El 19 de octubre de 1983, en el patio de Fort Rupert, en Saint George’s, fue fusilado Maurice Bishop, primer ministro de Grenada, junto a Jacqueline Creft, Unison Whiteman y otros compañeros de gobierno y de lucha. Los fusiles los empuñaron soldados de su propio Ejército, al servicio de una facción de su propio partido. Seis días después, los Estados Unidos invadieron la isla, se llevaron los cuerpos y nunca los devolvieron. Cuatro años y siete meses había durado la revolución de la isla de las especias, apenas 344km² y 100 mil habitantes que se atrevieron a hacer la primera revolución anticolonialista, antiimperialista, marxista y afrodescendiente del Caribe angloparlante.
Al cumplirse 43 años de su muerte, vale la pena volver a Bishop. No solo para honrar a un ícono de la izquierda marxista del Caribe, sino porque su historia guarda una de las lecciones más duras de la izquierda latinoamericana: la división interna le abrió la puerta al enemigo de siempre, que esperaba su oportunidad.
Cuba y el Caribe: romper el cerco
Para entender a Bishop hay que mirar primero al Caribe que lo rodeaba. Tras su expulsión de la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1962, Cuba quedó aislada en su propio vecindario y el cerco se rompió desde las islas de habla inglesa. El 8 de diciembre de 1972 la Barbados de Errol Barrow, la Guyana de Forbes Burnham, la Jamaica de Michael Manley y la Trinidad y Tobago de Eric Williams establecieron relaciones con La Habana. Fidel lo recordaría como «una decisión de incuestionable valentía política», tomada por países pequeños «en un entorno hostil y de grandes presiones». Esa fecha es hoy el Día de la Amistad Caricom-Cuba.
Esta hermandad no estuvo exenta de violencia. El 6 de octubre de 1976 un avión de Cubana de Aviación, a causa de un atentado perpetrado por la CIA, estalló frente a Barbados con 73 personas a bordo, entre ellas jóvenes guyaneses que iban a estudiar a Cuba. «Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla», dijo Fidel en la despedida de duelo. En ese Caribe que despertaba, que buscaba su propia voz entre la herencia colonial y la presión de Washington, creció el joven abogado que iba a encabezar la revolución más pequeña y más audaz del Caribe oriental.
El hijo de un Caribe en ebullición
Maurice Rupert Bishop nació en Aruba el 29 de mayo de 1944, hijo de Rupert y Alimenta Bishop, grenadinos del noreste de la isla que habían migrado para trabajar en la refinería de petróleo. Regresó con su familia a Grenada siendo niño. Era alto y hermoso. Complexión atlética, un deportista activo desde la infancia. Medía algo mas de un 1.90m. Con su estatura, su voz serena, una mirada transparente y una cálida sonrisa, a decir de su primo Bob Evans, se convirtió en un líder amado por el pueblo que llenaba las plazas y despertaba esperanza.
Ganó una de las cuatro becas del gobierno para el Presentation Brothers’ College, donde presidió el consejo estudiantil, el club de debate y el grupo de estudios de Historia, y dirigió el periódico Student Voice. En 1962 se graduó con la Medalla de Oro del director por su desempeño académico y general. Ese mismo año fundó, junto a Bernard Coard, la Asamblea de la Juventud de Grenada en Lucha por la Verdad: la historia de ambos había empezado mucho antes de la ruptura.
En diciembre de 1963 viajó a Inglaterra a estudiar Derecho en la Universidad de Londres, y en 1966 fue admitido como abogado en Gray’s Inn. En la capital de Reino Unido dirigió asociaciones estudiantiles, participó en la Campaña contra la Discriminación Racial y ayudó a fundar una oficina de asistencia legal gratuita para la comunidad caribeña en Notting Hill. Allí se encontró con las ideas que estaban sacudiendo al mundo colonial: el panafricanismo, el pensamiento de Frantz Fanon y de Julius Nyerere, el Poder Negro que en 1970 estremeció a Trinidad, la obra de Walter Rodney y la herencia de Marcus Garvey. Desde joven admiró a Fidel Castro y al Che Guevara.
