Según unos cuantos analistas políticos vivimos una coyuntura global marcada por el desgaste de la hegemonía occidental y el orden unipolar, para dar paso a otro nuevo orden multipolar. Este año hemos sido testigos del recrudecimiento de la guerra entre Rusia y Ucrania, de un genocidio despiadado de la población palestina por parte de Israel, de conflictos de mediana intensidad en todo el orbe, además de una renovada agresividad de la administración Trump contra nuestra América.
Para hablar de esos y otros temas, a fin de entender el escenario en que nos desenvolvemos, entrevistamos a la especialista en Relaciones Internacionales, María Elena Álvarez, reconocida académica cubana y autora del libro El mundo en Fidel. ¿Dibujando nuevos paradigmas? (2020).
¿Qué caracteriza, a grandes rasgos, el orden mundial actual?
En la actualidad estamos en un proceso de transición donde se manifiesta una pérdida de hegemonía por parte de Occidente, sobre todo de los Estados Unidos que era el líder en ese sentido. Pero aún no podemos hablar plenamente de un mundo multipolar, porque estamos en un período de transición.
¿Cuál es el origen de ese período de transición?
Este período de transición se inicia tras la caída del bloque socialista, que tuvo un primer momento de unipolaridad en tanto los Estados Unidos dictaban las normas, las reglas, el orden. A partir de allí comenzó una recomposición, dando ascenso a potencias emergentes, nuevos polos de poder, que se concentraron en lo que denomino “eje asiático” y que tienen a la cabeza a Rusia y a China. Si bien cada uno tiene sus peculiaridades, han restado hegemonía, presencia y liderazgo a los Estados Unidos, condicionando su actuación.
Estamos hablando de un orden que no es orden, sino de un reacomodo de intereses, de presencias e intercambios. Hay una dispersión, porque además está acompañado de los actores tradicionales que pierden hegemonía –como los Estados Unidos–, el ascenso de potencias en Oriente –como China, Rusia–, el resurgimiento de potencias regionales como India, Turquía, Arabia Saudita, Brasil, Sudáfrica. Pero sobre todo que se enmarcan en Asia, como la India, que ya desempeña un papel esencial a nivel internacional; y en el Medio Oriente, donde no solo Turquía y Arabia Saudita, o el propio Irán, son potencias regionales fuertes, sino que hay países con una influencia desproporcionada para su tamaño, como Emiratos Árabes Unidos o Catar.
Igual se ha dado un reacomodo del sistema de alianzas a nivel regional. Si damos un paneo rápido vemos cómo en América Latina hay una presencia económica china muy importante. Si vamos a África igual vemos presencia china, pero además la influencia rusa, el repliegue de Francia a partir de las políticas de los gobiernos africanos y, en menor medida, la presencia de Turquía, de Emiratos, de Catar y los Estados Unidos.
En los últimos tiempos en Medio Oriente los Estados Unidos han recuperado presencia esencial y valiosa; pero el desempeño económico de China a partir de la Franja, de la Ruta de la Seda, es muy interesante, así como sus relaciones con los países del Golfo, con Egipto, etcétera.
Otro elemento que hay que destacar son las nuevas organizaciones y las nuevas formas de hacer intercambios a nivel internacional, que tienen que ver con factores coyunturales, de concepción, sobre todo de China, y países que han ascendido, donde pudiéramos destacar a los Brics+, que son una alternativa a las formas occidentales de hacer y de intercambio. Esto ilusiona o da otras posibilidades a determinados países en función de su inserción en el sistema internacional, porque ya no solo estamos hablando del Fondo Monetario Internacional (FMI) o del Banco Mundial (BM).
¿Qué otros elementos definen este momento que vivimos?
Como he dicho, estamos en presencia de un mundo en transición donde no se han definido en toda su dimensión las características, pero lo que sí hay es una crisis global del sistema capitalista, de los valores occidentales, de sus formas de hacer.
¿Cómo se manifiesta eso último?
Esto se ve, por ejemplo, en la fragmentación institucional, en la gobernanza en crisis, en la paralización de las Naciones Unidas, en la propia Organización Mundial de Comercio (OMC) como un espacio de solución de controversias inoperante, en los acuerdos sobre cambio climático que tampoco se cumplen.
Además hay un ascenso de lo que es el multilateralismo –como le dicen algunos actores–, como el ya mencionado Brics+, pero a la par hay formatos alternativos militares que los Estados Unidos han fomentado sobre todo en Asia contra China, como el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad) y el Aukus.
Hay una reconfiguración de alianzas, de bloques geopolíticos, donde existen reforzamientos en determinadas alianzas de los Estados Unidos, pero en retroceso en algunas áreas. Y, bueno, en la práctica esto refleja cómo el orden que existía en la bipolaridad terminó y cómo el período de unipolaridad con las guerras contra el terrorismo, con todo lo que Estados Unidos hizo en aquella etapa, ya no existe como tal. Entonces ahora vivimos una crisis de los valores universales, del consenso liberal, en la que hay modelos alternativos como el caso del Estado chino o el vietnamita y otros que no se basan en esta democracia liberal, que es el modelo por excelencia.
¿Qué efectos produce esa reconfiguración de alianzas que nos describe?
Tiene efectos al interior de los países y en sus relaciones con otros países. Por ejemplo, hay un resurgimiento de nacionalismos y de aprecio por la soberanía en África, donde el famoso eurocentrismo pierde cada vez más.
Y, por último, aunque pudiera mencionar muchas otras cosas, hay que destacar a un Sur Global que es un actor colectivo que se ha reconfigurado, que de objeto ha pasado a ser un sujeto de la política internacional y que si bien es cierto que no es unido en sí mismo sí tiene múltiples liderazgos, tiene una instrumentalización, capacidades de negociación y una forma de hacer de unidad, de buscar salidas a las situaciones de desventaja y de dependencia de sus países con respecto a los centros históricos.
