La difícil vida de las y los bolivianos en la argentina de Macri

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Por Julián Bokser

Demetrio Mamani tiene 50 años y los últimos 20 los vivió en Argentina. Dueño de una vitalidad increíble y siempre con una sonrisa amable en su rostro, cuenta que cuando partió de El Alto, lugar en el que nació, dejó atrás un pasado de chofer, albañil, plomero y mecánico con el que no lograba progresar económicamente. Lleno de esperanzas llegó a la Argentina, pero los inicios fueron tan duros como las condiciones que dejaba atrás en Bolivia. En el taller textil en el que consiguió su primer trabajo le exigían mucho y le pagaban poco, así que buscó otro lugar hasta que consiguió que lo tomen como empleado en una verdulería, donde aprendió el oficio de comerciante y se hizo de los contactos necesarios.

Luego de años de soñar, a fuerza de trabajo y ahorro consiguió abrir su propio local en 2013, con el que pudo progresar e incluso aumentar la ayuda que todos los meses enviaba a sus familiares en Bolivia. Pero a partir de diciembre de 2015 la situación empezó a cambiar. Las medidas tomadas por el Gobierno de Mauricio Macri y el inevitable ajuste con tintes neoliberales que azota a la Argentina lentamente comenzaron a erosionar sus ganancias. Los primeros aumentos fueron en las tarifas de los servicios (la luz, el agua y el gas alcanzaron hasta un 500 % en algunas zonas). «La crisis es muy fuerte. Aumentaron todos los costos. Después de las tarifas, lo que subió fue la nafta: si yo antes pagaba 800 pesos el transporte, por el mismo viaje hoy pago 2.800. En promedio, estoy vendiendo la mitad de lo que vendía hace dos años y eso que no trasladé todos los aumentos a los precios, porque necesito cuidar a mis clientes. Y olvídate de mandar plata a Bolivia, hace tiempo que dejé de ayudar a mis hijos, con el dólar al precio que está, mandar dinero no tiene sentido y además ahora somos nosotros los que necesitaríamos ayuda…».

Bolivianos en la Argentina

La historia de Demetrio, con las particularidades de cada caso, se repite por cientos de miles en la República Argentina. El último censo nacional data de 2010 y en aquel momento los datos oficiales arrojaron un total de 350.000 bolivianos y bolivianas viviendo en el territorio argentino. Sin dudas, en la actualidad el número supera holgadamente el millón de personas si sumamos a los hijos/as de quienes sí se han registrado y a quienes por distintos motivos no participaron del censo. El 38% de los bolivianos/as que abandonan su país eligen a la Argentina como destino. Después de la paraguaya, la comunidad boliviana es la más numerosa, llegando el 20 % del total de los/as extranjeros/as que viven en Argentina.

El pueblo boliviano es una colectividad en movimiento, que traslada consigo sus costumbres, sus comidas y hasta sus festividades. Torneos de fútbol, fraternidades y la participación política funcionan como redes de encuentro para la comunidad. Los trabajos a los que acceden son en su mayoría considerados de segunda, labores que por las malas condiciones o por los bajos salarios (o por ambas razones) son rechazados por quienes pueden darse ese lujo y que a los recién llegados/as no les queda otra que aceptar. La costura, la construcción y la producción fruti-hortícola están en el tope de la lista de los trabajos a los que se dedica la comunidad boliviana. La ciudad y la provincia de Buenos Aires, Mendoza y Jujuy son, en ese orden, los lugares del país que mayor población boliviana concentran.

En el periodo que va desde 1980 a 2010, el crecimiento de la comunidad boliviana ha sido realmente asombroso: pasó de 118.141 habitantes en el censo de 1980 a los 345.272 de 2010, alcanzando un crecimiento del 192.25%. A pesar de la falta de números oficiales correspondientes al último lustro, se sabe que la llegada de los/as bolivianos/as se ha desacelerado debido a una combinación de factores: por un lado, el crecimiento de la economía boliviana ya no obliga a sus ciudadanos/as a emigrar en busca de mejores horizontes como en el pasado, y por el otro, la crisis argentina tampoco invita del mismo modo en que lo hacía en el pasado.

Afectaciones de las políticas de Macri

Santos Javier Tito Véliz es ingeniero, político y ex senador. Fue gobernador del Departamento de Oruro entre el 2010 y el 2015 y es actualmente el embajador del Estado Plurinacional de Bolivia en Argentina. Consultado para esta nota, afirmó que «en los dos últimos años hubo un incremento en el costo de vida para la numerosa colectividad boliviana en Argentina. El alza de la canasta familiar y los servicios básicos y la reducción del poder adquisitivo del peso argentino afectan a la colectividad. Muchos están teniendo dificultades para atender sus necesidades prioritarias, por los bajos ingresos que tienen. Algunos retornan a Bolivia, otros piensan en retornar, y los demás, que tienen toda la familia en Argentina con hijos, nietos y bisnietos, continúan esforzándose y trabajan más de ocho horas diarias y con diversas actividades económicas para tener un poco más de ingresos y así sobrellevar la delicada situación económica que vive Argentina».

Para entender los efectos de la crisis argentina no hace falta ser experto en economía; con un poco de sensibilidad social alcanza, pero eso es –entre otras cosas– lo que los funcionarios más importantes del Gobierno de Macri no tienen. La mayor parte de ellos provienen de bancos transnacionales y o empresas extranjeras o satélites de ellas. El crecimiento del número de familias durmiendo en la calle se percibe con sólo recorrer unas pocas cuadras del centro de la ciudad de Buenos Aires.

