obra Historia de la Argentina (publicada en 2011 por Ed. Colihue).

Es correcto y siempre sentí que tenía una charla pendiente con Galasso, a quien admiro profundamente. Aunque probablemente nunca se produzca ese encuentro por cuestiones de longevidad de él.

Todavía estás a tiempo.

Te tomo la sugerencia… Aunque –estoy seguro– Galasso no leyó mi novela, sino que basó su crítica en una afirmación que hice durante una entrevista publicada por el diario Ámbito Financiero a principios de 2000. No viene al caso explicar la divergencia de opiniones que suscitó su crítica, poque en realidad ambos pensábamos lo mismo sobre un aspecto historiográfico. Creo que él interpretó una frase mía descontextualizada, basada en la nota periodística y no en el libro.

Más allá de estas cuestiones, El amante de rojo fue un parteaguas en la narrativa histórica argentina. Podría decir que hasta creó una moda, una suerte de boom literario centrado en las invasiones inglesas. Recuerdo que la década de 2000 estuvo llena de ficciones a partir de la publicación de tu novela.

Así fue, pero lo difícil para mí fue entender por qué nadie había escrito una novela sobre los ingleses en Buenos Aires desde hacía más de medio siglo. El último había sido Manuel Gálvez en 1949, titulada La muerte en las calles. Hubo solo dos excepciones a esta ausencia. La primera fue el cuento de Manuel Mujica Lainez, “La casa cerrada” (de su libro Misteriosa Buenos Aires, de 1950), y la novela Inquisición en Luxán, de 1993, que aborda las invasiones inglesas desde otra perspectiva. No se mete de lleno en los aspectos militares ni desarrolla ambientes ficcionales que sumerjan al lector en ese contexto histórico de manera detallada. 

La publicación de El amante de rojo, en cambio, fungió como un despertador histórico-literario. A partir del año siguiente todo el mundo empezó a escribir y publicar novelas ambientadas en el período. La primera que vio la luz luego de la mía fue El delicado umbral de la tempestad, de Jorge Castelli, y que la Editorial Sudamericana publicaría al año siguiente en la misma colección de narrativas históricas. Con Castelli nos cruzamos cierta vez en un evento e intercambiamos pareceres de nuestros respectivos libros. Él había ganado el Premio La Nación de novela. Luego Castelli escribió y produjo una obra de teatro a partir de su libro y estuvo en cartel en el Teatro Cervantes de Buenos Aires durante algunos meses.

El amante de rojo inspiró una ópera… ¿Cómo se titulaba?

Sí… una ópera lírica titulada Sophie, basada en uno de los personajes principales de mi novela, compuesta por el maestro Gabriel Bergogna. Desgraciadamente Bergogna murió no mucho después de acabarla y la ópera nunca se estrenó hasta ahora. Sin embargo, tuve el privilegio de escuchar algunos de sus fragmentos al piano en el Salón Dorado del Teatro Colón, en un concierto que dio el mismo Bergogna. El repertorio incluyó La danza de los fusileros escoceses, que era una pieza de la ópera. Una pena que su puesta en escena haya quedado trunca…

En los asuntos del arte nada resulta definitivo. Quizás alguien recoja el guante dentro de 50 años y apueste por presentar la ópera.

Para mí el hecho de que mi libro haya inspirado a otro artista ya es suficiente. Gabriel Bergogna tuvo una vida artísticamente malhadada en la Argentina privatizada del menemismo, a pesar de que era el primer director de orquesta ciego de la historia de la música (y era argentino). Por eso su biografía está reseñada en la The Grove Dictionary of Music and Musicians (Diccionario Grove de Música y Músicos) de Gran Bretaña.

Recuerdo que también hubo en los años siguientes una saga detectivesca ambientada en una Buenos Aires convulsa tras las dos invasiones inglesas de 1806 y 1807.

