En una conferencia dada por el maestro José Saramago en la Universidad Autónoma de México (UNAM), uno de los asistentes le preguntó ¿por qué escribía? El premio Nobel, colocando el largo índice de su mano izquierda en un lado de su arrugado rostro meditó profundo la respuesta. Le respondió afirmando que se escribe, tal vez, para no morirse uno nunca, para ser recordado, para que algún despistado que acuda a una librería y vea un libro de uno se pregunte quién sería este tipo fabulador de cosas incomprensibles, perturbador de religiones que vivía cabreado con el poder y que cargaba una mochila inagotable de ironías en cada línea de su extensa obra novelística. Es que escribir sobre este notable portugués nacido en la localidad de Azinhaga el 16 de noviembre de 1922 es afirmar, sin rodeos, que valió la pena vivir y encontrarse con alguno de los libros de este hombre portentoso que empezó a escribir ya tarde en su vida y que no paró sino cuando los signos vitales le abandonaron. Como él mismo lo escribe en Las pequeñas memorias, Azinhaga era una población muy antigua que data quizás del siglo XIII y él, que era pastor, gustaba de bañarse en las aguas del río Almonda que en su curso va nadando hasta encontrarse con el Tajo, un río portentoso que permanece acostado boca arriba mirando el cielo.
Saramago puede ser producto de muchas cosas pero, en particular, lo es de las circunstancias que le acompañaron desde su niñez. No perder nunca de vista los orígenes de donde se proviene fue una constante en su larga vida. Para él, que vivía apegado a las costumbres y creencias de su pueblo, aprendió desde muy temprana edad que no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Eso lo hacen los pesimistas, los que han perdido la fe y la esperanza. Como lo escribió, en su aldea de nacimiento era parte del paisaje y su estado del alma iba acompañando los vaivenes que la comarca imponía. Por ello no perdía el tiempo en interrogarlo, vivía entre aquellos campos de trigo y bajo las sombras de los olivares, maravillado por los colores y ocultándose de los crudos y fríos inviernos ante la brisa cortante que pelaba los huesos. Su memoria era como “un ovillo enmarañado” ahogándose en la oscuridad. Era un mundo de ciegos guiado por un hilo en un laberinto que le fue descubriendo y descifrando Pessoa, el gran poeta lusitano.
Este ser maravilloso que no fue a la universidad, se convirtió en un ávido lector de todo cuanto le caía en las manos. Alumno aventajado en la primaria, en bachillerato y en la escuela técnica donde estudió para cerrajero porque había que ganarse el pan y ayudar a la economía familiar que era muy modesta, con un padre muy severo que ejercía de policía y le ataba por el tobillo con una hebra de lana a una pesada mesa y así lo dejaba todo el santo día para que hiciera sus labores escolares, y una madre amorosa que lo consentía en todo, y unos abuelos, Josefa y Gerónimo, que lo apodaron “Zezito” y le hablaban con señas pero que le inculcaron valores de conducta y reciedumbre de carácter. Se crió rodeado por personas sencillas, especies de don nadie, como él las llamaría luego. Creció temiendo a los perros por el recuerdo de una enorme fiera con cara de lobo que lo persiguió en la oscuridad de la noche con intenciones de destrozarlo a dentelladas. Jinete frustrado que, queriendo aparentar ser lo que no era, montó a lomos de un esmirriado rocinante que lo paseó salvajemente por los prados y que solo se detuvo cuando ya cansado y de un tirón lo depositó en el húmedo terrenal, dejándole el alma tan adolorida que luego de transcurridos 70 años de su vida seguía cojeándole.
Saramago, que fue novelista, poeta, dramaturgo y pensador profundo, solía decir, con Pessoa, que se escribe para el desasosiego, para la nada tal vez. Nadie sabe para qué nace. Él no nació para ser escritor. Las circunstancias fueron orientando sus caminos. Cuando escribió El evangelio según Jesús Cristo, Saramago no sabía, o tal vez sí, el revuelo que causaría aquella novela donde Jesús es uno más de los habitantes de Jerusalén, capaz de amar y de caerse a bofetadas con los comerciantes especuladores, invasores de la casa de su Padre verdadero, aunque José fuese, a la vista de todos, su padre biológico. En esta laureada novela, Saramago, que una vez se definió como “un humilde escritor, militante del partido comunista de Portugal y además ateo”, expone una reinterpretación novelada de los textos bíblicos, donde afirma que Jesús no es más que un instrumento de Dios y de Satanás para repartirse las almas buenas y las malas y que si la palabra resurrección no existiera el cristianismo tampoco existiría.