En síntesis, estamos en una etapa donde no hay una hegemonía clara, donde los Estados Unidos pierden; donde pudiéramos decir que hay una competencia que no puede llamarse bipolaridad, porque además la bipolaridad tenía como centro sobre todo la ideología y aquí observamos concepciones que se enfrentan en el terreno internacional, especialmente con las propuestas chinas que tienen que ver con su visión histórica de política exterior.
Existe una transición, un reordenamiento, que no ha terminado. La consolidación de bloques económicos no culmina, hay una mayor inestabilidad a nivel regional que hace que se recurra a guerras tradicionales y a otros métodos.
Esta transición es igualmente en el orden económico, ya no podemos hablar de la globalización como tal, hoy hablamos de una revolución tecnológica, de una transformación en el panorama de seguridad, de amenazas como el cambio climático, la proliferación de corporaciones y de carteles criminales, hay desafíos transnacionales. Existe una interdependencia, pero sin cooperación.
¿Cómo es una “interdependencia sin cooperación”?
O sea, una conectividad global con desconfianzas, enfrentamientos dentro de los poderes que no llega a ser multipolar porque existen polos que se gestionan de formas diferentes y surgen organizaciones alternativas a las que ya existen, aunque todavía estas últimas se mantienen en muchos casos inoperantes.
Todo esto ante un avance tecnológico descomunal, una innovación exponencial que aumenta las desigualdades, pero que incrementa las competencias entre los Estados Unidos y China. En la práctica, estamos en un período donde el orden viejo no termina de morir y el nuevo no termina de nacer. Vamos a decir que es un cambio estructural, que algunos hablan de incertidumbre; hay una competencia sistémica que no acaba de cuajar. Estamos en presencia de una transición prologanda.
En ese reordenamiento global, ¿qué papel desarrollan y qué aspiraciones tienen las tres superpotencias como son los Estados Unidos/Unión Europea (UE), Rusia y China?
Estados Unidos, potencia hegemónica hasta hace muy poco, tiene un declive relativo, entonces busca preservar el orden establecido por él. Esta capacidad del mundo occidental, eurocéntrico, de los valores de la democracia, la trata de imponer desde todos los puntos de vistas. Además tiene como objetivo estratégico mantener su primacía militar y tecnológica, continuar siendo la primera potencia del mundo, preservar sus aliados, pero en este gobierno de Trump vemos cómo hay una adaptación a la nueva realidad y priorizan su área histórica, que es América Latina, y cómo hay un declive relativo hacia Europa que tiene sus propios intereses y se ha visto abandonada. Esto no quiere decir que Trump cumpla esto al pie de la letra, porque a veces se escribe una cosa y se hace otra, pero dentro de los aliados tradicionales va a tratar de salvaguardar, fortalecer y utilizar nuevas fórmulas como son la formación de bilateralismo –como se le denomina– en Asia contra China, puede ser con el Aukus y el Quad, más allá de las formas tradicionales empleadas.
Tiene como objetivo número uno lo que ellos denominan “la expansión china”. El desarrollo económico de China ha llevado, así como sus formas de hacer y de actuar con respecto a otros países, a que desde el punto de vista económico tengan una presencia significativa en las áreas de influencia histórica de los Estados Unidos.
Sus principales instrumentos seguirán siendo el poder militar, con su presencialidad, con su proyección de fuerzas, con sus alianzas militares. Y se ha visto en Medio Oriente, se ve en Asia y en menor medida en África. Se ve en su poder financiero y cómo utilizan las sanciones económicas, más allá del dominio del dólar, y como esto último está siendo bombardeado por otras formas y mecanismos de hacer de otros colores como pueden ser los Brics+. Lucharán por establecer los estándares y el poder normativo que siempre han tenido y conservar sus alianzas, su presencia.
Aquello se ha visto con gran fuerza en los últimos años de variadas formas, pero ante todo en Asia en función de lo que llaman “contener a China”. Lo mismo en Europa, y especialmente en América Latina porque ellos consideran que es su patio trasero (está la Doctrina Monroe) y no pueden permitir la presencia de otro actor la Región, aunque no tenga representación militar. Todo esto, por supuesto, mediante una serie de acciones que hacen peligrar la paz en esta región.
Por su parte, Rusia ha sido un poder histórico y trata de defender su papel protagónico a nivel mundial. Pero más allá de concepciones de que si la guerra, de que si la agresión, lo más importante es que quiere preservarse, que quiere evitar una tercera guerra contra ella, mantener el estado que tiene y articular un bloque antihegemónico, que es lo que ha llevado a que su alianza con China se haya fortalecido, que su participación en los Brics+ sea fuerte, el poder participar en la organización de cooperación de Shanghái. Ha sido un líder, un articulador del bloque antihegemónico y debe reconocerse como la gran potencia que siempre ha sido. Además ha tratado de velar por su paz, para lo cual necesita que en Europa se den una serie de condiciones y ellos quedar libres y que puedan reconocerla como gran potencia. Esto último la obliga a doblegar la arquitectura de seguridad europea, porque Europa prometió después de la Guerra Fría, por ejemplo, no acercar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y sí la acercó.
Rusia debe tratar de obtener una garantía de que no va a ser agredida, establecer este orden que va hacia la multipolaridad donde siempre ha tenido participación y ya la tiene de manera valiosa, por ejemplo, en Eurasia. Para eso cuenta con poder energético, armas nucleares, acciones más allá de Europa y presencia considerable en África; la tenía en Medio Oriente, aunque ha disminuido. En definitiva, es un actor al que hay que tener en cuenta, porque incluso en el plano cultural tiene un enorme arraigo y es un sostén para los pueblos que la apoyan.
