Guayasamín, el indio que plantó cara a EE.UU.

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Por Montserrat Ponsa

Oswaldo Guayasamín, amigo del alma, decía siempre que tenía tres patrias: Quito-Barcelona-La Habana. De ahí nuestro empeño en homenajearle en Barcelona con motivo del 100 aniversario de su natalicio, el 6 de julio 1919, y los 20 años de su fallecimiento, el 6 de julio 1999.

Le conocí en 1972, contemplando su obra en la exposición «La Edad de la Ira», en Madrid. Me dejó sin aliento. Trabamos estrecha amistad. Era una fuerza de la naturaleza, de diálogo irrepetible. Podíamos pasar horas charlando, incansable. Su vida: su dedicación a la pintura –su pasión–, a la familia, a los amigos, digna de encomio. Era el mayor de una familia humilde. Recordaba a su madre, «con sus manos rojas de tanto trabajar». Desde muy niño decidió mostrar al mundo que podía competir sin importar con quién. Lo consiguió. Era reclamado por doquier; su obra paseó por los cinco continentes.

En octubre de 1962, con Gabriel García Márquez acompañaron a Fidel Castro en La Habana cuando la crisis de los misiles en Cuba.

Cabeza de Napalm, colección «La Edad de la Ira».

En 1976 creó la Fundación Guayasamín en Quito, a la que legó su obra. El mural que preside el Parlamento de Ecuador impresiona. Le valió no poder viajar a EE.UU. durante muchos años. Tuvo la mala suerte de morir en Baltimore.

Su obra no deja indiferente a nadie. «La Edad de la Ira» es un fiel reflejo de lo que siente por el hombre: su pasión por la vida, por el ser humano, por la naturaleza, queda plasmada en cada uno de sus cuadros. Compartí con Guayasamín bastantes momentos en Quito, París, La Habana. Fui una de las pocas personas presentes en uno de los retratos que le hizo a Fidel Castro; cinco días memorables que me ayudaron a conocer a fondo lo que uno y otro representaban. Juntos podían allanar caminos –así hicieron–, cada uno desde su vertiente, a partir de la solidaridad, buen hacer, amor, equidad.

Su amistad, su cariño siguen vivos en mi mente, su sabiduría, su capacidad de trabajo, su sencillez me enorgullecen y me ayudan en mi quehacer diario.

«Nadie se acordará de mí cuando muera –decía Fidel–, mientras que la obra de Guayasamín perdurará siempre». Considero a ambos, dos fuerzas de la naturaleza, de las que poco prodigan. Que suerte la mía. Sus estrellas iluminan nuestras vidas. Me siento en deuda con ellos.

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Montserrat Ponsa Escritora

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