VIDEO │ Piraí Vaca: “en mí hay una identificación con el rock, siento una fuerza bruta dentro”

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Piraí Vaca es uno de los guitarristas más destacados del continente y a nivel mundial. Nacido en Santa Cruz de la Sierra, ha desarrollado una carrera sólida, con estudios en Bolivia, Argentina, Cuba, Estados Unidos y Alemania. Aunque se formó en la guitarra clásica, su curiosidad y espíritu inquieto lo han llevado a explorar terrenos tan diversos como el rock, el pop y el metal progresivo, siempre en una búsqueda profunda de identidad sonora y expresión personal. En esta conversación habla de sus comienzos, sus maestros, sus contradicciones, sus sueños y su manera única de entender la música como un espacio de libertad y de fuerza interior.

¿Cuál es tu relación con el género del rock, al cual has dedicado tu tercera gira nacional en estas semanas?

Realizo versiones de rock y pop en una sola guitarra, condensando los elementos de una banda. No las llamo “covers” ni “tributos”, porque requieren mucho estudio. Es un proceso desafiante.

En estos tres años noté que disfruto convertir lo complejo en simple. Tras 30 años con guitarra clásica de cuerdas de nylon, uso dos guitarras electroacústicas con cuerdas metálicas para estas versiones.

No es una moda, soy rockero desde siempre. Uno de mis primeros recuerdos es escuchar AC/DC a volumen alto y tocar encima con las ollas de mi madre como batería. El rock definió quién soy.

Aunque toqué a Bach, Mozart o Beethoven, quise que sonaran con la potencia del rock. Tal vez eso me distinguió en la música clásica, esta inclinación siempre estuvo presente –aunque no se viera–. Ahora ha tomado forma como un lenguaje propio.

Hace poco vimos la publicidad de un concierto homenaje al álbum Pulse de Pink Floyd. ¿Cómo fue esa experiencia?

Fue fantástica, admiro a Pink Floyd, pero nunca toqué con una banda grande y siempre fui solista, incluso evité dúos. Quizá por eso intento condensar toda la banda en una guitarra. Pero últimamente siento la necesidad de un sonido más amplio. Las guitarras electroacústicas tienen una sonoridad más expansiva y ese cambio ya apunta a una mayor proyección.

Además empiezo a desear tocar con otros músicos. En ese homenaje interpreté tres canciones con la guitarra como protagonista, y la experiencia fue muy grata. Todo esto me prepara para un proyecto que tengo hace tiempo: formar una banda de metal progresivo. Una fusión de metal y rock con enfoque complejo, como Pink Floyd.

Por ahora estudio guitarra eléctrica –recién empecé hace un año–, suena como un gato maullando… pero el plan es formar un grupo para tocar covers y luego componer música original.

¿Cuáles son tus bandas de rock preferidas y qué valores atribuyes a este género?

Cada personalidad se asocia a un tipo de música; en mí hay una identificación con el rock, siento una fuerza bruta dentro. Quizás por eso la banda que pienso crear se llame Fuerza Bruta. Pero también tengo una sensibilidad más épica, por eso elegí durante años una guitarra de cuerdas de nylon, de sonido íntimo.

Me interesa moverme entre extremos. Cuando algo sublime tiene energía contenida, la música adquiere otra trascendencia. Esa tensión la hace emotiva.

Siempre me moví entre el lado oscuro y el luminoso. Disfruto el rock, pero igual a Bach cuando estoy reflexivo. Una obra que me abruma es El clave bien temperado, pienso que resume el potencial humano: mental, emocional, expresivo.

¿Tienes algo visto respecto al regreso a la guitarra clásica?

Sí, claro. No es evolución ni ruptura, es ampliación. Mi próximo proyecto es con guitarra clásica: un disco de arreglos de música cruceña. Se lo debo a Santa Cruz. Me ocupé más de la música boliviana en general, pero no de la cruceña, que es mi origen. Y será con guitarra clásica.

Como decía, tengo un lado sutil y otro más terrenal. En ese extremo, admiro el metal progresivo: Dream Theater, por ejemplo. No es tan popular como AC/DC, pero más complejo. La música sencilla atrae a más gente; la compleja menos, pero propone un lenguaje distinto.