Volvió a Grenada en 1970 y su primera batalla fue en los tribunales: defendió a las enfermeras en huelga del Hospital General de Saint George’s, y por ello fue detenido con otras 30 personas, todas absueltas tras siete meses de juicio. En 1972 organizó, con Kenrick Radix y Jacqueline Creft, el Movimiento por las Asambleas del Pueblo, que en enero de 1973 se unió con JEWEL, que dirigía Unison Whiteman, para formar el New Jewel Movement, con Bishop y Unison Whiteman como secretarios coordinadores. En 1976 fue elegido diputado y asumió como líder de la oposición. En 1979, con apenas 34 años, sería primer ministro.
En todo ese camino lo acompañó Unison Whiteman, su amigo y compañero desde la fundación del Movimiento. Whiteman había creado JEWEL, el movimiento campesino de Saint David, y cuando este se fundió con el de Bishop ambos compartieron la conducción del New Jewel Movement. Con la revolución fue nombrado canciller, y fue la voz de la pequeña Grenada en los foros internacionales. Las paradojas de la vida quisieron que los dos amigos que habían empezado juntos la lucha la terminaran también juntos: el 19 de octubre de 1983 Whiteman fue fusilado al lado de Bishop en Fort Rupert.
La Grenada de entonces vivía bajo el gobierno de Eric Gairy, un caudillo que se sostenía con fraude electoral y con su propia fuerza de choque, la Mongoose Gang (mangosta). En noviembre de 1973 Bishop fue golpeado brutalmente por la policía junto a otros dirigentes, y en enero de 1974, el mismo mes de la independencia, su padre, Rupert Bishop, fue asesinado durante una protesta por la banda de Gairy. La lucha contra Gairy se volvió también un asunto de sangre para él.
El 13 de marzo de 1979, mientras Gairy estaba en Nueva York, el New Jewel Movement tomó el poder casi sin disparar. Fue la primera revolución triunfante en el Caribe angloparlante, y nació el mismo año que la sandinista.
«No estamos en el patio trasero de nadie»
Apenas un mes después, el embajador de los Estados Unidos advirtió que Washington vería con desagrado un acercamiento de Grenada a Cuba. Bishop respondió el 13 de abril de 1979 por la radio nacional, con el discurso que lo definiría para siempre:
«Nadie, por muy poderoso que sea, podrá dictarle al Gobierno y al pueblo de Grenada con quién podemos tener relaciones de amistad. No estamos en el patio trasero de nadie, y definitivamente no estamos en venta.»
El Gobierno Revolucionario del Pueblo se propuso cambiar la vida cotidiana de una isla pobre. Lanzó una campaña de alfabetización a través del Centro de Educación Popular, amplió la salud y la educación gratuitas, entregó leche a los niños y, según las cifras del propio Gobierno Revolucionario, redujo el desempleo de casi la mitad de la población activa a cerca de un 14%.
Cuba respondió con médicos, maestros, becas y cientos de obreros para construir el Aeropuerto Internacional de Point Salines, el sueño de una isla que quería abrirse al turismo y al mundo sin depender de nadie. Washington lo presentó como una futura base militar soviética. El 1 de mayo de 1980, ante un millón y medio de personas en la Plaza de la Revolución de La Habana, Bishop agradeció:
«Sin la Revolución cubana de 1959 no habría habido revolución grenadina, ni revolución nicaragüense en 1979.»
Y advirtió: «Si tocan a Cuba o si tocan a Nicaragua, tocan también a Granada». Cerró con la consigna que todavía se repite en el Caribe: «¡Adelante siempre, retroceder nunca!».
Los amigos de la revolución
Grenada no estuvo sola. Su amigo más cercano fue Fidel Castro, a quien Bishop visitó por primera vez en mayo de 1977 y con quien construyó una relación de confianza que iba más allá de la política. En Nicaragua, los sandinistas, que triunfaron el mismo año, fueron sus hermanos de generación; Bishop los nombraba junto a Cuba como parte de un mismo destino. En el Caribe anglófono lo acompañaron dirigentes como Michael Manley en Jamaica y una red de intelectuales que había conocido en los encuentros del Black Power, como el santaluciano George Odlum y el jamaicano Trevor Munroe.
