Trump, Venezuela y el retorno del enemigo útil

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Este  30 de septiembre de 2025, Donald Trump pronunció un discurso ante la cúpula militar de Estados Unidos que, lejos de ser una intervención más, debe leerse como un hito en la arquitectura ideológica de la política imperial. El exmandatario vuelve a articular un relato en el que Venezuela es presentada como epicentro de amenazas transnacionales, y la sociedad estadounidense, como blanco de un “enemigo interno” que justificaría una política de control total.

Trump afirmó que su gobierno “ha golpeado embarcaciones ligadas al narcotráfico provenientes de Venezuela”. Estas declaraciones, que evocan la vieja doctrina Monroe, forman parte de una campaña sistemática de construcción del “enemigo útil”: el país rebelde que sirve como excusa para la militarización del Caribe, la imposición de sanciones y el disciplinamiento de cualquier intento de soberanía regional.

Pero la novedad, fue la insistencia de Trump en que la amenaza no proviene solo de fuera. “Debemos estar atentos a lo que sucede dentro de nuestras fronteras”, advirtió, configurando un marco de persecución doméstica que convierte a la oposición política, a los movimientos sociales y a la migración en blancos de seguridad nacional. Esta retórica recuerda a las fases más oscuras del macartismo, cuando el disenso fue criminalizado como “traición a la patria”.

No es casual que el discurso se diera en medio de la expectativa global por la entrega del Premio Nobel de la Paz en Oslo, donde la diplomacia multilateral sigue reclamando salidas negociadas a los conflictos internacionales. Mientras en Europa se premia la construcción de paz y se celebra el multilateralismo, en Washington se enciende la maquinaria del miedo. La contraposición es clara: el mundo busca puentes, Estados Unidos fabrica enemigos.

El guion de Trump cumple con varios objetivos simultáneos: Externamente, proyecta poder militar en América Latina y prepara el terreno para futuras operaciones encubiertas o intervenciones abiertas.

Internamente, cohesiona a su base electoral en torno a un discurso de fuerza, orden y mano dura.

Ideológicamente, reactualiza el viejo mito del “imperio asediado”, que necesita guerras permanentes para sobrevivir.

Este discurso, no puede leerse en el vacío. Es un recordatorio de que la maquinaria imperial sigue activa, aunque cambien sus rostros. Venezuela es hoy el blanco de turno, pero mañana podría ser cualquier otro país que desafíe la hegemonía de Washington.

Frente a la retórica de la guerra, la militarización del Caribe y la construcción del “enemigo interno”, América Latina está llamada a fortalecer la integración, a defender su soberanía y a contraponer a la narrativa imperial una ética de paz, solidaridad y cooperación.

Porque el verdadero peligro por supuesto que no es Venezuela, que es un país latinoamericano hermano, el verdadero peligro es un imperio que, incapaz de sostenerse sin guerras, convierte el miedo en doctrina y la mentira en política de Estado de una manera vil.

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Cris González Correo del Alba

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