Con gran desazón y una profunda tristeza el mundo de la cultura recibió el 31 de julio la noticia del paso a la eternidad de Eusebio Leal, “Historiador de la ciudad de La Habana”, “Conservador de las ciudades patrimoniales de Cuba” y “Presidente de Honor de la Sociedad Económica de Amigos del País”. Además de ello, uno de los intelectuales más importantes de Cuba, de reconocida trayectoria a nivel internacional, con más de una decena de libros, ensayos, prólogos y artículos sobre historia, arte, restauración y otros temas. Leal llegó a desempeñar diferentes cargos importantes como diputado del Parlamento cubano, Embajador de Buena Voluntad de la Organización de la Naciones Unidas (ONU) y Director del Museo de la Ciudad de La Habana; recibiendo a lo largo de su prolífica vida numerosos reconocimientos y condecoraciones. Pero, quizás su papel más trascendental es el de haber sido el guardián de la memoria de Cuba, a través del desarrollo de un trabajo arduo, constante de preservación del patrimonio; por el cual entregó su existencia, y que además él mismo reconocía que le faltarían otras vidas para verlo concluido.
Cuando lo olviden los hombres, todavía lo recordaran las piedras
Acerca de Leal, la escritora cubana Fina García Marruz en una hermosa carta dijo: “…En su sacrificio humilde, en la entrega tenaz de sus horas, en la vehemencia prometeica con que ama a La Habana, Eusebio Leal, como en tantas otras cosas, es donde está su huella. Cuando lo olviden los hombres, todavía lo recordarán las piedras”. Recorriendo La Habana se siente que los sueños que parecían utópicos de Eusebio se van haciendo poco a poco realidad, que no deja de ser una ciudad no exenta de grandes contrastes, pero en la cual se pondera su dimensión patrimonial, que goza de una belleza monumental. Una metrópoli donde se encuentran condensados todos los estilos, renacimiento, art deco, barroco, colonial español, entre otros; 500 años de memoria de la humanidad por los cuales Eusebio Leal entregó su vida a la tarea de devolverles su antiguo esplendor. Pero esto no fue una empresa fácil, de la mano de Fidel tuvo que batallar contra el pensamiento cultural colonial que minimizaba, y minimiza, la riqueza de nuestras ciudades latinoamericanas cuando se comparan con los grandes centros de la cultura universal. Fidel convirtió en ley una idea, una utopía; concibe el primer paso la restauración de la Habana Vieja a través del Decreto Ley 143, pero, además, le otorgó mayor autoridad a la Oficina del Historiador, la subordinó al Consejo de Estado, fortaleció su capacidad para obtener de manera independiente los recursos financieros necesarios para la rehabilitación y para ejercer facultades relativas a la planificación, gestión y control urbano de la capital cubana. Asimismo, definió dos ámbitos de acción o competencia: cultural, sobre toda la ciudad de La Habana, y cultural-administrativa sobre el territorio objeto de intervención. Por otra parte, estableció una Zona Priorizada para la Conservación. Dada la trascendencia de este Decreto ley 143 para el patrimonio cultural a escala mundial, la Oficina del Historiador de la ciudad decidió mostrar perennemente su texto completo en bronce en la entrada del Museo de la Ciudad de La Habana. Una vez más se mostraba el genio y la visión de Fidel, quien lo diseñó y puntualizó de manera tal que no pasara a ser letra muerta. Fue el mismo Fidel Castro quien se convirtió en el primer defensor del patrimonio histórico en medio de penurias económicas, de limitaciones y de incomprensiones. Una gran idea que prontamente se iba a expandir a toda Cuba con la creación de la Oficina del Historiador y la Red de Ciudades Patrimoniales inspiradas por el modelo del Plan Maestro de restauración de la Ciudad de La Habana. Impulsando el surgimiento de proyectos en Cienfuegos, Camagüey, Sancti Spíritus, Trinidad, Santiago, Bayamo, Remedios, entre otras cuyos frutos se han evidenciado en el reconocimiento nacional y mundial.
La Revolución cubana demostró y continúa evidenciando que el esfuerzo de restauración y preservación, en medio de un feroz bloqueo económico, le ha permitido que gran parte de sus edificaciones diseminadas por toda la isla estén inscritas en el índice del Patrimonio Mundial de la Humanidad y, lo que es más importante, que los cubanos y cubanas se sientan orgullosos de lo que fueron y de lo que son como pueblo.