China es muy interesante, porque es el competidor de los Estados Unidos y estos la ven como su mayor amenaza. Promueve nuevas formas de hacer las relaciones internacionales que tienen que ver con el factor histórico de un país milenario, con una cultura y civilización distintas. Lo cual se engloba en lo que ellos llaman “comunidad de futuro compartido”, donde está la Franja y la Ruta, la iniciativa global de desarrollo, la iniciativa global de seguridad, la iniciativa global de IA, la iniciativa civilizatoria que lleva otro tipo de gobernanza. Y aunque se le ha acusado de muchas cosas, China tiene una forma de hacer diferente, no condiciona las relaciones y trata de conseguir sus fines por medios pacíficos.
Sus aspiraciones son mantener su liderazgo, su desarrollo tecnológico y algo que quizás parezca poca cosa pero no lo es: la reunificación de Taiwán. Recordemos que uno de los primeros principios de la apertura fue “un país dos sistemas”, ideado para Taiwán, porque aun cuando pertenece China por la historia sabremos que los Estados Unidos fueron quienes llevaron a esa partición y esta es una línea roja. Pero además esto es un peligro constante para China, porque los Estados Unidos están creando situaciones que pueden llegar a una guerra y China no quiere una guerra, sino un reordenamiento del sistema internacional.
Todas las propuestas que ha hecho China llevan a la práctica de comunidad de futuro compartido, donde haya una mayor participación del Sur Global y no como la que hay hasta ahora. Para esto tiene su política económica, tiene su diplomacia –que es muy efectiva–, tiene una modernización militar –porque en el nivel de las condiciones actuales, y teniendo a los Estados Unidos como un hegemón que pierde espacios, no puede permitirse que los Estados Unidos se conviertan en un peligro–.
Todo indica que los Estados Unidos ven en esa competencia a China como su enemigo número uno. Y ojo con los medios de comunicación, porque hay una campaña sistemática en contra de China y de todo lo que hace.
La UE, que sabemos que luego de la Segunda Guerra Mundial fue ayudada en su reconstrucción por los Estados Unidos y ha sido aliada de estos, en su papel como actor económico, como actor mediador, como potencia que ha establecido estándares, etcétera, se ha debilitado por la controversia que existe con el Gobierno de Trump respecto a la propia Unión y cómo se plantea que ha violado los valores democráticos y que ha traicionado. En la estrategia de los Estados Unidos la alianza transatlántica se ve muy debilitada.
Lo anterior ha llevado a que en la UE haya voces que hablen del resurgimiento de aspectos como pueden ser la militarización, porque plantean que Rusia es una amenaza cuando es esta la que ha sido agredida dos veces y con la expansión de la OTAN han sido vueltos a amenazar.
En la UE se habla de multilateralismo, de tener unidad interna, pero atraviesan por un momento difícil porque en su alianza con los Estados Unidos han perdido presencia y prestigio. En este caso los Estados Unidos tienen más una política propia y parecería –no creo que llegue a darse– que la UE debe buscarse nuevos caminos y nuevas estrategias para fortalecerse a sí misma en la dimensión tecnológica, de seguridad, en economía, etcétera.
En conclusión, hay una contradicción entre China y Rusia con los Estados Unidos; pero hay igualmente, en menor medida, con la UE (que en el caso de Rusia sí pasa a ser de primer orden).
Estamos hablando de cómo los valores como la democracia, el liberalismo y lo que lleva al eurocentrismo se ven amenazados por otras formas que aunque se digan que son autoritarias no lo son, sino que son fórmulas propias de modelos históricos de sociedades donde no surgió el capitalismo sino que fue impuesto a través del colonialismo y somos nosotros los del Tercer Mundo incapaces de comprender estas peculiaridades de las distintas sociedades.
La paradoja estadounidense está en que promueve el multilateralismo, pero aplica el unilateralismo. El dilema europeo es que depende en seguridad en gran parte de los Estados Unidos y de la economía China, entonces está en una relación con ambos. China necesita la estabilidad global y tiene que trabajar contra la corriente por todas las acciones de los Estados Unidos, y hasta ahora ha logrado hacerlo. Rusia ha estado aislada y esto ha motivado una mayor alianza con China, lo que asegura el fortalecimiento de ambos.
Como ves, estamos en un proceso de transición donde estos tres poderes están en esta divergencia contradictoria no solo entre ellos, sino en las distintas áreas geopolíticas del mundo.
“Lo que sí hay es una crisis global del sistema capitalista, de los valores occidentales, de sus formas de hacer”
En esa misma línea, ¿qué se juega realmente en el conflicto bélico entre Ucrania y Rusia?
El conflicto en Ucrania no es un evento aislado, sino que es una expresión del reordenamiento global y definirá a futuro las relaciones internacionales de este siglo, porque aunque se habla de que Rusia lo hizo por esto o aquello es indudable que su acción demostró que no iba a permitir lo que se había hecho hasta ese momento. Y aquí siempre pienso en Merkel con sus memorias, cuando confiesa que cuando fueron a Minsk en el año 2014 habían engañado a Putin.
La amenaza que significaba para Rusia todo lo que se estaba haciendo, el acercamiento de la OTAN a través de Ucrania, llevó a una acción que hasta ese momento nadie pensaba que podía suceder. Y debemos decir que esto sorprendió a Europa, pero a la vez acelera el orden, la transición, porque, más allá de la competencia y el poder –puedan distribuirse o no–, dejaron en claro que no se iba a permitir que los Estados Unidos siguieran actuando del modo que lo han hecho.
