I
Testimonio de una víctima de la tortura
“[…] pensé que a pesar de la velocidad, por el tiempo transcurrido, no podíamos estar muy lejos. Hicieron que me bajara, lo que aprovecharon para golpearme. Respiré lo más profundo que pude y me di cuenta que nos hallábamos a los pies de la Cordillera –aire seco– y ubiqué el lugar [Villa Grimaldi].
Me llevaron a una sala donde fui golpeado: puñetes, patadas, algunos culatazos. En un momento de mucha rabia les espeté: ‘m… sigan nomás golpeando a un hombre viejo –tenía 62 años– al que le tienen con la vista vendada y esposas en las manos, ¡eso es de valientes!’. En otro momento me indicaron: ‘estai muy tranquilo –las técnicas que usaron todo el tiempo no son para describirlas–, pero vamos a ver cuando te pongamos en la parrilla’. Instante en el cual me dirigí con el pensamiento al Señor implorándole fortaleza.”
II
El padre Maroto en la Villa Grimaldi
Aquel es solo un fragmento del relato del padre Maroto sobre su paso por la Villa Grimaldi en noviembre de 1975.
¿El motivo de la detención? Ayudar, junto a otras religiosas y otros religiosos, a salvar la vida de algunos de los miembros de la dirección del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que habían sido cercados y atacados por agentes de la DINA en una parcela en las afueras de Santiago, donde asesinaron a Dagoberto Pérez.
¿Quiénes justificaron y “blanquearon” públicamente su secuestro, detención clandestina y tormentos? El periódico El Mercurio de Agustín Edwards y, desde sus páginas principales, el muy cristianísimo abogado Jaime Guzmán, quien escribió: “[…] si se analiza y se ve la medalla que fue descubierta como escapulario que llevaba el padre Maroto, detenido, y que en lugar de los tradicionales signos religiosos del escapulario contenía un mensaje a Miguel Enríquez y una afirmación de que la revolución triunfará, revolución mirista que preconiza la violencia y el marxismo-leninismo. Se advierte claramente que existe un compromiso directo y muy grave de un grupo importante de sacerdotes y religiosas con este movimiento de izquierda revolucionaria, movimiento terrorista, el MIR”.
II
Algo de memoria, ¡por favor…!
Advirtió con lucidez el uruguayo-universal Eduardo Galeano que “la Historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será”.
La Comisión Retting (1991), la Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura (Comisión Valech I) (2003) y la Comisión de Detenidos Desaparecidos, Ejecutados Políticos y Víctimas de Prisión Política y Tortura (conocida como Comisión Valech II) (2010) han estimado que la cifra de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos durante la dictadura de Pinochet asciende a alrededor tres mil doscientas personas; además de otras 61 mil que padecieron todo tipo de abusos tras ser detenidas. Documentos bases para el Plan Nacional de Búsqueda, en curso desde 2023.
Maroto era hermano de mi abuela paterna, María Angélica; estrecho colaborador del santo jesuita Alberto Hurtado; hermano de evangelio de Mariano Puga, José Aldunate, Roberto Bolton, Blanca Rengifo… En los 17 años de la dictadura civil-militar fue detenido en numerosas ocasiones, torturado, relegado, amenazado con el asesinato y desaparición de algunos de sus seres más queridos.
Su actividad se respaldaba en una reflexión personal. En sus palabras: “los nueve años corridos desde el 11 de septiembre de 1973 a hoy, me han llevado a un mayor y concreto compromiso con la liberación del pueblo; me han significado detención, persecución y momentos muy tensos; me han hecho ver que no es posible separar tan tajantemente la acción pastoral de la política; que era necesario optar y lo hice por el pueblo”.
No pocos religiosos y religiosas fueron ejecutados –algunos desaparecidos hasta hoy– en los 17 años de dictadura.
Es por eso que decenas de miles de chilenas y chilenos, al escudriñar rápidamente nuestras genealogías, podemos constatar que nuestras familias fueron rotas a punta de exilio, detenciones y todo tipo de represión.
Es inaceptable y causa dolor escuchar en los debates de tv a los presidenciables ultraderechistas Johannes Kaiser, José Antonio Kast y Evelyn Matthei, quienes de manera obscena continúan justificando las violaciones a los Derechos Humanos perpetradas por cobardes militares y civiles, a quienes de paso anuncian que amnistiarán.
Como en otros momentos de nuestra Historia, la burguesía intenta correr los límites del discurso e influir en el sentido común de la gente… A los asesinos los califica de «abuelitos», «valientes soldados», «patriotas»… a las víctimas de «terroristas» o «castro-comunistas»… al atropello sistemático y sus campos de concentración de «estado de guerra» o «guerra civil»…
¡Durante 17 años auspiciaron todo tipo de crímenes del dictador-ladrón y su pandilla. Y, como si fuera un mal chiste, o una pesadilla, ahora se quieren presentar como paladines de los Derechos Humanos, las libertades, la justicia e igualdad social!
¡Ofrecen balas (su inocultable fetiche) a pobladores de campamentos, al pueblo Mapuche, a izquierdistas, a movimientos sociales, a estudiantes secundarios que protestan, a migrantes…!
(Lo anterior con un patético revoltijo argumental donde intentan equiparar a sus futuras víctimas con «narco», «lumpen», «Tren de Aragua»…)
¡Ofrecen las penas del Infierno a Mauricio Hernández Norambuena y Héctor Llaitul!
¡Y nos exigen «dar la otra mejilla» y «el perdón» a Miguel Krassnoff Martchenko (con más de mil años de condena por crímenes de lesa humanidad y quien estuvo detrás del operativo contra mi tío abuelo)!
En fin, no se equivocaba un viejo profesor que tempranamente me enseñó: «¡la burguesía primero mata y luego habla de democracia!».
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Javier Larraín Director
(*Los testimonio fueron tomados del libro Miguel Enríquez y los pobres del campo y la ciudad (La Estaca, Chile, 2024).







