Una mujer que vuela

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El primero de agosto de 2021 fue un día profundamente emocionante para Venezuela y,  una de esas raras oportunidades en las que se habla sobre el país de manera positiva, pues a la hora que apenas algunos vencen la pereza con un café, toda la geografía se estremeció con el desempeño de Yulimar Rojas,  quien se constituye en la única mujer venezolana en haber ganado el oro en las Olimpiadas, la titular del récord olímpico y del récord mundial,  así como la que hizo los tres mejores tiempos de la competencia. Es decir, que si la regla del juego no fuese que se otorgan a quienes más destaquen las medallas, una por persona, ella habría podido portarlas todas.

Su triunfo tuvo la fuerza que tienen los movimientos telúricos y significó una hora de orgullo deseada en medio de estas tormentas. Sin embargo, para algunos titulares, en España, es más importante que Yulimar Rojas sea parte de un equipo ibérico, o, para otros el que no reside en Venezuela que su nacionalidad. Esto, sin mencionar, que algunos narradores y algunos portales intentaron decir que la caraqueña-oriental era colombiana.

Sin embargo, Yulimar cuando habla recuerda a cada frase que es venezolana. Lo recuerda por lo que dice y por cómo lo dice, pero también habla de un país que, con sus dificultades y contradicciones, ha cambiado mucho y que, sin duda, tras su victoria, se verá forzado a cambiar incluso más.

Esto porque el oro que ganó la “reina” sembró en miles de niñas y adolescentes sueños de que las mujeres en Venezuela pueden aspirar a ser y a hacer lo que les plazca y que incluso pueden tener cualquier fisionomía, cualquier nombre, cualquier color y ser la mujer más amada del país. Lo que muchas podemos reconocer como la conquista más importante que hace esa muchacha para todas las venezolanas, tantas veces sometidas a la dictadura de la imagen, construida en un molde férreo de pautas occidentales que deja fuera miles de formas, texturas y estilos que existen en este país.

Ahora, si alguna cosa es Rojas, además de un fenómeno en la pista o de un personaje cuyo carisma conmueve, es un crisol de minorías, de grupos históricamente excluidos en todas nuestras sociedades que, presumen de una democracia calcada y que todos conocemos poco profunda y endeble. Porque Yulimar es una mujer negra, pobre y abiertamente lesbiana. Todas las cosas de las que, por ejemplo, en las escuelas de clase media enseñan a avergonzarse y la que hubiese sido objeto de mofas y desprecios, en los más famosos espacios de televisión nacional.  

¿Qué significa el ejemplo de Yulimar para las niñas afros, obligadas culturalmente a sentir vergüenza de su cabello, de su altura o de su contextura? ¿Qué les demuestra a las poblaciones LGBTI a las que rara vez se les nombra directamente, orgullosamente? ¿Qué les dice a las miles de niñas que no quieren ser Misses sino cualquier otra cosa, incluso algunas que pueda alguien estimar varoniles?

Su triunfo es, sin dudas, un tema del que se hablará por mucho tiempo y que hará que Venezuela junto al béisbol reivindique nuevas aficiones nacionales a las que se sumarán, sin duda, el levantamiento de pesas y las piruetas en bicicleta, por las cuales, la alegría también llegó a estas costas.

Sin embargo, queda esta puerta que se abre con la misma fuerza. Yulimar es producto de las realidades que impulsó el proceso revolucionario y su esfuerzo debe servir para estimular procesos que se abandonaron o que nunca han comenzado. ¿Podemos imaginar qué resultados puede traerle al país empoderar a las muchachas con su historia de superación, con su talante digno y con su plena reivindicación del derecho a ser quién es, sin disimulos o transformaciones?

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Ana Cristina Bracho Abogada venezolana

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