EXCLUSIVO │ Lucía Sepúlveda: “Las mujeres jóvenes teníamos participación en las movilizaciones, en las cuales se desplegaba toda la energía y alegría del período”

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Por Cris González

Lucía Sepúlveda es periodista, especializada en medio ambiente y activista social, coautora de numerosas publicaciones, entre las que destacan Pueblos Originarios y Sustentabilidad (2001) y Acción Ciudadana por el Medio Ambiente : Cinco años en la Descontaminación de Santiago (1996).

Militante destacada del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), compañera del periodista y ejecutado político Augusto Carmona Acevedo, luchadora contra la dictadura cívico-militar de Pinochet, nos acercamos a ella para abordar el papel de la mujer durante los mil días del gobierno popular.

¿Cómo está llevando esta cuarentena y cuál es su análisis sobre lo que vive la humanidad con esta pandemia?

La cuarentena la he llevado con mucha disciplina respecto de salir fuera de casa, apoyada por mi pareja, por mi hija y el “Comprando Juntos” de nuestro barrio. Me considero privilegiada en ese sentido, porque tengo un techo, agua e ingresos por mi trabajo, ahora telemático, en la Red de Acción en Plaguicidas y sus Alternativas en América Latina (RAP-AL).

El activismo virtual de los movimientos sociales de los que participo ha sido enorme, hay nuevas articulaciones internacionales que permiten una mirada muy rica sobre la resistencia de los pueblos en pandemia. Pero he estado también muy impactada, por dos dolorosas pérdidas de familiares, y porque en Chile millones de personas no han podido cumplir con las medidas sanitarias. Viven hacinadas en precarios conjuntos habitacionales, dependían de trabajos informales y no tienen ingresos propios, o bien viven en localidades campesinas cuyas fuentes de agua han sido saqueadas por el agronegocio de las paltas o la industria forestal, y reciben un mínimo de agua en camiones aljibes enviados por las municipalidades.

Además del colapso de la salud pública, la pandemia ha evidenciado la dependencia en que vivimos en el tema alimentario, ya que hay carestía de productos básicos para la alimentación, como las legumbres, que los productos agrícolas y otros entran sin aranceles debido a los Tratados de Libre Comercio de los que Chile es parte. Ello ha significado el abandono de los cultivos tradicionales por los campesinos y campesinas  ya que las lentejas, los porotos o los garbanzos importados desde Canadá, por ejemplo, llegan a precios con los cuales ellos no pueden competir.

La humanidad está viviendo una crisis ecológica sin precedentes, producto de la imparable voracidad del capitalismo y sus nuevas formas. Rob Wallace y otros investigadores norteamericanos han planteado en Monthly Review que el Covid-19 es la socialización de los daños del modelo del agronegocio,  y  está en guerra con la salud pública, porque la pandemia está asociada a prácticas de consumo global que han llevado a la naturaleza a un estado crítico.

Para expandir las fronteras de los hábitat  de animales exóticos para su exportación a un mercado global, o en los planteles de carnes, el agronegocio empuja los límites de lo posible, devastando selvas y territorios vírgenes y dañando la biodiversidad. En paralelo, en la mayor parte del mundo se implementa un enfoque de privatización de la salud, lo que se ha hecho evidente a la luz de lo que ocurre en Estados Unidos. 

Por todo ello, esta crisis debiera entregarnos la posibilidad de salir de ese paradigma extractivista y plantear un vuelco de carácter estructural. De otra forma, tendremos lo que se anuncia: una nueva crisis sanitaria, poco después de que se concluya esta, y así sucesivamente.    

Entrando en el ámbito personal, me gustaría saber de dónde vienes, cuáles son los elementos familiares, políticos y culturales de tu formación como mujer.

Nací en Parral, el pueblo natal de Pablo Neruda. Mi mamá era profesora de filosofía y francés, mi papá comerciante de “frutos del país”, o sea productos del campo, y somos seis hermanos. Mi familia era más bien inclinada a la Democracia Cristiana (DC). Mi madre,  muy sensible a la injusticia y apegada a la doctrina social de la iglesia,  nos formó en un cristianismo apegado a lo social. Estudié en un internado de monjas, en Chillán, del que rescato mis primeras experiencias organizativas, cuando salíamos a hacer “misiones” al campo, guiadas por un cura español de posturas claramente progresistas y rupturistas para esa época.

