Con motivo de la serie de Netflix recientemente estrenada, desde Correo del Alba nos asomamos al fenómeno mundial de este lanzamiento de una obra que contiene múltiples capas de lectura –política, social y filosófica–, creada por el guionista argentino H. G. Oesterheld, detenido desaparecido durante la última dictadura junto a toda su familia.
Quizás el mayor mérito de un artista sea su capacidad de síntesis, de condensar simbólicamente la realidad, pues el arte es, ante todo, conclusión y alegoría de lo humano. En el caso de Héctor Germán Oesterheld, su gran síntesis, su magistral metáfora, fue sin dudas el guión de la historieta El Eternauta, publicada por primera vez en la revista argentina Hora Cero en 1957, con dibujos de Francisco Solano López y ahora producida por K&S Films y lanzada por la plataforma Netflix el 30 de abril pasado, con enorme suceso mundial.
La historieta –forma artística hoy llamada novela gráfica– centra su acción en una invasión extraterrestre ubicada en la ciudad de Buenos Aires y que se sirve de otros alienígenas anteriormente colonizados para alcanzar sus objetivos de conquista. Si bien la temática alienígena hoy podría parecer un lugar común –ya lo era en aquella década de 1950 en donde se creía que podría haber vida en Marte– Oesterheld aborda su creación dotándola de planteamientos filosófico-políticos sutiles y con múltiples posibilidades interpretativas. Uno de los aciertos de la miniserie ahora accesible para el público consumidor de plataformas visuales es que su director –el argentino Bruno Stagnaro– se permite muy acertadas licencias en el desarrollo de la historia, situándola en contextos y problemáticas políticas actuales –hoy la sociedad argentina padece un gobierno fascistoide y con una población dividida y en crisis–.
Este salto hacia adelante, que la enmarca en el siglo XXI y en una Buenos Aires social y económicamente tensa, lejos de alterar las subcapas interpretativas del original las refuerza y les da la intensidad que requiere un momento actual complejo en Argentina (que es también mundial). La dicotomía entre salvarse solo ante una hecatombe global o escoger el camino comunitario y de apoyos recíprocos flota –protagoniza incluso– el espírituargumental de estos primeros seis capítulos de la primera temporada.
Oesterheld en la década de 1950 –y Stagnaro en la actualidad– presentan a los extraterrestres con diversas naturalezas biológicas como los Gurbos –bestias mastodónticas de piel acorazada y sumamente destructivas–, cascarudos gigantes; y los Manos, una raza humanoide de grandes manos con decenas de dedos y que son los encargados de dirigir a los otros extraterrestres, obligándolos a combatir. A su vez, estos Manos también son seres sometidos por Ellos (figuras que nunca aparecen gráficamente, pero son los verdaderos conquistadores; la fuerza criminal que va arrasando y depredando planetas para colonizar sus razas y sus recursos). De momento, en la serie solo aparece la primera oleada de invasores, que son los Cascarudos, grandes insectos que fungen de avanzadilla, la carne de cañón de una invasión mucho más compleja y terrible que vendrá detrás
Para muchos analistas de la obra El Eternauta –reeditada durante décadas por diversas editoriales de aquí y de Europa, incluso de Asia– los Ellos, la civilización tutelar que coloniza razas y las somete, representan una clara metonimia del imperialismo estadounidense que utiliza a los colonizados internos para que hagan su propio trabajo de conquista. Como metáfora añadida y en extremo lúcida, Oesterheld nos dice en El Eternauta que los Manos son incapaces de rebelarse a sus amos porque les fue inoculada en el cuerpo una “glándula del terror”, un dispositivo con capacidad de excretar un veneno mortal cuando la adrenalina producida por un pensamiento libre, o de rebelión, se genera. Sin dudas, el autor nos presenta de manera alegórica los mecanismos imperialistas en toda su vastedad: la inoculación del miedo, el control emocional e informativo y el colonialismo de las subjetividades como factores determinantes para la expansión.
Oesterheld entendía, ya por entonces, que en América Latina la tarea interna colonial era cumplida por los propios militares latinoamericanos, los grandes medios de comunicación y nuestros ministros de Economía, entre tantos otros sumisos que realizan los trabajos sucios del coloniaje. He aquí el valor de su parábola, que reside en los eficaces paralelismos que expone en una –aparentemente– simple historia de extraterrestres. Analogías que se temía no estuvieran presentes en la reciente superproducción de Bruno Stagnaro, que contó con un presupuesto de 15 millones de dólares.
