La herida

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El escorbuto es la enfermedad de los que esperan.

Los marinos la conocían bien: semanas en alta mar sin frutas frescas, sin verduras, sin nada vivo que llevarse a la boca. Primero las encías se inflaman, después sangran, los dientes se aflojan y caen. Las heridas antiguas se reabren. El cuerpo, privado de vitamina C, olvida cómo repararse a sí mismo. Se pudre desde adentro, lentamente, mientras el horizonte sigue vacío.

Pero el escorbuto que me interesa no ocurrió en alta mar. Ocurrió a pocos metros de Lima, en la fortaleza del Real Felipe, entre 1824 y 1826. Ocho mil personas encerradas en el último pedazo español de Sudamérica. Afuera, la República intentaba nacer. Adentro, el Imperio intentaba no morir.

El 9 de diciembre de 1824, en Ayacucho, el Ejército realista fue derrotado para siempre. La capitulación fue generosa: los vencidos podían volver a España con honores. Pero hubo quienes no aceptaron. El brigadier José Ramón Rodil, gallego terco, se encerró en el Callao con sus tropas y juró resistir. Esperaba refuerzos de la Península. Refuerzos que nunca llegaron.

Con él se encerraron miles de civiles: familias de la élite limeña, comerciantes españoles, funcionarios coloniales, aristócratas criollos que habían apostado al caballo equivocado. O que simplemente no supieron elegir a tiempo. Entre ellos estaba José Bernardo de Tagle, marqués de Torre Tagle. El hombre que cinco años antes había proclamado la independencia de Trujillo. El segundo presidente del Perú.

Torre Tagle había sido patriota cuando convenía ser patriota. Recibió a San Martín, conspiró contra los virreyes, firmó actas y proclamas. Pero luego vino Bolívar, y Bolívar no era San Martín. Torre Tagle, acorralado, negoció con los españoles. O eso dicen. La historiografía no se pone de acuerdo. ¿Traidor? ¿Patriota desilusionado? ¿Oportunista que calculó mal? Tal vez solo fue un criollo que descubrió demasiado tarde que la independencia no estaba hecha para todos los independentistas.

En diciembre de 1824, cuando Lima ya era republicana, Torre Tagle se refugió en el Real Felipe con su esposa y sus hijos. Pensó que era un asilo temporal. Fue una tumba.

Rodil impuso disciplina de hierro. Fusiló desertores, racionó el agua, organizó la defensa. Afuera, el general venezolano Bartolomé Salom bombardeaba la fortaleza día y noche. El bloqueo era total: ni un barco, ni un pescador, ni una carta entraba o salía del Callao. Los sitiados comieron primero los caballos, después los perros, después los gatos, después las ratas. Los mariscos podridos que el mar dejaba en las rocas eran un manjar. Los cueros de los tambores se hervían para hacer caldo.

Y llegó el escorbuto.

Murieron más de enfermedades que de balas. El escorbuto trabaja despacio: hincha las encías, las vuelve negras, afloja los dientes hasta que caen solos. Las heridas viejas se reabren, el cuerpo olvida cómo repararse. Los testimonios hablan de hombres que sangraban por los ojos, de niños que no podían tragar, de cadáveres que nadie tenía fuerza para enterrar.

De los ocho mil refugiados iniciales sobrevivieron dos mil. Torre Tagle no fue uno de ellos. Agonizó durante meses, vio morir a su esposa, vio morir a un hijo. El 26 de septiembre de 1825 dejó de respirar en el suelo de la fortaleza que había elegido como asilo. Lo enterraron adentro, en una fosa compartida, todavía con la banda presidencial guardada entre sus cosas.

Cuatro meses después, en enero de 1826, Rodil finalmente capituló. Salió del Real Felipe vestido de gran uniforme, con sus últimos 400 soldados y las banderas de sus regimientos. Se fue a España convertido en héroe. Lo hicieron marqués. Torre Tagle, que ya era marqués, quedó adentro: en una fosa sin nombre.

Los sobrevivientes civiles tuvieron peor suerte. Salieron de la fortaleza convertidos en sospechosos. La República recién nacida no sabía qué hacer con ellos. Habían elegido el bando equivocado, o no habían elegido a tiempo, o habían tenido la mala suerte de estar del lado incorrecto de los muros cuando estos se cerraron. Muchos se exiliaron. Otros fueron perseguidos. Todos fueron olvidados.

El 22 de enero se cumplen 200 años de la rendición del Real Felipe. El último pedazo de España en Sudamérica continental. El fin del colonialismo ibérico, dicen los manuales. Pero los finales son siempre más sucios de lo que cuentan los manuales.

José Martí, medio siglo después, reflexionaba sobre nuestras independencias inconclusas. Que habíamos cambiado de amo sin cambiar de alma. Las repúblicas latinoamericanas nacían enfermas de una enfermedad que todavía no sabíamos nombrar. Yo creo que esa enfermedad se parece al escorbuto. Es la enfermedad de los que esperan auxilio de afuera. De los que no producen lo que necesitan para sobrevivir. De los cuerpos que olvidan cómo repararse a sí mismos.

Hoy el Callao sigue ahí, a pocos kilómetros de Lima. Por ese puerto salió la plata del Potosí y entró la mercadería que forjó la dependencia local. La historia de América Latina puede contarse como la historia de sus puertos: embarcaderos por donde se va lo que tenemos y llega lo que no producimos. A 80km al norte, en Chancay, se inauguró el puerto más grande del Pacífico sudamericano. Lo operan los chinos. Antes fueron otros. La bandera cambia, la dirección del flujo no: hacia afuera el litio, el cobre, la soja; hacia adentro la deuda, la dependencia, la promesa eterna del desarrollo que nunca llega. Mientras tanto, Washington rodea el Caribe de portaaviones y vuelve a mirarnos con hambre.

Las repúblicas latinoamericanas nacieron sobre los cuerpos desgastados por el escorbuto y otras carencias que se volvieron crónicas: industria propia, soberanía real, un futuro que no dependa de la próxima metrópoli y el extractivismo. Torre Tagle murió de escorbuto en una fortaleza sitiada, a metros de la ciudad que él mismo había ayudado a independizar. Fue patriota y fue traidor, o no fue ninguna de las dos cosas, algo de pronto tan latinamericano: fue quizás un hombre que no entendió a tiempo que los imperios devoran a sus hijos.
Un cuerpo con escorbuto no cicatriza. Tampoco un continente.

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Claudio Pérez Chileno, médico

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