Después de 40 días, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha logrado quebrarle la mano a la oposición en el Congreso de ese país. Ahora se hablará de las pérdidas colosales e inútiles de una disputa sin resultados, pero eso no es lo más relevante. Lo esencial es que este pulso puso en evidencia una vez más, la capacidad del Ejecutivo estadounidense para imponer su agenda incluso en medio de una confrontación prolongada, así como la fragilidad de una oposición que no consiguió articular una estrategia eficaz. El desenlace del conflicto expone los costos políticos y económicos del bloqueo, pero además muestra cómo la dinámica interna de Estados Unidos continúa impactando el equilibrio global.
El impacto de este conflicto reflejó el peso de Estados Unidos, no solo en Occidente, sino a nivel mundial. Esto también quedó demostrado en estos meses al relegar a los Estados europeos y renegociar sus acuerdos comerciales de manera unilateral.
Este comportamiento no puede sino acentuar la estanflación planetaria, aunque reactive las finanzas y la economía de ese imperio.
Al mismo tiempo, las convulsiones y conflictos internos de ese país —como los que enfrentan a los Woke (liberales y socialdemócratas) con los Maga (trumpistas y neoconservadores)— abren grietas no solo allí, sino a escala global.
No se ha tratado de un caso puntual de bloqueo y paralización del Gobierno Federal, sino de impedir que avance un programa que los demócratas consideran destructivo para el soft power del imperio y para sus alianzas buscadas con minorías y grupos afines a figuras como George Soros. Una política imperial que usa un guante de seda, pero que no renuncia a su papel de gendarme benevolente.”
Los neoconservadores y los Maga creen que esa estrategia debilitó buena parte del poder, las finanzas y la economía de Estados Unidos, y sostienen que el mundo funciona bajo la lógica del palo y la zanahoria.
Ninguno de los dos bandos tiene razón, pues la crisis no es producto de Estados Unidos ni puede ser resuelta por ese país. Es una crisis sistémica, no solo de hegemonía, que ha adquirido un nuevo carácter que denomino multifactorial y multinivel.
El peso de esa potencia (EE.UU.) y la crisis —no solo la suya, sino la del sistema— hacen que sus fisuras se expandan como las de un terremoto que nos afecta a todos.
Qué ocurrirá y a qué ritmo es la pregunta que se hacen los actuales acumuladores de capital y sus recaudadores de impuestos.
Nadie puede saberlo con precisión, porque las distintas crisis se afectan mutuamente y, de pronto, una puede arrastrar a las relaciones centrales de valorización e intercambio, lo que puede desencadenar cambios en los niveles comunicativos y de control.
Salve, oh César, morituri te salutant.
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Rafael Kries Chileno, economista
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