“Miles de pequeñas y medianas empresas han cerrado y se calcula que la pérdida de puestos de trabajo en el ámbito privado ya alcanza las 400.000 personas”

El supuesto gradualismo con el que el Gobierno transitó sus primeros dos años parece haber quedado atrás y el futuro es menos alentador aún que lo que sucedió hasta este momento. Las últimas medidas de su equipo económico, tendientes a reducir el difícil fiscal y a generar confianza en los mercados, no han hecho más que profundizar la crisis y el ajuste que vive la Argentina, castigando sobre todo a los sectores populares, entre los que se encuentra la comunidad migrante boliviana.

Las estimaciones de la inflación para 2018 rondan el 40%, el transporte volvió a aumentar sus precios, las empresas de servicio presionan para una nueva alza en las tarifas y todo parece indicar que el consumo interno seguirá cayendo y se acelerará la pérdida de puestos de trabajo. El Merval (principal índice del Mercado de Valores de Buenos Aires), finalizó agosto perdiendo 25.5 por ciento y las reservas del Banco Central ya derrocharon U$29.282 millones en los últimos ocho meses. Desde que Mauricio Macri asumió la presidencia, el tipo de cambio nominal se incrementó en torno al 300%, o sea que la devaluación del peso frente al dólar fue aproximadamente del 75%.

El reciente acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) busca perpetuar el perverso efecto de la deuda como mecanismo de control y sujeción económica y política. Y al igual que ha sucedido históricamente con los préstamos de los organismos internacionales de créditos a los países del Tercer Mundo, los dólares que llegan no se destinan ni a fines productivos ni a obra pública e infraestructura ni a la generación de empleos. Su destino es la tenencia como activo, la especulación financiera y el repago. Al mismo tiempo, el Gobierno buscó reducir sus costos operativos con la eliminación de 13 ministerios y los consiguientes despidos y reducciones de la planta estatal.

Desde ya, el sector privado no escapa a esta crisis: son miles las pequeñas y medianas empresas que han cerrado desde que asumió Macri y se calcula que la pérdida de puestos de trabajo en el ámbito privado ya alcanza las 400.000 personas. La tasa de desocupación trepó desde el 5.9% al 9.1% y el salario mínimo cayó desde los U$ 573 hasta los U$ 256. El deterioro económico es general y sus consecuencias en el tejido social no se hacen esperar: la caída del empleo y el consumo interno impactan especialmente en los eslabones más débiles de la cadena. Como es de suponer, los que pierden no son ni los bancos ni los agroexportadores sojeros ni los dueños de los holdings monopólicos: son los/as trabajadores/as, que ven reducidas sus posibilidades de conseguir un empleo y el dinero suficiente para tener una vida digna. Y aunque no sea tema de este artículo, no puede dejar de mencionarse el malintencionado uso que desde los medios hegemónicos de comunicación se hace de la crisis económica a la hora de producir discursos xenófobos y agitar el fantasma de que si falta trabajo es culpa de los inmigrantes.

Una boliviana en Buenos Aires

La historia de Lucero Ayala merece ser contada y también sirve como ejemplo para ilustrar los impactos de la crisis en la comunidad boliviana. Oriunda de Cochabamba y con un coraje que le brota por los poros, la falta de posibilidades laborales para ella y su marido la hicieron elegir la Argentina como destino. Con dolor cerraron el negocio de cotillón que tenían y con las valijas llenas de sueños arribaron a Buenos Aires, pero rápidamente se enfrentaron con las dificultades de los recién llegados.

Consiguieron una precaria casilla en un asentamiento irregular de la ciudad (más conocidos como villas, favelas o cantegrilles según el país) y allí se instalaron con sus dos hijos, por aquel entonces pequeños. Un tiempo después, una compatriota la invitó a una reunión de La Dignidad, una organización territorial que estaba convocando para formar parte de un taller de educadoras populares. Con una dosis de vergüenza y cierto candor, Lucero se acercó al taller. Siete años después de ese momento, es una de las referentes del Jardín Comunitario que funciona a pocos metros de la entrada de la villa, donde todos los días entre las 09:00 y las 16:00 horas es una de las encargadas de sostener el espacio.

«Estar con los niños y niñas me encanta, formo parte de un espacio del que estoy orgullosa y que me hace sentir bien». La inmensa ternura de Lucero se refleja en los abrazos que niñas y niños le regalan cuando termina la improvisada sesión de fotos que ilustran esta nota. Pero no todo es alegría, a pesar de las sonrisas de los niños. «Nosotros antes, los domingos, hacíamos un asado, era un momento de encuentro. Hace ya más de un año que comemos otra cosa. Nos seguimos juntando, pero ya no nos alcanza para comprar carne. Los útiles de los chicos subieron harto. Como dicen aquí, los precios subieron por ascensor y los sueldos por escalera. Desde que asumió Macri cada vez está más difícil la situación y no se ve que vaya a mejorar, más bien todo lo contrario». El ajuste obligó a Lucero a buscar otro trabajo, porque lo que ganaba con uno no le alcanzaba para pagar las cuentas. Buscó durante cerca de un año hasta que consiguió un puesto en una cooperativa de barrido y limpieza del barrio. Después de cumplir su horario en el jardín, se organiza con sus compañeros y compañeras para mantener el barrio en condiciones.

Migrar supone siempre un gran esfuerzo de adaptación, de abandonar lo conocido y partir hacia nuevas realidades. En sucesivas oleadas (primero europeas y en los últimos 40 años latinoamericanas) las metrópolis de Argentina recibieron a los inmigrantes que encontraban distintas oportunidades en su tierra. Hoy, ajuste neoliberal mediante, las posibilidades son cada vez menos…

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