“Cuando empecé a estudiar como una bestia: tocaba la guitarra 13 a 14 horas por día”

¿Cuándo comenzaste con la guitarra? ¿Cuál es tu primer recuerdo?
Llevo 35 años tocando, empecé a los 10. Mi padre, Lorgio Vaca, cantaba y tocaba; me regaló una guitarra y me enseñó los primeros acordes. Tuve suerte, porque justo llegó a Santa Cruz un profesor de guitarra clásica y estuve con él hasta salir del colegio.
Siempre toqué como solista. A la vez tocaba rock en el grupo del colegio. Estudiaba una hora diaria a los 13 o 14 años y quería que el colegio terminara para dedicarme a la música. Era buen alumno, pero me parecía tonto el sistema: mecánico, memorístico, sentía que programaba en vez de liberar. Mi padre me dijo: “terminá el colegio o no podrás entrar a la universidad de música”. Así que terminé el colegio para eso.

¿Cómo fue el paso del colegio a tus estudios musicales?

Estudié en el Colegio Alemán. Al irme a Argentina noté que quienes venían de ahí tenían más disciplina. En Bolivia no se podía estudiar guitarra, así que me fui con la idea de practicar ocho horas diarias. Tengo una tendencia monacal, como los monjes chinos: levantarse temprano, ejercitar cuerpo y mente. Incluso en 2006 me fui a China a ser monje… pero esa es otra historia.

En Argentina estudié ocho horas al día, pero solo estuve un año; sentí que el nivel no era suficiente. En Bolivia era el mejor y en Argentina también, pero porque los demás no estudiaban tanto.

Entonces me fui a La Habana con una beca y ahí sí fue brutal, el nivel era altísimo. Yo era el último.

¿En qué lugar estudiaste?

En La Habana, en el Instituto Superior de Arte (ISA). Hice cinco años de licenciatura y después dos años más de especialización en música barroca y renacentista, que me gusta mucho. Música de los años 1500 y 1600.

¿Qué recuerdos memorables tienes de La Habana?

Muchos, muchísimos. Al principio me sentí abrumado porque la manera de ser de los cubanos, incluso para alguien de Santa Cruz –donde la gente es más suelta en comparación con la del Occidente boliviano–, era demasiada. Para nuestros estándares eran muy frescos. Caribe, claro. Hasta que te acostumbrás y vos también te vas tornando un poco así para poder convivir. Después de un año ya me sentía como en casa.

El nivel de la enseñanza era altísimo. Solo con estar ahí ya absorbías conocimiento, porque todo el mundo era bueno. Cuando llegué me dio una inflamación muscular crónica en los brazos durante un año. Claro, estaba asustado, todo el mundo era tan bueno y yo era el peor. Además, el jefe de cátedra, Jesús Ortega, hizo algo que no me gustó: yo llegué queriendo estudiar con otro profesor, me informé, hablé con la gente, di el examen de prueba, pero Jesús Ortega me dijo que iba a estudiar con él. Y yo no lo quería, pero con el tiempo resultó ser no solo un maestro extraordinario, sino además un gran amigo. Pasábamos horas conversando, y muchas veces aprendía más en esas charlas que en las clases. Me ayudaban a ubicarme en el mundo de la música.

A partir del segundo año él me obligó a participar en el Festival y Concurso Internacional de Guitarra de La Habana, que cada dos años reúne a los mejores guitarristas del mundo. No fue porque yo quisiera, sino porque él me obligó. Y fue ahí cuando empecé a estudiar como una bestia: tocaba la guitarra 13 a 14 horas por día. Lo único que hacía era estudiar. Usaba esos timer de cocina que marcás 15 minutos y suenan; ponía una hora, estudiaba, y aunque tuviera ganas de seguir, paraba. Era la única manera de aguantar jornadas tan largas. Estudiaba cuatro horas por la mañana, cinco por la tarde, cuatro más por la noche. Y hacía ejercicio físico, respiración. Así logré sostener ese ritmo. Llevaba cuenta de todo, y me programaba mentalmente: si llevaba seis horas, pensaba “me faltan cuatro”, y así funcionaba. Esa preparación me hizo florecer. Gané un premio, nadie lo esperaba, ni yo. Había más de cuarenta guitarristas del mundo compitiendo. En el año 90 gané un premio importante, y eso marcó el rumbo de todo lo que vino después.