A partir de ahí hay una serie de impactos como puede ser la disuasión militar, el uso de este u otro armamento o la posibilidad de poseerlo, hay una regionalización de la seguridad; se manifiestan contradicciones en el seno de la UE y entre esta y los Estados Unidos; vamos a decir que en vez de consolidarse –porque sí Finlandia y Suecia ingresan a la OTAN–, surgieron problemas dentro de la OTAN. Ahora mismo se conocen las dificultades que existen entre la UE y los Estados Unidos respecto a si se llega a una paz o no.
Estamos hablando de una reconfiguración donde este accionar va a resquebrajar, primero, la alianza occidental, como muestra de su debilidad. Junto a esto confirmar que no se van a aceptar los métodos que se han utilizado hasta ahora; y que existen otros poderes como pueden ser Rusia.
El bloque occidental se ve fracturado, debilitado, y ya en el Sur Global países como India, Sudáfrica y Brasil no toman partido. En este escenario hay potencias regionales que aprovechan la coyuntura para reforzar su papel, como puede ser Turquía. Hay una situación nueva, hay un orden que no es la transición, el equilibro, en que la hegemonía estadounidense se va a ver resquebrajada. Hay una competencia sistémica que tiene nuevas estructuras, que tiene nuevas formas de hacer y que no permite esto, y que conlleva consecuencias que serían, ante las sanciones que se aplican a Rusia, el fortalecimiento de entidades regionales de Asia como al Unión Euroasiática, el fortalecimiento de la alianza Rusia-China, que en última instancia van a hacer la situación mucho más difícil para los Estados Unidos y Europa.
Resumiendo, el conflicto de Ucrania es mucho más que una guerra territorial justa o injusta ya que allí se está jugando el equilibrio del orden mundial, la seguridad europea, la seguridad rusa y es el punto de quiebre del orden mundial que existía, de esa transición. Ya veremos el resultado, porque es un hecho muy peligroso y hasta ahora aunque Estados Unidos dice reducir el apoyo militar, etcétera, sigue siendo ese conflicto –donde se utiliza el territorio de Ucrania– un elemento de competencia estratégica entre Rusia y China y la Casa Blanca. Y no porque China participe directamente, sino porque sigue siendo el socio de Moscú y contribuye a robustecer la alianza entre ambos.
¿Cuál es la importancia, en términos geopolíticos, de Medio Oriente?
Si vamos a hablar de Medio Oriente tenemos que tener en cuenta que es un área de control de hidrocarburos, de rutas críticas como el Estrecho de Ormuz, el Canal de Suez, que condicionan el precio y la seguridad energética global.
Es el centro de cruce de civilizaciones, de legitimidad religiosa, nacional, política, donde están las tres religiones de libros, el centro del judaísmo, del cristianismo y del islamismo; donde ha habido una competencia histórica en el área de los distintos poderes del Asia, Irán, Turquía, Israel, los países del Golfo, que logran el equilibrio o no, en que hay presencia fuerte de los Estados Unidos con su alianza con Israel y siempre están tratando de llegar a un arreglo con el Golfo. Paralelamente, China y Rusia han aumentado su presencia en el área y en la actualidad ha habido un riesgo muy grande de regionalización de conflictos.
Con todo, esta centralidad histórica y de estrategia es un epicentro geopolítico por su peso, por su recurrencia, por su ubicación entre Europa, África y Asia. Pero lo que ha sucedido en Gaza con respecto al conflicto israelí-palestino, y el genocidio, nos da la medida de la fractura que existe en la actualidad a nivel mundial. Una fractura tremenda, un control de lo que se piensa, de lo que se percibe, pero sobre todo de las contradicciones y de la inmovilidad hacia un acontecimiento por parte de todos, incluyendo los poderes regionales. Esto combinado con los movimientos sociales que sí han apoyado, pero que a la vez demuestran la inoperancia de los organismos internacionales. Y podríamos decir la doble moral, cuando Trump es capaz de firmar un acuerdo que no resuelve nada, que no condena a Israel, que no es una solución real del conflicto ni de Gaza ni de Palestina en general –porque además no menciona ese nombre–. Y cómo hay algunos países que dicen que si no se crea el Estado palestino no llegarán a un arreglo, pero ya los Estados Unidos, el propio Israel, al apoyar al Gobierno de Siria, los asesinatos que ha cometido Israel en el área y la agresión a Irán, llevan a una situación de impase que parece que va a ser de equilibrio, que va a resolverse, pero en la práctica hay detrás todo una serie de aspectos que pueden resurgir con respecto al eje de la resistencia, a la recuperación que pueda tener Irán y hasta qué punto los Estados Unidos logran un equilibrio entre Israel y las monarquías del Golfo.
Pienso que seguirá siendo una región muy compleja, donde puede surgir en cualquier momento una crisis. Basta ver lo que lo que está sucediendo ahora: continúa el genocidio en Gaza. Y es que estamos viendo cómo en esta transición intersistémica, quizás la crisis civilizatoria y de valores de Occidente y hasta de otros pueblos, se manifiesta la crisis del sistema internacional. Y por qué no… la crisis no es solo de valores, sino también del capitalismo como sistema en toda su infraestructura, en su proyección y en cómo llega a dominar las mentes, los espacios. En definitiva, la crisis que puede ser climática, poblacional, estamos ante el hambre. Hemos llegado al punto de que el genocidio está allí y no se hace nada.
Estamos ante una crisis, una transición, donde determinados pueblos, como lo pueden ser el palestino o el sudanés, son escenarios de contradicciones inherentes, históricas, nuevas; entre poderes antiguos y poderes nuevos, ambiciones personales y transnacionales que confluyen allí, y en la manipulación de los organismos internacionales.
Resumiendo, en la importancia geopolítica del Medio Oriente vemos que es esencial en la producción petrolera, que influye en los precios, en las normas y que se ubica en una posición clave hacia el Mediterráneo, que tiene que ver con Europa, con el sur de Rusia, con África y es la entrada –Irán es la bisagra– hacia el centro de Asia. Por tanto es esencial que cualquier potencia –históricamente ha sido así– la domine.
