Tan solo una mujer, corriendo…

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Por Rafael Kries

El 11 de septiembre de 1973 un grupo de mujeres abandonó La Moneda en momentos en que este edifico ya estaba siendo bombardeado por aviones de la Fuerza Aérea de Chile. Las llamas empezaban a consumir un edificio viejo, cargado de historias diversas, cuya imagen no podrían recomponer posteriores arreglos u ornamentos.

Corriendo por sus vidas, bajo las cornisas y balcones que pudiesen proporcionarles protección, ellas llegaron a una cuadra de distancia en donde una improvisada barricada de vehículos, protegía a militares que atacaban el centro de Gobierno en el que se encontraba Salvador Allende.

Varias de ellas se habían negado a abandonar el recinto pero el Presidente, con diversos argumentos, en medio de la emoción, la tensión y la metralla, las había ido convenciendo. Ustedes tienen una tarea muy importante, les había dicho, comunicar al pueblo y al mundo las condiciones de esta lucha.

A una, en particular, su amiga íntima, compañera y Secretaria, la Payita, a Salvador Allende le había costado convencerla, sacándola del lugar en el que se había guarecido para permanecer en ese segundo píso.

Tienes que irte, le ordenó con ese tono imperativo que usaba como Presidente y no como Salvador el eterno candidato y soñador socialista. Debes irte y ahora, y mirando a la muralla agregó: te llevarás el Original del Acta de la Independencia… porque nuestra lucha encarna las esperanzas eternas de dignidad de este pueblo.

Es imprescindible salvar de este infierno este documento, que tanto significa para Chile…

La imagino bajando entre lágrimas, estampidos y tropezones, la escalera de Morande 80, para correr luego por la calle Agustinas alejándose del bombardeo contestado por un puñado de muchachos del Grupo de Amigos Personales (GAP).

Correr con ese documento enrollado como un mensaje hacia el futuro, la convenció de abandonar a ese hombre al que sabía no volvería a ver vivo y que había representado tanto en su vida. No se sentiría una Manuelita Sáenz protegiendo a Bolívar, sino tan solo una simple mujer chilena cumpliendo su tarea eterna de esconder en sí el futuro entre tanta barbarie. Correr entre lágrimas, miedo y horror de tanta violencia, dolor e injusticia.

¿Qué llevas ahí? Le preguntó el oficial parapeteado detrás de la barricada, con rudeza.

Para ellos eran tiempos y espacios de guerra, aunque fuesen en contra de un pueblo sin armas y al cual debían protección y lealtad.

¿Qué llevas allí escondido?, repitió, arrebatándole ese rollo de ilusiones firmado por un grupo de súbditos del Rey de España que con ese acto se proclamaban soberanos.

Es el Acta de la Independencia, le dijo ella, como diciendo en su tono bajito: al menos respete la historia que le ha permitido a usted ser un ciudadano y no un súbdito.

¿Acta de Independencia? le respondió ese militar, transportado por el combate a un sitio más allá de todo argumento. Me cago en esto, y diciendo eso rompió en mil pedazos el documento que Allende le había pasado a Payita descolgándolo de la muralla de su oficina, minutos antes.

La lógica del triunfo era la violencia, estaba claro en la mente de ese joven oficial, y no llegaba a su comprensión las circunstancias históricas que se estaban así escribiendo.

Ella bajó la cabeza y siguió corriendo, apegada a la muralla, como si el estar cerca de algo sólido reemplazara la necesidad de sentido.

Así se escribe esta historia, dijo Allende entre muchas conmovedoras y hermosas frases que nos dejó de sus últimos momentos, “América Latina y mi pueblo escribirán el resto”…

Muchas veces me pregunto si momentos como ese no reflejan por si mismos la magnitud del drama histórico de ese 11 de septiembre de 1973.

Tan solo un momento y dos simples seres humanos, en una tragedia que los retrata.

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Rafael Kries Economista y exdirigente de los Cordones Industriales

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