Esos han sido dos hitos que me han hecho cambiar mi manera de pensar, de ver las cosas. Y después de La Habana… me fui a esto, porque cuando terminé en La Habana me vino la distonía focal en el dedo. Y como bestia que fui, igual participé una vez más en ese concurso y gané el tercer premio.  Entonces esa manera de pensar es la que me ha salvado de no hundirme y, sobre todo, de desarrollar otros vínculos nerviosos.

Lo mismo este último tiempo. Yo creo que haberme metido a otras guitarras –las electroacústicas, que es una técnica completamente distinta– me ha ayudado mucho a que mi mano recupere, o sea que pueda controlar mi mano de nuevo. Porque eran movimientos completamente nuevos, en los que tenía que establecer otras conexiones con mi cerebro para estudiar esos movimientos.

Cuando me fui de La Habana me vine aquí y me metí a un concurso patrocinado por el John F. Kennedy Center for the Performing Arts, una de las entidades culturales más prestigiosas de los Estados Unidos, con un edificio impresionante en Washington, donde hay montones de teatros, su orquesta, su teatro de ópera… Eso estaba dirigido por Plácido Domingo cuando yo estuve allá.

Me metí a ese concurso: eran 30 países, y cada país escogía cuatro aspirantes. Los llevaba la Embajada, traían músicos, hacían una prueba y solo cuatro quedaban por país. 150 personas y 25 mil dólares de premio –en 2006 tenían otro valor, era mucha más plata que ahora–. Y no era tocando en vivo, sino a través de vídeos que yo ya tenía. Durante todo ese tiempo había grabado muchos, con varias cámaras y buen sonido. Dos músicos de Latinoamérica ganamos ese concurso, que es el premio más importante que tengo.

Con ese premio me fui a los Estados Unidos al  Kennedy Center. Tuve la suerte de estudiar con uno de los grandes guitarristas de todos los tiempos, ellos me hicieron el contacto. Además les pedí estar en ciertos festivales. Y me la pasé tocando, pasando clases con Manuel Barrueco, un cubano-norteamericano que es una de las grandes leyendas de esto que hago yo.

En los Estados Unidos estuve un año. Y de ahí me fui a Alemania detrás de otro gran maestro. Le escribí, le mandé grabaciones, le dije que quería ser su alumno, y me aceptó. Estuve con él tres años en la Universidad de Música de Colonia. Y ahí ya empecé a tener conflictos, no quería hacer lo que me mandaban los conservatorios. Tenés que respetar un programa, porque estás en una universidad, y eso me empezó a incomodar. Descuidé lo que me pedían para dedicarme más a lo que yo quería hacer. Y ahí ya dije: “no, a partir de ahora yo solito”.

Creo que de estudio fueron uno año en la Argentina, cinco en La Habana, dos más en La Habana, uno en los Estados Unidos y tres en Alemania, o sea 12 años de estudios. Y ya dije: “nunca más”. Nunca más estar bajo la orden de alguien. Ya tenía mis propias ideas, quería dedicarme a ser lo que tenía en mente. En Alemania me quedé, me fue bien, empecé a tocar bastante por allá. 15 años estuve en Alemania.

¿Piraí Vaca es un hombre feliz?

Sí, sí, claro.

“Últimamente siento la necesidad de un sonido más amplio”

¿Cuál es tu relación con tu padre? Te lo digo porque Jorge Sanjinés, que es un gran amigo de tu padre, dice: “Lorgio Vaca es uno de los hombres más felices que yo conozco. Se levanta bailando. Aún a la edad avanzada que tenga, él baila. Es un hombre que te llena de una energía muy grande”. ¿Qué de eso tienes tú? ¿Cómo es tu relación con él y con tu familia?

Quizás primero tendríamos que tener más en claro qué significa ser feliz. Ser feliz no significa estar feliz todo el tiempo; ser feliz, me imagino, es estar en paz con vos. Dedicarte a lo que te gusta, que implica hacer lo que no te gusta. Por ejemplo: organizar conciertos. Yo lo que quiero es tocar y no organizar conciertos. Pero, bueno, si quiero tocar tengo que organizarlos. Entonces ser feliz es algo mucho más amplio que simplemente estar feliz.