Estudié en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, desde donde salí de la burbuja. Como activista católica, participé en las comunidades cristianas de base ya marcadas por la Teología de Liberación, en respuesta a las injusticias que percibía en el estado de cosas. El año 1968 estuve en la Toma de la Catedral por la Iglesia Joven, exigiendo al Cardenal una toma de posición en favor de una iglesia de los pobres.

Mi posicionamiento en la izquierda, y mi opción por la izquierda revolucionaria –militar  en el MIR– se produjo cuando ya trabajaba como periodista, en el marco de la candidatura a la presidencia de Salvador Allende. El MIR representaba una forma diferente de hacer política, desechando las visiones tradicionales, y me ubicaba así en el campo de los revolucionarios junto a las luchas de Cuba y otros pueblos y en la línea de Camilo Torres y el Che.

«En las tomas de terreno o en las tomas de fábricas que se hacían para pedir su paso al Área de Propiedad Social (APS), las mujeres participaban de todas las tareas derivadas de ella (vigilancia, cocina, producción, comunicaciones,  entre otras)»

En los 60 la política y lo político parecían ser un campo de acción exclusivo de los hombres, ¿cambió esto en el gobierno de la UP, en cuanto a la participación de la mujer en ese escenario político chileno?

En realidad, en el sentido tradicional la política era en los años 60 un campo de acción mayoritariamente ocupado por los hombres, pero lo político va mucho más allá de la política institucional, y en ese sentido la vida de Chile está marcada por las mujeres, pero ese aporte está invisibilizado. El contexto latinoamericano y global de esos años favoreció que las mujeres jóvenes ingresáramos a la escena política de una manera masiva. El ambiente en general era muy politizado, nadie quedaba al margen de ello y muchas mujeres decidimos también participar más activamente.

Creo que quienes nos politizamos en esos años de esperanza y logros fuimos luego parte importante de la resistencia antidictatorial, entre ellas, mis compañeras del MIR ejecutadas y desaparecidas. 

¿Participaron mujeres en la toma de decisiones del gobierno de la UP? ¿Cuál era el ámbito de participación de la juventud y de la mujer joven?

Creo que la participación en toma de decisiones no existió, porque las decisiones las adoptaban los partidos cuyos presidentes eran hombres. La juventud y las mujeres jóvenes teníamos participación en las movilizaciones, en las cuales se desplegaba toda la energía y alegría del período. También participábamos de la educación popular o de educación política, que se hacía en las tomas de terrenos urbanas (para conseguir casa). Muchas veces las militantes se convertían en pobladoras de esos nuevos campamentos. Otra práctica muy usual era ir a los  trabajos voluntarios durante las vacaciones; al campo o a zonas mineras, para apoyar el trabajo comunitario en terreno o hacer alfabetización o construcción de escuelas.  

En las tomas de terreno o en las tomas de fábricas que se hacían para pedir su paso al Área de Propiedad Social (APS), las mujeres participaban de todas las tareas derivadas de ella (vigilancia, cocina, producción, comunicaciones,  entre otras). Casi todas las jóvenes que participaban en este tipo de acciones del período eran militantes o simpatizantes de los partidos de izquierda, compañeras de la franja más consciente: otras trabajadoras se retiraban a sus casas y no participaban de las tomas, por temor o por otras razones. 

También la mujer fue la promotora por excelencia del trabajo en las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios (JAP) que la UP creó para enfrentar el desabastecimiento en los barrios y poner los productos que escaseaban al alcance de las familias.  Pollos, harina, conservas, aceite eran algunos de los productos que se distribuían y en todas esas tareas las mujeres empadronaban y distribuían.

¿Cuál era el perfil de las mujeres de la izquierda y dirigentes en la UP? ¿Existía la idea desde el feminismo?

En general, esa idea no existía. Más bien hablábamos de mujeres comprometidas con los cambios, con su pueblo, con el proceso, con el partido, etcétera, y creo que se valoraba de esa manera y también porque le daba más “fuerza” a los partidos.  No sé cómo lo habrán vivido las militantes de partidos de la UP. En el MIR hubo muchísimas militantes mujeres que ejercieron diversos tipos de tareas, y en ese período no percibí que hubiera discriminación. En los niveles de dirección había compañeras, pero en escaso número. Las tareas de apoyo las realizaban las mujeres (secretaría, logística, alimentación…).  