La Revolución despertó también la simpatía de artistas e intelectuales de todo el mundo. El cantante Harry Belafonte, de raíces caribeñas, a quien Bishop llamaba «nuestro Harry Belafonte», fue uno de sus grandes amigos en los Estados Unidos. La poeta Audre Lorde, hija de madre grenadina, siguió el proceso con pasión y, tras la invasión, escribió Grenada revisitada, un testimonio contra la ocupación. La activista Angela Davis y buena parte del movimiento negro estadounidense se solidarizaron con la isla, que Bishop recordaba como tierra de la madre de Malcolm X. Hasta Suecia llegó el eco: el periodista Stieg Larsson, futuro autor de la saga Millennium, viajó a Grenada en 1981 con su compañera Eva Gabrielsson, escribió sobre la «revolución desconocida», organizó colectas para las cooperativas de la isla y años después llevó su paisaje a las páginas de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina.
En el Caribe, el novelista barbadense George Lamming acompañó el proceso y, tras su caída, despidió a Bishop en un acto de homenaje en Trinidad, en diciembre de 1983. A la isla llegaron jefes de Estado africanos como Kenneth Kaunda y Samora Machel, y muchos jóvenes de la Región fueron a trabajar como voluntarios. En agosto de 1983, dos meses antes de su muerte, Bishop dio su último gran discurso internacional en el Hunter College de Nueva York, ante una comunidad caribeña que lo recibió como a un líder propio. Dentro de su movimiento, sus compañeros más leales fueron Unison Whiteman, Kenrick Radix y Jacqueline Creft, la mujer con quien tuvo a su hijo Vladimir Illich (asesinado en Canadá a los 16 años) y que al momento de su muerte tenía cuatro meses de embarazo.
Una revolución de la palabra y de las mujeres
Bishop entendía la Revolución como una conversación permanente con su pueblo. Las asambleas de parroquia y de barrio, los consejos de trabajadores, de campesinos y de jóvenes, discutían el presupuesto nacional y los planes del gobierno. Era una democracia que se medía en la participación cotidiana. Él mismo recorría la isla, hablaba en las plazas y escuchaba, con una mezcla de cercanía y carisma que hizo de su figura algo más que la de un dirigente; era, para muchos grenadinos, el único lider de la Revolución.
Las mujeres tuvieron un lugar central en ese proceso. La Organización Nacional de Mujeres impulsó la igualdad salarial, la licencia de maternidad y la participación política, y figuras como Jacqueline Creft, ministra de Educación, encarnaron un proyecto que veía en la educación la base de la soberanía. Creft murió junto a Bishop en Fort Rupert. Su nombre, a menudo olvidado, merece estar en cada homenaje.
La grieta: Bishop y la facción de Coard
La Revolución, que resistía las presiones de Washington, empezó a quebrarse por dentro. Bernard Coard, viceprimer ministro y ministro de Finanzas, era el gran organizador del partido y el teórico de la línea más dura. Formado en Inglaterra y en las universidades del Caribe, impulsó un New Jewel Movement cada vez más cerrado, de cuadros, con una disciplina leninista que se alejaba del estilo abierto y popular de Bishop. En 1982 se retiró de los organismos de dirección del partido alegando diferencias con la conducción de Bishop, pero conservó una enorme influencia sobre la militancia y sobre el Ejército.
En septiembre de 1983 el Comité Central criticó la conducción de Bishop y aprobó un «liderazgo conjunto»: Bishop seguiría a cargo de la relación con las masas y la política exterior y Coard tomaría la organización del partido y la estrategia. Bishop pareció aceptar en un primer momento. Luego viajó a Hungría y Checoslovaquia, pasó por La Habana y a su regreso decidió enfrentar la división que amenazaba al proceso politico. El Comité Central no aceptó la crítica y decidió darle casa por cárcel al joven líder. Para muchos de sus compañeros aquello era la quiebra del principio de la dirección colectiva; para el pueblo Bishop seguía siendo la Revolución.
Hay un detalle que el Gobierno cubano subrayaría después. En sus conversaciones con Fidel, Bishop no mencionó ni una sola vez las graves diferencias que dividían a su partido. La Habana lo interpretó como una prueba de su dignidad y de su respeto por el partido y por Cuba. Pero también revela la soledad en que estaba librando esa batalla.