Esta área ha sido un área conflictual, donde los Estados Unidos han perdido hegemonía después de la “primavera árabe”, con los resultados que tuvieron en la guerra contra el terrorismo, su fracaso en Afganistán, su fracaso en Siria. Y, para colmo, se ha dado una entrada importante de Rusia y se mantiene una presencia económica considerable de China.
La situación que se ha dado después de 2023 ha ayudado a los Estados Unidos a retomar sus posiciones desde que en el primer gobierno de Donald Trump se establecieron los Acuerdos de Abraham.
¿Cómo podemos leer, en clave actual, el genocidio de Israel contra la nación palestina?
En ese contexto, la situación de Gaza nos muestra precisamente la crisis sistémica que vive el mundo: porque hay una crisis de Derecho Internacional Humanitario, de los mecanismos de protección; se ha dado un colapso de la gobernanza del conflicto; la parálisis de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); la erosión de la Corte Penal Internacional (CPI); la crisis de las instituciones humanitarias; y no sucede nada.
Algunos especialistas hablan de “la reconfiguración de las normas de guerra”, pero realmente lo que se está dando es la violación de los más elementales derechos de cualquier nación, porque se ha normalizado lo que llaman “daño colateral”. ¿Qué daño colateral? Es el genocidio de las víctimas civiles.
Otros hablan de “nuevos umbrales aceptables”; pero se trata de la inanición. Y lo complejo es que se ha salido a la calle, pero las naciones, los Estados per se, tal como funcionaban, pues parece que se agotan ante estas contradicciones.
Estamos ante una potencia que está ayudada por los Estados Unidos, por la UE, que ha proporcionado y permitido estas acciones que se dicen muy bonito “asimétricas”, pero que han sido abusivas, donde se ha violado lo más elemental.
Aquí reafirmamos la crisis del viejo orden, la crisis de legitimidad liberal de Occidente, la fractura de ese orden occidental –que es geopolítica–. Hay una crisis de credibilidad, hay divergencias entre Europa y los Estados Unidos. A lo interno igual se ven aspectos de división y cómo las potencias regionales tratan adecuar sus intereses aprovechando esta transición. Entonces hay un discurso, hay una movilización trasnacional valiosa, hay un activismo que se globaliza (hay una reconceptualización de lo que es el antisemitismo, la islamofobia, debates extraordinarios…), pero en la práctica no ha tenido resultado, porque mientras esto sucede estamos ante un genocidio y hay un cansancio, un agotamiento, de las respuestas más allá de la retórica y de todo lo teórico que podamos hablar.
Como dije, estamos en presencia de la muerte de algo y el surgimiento de otro; pero este resurgimiento un poco se define allí en Medio Oriente, lo cual lleva a que se usen todos los métodos posibles por parte de Occidente y los Estados Unidos para imponer sus normas y apoyar a sus aliados. Tenemos así la inoperancia de los organismos regionales e internacionales; y las potencias regionales y otras, aunque condenan y dicen que están en contra en los hechos, lo han permitido.
Estamos ante una crisis de valores, una crisis de todo tipo, de un modelo que ha durado tantos siglos, que ha ido evolucionando pero parece que se agota. Y precisamente se agota en un área donde todos tienen intereses, un área donde el asesinato, el genocidio, el no derecho a vivir de un pueblo completo parecería que es algo normal. Hay que estar muy alertas, porque no puede ir a peor –o tal vez sí–.
Países europeos como Alemania y Francia, entre otros, han anunciado el restablecimiento del Servicio Militar, han incrementado sus gastos en la materia y han amenazado abiertamente a Rusia… ¿cómo ve esa escalada? ¿Asistimos a la antesala de una nueva guerra mundial?
En cuanto a Europa, la vieja Europa, la UE, que ha tenido entre sus basamentos esenciales el de la alianza transatlántica, es un entidad que en sus países manifiesta una crisis a lo interno, una derechización, a lo que se une las contradicciones fuertes con los Estados Unidos y la postura que han asumido con respecto a la guerra de Ucrania en relación a Rusia.
Si fuéramos a los orígenes, todo lo que ha hecho la UE ha sido contrario a sus intereses. Ante esta situación y este período de transición, donde vemos emerger otros poderes, hemos visto cómo la situación en Ucrania ha sido definitoria, porque la acción de Rusia un poco fue un “detente” a lo que venía haciendo Occidente y ha puesto a las fuerzas más reaccionarias de la UE en un punto de no retorno.
En la estrategia de seguridad de los Estados Unidos prácticamente se acusa a Europa de estar en contra de los valores occidentales, como si fuera un enemigo. Esto implica que Europa tal vez va a tener que buscar sus propios mecanismos, pero como sea tiene que crear un constructo que le permita fortalecerse como poder y que justifique esas acciones por encima de las situaciones que se puedan dar a lo interno. Y hasta que justifique, por ejemplo, su alianza y apoyo a Israel.
Avanzan a una derechización y a una remilitarización que tendrá un costo y que no podremos decir que va a traer una tercera guerra mundial o no, pero innegablemente en el contexto actual de transición la UE trata de reajustarse a partir de la cultura de sus aliados, a partir de la situación que tiene y del fortalecimiento de Rusia en su alianza con China. Se da todo un constructo ideológico, propagandístico, la rusofabia, y recordemos –parece que ellos lo olvidaron- que las dos veces que ha habido una guerra mundial en Europa han sido los europeos quienes han agredido a los rusos.
La UE es un ejemplo muy fidedigno de cómo la crisis existencial de los patrones europeos y occidentales están agotándose, cuestión que llevará a un ascenso de la reacción y de la militarización que esperemos no desemboque en una gran guerra mundial.
