El neofacismo trata de empoderarse en el mundo

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Por Yoselina Guevara López

Con una puesta en escena que tenía como protagonista principal su lujoso vestuario, más allá de la simpleza de la música, el cantante italiano Achile Lauro hacía resucitar las palabras de Benito Mussolini en el Festival de San Remo 2020, ante 10 millones de telespectadores, en uno de los de música más importantes de la canción europea. En un pegajoso ritornello de tres notas, la frase “Me ne frego” quedó impresa en la memoría colectiva de millones de jóvenes, de manera casi solapada, y con ella la tradición fascista del Duce: “Me importa un bledo”, que marcó la ideología de un sistema autoritario que gobernó a Italia por veinte años. 

No solo a nivel cultural podemos encontrar las huellas del fascismo en la actualidad, sino también en el mundo de la política, donde se manifiesta con fuerza y extrañanamente obtiene la aceptación de grandes masas. Quizás sea más apropiado no hablar de un regreso si no de la transformación del fascismo en neofascismo, para lo cual podemos recurrir a la tésis de Umberto Eco del “Fascismo eterno”, donde sostiene que este se transforma continuamente y debe su maneabilidad al hecho que no parte de una ideología cerrada si no que agrupa, convierte y adapta a sus intereses en cualquier área.

La sombra neofascista en Latinoamérica

En febrero de este año el presidente de El Salvador, Nayib Bukele,irrumpió en la Asamblea Nacional de su país acompañado de policías y militares armados, al mejor estilo de las brigadas fascistas de Mussolini, en una acción plagada de autoritarismo y antidemocrática. El lenguaje de Bukele no deja de recordar al Duce, con ademanes operísticos y plagados de vanidad, pero además de ello con mensajes públicos que incitan al odio y la violencia. En reuniones públicas, Bukele no deja de expresar su odio hacia la clase política que gobernaba al país centroamericano antes de su llegada al poder, declarando: “Si ustedes vivieran un día en El Salvador, créame que quemarían a todos los políticos juntos”; “Ustedes se imaginan qué harían en España si tuvieran la tasa de homicidios de El Salvador, hicieran una revolución, sacaran al rey y lo empalaran en la plaza pública”. Son mensajes llenos de odio, que buscan sembrar el desprecio a la democracia parlamentaria, la desaparición de la oposición política, la imposición de un solo partido y, por consiguiente, del autoritarismo. Con la propagación de la pandemia del Covid-19, el desprecio de Bukele por las normas democráticas solo ha aumentado, con medidas restrictivas que amparadas en la seguridad sanitaria están ejerciendo un control social represivo sin fecha de finalización.

El actual presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, es otro de los casos emblemáticos de lo que podemos denominar neofascismo. La agenda política desde su campaña electoral y que esta llevando a cabo en su gobierno se enfoca en la represión e intimidación de los adversarios, la constante amenaza de ilegalización del mayor partido de la oposición, represión de los movimientos sociales y eventual de detención de dirigentes políticos opositores. Con más de 20 mil fallecidos por el Covid-19, apunta al darwinismo social, o la inmunidad del rebaño, con una política del “ me ne frego”, de quienes mueren.  

Estados autoritarios, sociedades autoritarias

Evidentemente la simiente del neofascismo es el autoritarismo; pero lo más peligroso de ello no solo es la existencia de un Estado autoritario, lo cual para el colectivo es de por sí una carga difícil de contrarestrar, sino el desarrollo de una sociedad autoritaria. Es decir, la reducción en la colectividad de su capacidad de oposición y resistencia al autoritarismo; bien sea desde lo individual o lo colectivo. Lo que observamos en nuestras sociedades es el retorno del discurso fascista, edulcorado, moderado u otras veces con las vestiduras de la radicalización abierta y descarada. Pero casi siempre presentándose bajo la obsesión continua y ruidosamente ostentosa por remodelar el cuerpo social y transformarlo radicalmente, con la ayuda de la autoridad y la honorabilidad. En el lenguaje están las ideas, se expresa el pensamiento y se refleja posteriormente la acción; por ello es tan importante analizar cuál es el mensaje subyacente que se esconde en los líderes políticos, dirigentes sociales, intelectuales, pensadores o cualquiera que ejerza un liderazgo dentro de la sociedad.  

Lenguaje autoritario, neofascismo

Uno de los principales filósofos del fascismo, Giovanni Gentile, señalaba que «el máximo de libertad armoniza con el máximo de orden público, no solo en un sentido externo sino también y sobre todo en la soberanía delegada a la ley y sus instituciones”. De hecho, para el fascismo el “máximo de libertad” siempre coincide con la “máxima fuerza del Estado”. Esta es una de sus principales características, su concepción totalitaria del poder, el autoritarismo concentrado en las fuerzas represivas del Estado, pero amparadas en el cumplimiento de la ley, sin derecho a defensa y sin existencia de Derechos Humanos de ningún tipo. No es una casualidad que la palabra “fascismo” derive de “fascio”, el entretejido de varas que simbolizaba el poder de los magistrados en la época de Escipión de Silla, en la Antigua Roma. Lo cual se asocia a empleo de la ley, pero bajo el signo de la represión, y la ausencia de la justicia y la libertad.

A su vez el lenguaje fascista se vacía de cualquier sentido de ética y compasión; el discurso crea un caldo de cultivo para la división racial y social. En el lenguaje neofascista de nuestro tiempo la limpieza racial, el antisemitismo, se transforma en limpieza social, la eliminación de sujetos, colectivos, pueblos y poblaciones solo por el hecho de haber nacido pobre, ser indígena, mujer, de una religión determinada o de una opinión distinta.

Mussolini siempre fue intolerante con las manifestaciones populares y estaba dispuesto a apoyar a cualquiera que estuviera presto a usar la «mano dura». El fascismo como sistema autoritario aseguró su poder en el apoyo que le daban las clases medias y su alianza con la burguesía. De hecho, la intelectualidad, los profesionales, los industriales, que provienen de las clases medias y altas de la sociedad, son los principales sostenedores del neofascismo.  

El fascismo tuvo una gran capacidad comunicativa, la «propaganda», a través de la cual se establecía un control total sobre la información y la cultura. El Duce llegó a controlar políticamente todos los medios de comunicación, orientando la opinión publica sin aceptar discernimiento, ni promover ni permitir reflexión crítica. Los mensajes se dirigían a toda la sociedad italiana y se difundían incesantemente por la radio, la prensa y el cine. El neofascismo conoce perfectamente esta herramienta y es capaz de manejar con gran audacia los medios de comunicación y su impacto sobre las masas, sigue estos principios, ganando terreno en esta época con el uso de las redes sociales, no ocultan su voluntad autoritaria, declarándose abiertamente antidemocráticos. El lenguaje es el mismo del fascismo, apelan a la «unidad nacional», la exaltación de una hipotética primacía nacional, pero a través de un explícito rechazo de los ideales democráticos y una vigorosa defensa de la «irreparable y beneficiosa desigualdad de los hombres».

Como el cantante Achile Lauro, debajo de una hermosa capa de suave terciopelo se encuentra la verdad desnuda de la expresión de una ideología basada en el horror y la opresión, de nosotros depende identificarla y frenarla desde nuestra pequeña pero valiosa realidad su apabullante expansión.  

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Yoselina Guevara López Corresponsal en Italia

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