Octubre de 1983: el final
El 12 de octubre, acusado de haber difundido el rumor de que Coard planeaba asesinarlo, Bishop fue puesto bajo arresto domiciliario por decisión del Comité Central. La noticia corrió por la isla. Durante una semana hubo mediaciones, reuniones y amenazas, mientras crecía la indignación popular.
La mañana del 19 de octubre miles de grenadinos marcharon hasta la residencia de Bishop en Mount Wheldale y lo liberaron. Fue llevado en hombros por la multitud hasta Fort Rupert, la sede del mando militar, donde los soldados de guardia entregaron sus armas sin resistencia. Desde allí, Whiteman y el sindicalista Vincent Noel enviaron un mensaje a Fort Frederick, donde se reunía la facción de Coard, exigiendo su rendición.
La respuesta fue militar. Desde Fort Frederick partieron tropas del Ejército Revolucionario del Pueblo con vehículos blindados. Al llegar a Fort Rupert abrieron fuego contra la multitud que se congregaba; muchos se lanzaron por los muros para salvarse. En el tiroteo murieron también soldados y un número de civiles que nunca ha sido establecido con certeza. Cuando el fuerte fue tomado Bishop y sus compañeros fueron separados del resto y llevados al patio. Según el testimonio de un operador de radio de la Policía, el teniente coronel Ewart Layne, desde Fort Frederick le dio al oficial Callistus Bernard, conocido como Abdullah, que comandaba la tropa allí, la orden de ejecutarlos. Layne y Abdullah lo han negado. La responsabilidad política recayó en la dirección encabezada por Bernard Coard, aunque nunca se ha probado quién dio la orden final.
Contra el muro del patio fueron fusilados Maurice Bishop, primer ministro; Unison Whiteman, ministro de Relaciones Exteriores y cofundador del Movimiento; Jacqueline Creft, ministra de Educación; Norris Bain, ministro de Vivienda; Fitzroy Bain, dirigente del sindicato de trabajadores agrícolas; Vincent Noel, dirigente sindical; y Keith Hayling, Evelyn Bullen y Evelyn Maitland, partidarios de Bishop que estaban a su lado. Esa noche el general Hudson Austin anunció por la radio un Consejo Militar Revolucionario y un toque de queda de cuatro días, con orden de disparar a quien saliera a la calle.
Según el relato de los propios acusados los cuerpos fueron arrojados a una fosa en el campamento de Calivigny junto con neumáticos y escombros, y quemados. Las tropas estadounidenses descubrieron la fosa después de la invasión y el 8 de noviembre de 1983 excavaron los restos. Un equipo encabezado por militares de los Estados Unidos los examinó en un laboratorio de anatomía en Grenada, y muestras de tejido fueron llevadas a los Estados Unidos[1]. Desde entonces se les perdió el rastro. El gobernador general, Paul Scoon, habría declarado ante la Comisión de la Verdad que el Gobierno estadounidense le dijo que el cuerpo de Bishop fue sepultado en el mar[2]. Según el periodista santaluciano Earl Bousquet un alto funcionario de la embajada de los Estados Unidos en Barbados reconoció públicamente en 2013 que los restos estaban en poder de su país[3]. El Departamento de Estado, en cambio, sostiene que no tiene «conocimiento ni información» sobre ellos[4]. Como en las dictaduras del Cono Sur de esos mismos años, la desaparición de los cuerpos se convirtió en una forma de borrar la memoria. Cuarenta y tres años después, Granada sigue sin saber dónde están. Su madre, Alimenta Bishop, pasó tres décadas reclamándolos. Había perdido a su esposo a manos de la banda de Gairy y a su hijo en una tragedia que nadie le terminó de explicar. En 2005 pidió formalmente que le entregaran el cuerpo y dejó palabras que son una herida abierta:
«Puedo ir a la tumba y decir: aquí está enterrado mi esposo. Pero no puedo decir lo mismo de mi hijo. Cada vez que pregunto por qué no me dan una palabra sobre el cuerpo de mi hijo, me dicen que perdone. ¿Cómo voy a perdonar si no tengo respuestas sobre mi hijo?»
Alimenta murió el 24 de agosto de 2013, a los 99 años, sin saber dónde está Maurice.
