¿A quién no le gusta disfrutar de una buena fiesta y sumergirse en la magia de una de las manifestaciones culturales más icónicas del sur de América? Se trata del Carnaval de Oruro, festividad boliviana declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).
Oruro, ubicado en pleno corazón del Altiplano, es un departamento y una ciudad que se ha caracterizado por ser uno de los centros mineros e industriales más importantes del país, por su legado histórico, sindicalista y combativo que lo instala como un pilar de resistencia de los pueblos andinos.
Aparte de ser un espacio 100% turístico, contiene paisajes naturales como las Termas de Obrajes, el Lago Uru Uru, el Lago Poopó, las Pampas Aullagas –conocida como la “Atlántida perdida”–, el Salar de Coipasa, entre otros sitios en un departamento que ofrece un sinfín de cosas que hacer y conocer.
Pero uno de sus mayores atractivos es el Carnaval, que cada año hace una nueva entrega de la fiesta más grande e importante del país, una síntesis que entrelaza la cosmovisión andina con la tradición católica, ya que esta entrada es un homenaje a la Virgen del Socavón, protectora de los mineros.
Unas 50 fraternidades de danzarines y músicos se congregan en esta celebración. Viajar a Oruro este mes de marzo será participar de la experiencia completa del Carnaval, de la historia, de la cultura, el arte y la espiritualidad que se cierne alrededor de un espectáculo sin par.
El recorrido es aproximadamente de unas veinte horas en las que cada grupo hace alarde de sus coreografías, vestuarios, músicas de bandas ensayadas e incluso compuestas exclusivamente para la cita. Los espectadores disfrutan de la elaboración minuciosa de los trajes bordados con piedras e hilos dorados plateados en creaciones exclusivas, máscaras que representan espíritus doblegados al poder divino como la danza de Diablada que simboliza el bien y el mal expuesto en sus personajes o la Morenada que cada año encanta con su ritmo pausado y cadencioso, los Tinkus que evocan los combates rituales o los Caporales que recuerdan el dominio de la colonización. Expresiones complejas que forman parte de la identidad boliviana.
Aunque es toda una travesía conseguir alojamientos, la ciudad recibe a cientos de miles de visitantes, tanto nacionales como internacionales, y es un desafío a la capacidad turística que año tras año crece y ofrece alternativas para todos los presupuestos, desde hoteles lujosos hasta habitaciones en viviendas de familias locales que garantizan una inmersión auténtica en la cotidianidad de orureñas y orureños.
El punto ineludible es el Santuario de la Virgen del Socavón, patrona de los mineros y del Carnaval, el Museo Nacional Antropológico Eduardo López Rivas, que resguarda parte del tesoro arqueológico precolombino.
Oruro permite esa conexión entre la fiesta, la mística de la fe y la cultura. Un viaje en el que además se puede gozar de la gastronomía, que es otro de sus atractivos, en la que destaca el charquekán elaborado a base de carne de llama deshidratada acompañada de huevo cocido, mote, papas y queso fresco. Otros platos son el rostro de cordero asado, los pasteles fritos con queso y el api de maíz morado o blanco.
Oruro en las próximas semanas revestirá otra dimensión, por tanto invita a vivir intensamente la música, la danza teatralizada, la fe y la identidad colectiva, que junto a la calidez, la riqueza gastronómica, los paisajes y la hospitalidad hacen que sea un destino incomparable.
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Nahir González Correo del Alba








