¡Qué espectáculo que es la guerra!

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Por Libertad Acosta

Nos reímos al recordar aquellos primeros espectadores de los Lumière, esos que agachaban sus cabezas cuando el tren corría hacia la cámara y, sin ir tan lejos (años 30), nos asombra lo ingenuos que éramos cuando nos cuentan de las hordas de fanáticos que atacaban a las estrellas hollywoodenses, intérpretes de los villanos del momento, humillándolos como si lo que viéramos en las cajas mágicas no fueran interpretaciones fantásticas, sino la realidad misma.

El cine es un lenguaje que todos podemos hablar, solo hace falta tener un corazón bombeante para sentirse parte de una historia; pero, ¿cuántas veces bordeamos el límite? Decía Carlos Marx que la producción engendra la demanda y no al revés. Es decir, no es el producto, sino quién lo vende y cómo. Es por eso que las películas más vistas de la historia del cine no son las que tienen «más corazón», sino las de distribución masiva, es decir, Hollywood, industria repleta de grandes artistas y que (como toda industria) responde a un objetivo: el dinero. Y si el establishment norteamericano está con nosotros, ¿quién está contra nosotros?

Recuerdo haber visto las imágenes de las torturas, en la prisión de Abu Ghraib en Irak, perpetradas por agentes de la CIA, el personal del 372 de la policía militar norteamericana y demás contratistas asesinos (también llamados «defensores de la patria»), donde resaltaba la fotografía de Satar Jabar siendo torturado con cableados eléctricos, de pie, a través de sus manos y genitales. Y recuerdo también ver meses después El espantatiburones (Rob Letterman, 2004), película infantil donde se desenvolvía una fábula bastante recurrente en el imaginario de los cuentos infantiles de esta industria, aunque esta vez se mostraba al protagonista, en una pequeña escena, siendo electrocutado por dos medusas, amarrado de «pies y manos» en una secuencia divertida y excitante, mientras de fondo sonaba Three Little Birds de Bob Marley, convirtiendo una imagen nauseabunda de tortura, que rondaba por los medios del momento, en un chiste ligero, divertido e infantil.

«Las películas más vistas de la historia del cine no son las que tienen ‘más corazón’, sino las de distribución masiva, es decir, Hollywood»

En películas como Avatar (James Cameron, 2009), el ejército americano invade tierras amazónicas en busca de un mineral importante dentro del futuro que narra, pero todo se ve cuestionado cuando uno de sus marines muestra su humanidad enamorándose de una nativa, volviéndose un héroe sensible y admirable. Así, mientras en las pantallas los militares sensibles y humanos invadían el Amazonas, un pedacito de esa Sudamérica se declaraba recién abiertamente socialista y se radicalizaba (justo después de que Hugo Chávez fuera reelecto en el 2006) nacionalizando diversas industrias del país, desacelerando su crecimiento económico en el 2008 con la llegada de una ‘’nueva crisis mundial’’, afectando en consecuencia los precios del petróleo venezolano; momento clave para difundir las millones de amenazas de intervención norteamericana que recibe este país.

Infinidad de películas justifican invasiones: Deep Impact (Mimi Leder, 1998), Volcano (Mick Jackson, 1997), Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997), Independence Day (Roman Emmerich, 1996); y, por supuesto, todo Marvel: X-Men, Hulk, Daredevil, Batman, Catwoman, Superman, Ironman, Captain America, entre otras.

La estrecha relación entre el Pentágono y Hollywood no está demasiado oculta; el Military-Entertainment Complex financia gran parte de las superproducciones de Hollywood, ofrece sus altas tecnologías para sus famosas escenas de acción y aventura y ¿qué obtiene a cambio?

Claro que se nos vende más que amor a las armas y a los camuflajes, la apología a las drogas, al sexismo y demás valores propios del capitalismo. Se nos vende una versión teatral de las coyunturas, moldeando nuestra opinión, haciéndonos reaccionar con cierta normalidad a «escenarios» profundamente injustos, violentos, nauseabundos, de esos que ocurren día a día en el mundo en el que vivimos.

Justo después, al prender la tele y echarnos a ver las noticias, un espectáculo parecido al que nos mostraron nuestros actores se proyecta, y todo de pronto parece luces y maquillaje.

Mientras la guerra sea un espectáculo y nos alejemos de nuestras propias ideas, seguirán nuestras consciencias de manos atadas, empatizando con los victimarios, dopados de placer, pasivos y conformes.

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Libertad Acosta Fotógrafa

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