El 25 de octubre, con el pretexto de proteger a estudiantes estadounidenses y con el respaldo de algunos gobiernos del Caribe oriental, los Estados Unidos invadieron la isla con miles de soldados. Los obreros cubanos que construían el Aeropuerto, unos 784 en total, en su mayoría trabajadores de la construcción, resistieron en Point Salines. Murieron 24 cubanos. La Revolución fue derrocada en tres días. La invasión, que según muchos analistas se venía ensayando desde 1981 en maniobras militares en el Caribe, encontró en el crimen de Fort Rupert el pretexto que buscaba.
Fidel: «No son cadáveres, son símbolos»
El 14 de noviembre de 1983, en La Habana, Fidel despidió a los cubanos caídos en Grenada con un discurso que fue a la vez duelo y juicio. Sobre Bishop dijo que «no era un extremista, sino un verdadero revolucionario, concienzudo y honesto», y que si tuvo algún defecto fue «su excesiva tolerancia y confianza». A la facción que lo asesinó la llamó el «grupo Pol Pot», y dejó una frase que sigue siendo una advertencia para cualquier proyecto emancipador: «Ningún crimen debe cometerse en nombre de la revolución y la libertad».
Fidel no ocultó que Cuba se había negado a intervenir en la disputa interna del partido grenadino, ni que la muerte de Bishop había dejado a la Revolución sin el apoyo del pueblo y a merced de la invasión. De los obreros y soldados cubanos caídos lejos de su tierra dijo: «No son cadáveres, son símbolos». Y cerró con una imagen que hoy suena a profecía:
«Las campanas que doblan hoy por Grenada pueden doblar mañana por el mundo entero.»
Lo que vino después
En 1986 un tribunal grenadino condenó a muerte a 14 de los acusados, entre ellos Bernard Coard, su esposa Phyllis Coard y Hudson Austin. El juicio, conocido como el de los «17 de Grenada», fue cuestionado por Amnistía Internacional, que en 2003 lo calificó de injusto. Las penas fueron conmutadas y en septiembre de 2009 salieron en libertad los últimos presos. En 1997 el grupo había publicado una disculpa pública en la que asumía la responsabilidad colectiva por la tragedia, y Coard declaró en entrevistas posteriores que los dirigentes asumían «la responsabilidad moral y política» de lo ocurrido, aunque atribuyó los fusilamientos a la venganza de soldados sin preparación.
Entre 2001 y 2006 funcionó una Comisión de la Verdad y Reconciliación, que intentó cerrar las heridas abiertas por la Revolución, el crimen y la invasión. Algunos historiadores como Richard Drayton ponen el acento en la responsabilidad de la facción que destruyó al partido desde adentro. Otros, como el propio Stieg Larsson en sus crónicas de 1983, señalaron que el gran beneficiario de la tragedia fue Washington, que llevaba cuatro años presionando, aislando y amenazando a la isla, y que tras la invasión se llevó los cuerpos de los dirigentes asesinados. Ambas verdades conviven: la división abrió la herida y los Estados Unidos la aprovecharon.
Otros análisis, desde la izquierda caribeña, han señalado en la distancia entre un partido de cuadros cada vez más pequeño y un pueblo que seguía a Bishop la tentación de copiar modelos ajenos en una isla de 100 mil habitantes y la incapacidad de resolver las diferencias sin recurrir a la fuerza. La pregunta de fondo sigue abierta: ¿Cómo se construye una dirección colectiva sin destruir a los líderes que el pueblo reconoce como propios?
Lo que Bishop nos dice hoy
43 años después, el Caribe y América Latina vuelven a escuchar viejas palabras. La doctrina que considera a nuestra Región como el patio trasero de una potencia ha vuelto a ser invocada sin pudor y las presiones sobre los países que eligen sus propias amistades no han desaparecido. La frase de Bishop, «no estamos en el patio trasero de nadie, y definitivamente no estamos en venta», conserva toda su vigencia.
Pero su legado no es solo una consigna contra el poder externo, es también una advertencia hacia adentro. Grenada demostró que una revolución puede soportar el bloqueo, la propaganda y la amenaza, y aun así quebrarse cuando sus dirigentes olvidan que el poder pertenece al pueblo que la sostiene. La unidad, que Fidel defendió hasta el final, no fue para Grenada una palabra hueca, sino la diferencia entre la vida y la muerte de un proyecto.