Occidente parece empecinado en amenazar a otros continentes, naciones y culturas en nombre de sus propios valores, valga la redundancia, “occidentales”. ¿Cree que, como han sostenido algunos pensadores desde hace décadas, estamos viviendo un choque entre civilizaciones?
Muchos hablan de “choque de civilizaciones” y me viene a la mente Huntington y cómo ya validaba que Occidente había ganado; luego llegó Fukuyama y su fin de la Historia. Sin embargo, hemos asistido en este período de transición intersistémica a una crisis civilizatoria occidental que más que chocar está tratando de sobrevivir ante otras tendencias y otros proyectos, ante otras improntas civilizatorias que se dan.
Eso se evidencia en que los pilares fundamentales de la civilización occidental han entrado en crisis: hay un declive universal de los valores, de la famosa democracia, la pérdida y la lucha contra la visión eurocentrista del mundo desde distintos niveles. Está la crisis de un modelo económico –que es un hecho–, la crisis del famoso contrato social de bienestar, el agotamiento de la democracia, la pérdida de hegemonía cultural –aunque Hollywood y los Estados Unidos sigan siendo el centro–. Encontramos toda una serie de acciones que vienen de otros paradigmas civilizatorios que se están imponiendo, hay un declive de la supremacía tecnológica occidental y, por supuesto, una crisis demográfica existencial que tiene que ver con el desgaste económico y las limitaciones del sistema.
Ante esta crisis no es que se haya llenado el vacío. Hay una crisis de lo que es la civilización occidental que comienza a chocar con nuevas formas de hacer, con nuevas delimitaciones que fracturan lo que fue siempre absoluto: la modernidad, el capitalismo, los Derechos Humanos, etcétera. Esto un poco está en entredicho, porque cuando vemos las potencias emergentes, regionales, con independencia de que puedan usar una u otra forma o mecanismos económicos similares y están insertos en eso, su patrón civilizatorio cultural y hasta su forma de hacer –no solo de producir, de distribuir y de consumir–, establecen variantes. En este caso sobresalen los países asiáticos y lo que pudiéramos llamar “el modelo chino”, las civilización china, la civilización rusa. Pero también están los proyectos que desde el Sur se cuestionan la colonialidad del saber y la propia historia del capitalismo.
Estamos en presencia de cambios de reglas, de instituciones, de concepciones del mundo, en una batalla que no sabemos en qué va a terminar. Indudablemente hay una transición civilizatoria muy compleja que no podemos decir en qué va a terminar; algunos hablan de multipolaridad civilizatoria, aunque lo que está claro es que hay mundos y concepciones disímiles que se llevan a la práctica y que explican el orden internacional actual en la forma de hacer, de interrelacionarse.
Está el factor civilizatorio, que en última instancia tiene como base ese modelo económico que construye esa sociedad, una forma política, una forma de dominación, y que encubre lo que hace el capitalismo durante siglos y nos da esa visión de la verdad absoluta de Occidente, se va a resquebrajar no solo por patrones civilizatorios de grandes potencias, sino, por ejemplo, la de los pueblos originarios en América Latina, la de los afrodescendientes y toda esta intelectualidad que se cuestiona esto. Por tanto, hay un proceso de reordenamiento, de cambio, desde el punto de vista civilizatorio, que está en pleno proceso.
En última instancia, no es que choque, sino que hay un proceso de transformación. No es que choque al estilo de Huntington, pues realmente está colapsada la civilización occidental y se ve en lo que hemos visto últimamente: en los métodos terribles que utilizan. Hay un nacimiento transicional hacia nuevas visiones, hacia nuevas formas de hacer, hacia nuevos paradigmas de la dignidad del hombre, de tener en cuenta al otro. Y, bueno, puede que en algún momento choquen y puede en determinado momento nacer una nueva fórmula en ese sentido.
“Debería haber un criterio latinoamericano unitario de defensa de la soberanía, de la integración, de los derechos de nuestros países”
¿Cuál es la posición que le asignan a América Latina y el Caribe las superpotencias?
Sabemos el papel que le asignan los Estados Unidos a América Latina: la definen como su traspatio, está la Doctrina Monroe, etcétera. Y no solo tiene que ver con ser su abastecedor de materias primas, el famoso extractivismo, sino que además hay una dependencia, una relación, entre los sectores de derecha, entre los que eran caudillos y después se convirtieron en burguesía, en gran burguesía, con las plataformas comunicacionales, incluyendo a los evangelistas que tienen una gran presencia en América Latina. Ese papel que nos asignan de patio trasero sigue vigente y es muy peligroso en las condiciones actuales de transición intersistémica.
¿Y en cuanto a China?
China ha priorizado el relacionamiento económico, también extractivista, pero no tiene la imposición y los mecanismos de fuerza que utilizan los Estados Unidos. Ha sido un país que ha venido, a partir de la Franja y la Ruta, a resolver problemas en infraestructuras, ha hecho puertos, etcétera. A esto se añade el interés fundamental que tiene en el área, aunque existen otros convenios.
Precisamente el interés de la presencia y las necesidades económicas de China y los intereses de los Estados Unidos han puesto a la Región en una situación muy complicada, porque estos ven la presencia de aquellos como una amenaza a su país y a la relación histórica de dependencia de América Latina.
¿Cuál es la posición propia que debiera predominar en la Región en aras de mantenernos como un territorio de paz?
Para preservar la paz se pudieran hacer muchas cosas, pero debería haber un criterio latinoamericano unitario de defensa de la soberanía, de la integración, de los derechos de nuestros países. Y esto no se da, porque existen divisiones muy serias dentro de los países, inclusive en los procesos integracionistas, y entre los países de forma bilateral a causa de conflictos históricos que llevan a que no se produzca un consenso en función de preservar la paz.
Posibilidad que se reduce con la oleada derechista.