Usted es periodista y trabajó en Canal 7, la televisora estatal, y en revista Punto Final, ¿cuán importante fueron los medios de comunicación en ese período?

La UP se vio maniatada por el Pacto de Garantías Democráticas que la DC le exigiera a Allende en octubre de 1970, como condición para aportarle sus votos en el Congreso y permitirle ser electo. Uno de sus puntos fundamentales era garantizar la libertad de prensa y de expresión. El   8 de enero del 1971 se aprobó la Ley 17.398, que certificaba el pluralismo político y la libertad de prensa, e impedía la expropiación de cualquier medio de comunicación, salvo con la aprobación de ambas Cámaras.

Contando con esas garantías, la prensa de la burguesía contribuyó a crear un clima de sedición, convocó y legitimó la violencia fascista, usó la mentira y el descrédito para caricaturizar al Gobierno y al Presidente. Todo ello estaba encaminado a justificar y convocar a una salida golpista a la  resolver la crisis.

Los medios de comunicación afines y defensores del gobierno popular, buscaron  aumentar el apoyo al Gobierno y desnudar aquello, pero numéricamente los medios opositores, sumando periódicos, revistas y radios, fueron mucho más numerosos. El mayor tiraje era del diario Clarín, que tenía como lectores preferentes a los trabajadores, obreros y pobladores.

Los medios de derecha aprovecharon cada oportunidad para denostar los cambios que afectaban a sus intereses de clase. En cambio, para el campo popular fue más difícil sostener una estrategia que no solo defendiera al gobierno popular, sino que  contraatacara y desnudara la furia sediciosa y a la vez desplegara los efectos positivos de los cambios. Muchas veces incluso las nuevas formas de lucha y organización que iban surgiendo en los diferentes frentes, tales como las experiencias vividas en los cordones industriales y los comandos comunales, o las corridas de cerco encontraban cabida solo en unos pocos medios de la izquierda, entre los cuales estaba Punto Final.

Comité de mujeres allendistas marchan junto al Presidente.

Canal 7, en la práctica, tenía cierta dificultad para definir sus contenidos porque era administrado por un directorio y gerentes heredados en gran parte de la administración anterior, democratacristiana,  y prensa se manejaba tratando de preservar ciertos equilibrios. Para  el  ensayo del golpe, el Tanquetazo del 29 de junio de 1973, los trabajadores nos tomamos el Canal 7, difundiendo todo el día una programación antigolpista y popular. Pero al día siguiente el canal siguió con la programación habitual.

Cuando en agosto del 1972 fue elegido Edgardo Boeninger, un DC proclive al golpismo, como  nuevo Rector de la Universidad de Chile,  se venía la intervención del Canal 9 de TV, entonces de esa casa de estudios. Los trabajadores impidieron la intervención, tomándose las instalaciones del canal. Fue un verdadero ejercicio de poder popular de estos trabajadores de la comunicación, encabezados por Augusto Carmona, jefe de la toma. Ellos  mantuvieron al aire el canal controlado por los trabajadores tanto en los contenidos como en la gestión técnica y administrativa, hasta ser  desalojados por orden judicial el 9 de septiembre de 1973, momento vivido con enorme tristeza, ya que para todos los participantes de la experiencia fue un anticipo de lo que vendría. 

¿Cómo fue tu etapa en Punto Final? ¿Cuál tu relación con Manuel Cabieses y esa generación política comunicacional?

Colaborar para  Punto Final ha sido para mí un honor y una experiencia muy enriquecedora de la que fui parte hasta la suspensión de la revista, asfixiada por el monopolio del avisaje y el marketing actual.

La modalidad de Punto Final siempre fue contar equipos de colaboradores, que trabajan en otros medios. Augusto Carmona, mi pareja, miembro de su consejo de redacción, me llevó  a Punto Final y empecé como novel reportera, mientras trabajaba en el diario Puro Chile, y luego en Canal 7, hasta el golpe cívico-militar, cuando la revista y todos los medios de izquierda fueron clausurados.

