En un mundo en profunda transformación, donde el orden unipolar impuesto tras la Guerra Fría muestra signos evidentes de agotamiento, las economías de los Estados Unidos, China y Rusia marcan el pulso de una nueva configuración planetaria. Tres potencias, tres modelos, tres maneras de concebir el poder económico y su rol en la política internacional. Desde América Latina, que siempre estuvo mirando y dependiendo del Norte Global, observar esta disputa no es un ejercicio abstracto, sino parte de una reflexión urgente sobre soberanía, integración y futuro común.
¿Quién tiene realmente la hegemonía?
En términos nominales, los Estados Unidos siguen encabezando el ranking económico global con más de 28 billones de dólares (2024). Sin embargo, el ascenso sostenido de China, que ya supera a los Estados Unidos en paridad de poder adquisitivo (PPA), revela que el centro de gravedad económico se está desplazando hacia Eurasia.
Rusia, si bien con un PIB mucho menor (alrededor de dos billones de dólares), mantiene una economía resistente basada en su riqueza energética, su base de recursos naturales y su papel clave en mercados como el gas, el petróleo, los fertilizantes y los minerales estratégicos. La reducción forzada de sus vínculos comerciales con Occidente ha impulsado un proceso intensivo de reindustrialización, modernización y una nueva orientación hacia Asia y los países del Sur Global.
Tres modelos en disputa
Los Estados Unidos representan el modelo neoliberal clásico: una economía dominada por el capital financiero, una élite empresarial concentrada y una profunda desigualdad social. Su poder económico está íntimamente ligado a su maquinaria militar, su sistema financiero y el control del dólar como moneda de reserva global.
China, en cambio, propone una vía alternativa: un sistema mixto donde el Estado conserva el control estratégico de la economía y la producción, y orienta la inversión hacia sectores prioritarios. Su crecimiento, aunque moderado respecto a décadas anteriores, mantiene un ritmo sólido, y su apuesta por la autosuficiencia tecnológica y la expansión comercial mediante la “Franja y la Ruta de la Seda” está reformulando la conectividad global y las líneas de suministro al haberse convertido en la principal fábrica global.
Por su parte, Rusia articula un modelo de capitalismo estatal con fuerte impronta soberanista. Aunque su economía depende fuertemente de los hidrocarburos ha demostrado una capacidad de adaptación notable frente a sanciones sin precedentes. Moscú busca consolidar alianzas con potencias emergentes –como China, India, Irán y Sudáfrica– dentro de un nuevo bloque geoeconómico (Brics+) alejado del dominio occidental y con mayor peso económico que el G7.
El presupuesto de defensa dice tanto o más que las cifras del PIB.
• Los Estados Unidos destinan cerca de 877 mil millones de dólares, es decir, más del 3% de su PIB. Conserva más de 800 bases militares en el mundo y ejerce presión mediante bloqueos, sanciones y operaciones encubiertas.
• China, con un gasto de 290 mil millones, tiene un perfil de defensa regional, modernizando su Ejército con enfoque en la disuasión frente a provocaciones en el estrecho de Taiwán o el Mar Meridional.
• Rusia, con 109 mil millones, invierte en defensa el 5.6% de su PIB. Su doctrina militar apunta a resistir el cerco de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y garantizar su soberanía frente a agresiones externas.
Estas cifras muestran una verdad incómoda: las potencias no compiten solo por mercados, sino por modelos de mundo y posibilidades de desarrollo. Y los conflictos económicos, como los arancelarios planteados por Donald Trump, reflejan la actual disputa geoestratégica entre esos tres modelos en disputa.
Tecnología, monedas y control global
Los Estados Unidos lideran aún en sectores tecnológicos, pero su dominio es cuestionado por el avance chino en áreas como la Inteligencia Artificial (IA), telecomunicaciones, infraestructura digital y energías renovables. China, además, busca independizarse del dólar a través de acuerdos bilaterales que le permitan usar su propia moneda, el yuan, en sus operaciones comerciales y financieras, por ello ha promovido la creación de mecanismos financieros autónomos como el CIPS, en respuesta al Swift.
Rusia, excluida del sistema financiero occidental, ha emprendido una desdolarización acelerada y refuerza su comercio exterior en monedas locales, especialmente con Asia. Rusia ha creado el sistema MIR, una alternativa al sistema interbancario Swift, para que las tarjetas emitidas por los bancos rusos puedan ser utilizadas en transacciones comerciales en la moneda local de los países miembros del MIR convirtiéndose en los hechos una alternativa al Swift cuya mensajería interbancaria es utilizada por la mayor parte de los bancos a nivel mundial y cuya moneda oficial es el dólar.
El sistema MIR es una plataforma de pagos electrónicos que se ha expandido en el ámbito internacional y que cuenta con la participación de varios países. Además permite realizar transacciones en rublos rusos en las operaciones comerciales y financieras con Rusia y otros países que utilizan esta moneda. Su política apunta a quebrar el monopolio del dólar como arma económica.
América Latina en el nuevo orden mundial
La confrontación entre estas tres potencias no es solo económica, es también una disputa ideológica sobre cómo organizar el mundo. Mientras los Estados Unidos insisten en imponer un orden basado en la dominación financiera, las sanciones y el control tecnológico y una doble moral; China y Rusia abogan —al menos en el discurso— por un mundo multipolar, con respeto a la soberanía y modelos de desarrollo propios.
Para América Latina esta coyuntura abre un dilema estratégico: persistir como periferia de un sistema desigual o integrarse de manera autónoma al nuevo orden emergente. La clave está en recuperar el control sobre nuestros recursos naturales, nuestra moneda, nuestra tecnología y nuestra soberanía, unidos como continente, que es la tarea que tiene la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), el mecanismo de integración más amplio y que hoy lidera Colombia. No es fácil promover la unidad regional, no solo por las divisiones ideológicas a la hora del bien común, sino porque priman los intereses empresariales antes que los del país, o los intereses de los países antes que los de la Región.
Los Estados Unidos, China y Rusia representan más que tres economías: son tres visiones del futuro. El mundo unipolar ha entrado en crisis y el nuevo equilibrio se está gestando entre alianzas alternativas, bloques regionales y procesos de liberación económica.
Desde el Sur este momento debe ser leído como una oportunidad. La multipolaridad no es una amenaza, sino una posibilidad histórica para construir un mundo más justo, más equilibrado y verdaderamente soberano.
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Ramiro Lizondo Díaz Boliviano, economista