Justamente ahora vemos un ascenso de la derecha en América Latina y esto es aún más peligroso, porque es cíclico: viene el progresismo, luego la derecha… Y precisamente el ciclo de neoliberalismo llevó al ascenso en determinadas condiciones de la izquierda, y sus proyectos de resolver, sus modelos propuestos, no llegaron a concretarse. Y al no llegar a concretarse, entre otras cosas porque tampoco la izquierda se ha logrado unir en Latinoamérica –aunque hubo proyectos muy interesantes como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA)–, y al fracasar su modelo, o lo que se propuso, porque no trascendieron las condiciones y las características del país, ahora estamos ante el ascenso de la derecha.
Es bastante complicado poderlo explicar, pero si usted analiza las distintas elecciones, por ejemplo la de Chile, verá que la izquierda no es capaz de articularse no solo al interior del país, sino con otros; pero, además, su lenguaje es contradictorio con respecto a los demás y lo que plantean no satisface las demandas de la población. Porque si tú eres un gobierno saliente de izquierda, comunista, que no resuelve los problemas, bueno, tal vez creas un vacío que aprovecha una derecha que sí está articulada y tiene un lenguaje convincente que posibilita a que un 70% de la población vote por ella en primera vuelta.
Indudablemente la América Latina tiene problemas estructurales no solo desde el punto de vista económico, sino de actuación política, de mecanismos sociales, porque usted ve que sale una manifestación social pero desde el punto de vista político no es una fuerza capaz de dirigir este movimiento.
En síntesis, esta América Latina hoy está dividida, con un ascenso de la derecha, con los proyectos de izquierda –incluyendo los de carácter socialista– en unas condiciones muy difíciles no solo porque puedan haber cometido errores a lo interno, sino porque ha habido una política de presión cada vez mayor por parte de los Estados Unidos, que viene desde hace mucho pero ante todo con el primer gobierno de Trump, después Biden –que no cambió nada–, y ahora un más peligroso Trump.
En 2014 se declaró en La Habana a América Latina y el Caribe como territorio de paz. Y aunque había otro contexto, sin embargo debemos recordar qué es América Latina, cuáles son sus características históricas desde el punto de vista estructural económico, político y social.
¿Y cuáles son esas características?
Rápidamente, es un continente con una desigualdad extrema, con unas divisiones clasistas tremendas, con diferencias étnico religiosas en que la fragmentación entre los países y la competencia entre los mismos hace que sea muy difícil alcanzar un consenso.
Para lograr que América Latina sea un territorio de paz tendríamos que estar unidos, tendríamos que poner en primer orden los intereses nacionales y obviar los intereses de clases; y como mínimo buscar alianzas que garanticen la estabilidad y no servir a los intereses de otras potencias.
Es más, creo que el territorio de paz como objetivo es válido, pero en la práctica: ¿de qué paz estamos hablando? ¿De no guerras? ¿Hasta qué punto en Colombia hay paz? ¿Hasta qué punto en otros países hay paz? Tendríamos que definir qué cosa es paz, porque la paz es más que un estado de no guerra; la paz es un estado donde no haya violencia doméstica, donde se respeten los derechos e indudablemente a América Latina le falta mucho para llegar ahí.
¿Cómo se puede comprender la oleada derechista y reaccionaria en buena parte de los países de América Latina y el Caribe? ¿Qué ha faltado a las izquierdas y progresismos para consolidar sus proyectos?
La pregunta sobre por qué los sectores populares votan por la ultraderecha no puede responderse apelando simplemente a intereses materiales o a la racionalidad económica. El sujeto está “estructurado” por el deseo y por una falta constitutiva que la política intenta cubrir mediante fantasías y formas de identificación. El deseo sería una falta que nunca puede ser colmada y que, sin embargo, impulsa a buscar objetos, identificaciones y causas que le otorguen un lugar y un sentido en el mundo social.
En este sentido, la ultraderecha ofrece un discurso que organiza la angustia: provee un “líder” investido como “Amo”, aquel que “sabe” quién le ha robado al sujeto lo que le corresponde y que promete restituir orden, protección y una identidad sin fisuras.
Al mismo tiempo, produce un goce específico: el goce del resentimiento y de la agresividad dirigida hacia figuras construidas como enemigas (migrantes, artistas, feministas, “los indios”, etcétera), percibidas como usurpadoras del (supuesto) bienestar perdido.
De este modo, más que mejorar la vida material lo que se busca es cubrir la herida de la falta: sentir que se pertenece a una comunidad imaginaria de “verdaderos” y que la humillación social puede transformarse en orgullo nacional.
Así, el voto por la ultraderecha expresa un intento inconsciente de mitigar la angustia, obturar el vacío y localizar en otro la causa del malestar.
La relación de los sectores populares con la ultraderecha no obedece a un engaño ni a una falsa conciencia, sino al modo en que el neoliberalismo ha colonizado la subjetividad, produciendo un sujeto precarizado que se vive como “empresario de sí mismo”, responsable individual de su fracaso y, por ello, disponible para identificaciones autoritarias.
La ultraderecha logra articular ese malestar atomizado ofreciéndole al sujeto una pertenencia imaginaria y una causa a la cual aferrarse cuando todas las referencias simbólicas se derrumban: “patria”, “orden”, “seguridad”, “tradición”, “familia”, “Cristo”.
Este proceso implica una captura afectiva: en un mundo sin garantías colectivas, la ultraderecha aparece como el lugar donde la angustia encuentra un sentido, señalando enemigos concretos del malestar (“el extranjero”, “la casta”, “el feminismo”, “el progre”) y prometiendo un retorno imposible a una comunidad homogénea.
La izquierda, al abandonar el terreno del goce y limitarse al cálculo racional o a la gestión tecnocrática, deja un vacío que el fascismo contemporáneo ocupa siniestramente con eficacia.