En sus diversas etapas, la revista logró concitar en torno a sí a destacadísimos periodistas e intelectuales de Chile y el mundo, con una visión revolucionaria y crítica del anquilosamiento de la izquierda tradicional. Considero que su director, Manuel Cabieses, es un grande del periodismo y tiene una legitimidad indiscutible como luchador revolucionario. Su ojo para caracterizar cada período político, para descubrir nuevos actores en el avance de las lucha del pueblo en Chile y América Latina, para asegurarle tribuna a los marginados por el sistema y a los revolucionarios en general, y su modestia, son características poco comunes en el periodismo. Las luchas de los pueblos de Cuba, Venezuela y Bolivia dan cuenta de ello.  Como militantes del MIR, trabajamos juntos en los años de lucha antidictatorial,  de manera que nuestros lazos de fraternidad y respeto son indestructibles. 

Las mujeres de la derecha jugaron un rol mediático en el conjuro (parafraseando a Mónica González) que se gestó en contra del gobierno socialista del presidente Allende, las “marchas de las ollas” vacías eran protagonizadas por señoras del barrio alto, ¿cuál fue el rol de ellas en la desestabilización del Gobierno y por qué cree que se utiliza su imagen en esta arremetida?

En el período de la UP las mujeres percibieron logros en la vida cotidiana importantes para la economía familiar y para el futuro de las familias. Los salarios aumentaron, se entregaron becas para incentivar el acceso a la universidad de las jóvenes, se le dio plena capacidad jurídica a la mujer casada, los niños tuvieron el medio litro de leche, el desempleo tenía los niveles más bajos de la historia y todo ello llevó a que fuera aumentando el apoyo al gobierno del “compañero Presidente”. Por ejemplo, en las elecciones municipales de 1971, el apoyo de las mujeres aumentó en un 14% respecto del 32% alcanzado en la elección presidencial, llegando entonces al  43.6% de voto a favor del proyecto del gobierno de la UP.

La derecha golpista no podía reclutar adherentes fácilmente entre las mujeres. La clave para levantar “socialmente” la estrategia golpista fueron los problemas de desabastecimiento alimentario, generados fundamentalmente por el boicot empresarial y por la mayor capacidad de compra que tenían los sectores populares. Las mujeres de clase alta jugaron ese rol de bisagra golpista,  y al  encabezar estas marchas defendían no solo sus privilegios, sino sus tradicionales roles de género, como mujeres dueñas de casa, como fuente de su legitimidad. Pero estas mujeres privilegiadas además tenían contactos directos con sectores militares y de la clase política y empresarial, y sin duda contribuyeron a generar un ambiente propicio al golpe y contrario a toda negociación entre la DC y el gobierno de Allende.

Durante la Unidad Popular (1970-1973), desde el Ministerio del Trabajo se afirmaba la necesidad de que las mujeres fueran incorporadas a todos los aspectos de la vida nacional y a los procesos de cambio a los que se asistía. En dicha incorporación, y de manera especial, su integración a las tareas de producción aparecía como «un requisito indispensable para el desarrollo de una nación», ¿cuáles fueron los espacios de integración en la producción nacional?

No tengo muchos elementos para responder, más allá de establecer que el 80% de las mujeres en 1972 estaba relegada a las tareas de cuidado doméstico, no remuneradas, es decir no formaba parte de la fuerza de trabajo. Se estableció por ley el montepío,  a través del cual la mujer casada percibía entre un 50% a un 100% del sueldo que había tenido su esposo si este fallecía. El permiso de maternidad se amplió de cuatro a seis semanas. También hubo leyes en favor de la infancia.

El aumento del salario mínimo industrial se acompañó de un decreto  que establecía igualdad de salarios para hombres y mujeres, pero no manejo cifras de cuál fue el aumento de la fuerza laboral de mujeres en ese período.

«En las elecciones municipales de 1971, el apoyo de las mujeres aumentó en un 14% respecto del 32% alcanzado en la elección presidencial, llegando entonces al  43.6% de voto a favor del proyecto del gobierno de la UP»

¿Qué papel jugaron en los sindicatos, cordones industriales las mujeres trabajadoras?

La fuerza laboral era mayoritariamente masculina, como ya señalé. Por tanto el rol jugado no fue significativo y relegado a las tareas de “aseguramiento” de las funciones, excepto en el caso de las militantes de partidos que llegaban allí como activistas o miembros de brigadas de cultura, rayados, o actividades artísticas.

