Por Marco Enríquez-Ominami
Hubo un momento revolucionario en Chile. El 18 de octubre de 2019, espontáneamente, sin liderazgos ni sujetos históricos distinguibles, el ancla de la historia se levó. Pero esa revolución, como si de manual de la modernidad se tratase, rápidamente se institucionalizó, a través de un acuerdo entre las élites parlamentarias, que fijaron el marco para una Convención Constitucional que redactase una nueva Constitución. El barco de la historia se movió, pero el ancla se bajó tan rápidamente que nadie sabe todavía cuánto se avanzó. Lo cierto es que ni siquiera estamos seguros si se alcanzó a desanclar, y si esto que decimos a cada rato de que «Chile cambió» no es más que un síntoma del mareo de tierra. Porque la verdad es que, cuando uno mira por la escotilla, el paisaje de este planeta nuevo se ve más o menos igual que el anterior.
Sin ir más lejos, ese era el objetivo de Jaime Guzmán, el ideólogo de la Constitución de Pinochet, que las cosas en Chile cambiaran, pero en un eterno gatopardismo. Que cambiaran, pero dentro de los marcos de lo posible que él mismo había fijado, que es que la Constitución siga siendo más que un marco de responsabilidades del Estado, un modelo de negocio para los mismos empresarios y sus familias.
Dentro de ese marco es que se firmó el acuerdo que institucionalizó el proceso revolucionario en Chile. Por eso es que se llamó Convención Constitucional y no Asamblea. Por eso ese que se fijaron, a priori, quórums de 2/3 para sus acuerdos constitucionales. Por eso es que no consideró asegurar la participación de independientes, mujeres, indígenas, o de cualquiera de esos sujetos históricos que, en paralelo al acuerdo, se conformaban y delimitaban –a palos y balines de la Policía– en la Plaza de la Dignidad.
Y por eso es que, luego del aplastante triunfo del plebiscito, apoyando la redacción de una nueva Constitución, se vienen, para Chile, desafíos enormes relacionados con la transformación de ese marco, de forma tal que permita hacer de ese mareo de tierra un verdadero momento revolucionario. Se deben cambiar varias reglas de ese acuerdo. No solo la paridad, que era lo mínimo y ya fue lograda. Además, la gente se debe sentir representada, y Chile debe entenderse a sí mismo como un Estado plurinacional. Como un país mestizo e indígena. Como un país de trabajadores y trabajadoras. Como un país saqueado, de grandes desigualdades y en una aguda crisis ambiental. El feminismo debe entrar a ese congreso habiendo hecho un acuerdo con los movimientos populares. El movimiento popular debe entrar con consciencia de género y medioambiental. Debe Chile lograr un acuerdo transversal. Práctico. De mínimos. Que permita un aplastante triunfo electoral.
Hoy existe en Chile, como nunca, un acuerdo general en estos temas en todas las fuerzas de izquierda. Hoy, desde la Democracia Cristina (DC) hasta el Partido Comunista (PC) están de acuerdo, al menos, en que el mercado debe retroceder de las tres áreas fundamentales: salud, educación y pensiones; que de ellas debe hacerse cargo un Estado fuerte, eficiente y solidario, y que el medio ambiente y la equidad de género deben ser un sí o sí institucional transversal. Por eso es que, desde esta tribuna, hago un llamado a todas las fuerzas progresistas del continente para que nos ayuden en esta cruzada por la unidad de la izquierda en Chile.
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Marco Enríquez-Ominami Cineasta y político