Por eso es necesario insistir en que la disputa política debe rehacerse también en el plano libidinal: ofrecer un horizonte compartido capaz de alojar la vulnerabilidad sin transformarla en odio.
En síntesis, la derecha es más clara, es más fácil evaluar, porque exige y tiene programas muy radicales, prometen y hacen cosas en áreas como la de la seguridad; pero sobre todo tratan de contrarrestar lo que dice la izquierda.
La derecha, que puede llegar a ser hasta de corte fascista en su caso más extremo, es lo que se alza para evitar cualquier cambio importante al interior de la sociedad y beneficia a las minorías.
Pero, a su vez, la izquierda plantea cambios y después no los implementa. Y como me dice un colega: “utiliza las reglas que dicen que van a cambiar”. Esto es evidente en la actualidad en muchos procesos eleccionarios en que les ha faltado unidad, coherencia, articulación a lo interno y a lo externo, compromiso, cumplimiento de lo prometido y la proyección de cambio: sumar a los jóvenes, identificar sus inquietudes.
Estamos en presencia de dos fórmulas políticas que se organizan y que una dice ser de izquierda y que cambiará esto, aquello y lo otro; mientras que la derecha casi siempre cumple lo que dice… y la izquierda se queda corta o no cumple el programa. El ejemplo más evidente es Chile con el gobierno de Boric.
Además, hay un problema en la proyección, en las diferencias que existen entre los comunistas de la percepción hacia otros procesos. Por tanto volvemos a lo que dije al inicio acerca de la unidad, la necesidad de tender puentes, fortalecer la izquierda y no obviar los intereses de determinados sectores, sino ser más objetivos a la hora de analizar el momento.
¿Cómo evalúa la ofensiva de Trump sobre la Región, sobre el Caribe y en particular sus crecientes amenazas y presiones contra Venezuela?
Trump acaba de plantear la estrategia de la seguridad nacional de los Estados Unidos, donde refuerza la prioridad de América Latina. Aquí debemos recordar que más allá de la hegemonía estadounidense en el mundo, marcadamente tras la Segunda Guerra Mundial, nuestra América siempre les fue prioritaria. Y cuando usted mira el Atlántico: está el mundo del lado de allá; pero el mundo de las Américas siempre ha sido controlado por los Estados Unidos.
En este momento en que los Estados Unidos sienten que han perdido hegemonía, no solo en África, Medio Oriente y Asia, sino también en América Latina por la presencia económica de China, por las relaciones con Rusia y por procesos que sobreviven con independencia de todas las medidas que han tomado en contra de ellos –donde sobresalen Nicaragua, Venezuela y Cuba–, a lo que se suma las riquezas de Venezuela, el petróleo, pues amenazan con guerras.
¿Hasta qué punto se va a dar la guerra o no? Es un peligro latente, porque la guerra es contra Venezuela. ¿Qué actitudes van a tomar los países latinoamericanos? ¿O qué actitud han tomado ya a pesar de que no se ha iniciado una guerra? Pues veo que hay división, hay condena, y hay un poco el servilismo hacia los Estados Unidos.
Estados Unidos tiene su prepotencia, pero si se da una guerra en Venezuela se extenderá a otros países.
Acerca de su país, ¿hacia dónde va Cuba?
En ese contexto está Cuba, que desde el año 1959 está inmersa en un proceso que ha sido muy difícil, que lo ha superado casi todo, que tiene una situación crítica en la actualidad y que enfrenta a un gobierno de Trump –primer mandato–, después a Biden, con independencia de que se restablecieron las relaciones con Obama –recordemos que fue en su segundo mandato, ya casi al final–.
Y, claro, ahora con el segundo mandato de Trump hay una política cada más estricta con respecto a nuestro país, la que nos ha golpeado. Esperemos que a pesar de todo eso podamos resolver los problemas esenciales que tenemos y sigamos adelante.
Finalmente, en un mundo “ordenado” en “polos”, ¿a cuál naturalmente, como continente, quedaríamos sujetos?
Respondo con una pregunta: ¿pueden los Estados Unidos resignarse a perder la hegemonía, el control, el dominio que han tenido sobre América Latina en un período de transición intersistémica? Estados Unidos no lo permitirá, aunque tenga que usar las armas que sea.
Esperemos que la guerra no se desate, pero indudablemente no sería extraño, porque si pusiéramos el mapa de las intervenciones norteamericanas en este continente veríamos que han sido la práctica, es lo que se ha realizado, ha sido la regla y no la excepción.
Por la situación interna de los Estados Unidos y quizás determinadas fuerzas que están en contra de la regla, puede que haya una recapitulación con respecto a esto, porque podrán seguir utilizando otra fórmula, pero es un peligro latente ahora y lo será después ya que el objetivo máximo es quedarse ellos solos dominando a América Latina y se sienten amenazados por la presencia china, amenazados por proyectos que se han mantenido y que no pueden permitir.
Hay que tener en cuenta que los Estados Unidos, con independencia de la importancia geopolítica que pueda tener Cuba y el petróleo de Venezuela, no pueden permitir que siga existiendo un referente viable en el continente, en este caso venezolano –donde se une su trascendencia geoestratégica, sus riquezas, su valor como país y su historia–, que se vea como una alternativa a los proyectos de derecha.
En este punto, en los países que históricamente han tenido composición occidental –léase las Américas, Europa– estamos en presencia de un ascenso de la derecha, porque en esta transición, con la pérdida de hegemonía de los Estados Unidos, con la crisis civilizatoria, las fuerzas más reaccionarias tratan de contrarrestar todo lo que pueda ser progresismo a pesar de la endeble situación que tengan la izquierda y las fuerzas revolucionarias en Europa y en América Latina.
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Javier Larraín Director