El regreso
En agosto de 1998 Fidel aterrizó en Grenada, en el Aeropuerto que habían levantado los obreros cubanos, al mando de Bob Evans, primo de Bishop y un profesional intachable. Fidel develó una tarja en memoria de los 24 caídos y visitó a Alimenta Bishop, la madre de Maurice. En 2009 ese Aeropuerto pasó a llamarse Maurice Bishop. Desde 2023, el 19 de octubre es feriado nacional en Grenada. El primer ministro, Dickon Mitchell, explicó que el día existe «para reconocer la naturaleza sombría, la naturaleza trágica de lo que ocurrió»; y en 2024 dijo que esa fecha «quedará grabada para siempre en nuestra psique colectiva y en nuestra historia como un día de tragedia». Su Gobierno anunció un santuario en Fort George, el antiguo Fort Rupert, y un busto de Bishop realizado junto a una fundación cubana.
La historia de Bishop es la del Caribe que se negó a ser patio trasero, y también la de una Revolución que pagó el precio más alto por su división.
43 años después su voz sigue llegando por la radio de la memoria, firme y serena, con la consigna que no lograron fusilar: “Adelante siempre, retroceder jamás”.
__________________________
Cris González Venezolana, analista internacional, poeta, artista visual, periodista, fundadora de la revista Correo del Alba
Bibliografía y fuentes
González, Kris. Bishop y la revolución de Granada.
Revista Correo del Alba, www.correodelalba.org. Grenada
Bishop, Maurice. Discursos del 13 de abril de 1979 y del 1 de mayo de 1980, en In Nobody’s Backyard. Maurice Bishop’s Speeches, 1979-1983, Zed Books, Londres, 1984.
Castro, Fidel. Discurso en la despedida de duelo de las víctimas del crimen de Barbados, La Habana, 15 de octubre de 1976.
Castro, Fidel. Discurso en la despedida de duelo de los cubanos caídos en Granada, La Habana, 14 de noviembre de 1983.
Castro, Fidel. Discurso en la Cumbre CARICOM-Cuba, 8 de diciembre de 2002 (cuba.cu, caricom.org).
Declaración del Partido y el Gobierno de Cuba sobre los sucesos de Granada, octubre de 1983.
Global Voices, Forty years later, Grenada officially remembers the murders of its Prime Minister Maurice Bishop and others, 2023.
Nation News, Mother of Maurice Bishop passes, 2013.
The New Today, Government to build Shrine at Fort George, 2024.
Jamaica Observer, Maurice Bishop put country before self, says his widow, 2023.
Caribbean Life, Slain Grenada revolutionary leader Maurice Bishop.
Bishop, Maurice. Discurso en el Hunter College, Nueva York, agosto de 1983.
The New Today, The order to kill Maurice Bishop.
Powers, Martine; Muldoon, Ted y Svirnovskiy, Rennie. U.S. may hold key to finding remains of Grenada’s prime minister, The Washington Post, 8 de diciembre de 2023.
The Voice (Santa Lucía), Corbyn backs bringing back Bishop’s body, 31 de octubre de 2020.
Gabrielsson, Eva. Stieg Larsson, Millennium och Grenada (marxistarkiv.se).
Lorde, Audre. Grenada Revisited: An Interim Report, 1984.
[1]Martine Powers, Ted Muldoon y Rennie Svirnovskiy, «U.S. may hold key to finding remains of Grenada’s prime minister», The Washington Post, 8 de diciembre de 2023. Reproducido por el Institute of the Black World 21st Century, ibw21.org, 12 de diciembre de 2023.
[2]Ibídem. La declaración de Paul Scoon ante la Comisión de la Verdad y Reconciliación fue privada; la cita la entregó la fiscal general de Granada, Claudette Joseph, a The Washington Post.
[3]«Corbyn backs bringing back Bishop’s body», The Voice, Santa Lucía, 31 de octubre de 2020, que recoge el testimonio del periodista Earl Bousquet.
[4]Declaración del Departamento de Estado a The Washington Post, en Powers, Muldoon y Svirnovskiy, op. cit.