En 1973 existían a lo largo del país unos 20 mil Centros de Madres con cerca de un millón de socias, ordenados centralizadamente en la Coordinadora de Centros de Madres (Cocema), institución nexo en el contacto de estas organizaciones femeninas con instituciones estatales con el fin de darle salida a sus productos elaborados por ellas. Los Centros de Madres que se alinearon con la Unidad Popular trabajaron con el Cocema, pero aquellos que no lo hacían se organizaron en otras federaciones como el Frente Democrático de Mujeres, Poder Femenino o la Organización Cívico-Familiar. ¿Fueron relevantes en la vida política y social de las mujeres chilenas los Centros de Madres para incidir en la realidad política de Chile?

No tengo experiencia directa ni conozco investigación sobre aquello.

Tiendo a pensar que como estaban centradas en los roles de cuidado tradicionales (temas doméstico) no fueron muy políticas. Mucho más central fue el rol que jugaron las mujeres pobladoras en las tomas de terreno, y las mujeres que fueron dirigentes estudiantiles y activistas políticas o integrantes de brigadas de propaganda, que sí continuaron luego su actividad en la resistencia antidictatorial en sus distintas formas de lucha, como la organización de ollas comunes y “Comprando Juntos”, pero también en la lucha miliciana.  

¿Qué mujeres destacaría que tuvieron un rol significativo durante la UP, más allá de ocupar o no altos cargos?

“Tati” Allende, Beatriz, la hija del Presidente; la “Payita”, Miria Contreras, secretaria del Presidente; Laurita Allende, diputada; Gladys Marín, diputada comunista; Lumi Videla, dirigenta del MIR; Gladys Díaz, presidenta del Sindicato de Trabajadores Radiales, dirigenta del MIR; Yolanda Abarca, dirigenta de las JAP de la zona Matta-Maule.

A 50 años del triunfo de la UP, ¿qué recuperamos hoy y qué hemos perdido?

Recuperamos las grandes alamedas y plazas de Arica a Magallanes, recuperamos el sentirnos pueblo, recuperamos la voluntad de luchar por un Chile digno.

Hemos perdido los derechos básicos a la salud, la previsión, la educación, nuestros Derechos Humanos están siendo violados permanentemente por la represión; hemos perdido en la revuelta vidas preciosas de jóvenes y hemos perdido los ojos y la vista de una cantidad impresionante de mutilados oculares. Nuestros territorios están depredados, los bienes comunes como el agua y la semilla están privatizados.

Pero también como pueblo hemos perdido el miedo a luchar.

Por último, usted ha tenido una larga trayectoria como periodista y militante de izquierda, ¿desde dónde aborda hoy la lucha política y comunitaria?

No creo en la capacidad de los partidos de izquierda de hoy. Abordo la lucha desde los movimientos sociales, cuyos distintos componentes a lo largo de más de 30 años han contribuido a la gestación de la revuelta popular, al estallido que el sistema pretendió frenar a través del plebiscito sobre una nueva constitución, maniobra que el pueblo abortará. Desde los años 90 y hasta ahora mismo,  los mapuche son una punta de lanza contra el modelo neoliberal y el extractivismo usurpador; el movimiento socio-ambiental se ha ido construyendo en los territorios; el feminismo se ha levantado como una alternativa transversal para las mujeres; el movimiento de Derechos Humanos que reivindica la memoria histórica ligada al presente;  y los estudiantes, en especial los secundarios, han estado liderando la recomposición del movimiento de masas y su articulación en la calle.  Por eso participo del Movimiento por el Agua y los Territorios (MAT), de la Plataforma Chile Mejor sin TLC, del Comité SocioAmbiental Feminista de la Coordinadora Feminista 8 Marzo y de la Asamblea Autoconvocada de mi barrio, que son expresiones de lo anterior.

Hoy la lucha es concreta y se da en los territorios en pandemia, aún enfrentados a las criminales políticas del gobierno de Piñera. Eso significa que nuestra Asamblea Autoconvocada ha debido dedicarse en forma virtual (y físicamente los que pueden)  a asegurar la salud del barrio y su abastecimiento a través de un “Comprando Juntos”, más el acopio de ayuda solidaria a quienes no pueden para ir construyendo en los hechos ese otro Chile que queremos. Teniendo en la mira una Constitución plurinacional, feminista, popular y soberana, vamos por un masivo apruebo,  capaz de convertir la convención constitucional en una asamblea constituyente soberana.

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Cris González Directora

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