Aquellas cosas las va a replantear de nuevo en su novela Caín y de cómo, tras el vil asesinato cometido por la furia de la envidia, a los caínes de la tierra les fue marcada un tatuaje horrendo en la frente que solo ellos pueden verse y que llevarán por siempre hasta el fin de sus días.

De lenguaje pulido y labrado, creador de palabras saramaguianas, en todas sus novelas se nota como una roza pero persistente línea la ironía fina de un hombre que supo reírse de sí mismo, sin ofender al contrario. Saramago amó la palabra franca, sincera, la que no se disfraza. Afirmaba que nadie tiene el derecho de ser irónico con otra persona, que eso era faltarle a sus Derechos Humanos, irrespetar al contrario no es propio de la sana y correcta ironía que cuando se emplea, ha de serlo contra los poderosos que ostentan el poder para burlarse del pueblo, contra los funcionarios corruptos, ladrones del erario público, contra los burócratas que no le responden a tiempo a los ciudadanos sus solicitudes y que convierten sus cargos en puestos de comando para cobrar comisiones.
La imaginación de “Zezito” era inagotable. Cuando escribió La balsa de piedra tuvo la ocurrencia de desprender del continente europeo a la península ibérica y poner a españoles y lusitanos a navegar por el océano, viviendo aventuras y obligándoles a entenderse so pena de sucumbir ante la bravura de las aguas saladas. Este hombre, proletario de la palabra, tenía ocurrencias temibles como esa que nos regaló en su libro Las intermitencias de la muerte, al mandar a la bicha de vacaciones y convertirla en una hermosa y sensual mujer que se enamora de un músico y se olvida de seguir matando para vivir a plenitud un orgasmo que causa un pánico colectivo.
En estos tiempos de pandemia, donde todos somos víctimas de una prisión colectiva sin haber cometido delito alguno, bueno es leer La caverna, novela donde Saramago, recreando el mito platónico, nos dice que todos vivimos encerrados en una caverna, donde no hay ventanas y sí muchos pasillos interminables por donde las personas caminan como robots mirando los cristales de las tiendas sin dinero para comprar los lujosos artículos.
La alfarería de Saramago asemeja en mucho a la consigna “quédate en casa” y vive, si es que puedes, en esa caverna del hogar de cada quien, a la espera de que una vacuna te de aliento para salir con el rostro cubierto en búsqueda de un bollo de pan.
La inventiva profunda de este escritor genial quedó patentada en dos de sus mejores novelas. Una, Ensayo sobre la ceguera donde todos, a excepción de una mujer, quedan ciegos. Una ceguera blanca, lo que evidencia que no todas las cegueras son negras y donde los personajes se reagrupan sin importar sus colores, olores ni sabores y donde lo que importa es preservar la vida así haya que terminar con la vida de otros, en evidente demostración de que la crueldad humana no conoce de fronteras. En la metáfora de esta novela, el autor pareciera decirnos que todos estamos ciegos, que nuestra razón carece del sentido de la vista y que por eso hacemos lo que hacemos, sin pensar ni ver.
La otra, Ensayo sobre la lucidez, es una novela dedicada a los políticos (afirmación mía) que se la pasan de campaña en campaña, captando los votos de los ciudadanos, embaucándolos con promesas que nunca cumplen y llenando de frustración y hastío a los votantes que, cansados, deciden votar en blanco y ello lleva a las autoridades a pensar que una conspiración amenaza con destronarlos. El voto en blanco asume la mayoría, y los dirigentes partidistas, aterrorizados, arremeten contra la población que, de manera consciente y lúcida, se niegan a votar por ellos.
En El año de la muerte de Ricardo Reis, Saramago camina junto al gran poeta Fernando Pessoa, en línea recta por las calles empedradas y húmedas de Lisboa, molidos a palos y olorosos a vino, pensando en que la única conclusión… es morir.
Toda la novelística de José Saramago si para algo sirve es para demostrar que “no somos otra cosa que la memoria que tenemos”. En su obra Levantado del suelo nos dice que todos los días tienen su historia y que es cosa de mucha enjundia pensar en lo que se piensa, o en lo que se pensó o se está pensando y qué pensamiento es ese que piensa otro pensamiento. Saramago escribió para comprender al mundo.
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Félix Roque Rivero Abogado