Sí… hubo una serie de novelas muy originales protagonizados por el detective Samuel Redhead. Fueron cuatro libros de la autora Mercedes Giuffré. El primero se publicó en 2007 y se titulaba Deuda de sangre. Luego le siguieron otros tres. Creo que el último fue publicado en 2017. También Claudia Piñeiro, la excelente autora que en 2005 escribió una muy celebrada novela sobre mujeres: Las viudas de los jueves, luego se sumó al fenómeno de las invasiones inglesas con un un libro muy disruptor y entretenido, El fantasma de las invasiones inglesas, de 2010.

¿Cómo era investigar para un escritor de novelas en aquella época sin Google ni buscadores?

La misma pregunta te podría hacer a vos, Atilio, que sos científico social y autor de mucha obra ensayística…

Sí… era mucho más trabajoso. Es verdad.

Trabajoso y también más expuesto a perpetuar errores. En mi caso, en la primera edición de El amante de rojo repliqué errores sobre el período, tomando fuentes de historiadores serios que todo el mundo daba por ciertas.

¿Por ejemplo?

En lo referente a ciertas figuras históricas como el comerciante William Pío White, la sucesión de errores se fue replicando a través de los siglos y de los libros de Historia hasta la actualidad. Pero una vez más la era digital salió en auxilio del verismo documental para aclarar que su verdadero segundo nombre era William Porter White y no Pío.  Según las nuevas fuentes, este personaje norteamericano tampoco era originario de la ciudad de Boston, como señalaron Carlos Roberts y otros, sino de Pittsfield, Massachusetts.

Entre mis papeles y libros atesoro unos expedientes y manuscritos originales que adquirí en una subasta en 1998, en donde está registrado el juicio que le sustanció la Corona española a este comerciante afincado en Buenos Aires. Tras las dos derrotas británicas, William Porter White fue acusado por sus labores de espía, colaborador e informante de los ingleses.

Ahora, en cambio, los datos están al alcance de una tecla o de un link que nos abre un mundo de referencias, de fuentes primarias y datos fidedignos, si uno sabe buscar y filtrar.

Uno de estos fallos recurrentes heredados desde las primeras investigaciones del siglo XIX estuvo relacionado con las grafías y los nombres de los oficiales británicos que conquistaron la ciudad de Buenos Aires en 1806. El caso más claro fue el del teniente coronel Denis Pack, comandante del Regimiento 71st de Cazadores Escoceses y al que muchos autores citan como Dennis Pack (con doble n).

Sin embargo, el advenimiento de las nuevas tecnologías me brindó una solución tan ingeniosa como efectiva: busqué fotos de la sepultura del oficial británico muerto en 1823, que actualmente reposa en la Catedral de Saint Canice, en Kilkenny, Irlanda del Sur. En su epitafio pude leer su nombre grabado en la piedra y asumí esta prueba como irrefutable.

Tengo entendido que el título original iba a ser otro…

En efecto. Mi novela se titulaba Los cazadores de las tierras altas, pero el departamento comercial de Sudamericana eligió otro que me resultó escandaloso, realmente inadecuado para una obra que era históricamente ambiciosa y ficcionalmente fuerte e intensa. Durante la discusión –que fue acalorada– yo propuse El amante de rojo, y aceptaron a regañadientes. Por entonces yo vivía en España y el intercambio epistolar en torno al título, al contrato y las conveniencias del marketing, sacrificando un título que a mí me parecía épico, fue desgastante.

Pero luego hubo una edición con el título original y un prefacio añadido.

Sí, pero esa segunda edición española fue independiente, hasta que el departamento de literatura de la Universidad de Avellaneda propuso hacer una edición especial. Sin embargo, el presidente Mauricio Macri impuso restricciones presupuestarias en las universidades y eso quedó pendiente.

El amante de rojo es sin dudas un libro de esos que uno quiere volver cada tanto. Para mí fue una verdadera excursión al interior de esa aventura británica en Buenos Aires y sufrí a la par de los propios ingleses y de los protagonistas.

Esa era la idea… inmersión total en un período capital de nuestra historia. Sobre todo ahora que el colonialismo del norte rico acecha otra vez nuestras naciones de manera abierta y guerrerista.

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