La plaza

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Una cuadrilla de hombres cavan zanjas que dibujan crucifijos a ras de suelo. Es Santiago de Chile, marzo de 1905. El olor que sube es a tierra removida, a humedad del subsuelo, a la memoria escrita entre las capas, el contenido de cuatro siglos de acequias que la ciudad nunca quiso mirar. Hacia el fondo, donde un tubo de gres empalma con otro, alguien ha marcado con cal el número de un plano.

El tubo es una red de ríos subsuelos que se bifurcan. La red baja hacia el Mapocho, pero no termina en cualquier parte del río: lo hace en el punto exacto donde el valle encuentra su pendiente mínima, allá donde la ciudad deja de ser ciudad y la chacra todavía no empieza. El antiguo brazo sur del Mapocho, el que cuatro siglos de santiaguinos llamaron La Cañada. Un día va a tener una estatua ecuestre y la gente le va a decir Plaza Italia, aunque hay días que amanece sin nombre.

El río y su dirección estaban antes que los tubos, las ideas y planos antes que ellos. Primero fue Valentín Martínez en 1893, luego Gaspar Rouffosse en 1899, otro de Chiesa y Pichón en 1900. Ninguno prosperó. El 14 de septiembre de aquel 1900, el Ministerio del Interior dictó un decreto creando una comisión especial para decidir de una vez. La comisión la integraron tres ingenieros y un médico. La presidió el médico. El médico no era ingeniero ni urbanista, pero sabía de lo que llevan las aguas. En 1886, cuando el cólera amenazaba allende los Andes y el Gobierno cerraba los pasos cordilleranos, escribió un folleto de 33 páginas sobre cómo evitar la peste en una casa pobre. «El gran anticolérico –escribía allí– es el caldero de aguas hirviendo sobre el fogón». Presidiría el Consejo Superior de Higiene, un decimonónico ministerio de sanidad.

Los tres ingenieros –González Errázuriz, Ossa Covarrubias, Santa María– leían a Bazin, a Ganguillet, a Manning, a Flamant. Se ceñían a lo acordado ese mismo 1900 en el Congreso Internacional de Higiene y Demografía de París. Hacían lo que pide la ingeniería sanitaria: ángulos, caudales, pendientes, diámetros. El médico hacía otra cosa. El médico se había sentado en 1881, a los 25 años, en un hospital de campaña levantado sobre un balneario al sur de Lima que se llamaba Chorrillos –aún ardiendo– a decidir qué pierna se cortaba y qué soldado se dejaba morir más tranquilo. Miraflores fue al día siguiente. Después vino la Campaña de la Breña, en la sierra, con Cáceres dando vueltas. Ese tipo de médico queda para siempre atento a las dos puertas.

Por eso, en el año en que la zanja baja al subsuelo de Santiago aquel médico publica un libro. 393 páginas, Imprenta Barcelona, Santiago. Lo firma con un farmacéutico apellido Miranda, Juan Bautista, que en esta historia pasa de costado. El título, como todos los títulos técnicos chilenos de la época, es largo y administrativo: Farmacopea chilena. Obra aprobada por la Facultad de Medicina y Farmacia de Chile y mandada a adoptar por el Supremo Gobierno como Farmacopea nacional. Es la segunda del país. La primera, hija del cólera del 86, la habían hecho otros dos –un médico y un farmacéutico también– y la habían mandado imprimir nada menos que a Leipzig y la firmó un presidente que se suicidaría cinco años después.

Si uno abre el libro, la segunda Farmacopea chilena encuentra la lista que habría encontrado en cualquier farmacopea de fines de siglo. Quina, que llega del Perú desde antes del Virreinato. Cáñamo índico, opio en pasta y en polvo, morfina en sulfato y en clorhidrato. Cocaína clorhidrato –metabolitos de cocaína que un siglo después medirían desde Copiapó hasta las alcantarillas del mundo–. Heroína. Hojas de coca, extracto fluido de coca, polvos de coca, tabloides de coca. Tintura de yodo al 9.5%, que el libro ordena guardar en frascos bien tapados porque si no se pone cáustica.

Esa última línea, que parece solo técnica, es la que cuenta la historia. Porque el yodo al 9.5% venía del caliche, y el caliche venía de la pampa, y la pampa –Tarapacá, Antofagasta– había sido boliviana y peruana hasta hacía 24 años. La había tomado un ejército en 1879, y a ese ejército, en las batallas donde se selló la toma, le había organizado el servicio sanitario aquel joven de 25 años que ahora firmaba la segunda Farmacopea chilena. En el mismo 1905 Chile participa en la Exposición Universal de Lieja no bajo su bandera, sino bajo el rótulo “Nitrato de Soda de Chile”. Un insumo representando a un país. El yodo del libro y el nitrato de Lieja salían del mismo desierto. Alguien podría decir que todo salía del desierto en esos tiempos.

El médico era chillanejo, 1855. A los 23 años tenía un título y un premio de la Facultad de Medicina por una memoria sobre la farmacopea chilena; al premio le cayó la guerra encima y a él le cayó un hospital de campaña. Volvió con Arequipa ya tomada y se instaló a escribir. En 1891, Elementos de higiene. En 1892 publica El latrodectus formidabilis de Chile –la araña del trigo–, 569 páginas sobre un bicho; y ese mismo año asume la dirección del Instituto de Higiene. En 1894 preside la Sociedad Científica. En 1895, La administración sanitaria en Chile. Fue cuatro veces ministro de Justicia, cuatro de Relaciones Exteriores, una vez del Interior –el primer médico en una lista de tres–, senador por Ñuble, vicepresidente del Senado en dos tramos. Fue uno de los 24 médicos ministros que tuvo la República Parlamentaria. Era de los que creían que una república se mide por el estado de sus cañerías, de sus hospitales y de sus diccionarios técnicos.

Pasan los años. En 1920, ya es un señor mayor. El Gobierno aprovecha un viaje suyo a Lima para pedirle que averigüe, sin comprometer a nadie, si era cierto que el presidente Augusto Leguía quería hablar de Tacna. Puga Borne averigua. Lo que averigua abrió el canal diplomático que desembocó, nueve años después, en el Tratado de Lima y en la devolución de Tacna al Perú. 48 años habían tardado las cosas, desde que él entró con el Ejército en Chorrillos hasta que parte de lo tomado se devolvía.

Puga Borne muere el 13 de agosto de 1935. Para entonces, bajo la ciudad, el alcantarillado que presidió seguía funcionando y había empujado el trazado de Santiago, había definido dónde crecía y dónde paraba, había dejado al final de su caño principal un punto donde, en 1928, levantaron una estatua ecuestre. La estatua era de un general en jefe del Ejército chileno en Chorrillos y Miraflores. Bajo las órdenes de este general había trabajado en 1881 el joven jefe sanitario. Cruzados por los canales de la Historia, como las alcantarillas de una ciudad, ambos se encontraban en el epicentro que la ciudad elegiría décadas después para llorar sus euforias, penas y alegrías, como todo lo que corre por las venas de quienes la habitan, al igual que las venas del subsuelo que pisan. Un general arriba, el drenaje de una ciudad abajo.

Un día los drenajes colapsaron y la plaza se inundó. El general fue rescatado de esas aguas. El alcantarillado de la ciudad siguió drenando, aguas, aguas y sus residuos, que son como la puerta de salida de lo que la ciudad consume y desecha, la intersección entre la farmacopea y la ingeniería.

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Claudio Pérez Chileno, médico

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