Ser feliz es un alineamiento con lo que la vida te ha encomendado, la posibilidad o la capacidad de realizarlo, poder vivir de eso, y sobre todo concentrarte en lo que te interesa y en las cosas bonitas. Y no prestar mucha atención a todo lo que puede meter ruido en tu sistema.

Mirá, Lorgio tiene 94 años. Eso de que baila… claro, baila, pero ese es su ejercicio. Él practica, en vez de ir a correr baila media hora o una hora con la música que tiene. Agarra unas pesitas y baila. Y lo bueno de eso es que combina el ejercicio físico con lo emocional. Fue Chaplin el que dijo: “un día sin reír es un día perdido”. Pero otro dijo lo mismo con el baile.

El baile no es solo físico para él, Lorgio sube y baja andamios. Acaba de terminar un mural de 20m por 5m y de colocarlo en Santa Cruz, en un hotel. Con eso más o menos te ilustro su capacidad física y mental a sus 94 años.

Y la última es esta. Antes de una gira yo llevo mis equipos y mis parlantes a su taller, que es un lugar bien grande, para calibrar mis efectos, para ecualizar, junto con un ingeniero de sonido que me ayuda. Hace unas semanas yo estaba ahí y Lorgio está leyendo un libro –él se pasa todo el día leyendo– sobre la importancia de la masa muscular a medida que envejecés. Me lo comentó hace dos o tres semanas. Entonces yo estaba en su taller haciendo mis cosas y viene y me dice: “hijo, quiero ir al gimnasio”. Hace unos 24 años que yo voy al gimnasio, para mí es fundamental, y le dije: “papá, mirá, en una hora yo estoy yendo. Vamos”. Y fuimos. “Pero ponete un chorcito”, le dije. “No, no, no –me dijo–, estoy bien así”. Con su ropa de trabajo: un pantalón amplio, una camisa deshilachada. “Ponete un buzo, papá. Yo conozco el ambiente del gimnasio…”. “Me importa tres pepinos –me dijo–, yo me pongo cualquier cosa”. Yo insistí en que se pusiera un bucito, un pantalón de deporte. “No, hijo, yo soy así. Vamos”. Y nos fuimos. Ahí en el gimnasio le enseñé alguna que otra cosa, sobre todo para sus piernas, para desarrollar la estabilidad. Y al día siguiente yo viajaba. Ayer me ha mandado Jack, mi amada, una foto donde se ve a Lorgio firmando. Y el texto que me pasa dice: “Lorgio inscribiéndose en el gimnasio a sus 94 años. Toda una inspiración”.

Ahí lo tenés, a sus 94 años está empezando a ir al gimnasio.

¿Qué tienes tú de él?

Mirá, creo que he heredado lo más importante de él. Tengo una relación muy cercana, soy con quien más discute, con quien más se trenza… Eso te indica que somos los más parecidos.

Pero más allá de eso, lo más importante que tengo de Lorgio es su afán de comunicación. Por ejemplo: Lorgio ganó el Premio Nacional de Pintura. Como pintor le iba muy bien, exponía en Europa, en los Estados Unidos… pero abandonó eso porque no quería que su mensaje se quedara en una pared, en una casa, en una galería. Por eso se dedicó al arte público y desarrolló una técnica propia. Investigó qué medio podía usar para que su mensaje no se diluyera con el tiempo –porque cualquier cosa al aire libre se deteriora–, y entonces usó la cerámica policromada y vidriada, cerámica pintada con pigmentos y óxidos y cocida a mil 100 grados de temperatura. Un material muy resistente que puede durar siglos.

Entonces él se dedicó a hacer lo que él llama “arte público”. Se dedicó a hacer esos murales inmensos que hoy son el ícono de Santa Cruz. Y puso su arte al alcance del transeúnte.  Ese afán de comunicación creo que es lo más valioso: “tengo algo que decir, porque así soy, así vine”. Y creo que eso es lo más importante que tengo de él y que tengo en mi carrera.

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Cris González Fundadora de Correo del Alba

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