La reciente y desafortunada declaración de una asambleísta chilena encontró un eco particular y amplificado en Bolivia. Sus palabras, cargadas de racismo, afirmaban que los “bolivianos nacieron en el altiplano… por lo tanto tienen disminución del oxígeno cerebral”. Esta expresión generó una ola de indignación y repudio, pero también catalizó respuestas igualmente racistas que no tardaron en viralizarse. En el grupo de Facebook “Bolivian Way”, un video que alcanzó los 8.5 mil “me gusta” mostraba a una persona con un distintivo acento camba respondiendo que, frente a esa ofensa, eran los cambas los únicos que podían «insultar a sus collas». Este episodio, lejos de ser un hecho aislado, refleja las tensiones que emergen en un momento de inflexión histórica para el país.
Tras casi dos décadas de una hegemonía política del Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP), Bolivia se enfrenta por primera vez a una segunda vuelta presidencial. Este quiebre en el mapa político es el síntoma de una profunda reconfiguración del poder, exacerbada por una aguda crisis económica. En este contexto, emerge el discurso racista que se ha instalado como una herramienta de deslegitimación. De hecho, un informe reciente de la Defensoría del Pueblo[1] documentó al menos doce hechos de intolerancia, discursos polarizantes y de incitación a la violencia durante el periodo electoral, una cifra que evidencia la crispación del debate público.
El proyecto del MAS-IPSP, que refundó la nación bajo el paradigma del Estado Plurinacional en la Constitución de 2009, posicionó al sujeto indígena y campesino como actor central. Durante casi veinte años, mantuvo una sólida base electoral; sin embargo, el actual escenario postelectoral revela un desgaste significativo. La pérdida de la mayoría absoluta en las elecciones del pasado agosto indica que su ciclo hegemónico ha llegado a su fin.
Así, se ha generado un espacio para la consolidación de un sentimiento de oposición, donde el «antimasismo» se ha incorporado en las narrativas dominantes. Esta reconfiguración ha tenido efectos directos en la esfera pública, donde emblemas del proyecto plurinacional, como la Wiphala, han vuelto a ser objeto de rechazo en contextos de conflictividad. Un ejemplo claro es lo ocurrido en Llallagua, donde fue retirada como símbolo nacional. Este conflicto no se limitó a lo simbólico, pues la polarización demostró su cara más trágica en los enfrentamientos que, solo entre el 2 y el 16 de junio de 2025, dejaron un saldo de ocho fallecidos entre civiles y policías, evidenciando cómo las tensiones identitarias reactivan una violencia con consecuencias fatales.
La racialización de la crisis: una mirada desde Kenan Malik
Para comprender el discurso actual, es útil recurrir a conceptos como la politización y despolitización de la raza, desarrollados por el pensador Kenan Malik. Estas ideas son clave para entender por qué, en momentos de tensión política en Bolivia, resurgen expresiones racistas en la esfera pública, una dinámica explorada en el libro La Despolitización de la Raza (Calla, et al., 2010). Según Malik, la «raza» es una construcción social que históricamente ha servido para justificar desigualdades. Él sostiene que, durante profundas crisis económicas y políticas, el debate público se «despolitiza»: en lugar de discutir las causas estructurales —como modelos económicos o corrupción—, el malestar social se canaliza hacia la identidad y la cultura de un «otro».
El contexto boliviano es un escenario para la emergencia de estas expresiones. La crisis económica es innegable —escasez de dólares, falta de combustible y alza de precios— y genera un profundo malestar social que, sumado a la polarización electoral, necesita un culpable. Es aquí donde el discurso conservador construye al «masista» como el enemigo interno.
Resurge la cara tradicional del racismo
En la disputa política actual, la derrota electoral del oficialismo ha creado un espacio donde el sujeto indígena y campesino, base social histórica del MAS, vuelve a ser racializado a través de la figura del «masista». Este fenómeno rememora uno de los actos de racismo más vergonzosos del país: el 24 de mayo del año 2008, cuando se vejó públicamente a campesinos en la plaza principal de Sucre, quienes en ese entonces representaban el emergente proyecto del Estado Plurinacional. En aquel momento, ser «masista» significaba una filiación política que pugnaba por un nuevo proyecto de nación. Hoy, sin embargo, ese término ya no es una simple afiliación política, sino un significante cargado de estereotipos que buscan despojar de legitimidad a todo un grupo social. Se le tilda de «narcotraficante», «violento», «corrupto» e «ignorante», una violencia verbal que incluye expresiones como la de un concejal del Beni, quien amenazó que ningún «colla de mierda» ocuparía cargos públicos.
Esta construcción resulta una herramienta eficaz porque permite canalizar el descontento social hacia un grupo identificable, eludiendo un análisis más complejo de la crisis. Al mismo tiempo, funciona como un ataque indirecto al proyecto plurinacional, pues criticar al «masista» es una forma políticamente más aceptable de atacar los avances simbólicos del bloque popular, campesino e indígena. Finalmente, al pintar al adversario como un peligro para la nación, se justifica la anulación del diálogo y se enmarca la contienda electoral como una batalla moral. La narrativa del «masista violento» es particularmente peligrosa, pues busca criminalizar la protesta social, un pilar histórico de los movimientos campesinos e indígenas en Bolivia.
Es crucial reconocer que el voto de castigo al MAS no proviene únicamente de las élites. La emergencia de nuevas fórmulas populistas demuestra que el electorado es complejo. Sin embargo, esta complejidad no invalida la centralidad del discurso racista, que es amplificado por sectores conservadores y nuevas derechas para movilizar emociones y simplificar la realidad.
El escenario postelectoral en Bolivia es más que una competencia entre partidos; es una lucha por el sentido de la nación. La crisis económica ha creado las condiciones para que el racismo resurja como un arma de deslegitimación política. La construcción del «masista» como enemigo y el descrédito de los símbolos del Estado Plurinacional son síntomas de un intento de regresión conservadora. En medio de la crisis, el gran desafío para la sociedad boliviana es analizar las causas reales del problema sin caer en la trampa destructiva de la racialización y los prejuicios. De lo contrario, las heridas resultantes serán mucho más profundas y difíciles de sanar que cualquier resultado electoral, dejando un escenario político aún más complejo.
[1] Defensoría del Pueblo del Estado Plurinacional de Bolivia, Observatorio Defensorial sobre Racismo y Discriminación, Boletín Digital N° 02: El Radar: Miradas que transforman (La Paz, Bolivia: Defensoría del Pueblo, 2025)
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Khantuta Muruchi Escobar Boliviana, socióloga








