Enrique Maigua es un pintor, escultor, muralista, poeta, escenógrafo y ceramista venezolano, nacido en El Tigrito, estado Anzoátegui, que ha vivido en la capital Barcelona la mayoría de su florecimiento como artista plástico. Ahí ha realizado gran parte de su obra pictórica y escultórica, paseándose sin dificultad por diferentes técnicas, tendencias y colores.
El polifacético artista vive en el Barrio Cayaurima, cerca del casco histórico de Barcelona. En su casa tiene su taller y a sus 80 años, con más de medio siglo en la vida artística, ha realizado más de un centenar de piezas, ha explorado la educación y formación de artistas noveles a nivel técnico y universitario, ha expuesto en diferentes espacios públicos y privados, galerías y al aire libre, en Venezuela.

Hace seis años se inauguró la Galería de Arte Enrique Maigua, ubicada en la Casa de las Letras Víctor “Chino” Valera Mora dentro del Parque Andrés Eloy Blanco en Puerto La Cruz, donde funciona actualmente la Universidad Experimental de las Artes (Unearte).
Los años de amistad y una reciente enfermedad sufrida por el artista que se debate entre la vida y la muerte, me ha llevado a hacer un análisis somero de su obra pictórica, de lo conocido, de lo conversado, de lo vivido a su lado, de quien tantas veces recorrió las calles de esta su ciudad y la mía, la que lo cobijó como su hijo. Maigua, con su carácter amigable, su humor sencillo y anecdótico, la claridad con la que expresa sus ideas, es un referente de constancia, trabajo incansable y creación artística del Oriente y de todo el país.

Enrique Maigua ha atravesado por distintas etapas, una que podemos ubicar es la «histórica», en la que se refleja lo indígena como un factor constante presente en su obra y que toma de sus propias raíces para plasmarla en lienzos y murales. Los colores terrozos, rojizos, ocres y verdes dan sombra/luz, creando atmósferas que evocan un renacimiento, la esencia y la presencia mágico mística cargada de simbología. En ese estilo se puede observar el mural elaborado en el Aeropuerto de Barcelona, cuya figura central es un hombre rodilla en tierra mirando al cielo y en ese cielo aparecen rostros de sus ancestros, raíces que brotan de su pecho y maíces sus piernas, como un capítulo descrito del Popol Vuh, acompañado de geoglifos, sapos, pájaros, animales de playa, hojas secas y verdes. La composición está marcada por la llegada del hombre blanco o mestizo, lo que le da un tono político nostálgico de la guerra por la liberación del territorio secuestrado por la corona española, las divisiones territoriales “imaginarias”, el desplazamiento y encapsulamiento de las comunidades indígenas, hombres y mujeres que una vez caminaron libres y que remotamente se movilizaron para sobrevivir. A su lado, un mural hecho por el mismo pincel casi retrato de la escena de una batalla por esta liberación venezolana, con la figura de Simón Bolívar y del héroe regional José Antonio Anzoátegui; misma paleta de colores y haciendo seguidilla de la historia que magistralmente relata en el anterior cuadro descrito.

Para nuestro filósofo comunitario indigenista, la pintura, escultura y la cerámica tienen que ver necesariamente con lo indígena, incluso los trazos abstractos que acompañan su última etapa, como el mismo lo describe en las conversaciones cotidianas y en sus clases de arte en la Unearte o la Escuela de Arte Armando Reverón, en la cual ha formado infinidad de artistas, son la “vida, el agua, la tierra, el renacimiento indígena”.
La obra de Maigua tiene una carga de crítica social, va desde pintar un Cristo con un solo zapato puesto, para denunciar los asesinatos a personas por robar los calzados de marca, o hacer una composición con cabezas de muñeca recogida de basureros que encontró en un recorrido por varias ciudades del Oriente, por el desecho consumista a la cual es sometida la sociedad cada Navidad; la denuncia política es parte de la vivencia humana de esa vuelta a lo sencillo, a la naturalidad que tanto reclama el artista en cada pieza. O el aspecto erótico, con cuerpos desnudos que parecen nadar en círculos como ninfas morenas, unas espectros, otras hadas, de rostros escondidos, vientres abultados, senos grandes y pequeños apoyados en espaldas varoniles, en rodillas femeninas, caballos galopando sonrientes, es la creación al mejor estilo renacentista, en una esfera de placer sumida en lo más terrenal, como “Desbocado” hecho en técnica mixta, que encajaría perfecto en el término de surrealismo, con sus vertientes indígenas, criollas y expresionistas, como la mayoría de sus creaciones.

Como parte de la evolución pictórica, en sus inicios incursionó por varias tendencias, con temor a clasificar o encasillar al artista en alguna podemos describir que fue asiduo al impresionismo con cuadros en los que la luz es precedida por el blanco que brota del paisaje y la figura humana, haciendo un contraste armonioso en el que ambos son parte importante de la composición, equilibrada y ordenada, con una influencia quizá hacia Sorolla. O la serie de Bodegones de flores que permanecen en colección privada, con paleta de ocres y la presencia de los colores primarios.
La etapa de terracota, en la cual creó vasijas, pisos, vajillas, techos, adornos grabados con imágenes, el artista concibe la cotidianidad en arte utilitario para uso diario, su mundo gira en torno a la belleza de los materiales como la arcilla, otro elemento que toma de la tierra para transformarlo. Esa faceta también muestra lo ecologista de nuestro pintor, que se vuelca siempre al reciclaje, los desechos que para la gente común no significan nada, para Maigua son un potencial creativo explotable.

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Mi amigo el pintor
(Tony González)
Con frecuencia afina las cuerdas de su pincel.
Mientras hablamos brinda melodías de lienzo.
Colgado en el bastidor por horas,
toma sueños de color mi amigo el pintor
Solo mi asombro interviene en lo que nace.
La tela desviste la paleta en las formas.
Mi amigo levita bordeando el caballete,
con sus manos despide el blanco,
estira su voluntad al tejer claroscuros.
Abre prisma en nuestras palabras,
atornilla lenguaje desde su boceto.
Conforme, sus figuras me sumergen en sensaciones.
¡Navego al quinto cielo, solo el sonido de la lluvia me trae!
En la tierra curte argumentos entre la sensatez.
El piso es testigo del color, huellas de cerdas y cabellos.
Tiene tanta luz como argumentos en los trazos.
Marca la esencia su energía en los símbolos.
Cada día nace humilde, inmune como yo a la técnica.
Es un honor poder volar en una pintura.
Ser amigo del pintor es la entrada a la emoción
que siembra en los lienzos la voz donde me oigo.

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El secreto
(Tony González)
Aprendió de un ritual Cumanagoto,
trajo sus voces a preparar la oscuridad,
bate el dormir del consciente en la tierra
profundamente amarra la luna a su libro
lo cubre con hojas y pétalos despiertos,
del arcoíris arrastra su manantial
vierte colores descolgados de esta latitud.
Suma catorce cuartos crecientes
reza oraciones sin la vanidad de dioses,
insomne destila de sus calientes pies la energía
vuelve al surco verde el séptimo día sin testigos.
Ve parir a la pachamama el fruto de su propuesta,
revisa dentro de los detalles la potencia de su misiva.
Inconforme empuña en sí mismo la crítica
abre el libro de la libertad en sus ancestros…
vuelve a cavar más profundo su sentir en los elementos
en busca de arte expande a la vida sus emociones.


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Nahir González Analista política