La cultura centro de la Revolución
Todo proceso revolucionario debe privilegiar a la cultura; conocer la historia, las tradiciones, las personas protagonistas de esa historia, es lo que nos identifica y nos une como pueblo y lo que en definitiva nos permite luchar juntos hacia un mismo fin. Eusebio Leal en una de sus entrevistas señalaba: “No se puede ir al futuro sin el pasado. Hay que mirar atrás y ver de dónde vinimos. Cuando me refiero a que el subdesarrollo tiene como mal fundamental una especie de amnesia, es que siempre hay que comenzar de nuevo. Hay una especie de olvido de lo pretérito, un alzhéimer social. Se recuerda lo inmediato pero no lo pretérito, se vuelve a inventar lo ya inventado, se manifiesta como novedad lo que ya otro descubrió”. De allí surge la impresionante labor de restauración del caudal acumulado de patrimonio de memoria, de tradiciones, de edificaciones que se encuentran en La Habana y su Centro Histórico y la red de ciudades patrimoniales. Pero, además, la cultura se convirtió en una opción turística, en el buen sentido de la palabra, donde las personas no solo visitan playas paradisíacas, con un mar cristalino, sino también conocen la historia y la tradición cubana. Para reverenciar y preservar el pasado se debe hacer un trabajo invisible, que es el oficio de los restauradores quienes lentamente hacen recobrar la belleza de muros, edificaciones, pinturas, textiles, libros, documentos, entre otros. En palabras del propio Eusebio Leal: “Hay que preservar y sacar, como alguien le corta a la flor de tallo largo las pavorosas espinas para que no ocurra un accidente. Así hay que hacer con las cosas de pasado, quitar las espinas inútiles y dolorosas y salvar la rosa, que es lo más importante; y la rosa es el patrimonio cultural, el patrimonio espiritual, el patrimonio moral de un país”.
La Habana Vieja, una restauración símbolo de la Revolución
En el decreto 143, Fidel explicaba detalladamente cómo acometer la restauración de la Habana Vieja y esta se convirtió en un Capítulo de la Revolución cubana. Recobró su hermosura y prestancia la Plaza Vieja que anteriores gobiernos la habían convertido en un estacionamiento de automóviles. Hoy en día se yerguen orgullosas sus calles, con sus empedrados originales, las casas que no son solo museos sino que habitan actualmente ciudadanos y ciudadanas, se levantan los antiguos hoteles donde vivieron artistas, escritores, boxeadores, cineastas, novelistas, poetas de todos los tiempos. Se funde la Cuba de ayer y de hoy, conviven hoteles, posadas, teatros, escuelas, viviendas, una ciudad viva, alegre y en ebullición constante, pero el colectivo ha tomado conciencia de que debe preservar y proteger el patrimonio porque es su historia y forma parte definitivamente de la casa de todos y todas.
Un renovado Capitolio Nacional
En 2019 la ciudad de La Habana cumplió 500 años, medio milenio que la sitúa entre las primeras ciudades fundadas por los europeos en el Nuevo Mundo, y en Cuba solamente precedida por la Asunción de Baracoa o San Salvador de Bayamo, que son patrimonios nacionales. La mejor forma de celebrar el cumpleaños de la ciudad fue la realización de la restauración de la Cúpula del Capitolio Nacional, bajo la dirección de la Oficina del Historiador y su director, Eusebio Leal. Un trabajo titánico de restauración de grandes dimensiones, no exento de complejidades. La corona del Capitolio, como la solía llamar Leal, recobró su esplendor gracias al trabajo riesgoso de un ejército de trabajadores, quienes laboraron con viento y sol para hacer que hoy la misma se ilumine bajo el cielo estrellado de La Habana. En 2018, Rusia asignó 642 millones de rublos para los trabajos de restauración de la simbólica bóveda que alberga la sede de la Asamblea Nacional de Cuba. Además, un equipo de jóvenes restauradores graduados de la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos enfrentó los desafíos del techo del gran Salón de los Pasos Perdidos, el cual está cubierto con hojas de láminas de oro de 24 quilates. Este último fue cuidadosamente limpiado hasta llegar al interior de la cúpula, posteriormente, conjuntamente con especialistas rusos, se ocuparon del complejo proceso de ajustar en la bóveda las láminas bañadas en oro sobre planchas de cobre, diseño del que gozaba el edificio hace 90 años atrás. Eusebio Leal logró cumplir su sueño de ver en vida resplandecer la Cúpula del Capitolio Nacional, como hoy su nombre y legado continúan a fulgurar en cada calle de su amada ciudad.
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Yoselina Guevara López Corresponsal en Italia