VIDEO | Tráiler oficial «El Eternauta»
Una obra compleja que contiene reflexión social y una trama digna del mejor cine de acción
Algunos trabajos sobre de El Eternauta escritos en los últimos 50 años también han señalado que ninguno de los invasores enviados por Ellos poseen una naturaleza odiosa, pues se trataría de seres forzados a cumplir la voluntad del dominador, como toda entidad colonizada. Sobre el particular se ha querido ver una postura antibelicista y una crítica al concepto mismo de la guerra, en donde unos pocos deciden la muerte y la destrucción de muchos. También la obra ha sido explicada como un alegato sobre la lucha de clases, ya que muestra la explotación de unos seres vivos para el exclusivo beneficio de otros, poniendo frente al lector una paráfrasis que explica la forma más perversa de sometimiento: la lucha de oprimidos contra otros oprimidos.
Como colofón de su capacidad alegórica, Oesterheld describe que para dominar a los humanos los invasores les clavan en la nuca un dispositivo que les convierte en dóciles y obedientes hombres-robot que siguen estrictamente las órdenes dimanadas del poder imperial. Figura perfectamente válida para las clases medias latinoamericanas o aquellas lumpen-burguesías locales señaladas por el sociólogo alemán André Gunder Frank, que avanzan mecánicamente por los senderos cuidadosamente marcados por el poder mediático y el discurso generado en las usinas imperiales.
Si bien la obra ahora estrenada puede verse simplemente como una muy original y entretenida miniserie, su contenido simbólico-político resulta insoslayable incluso para las mentes menos politizadas que se asomen a verla (o a leer el original).
Como reflexión genial, Oesterheld nos dice que el único héroe válido para toda liberación es el héroe colectivo. No el luchador solitario, sino aquel que une sus fuerzas al conjunto y lo dota de elementos para enfrentar a la opresión. “Nadie se salva solo”, dice Ricardo Darín, protagonista de El Eternauta y que interpreta a Juan Salvo en la miniserie.
En 1969 El Eternauta tuvo una segunda versión más radical escrita por el propio Oesterheld y dibujada de manera experimental y vanguardista por Alberto Breccia en la revista Gente (un medio semanal de contenidos frívolos y banalidades). Por eso sus lectores enviaron cartas lapidarias al editor para que suspendiera la publicación, cosa que finalmente hizo. En aquella versión América Latina era entregada por las potencias centrales a los invasores extraterrestres, a cambio de una convivencia pacífica con ellos. Esta versión será así una suerte de preparación introductoria a La Guerra de los Antartes (1970), otra obra de Oesterheld en donde explora la geopolítica Norte-Sur y ficciona qué pasaría en ella si una invasión interplanetaria impusiera un gobierno mundial.
Lo que siguió en la vida de Oesterheld es sabido y aún sigue siendo motivo de estudios y análisis. Él, que había sido un antiperonista declarado, un hombre de clase media –parecido a un hombre-robot–, contrario a las manifestaciones populares encarnadas por el peronismo, con los años fue mutando en intelectual comprometido y hasta radicalizado que abrazó al movimiento revolucionario Montoneros (de extracción peronista y marxista), del que fue su jefe de prensa. En sus últimos años fue un activo militante que apoyó a las guerrillas urbanas que por la década de 1970 habían surgido en la escena política argentina. Y le siguieron en esa lucha sus cuatro hijas, quienes fueron, en realidad, las responsables del vuelco ideológico de su padre hacia la izquierda combativa.
Todos ellos fueron secuestrados o acribillados en sus domicilios por la dictadura militar que se hizo con el poder en 1976. Elsa Sánchez de Oesterheld –viuda del guionista– perdió a sus cuatro hijas: Estela, Diana, Marina y Beatriz, y a tres de sus yernos, además de dos nietos presuntamente nacidos en los centros de tortura. En el libro Nunca Más, que recogió los testimonios de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), figura el relato de Eduardo Arias, otro detenido y torturado que compartió cautiverio con Oesterheld. Ante la comisión Arias señaló en 1983: “su estado era terrible. Permanecimos juntos mucho tiempo. […] Uno de los recuerdos más inolvidables que conservo de Héctor se refiere a la Nochebuena del 77. Los guardianes nos dieron permiso para sacarnos las capuchas y para fumar un cigarrillo. Y nos permitieron hablar entre nosotros cinco minutos. Entonces Héctor dijo que por ser el más viejo de todos los presos quería saludar uno por uno a todos los que estábamos allí. Nunca olvidaré aquel último apretón de manos. Héctor Oesterheld tenía 60 años cuando sucedieron estos hechos. Su estado físico era muy, muy penoso”.
Pero al igual que El Eternauta –su obra más célebre de una extensa y fértil labor– Oesterheld ocupa un lugar eterno. Un espacio-tiempo propio que lo devuelve, una y otra vez, a la presencia de los vivos que no se rinden jamás a los ocupantes y opresores, provengan de donde provengan. El héroe verdadero –él lo sabía y su generación también– es siempre el héroe colectivo.
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Alejo Brignole Argentino, escritor y analista internacional miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (REDH)








